Ranma ½ y todas sus situaciones y personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Hago esto por voluntad propia y sin fines de lucro.
~Sinalefa
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2.- Y ellos solos, los dos, palpitando, perdidos
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Cologne miró atentamente a los dos jóvenes que habían entrado de improviso al restaurante, reparó primero en la postura tensa de Ranma, sus manos cerradas en puños y la boca entreabierta. Pero sobre todo reparó en que estaba a punto de saltarle encima, si se hubiera puesto a gritar de pronto a todo pulmón mientras la sacudía no le hubiera sorprendido. Después dedicó unos cuantos segundos a estudiar a Akane, que jugaba nerviosamente con el final de la tela de su blusa, la tenía apretada entre el índice y el pulgar de la mano derecha; después la miró a los ojos, brillantes, grandes, oscuros, más profundos que nunca.
La anciana sintió una pesadez que la golpeaba de pronto, algo que emanaba de ellos casi acosándola.
—¿Qué ocurre, muchachos? —preguntó consternada, volviendo a mirarlos.
—Necesitamos... necesitamos su ayuda —apenas dijo Akane.
—Algo está mal. ¿Se puede hacer algo? ¿Qué es esto?... Desde que volvimos de China nosotros... —Ranma hablaba a trompicones.
Shampoo entró en escena, vio como un golpe de suerte que el muchacho hubiera llegado al local ese día. Aún no estaba resignada y creía poder conquistarlo, así que se acercó de buen humor, sonriendo como siempre. Se pegó a su brazo cuidando de ajustar acertadamente su anatomía a la de él.
—¡Aiya! Airen venir para cita con Shampoo. Shampoo terminar turno más temprano hoy —dijo con voz dulce y melosa.
Era como si no la hubieran visto. Ranma no reparó en ella. Akane tampoco. Los dos se quedaron mirando a Cologne, y la mujer supo que algo no estaba funcionando correctamente.
—Abuela, tiene que ayudarnos —dijo simplemente Ranma.
Shampoo luchó un poco más por su atención, lo abrazó cariñosamente y apoyó la cabeza en su hombro.
—Shampoo también poder ayudar, airen —susurró con dulzura—. Ese ser deber de buena esposa, airen solo debe decir qué anda mal y Shampoo solucionarlo, ¿sí?
—Por favor, Shampoo, este no es el momento —replicó el muchacho zafándose del agarre.
—¡Ranma! —comenzó a decir la amazona de mal humor.
—Silencio, esto es importante —intervino Cologne.
—Pero, bisabuela...
—¡Shampoo! —toda la autoridad amazónica cayó sobre ella con ese llamado de atención. La muchacha china se encogió un poco, frunció los labios y entrecerró los ojos mirando a Ranma y Akane.
—¿Se puede hacer algo? —preguntó Akane dando un paso hacia adelante.
—Veremos —fue la breve respuesta de la anciana.
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El silencio era espeso, el tic-tac de un reloj que no lograban divisar intentaba atravesarlo insistentemente. Ranma y Akane, sentados uno junto al otro frente a una mesita baja, observaban a la anciana Cologne, que les devolvía la mirada desde el otro lado, con seriedad y tal intensidad que por un momento los puso nerviosos. La vieja amazona atravesó el espacio que los separaba con una mirada tan extravagante que parecía no ser ella.
Una atmósfera extraña los envolvió a los tres como si estuvieran dentro de un círculo mágico o formando las puntas de un triángulo poderoso. Se miraron unos a otros, los ojos de la anciana fueron de uno de los jóvenes hacia el otro hasta que finalmente bajó los párpados y no pronunció palabra por todo un minuto. Akane se impacientó removiéndose en su lugar, Ranma frunció el ceño. Luego le tocó al muchacho impacientarse y a su prometida arrugar la frente creyendo que la estaban engañando. Se estaba preparando para reclamar cuando Cologne abrió la boca para ponerse a hablar y de pronto todo pareció quedar detenido.
—Tal vez quieran contarme lo que ocurre —dijo.
—Si lo supiéramos no estaríamos aquí, ¿no es cierto? —replicó Ranma—. Si supiéramos quién hizo esto...
—¿Qué ocurrió en China? —disparó la pregunta Cologne.
Ranma tragó saliva sorprendido y se aclaró la garganta. Akane tuvo que asistir una vez más a ese relato sobrenatural donde ella estaba muerta y él tenía que entenderse con un extraño ser en un mundo donde ella ya no existía. «Imposible, imposible», se repetía a sí misma, pero la sensación en ella era muy real: el sentimiento de que algo sí había ocurrido y ya no era ella misma, como si le hubieran sacado una parte y la hubieran reemplazado con otra descuidadamente.
—Es extraño —dijo con lentitud la vieja amazona luego de escuchar a Ranma con atención—, es muy extraño.
Casi al mismo tiempo, Ranma y Akane se echaron un poco hacia adelante sobre la mesa, ávidos de saber cuál sería el veredicto de la mujer.
—Muy extraño —agregó Cologne y volvió a cerrar los ojos, concentrada.
Parecía que todo el sonido había bajado de intensidad en ese momento. Akane sintió que de nuevo se estrechaba el círculo en torno a ellos, casi hasta asfixiarlos, y de pronto se disolvió, como una cuerda que se rompe la presión despareció. Y Cologne abrió los ojos.
—Su aura ha cambiado —sentenció. «De manera asombrosa», agregó para sí misma.
—Y eso... —empezó a decir Ranma, expectante de la respuesta.
—Eso no nos lleva a ninguna respuesta lógica —respondió Cologne cerrando los ojos con solemnidad.
Subió de nuevo el sonido del tic-tac del reloj llenando la estancia y expandiéndose por encima y a través de ellos, rebotando en las paredes y volviendo para aplastarlos, aprisionándolos dentro de los cuatro lados de la habitación.
—Entonces, ¿no sabe qué pasó? —preguntó Akane decepcionada.
—¿Acaso tengo todas las respuestas del universo? —preguntó a su vez la anciana mirándola con tranquilidad—. Están embrujados, eso se nota a la legua, pero quién lo hizo y por qué... eso ya es otra historia. Aunque puedo afirmar que sucedió en China, y precisamente en el Monte Fénix.
—Embrujados —repitió Ranma incrédulo.
Akane se puso de pronto en pie.
—¿En China? ¿En el Monte Fénix? ¡Fueron ustedes! ¿Quién más podría ser? Solo ustedes lo han intentado antes. Pociones, hechizos, maldiciones, leyendas. ¡Fueron usted y su nieta! —exclamó apuntándola con el dedo, temblando de furia.
Si en algún momento Cologne se ofendió por el comentario, ese sentimiento despareció lo suficientemente rápido como para no llegar a traslucirse en su cara. Por el contrario, observó a la muchacha con auténtica preocupación.
—¿Akane... ? —empezó Ranma.
—¡Usted y Shampoo! Siempre lo han hecho, siempre han interferido con sucios trucos y... —Akane se detuvo de pronto. Tomó aire, sorprendida por todo lo que había dicho, y volvió a sentarse despacio.
Cologne levantó una mano en son de paz.
—Tranquila, jovencita —dijo—. Yo no estaba con ustedes en China, Shampoo misma había sido hechizada. No podíamos hacerlo, hubiera sido imposible; pero más aún, si todo lo que el yerno dijo es cierto, alguien te trajo de vuelta del mundo de los muertos. ¿En verdad crees que existe una magia tan poderosa como esa y que puede utilizarla un simple humano?
Akane la observó con los ojos agrandados de sorpresa.
—¿Y si no fuera humano? —intervino Ranma.
Cologne lo observó con aprobación y cierto regocijo.
—Exactamente. —Asintió—. Podría ser posible... Tal vez algún espíritu... aunque lo dudo, esta es otra clase de magia. Quizá algún dios de los favores que quiso ayudarte al ver tu desesperación. Sin embargo, ellos siempre actúan por capricho y aburrimiento, buscando algo a cambio, una manera de divertirse.
—¿Divertirse? ¿A costa nuestra? —se indignó Akane.
—¿Y qué podemos hacer? ¿Podemos revertir el hechizo? —quiso saber Ranma.
Cologne entreabrió los labios para responder, pero después se lo pensó mejor y soltó el aire en un suspiro.
—Primero habría que averiguar a qué nos enfrentamos —dijo—, qué clase de conjuro es este, y tal vez la única forma de averiguar lo que ocurre sea volviendo al punto de inicio, a China. De alguna manera, es muy significativo que todo haya ocurrido en China, yerno, Jusenkyo parece estar en tu vida como comienzo y fin, como origen de todo... —la mujer agitó una mano, como descartando sus propias palabras, quitándoles importancia. Después miró atentamente a los dos jóvenes—. Pero tengan presente que no se negocia con dioses caprichosos, además, nada asegura que el hechizo sea revertido o que obtengan...
—Lo haré. Me voy a China ahora mismo —Ranma se puso de pie.
—¿Qué dices? —Akane se volteó a mirarlo.
—Es la única manera —dijo él—. Tengo que hacer algo, no me quedaré de brazos cruzados. Quiero que todo vuelva a la normalidad, no quiero que... no quiero que te vuelva a pasar nada.
Bajó la vista avergonzado y después hizo una reverencia ante la anciana, que lo observaba con curiosidad; finalmente salió de la habitación. Akane, con el rostro sonrojado, evitó mirar a Cologne mientras se levantaba. Murmuró algunas palabras, al parecer de agradecimiento, y siguió a su prometido.
La vieja amazona se quedó estupefacta un momento, y después chasqueó la lengua. «Jóvenes impulsivos», pensó, ¿qué diablos estaban haciendo? No se habían puesto a pensar que si todo volvía a la normalidad, entonces Akane Tendo estaría muerta.
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La mochila de viaje de Ranma estaba siempre preparada con lo indispensable, apoyada en una esquina de la habitación, el muchacho solo tuvo que agregar un poco de ropa y buscar el escondite donde guardaba algunos yenes a resguardo de su padre. Akane lo veía desde la puerta del cuarto, vagando los ojos de un lado a otro. Lo había observado otras veces como lo hacía ahora, en otras ocasiones en que su prometido se preparaba para un viaje. Ya hasta conocía sus movimientos de memoria: ahora guardaría el dinero en el pequeño bolsillo oculto del costado de la mochila; ahora iría a buscar el pequeño botiquín de primeros auxilios en el último cajón empotrado en la pared; ahora abriría el botiquín recordando que no había comprado yodo, que el alcohol escaseaba y las vendas eran pocas, menearía la cabeza y de todas formas lo guardaría con el resto de las cosas en su equipaje.
Ranma lo abrió, meneó la cabeza y lo puso dentro de la mochila, tal y como Akane sabía que pasaría.
—Averiguaré lo que está pasando. Intentaré volver lo antes posible —comentó él revisando que todo estuviera bien cerrado.
—Eso ni lo sueñes. Yo voy contigo —replicó Akane categórica.
—Es muy peligroso, no lo voy a permitir.
Ella puso los ojos en blanco.
—Siempre es peligroso —comentó como restándole importancia —. Ni creas que voy a dejar que vayas solo a ese lugar a encontrarte con quién sabe qué.
—¡Y yo no voy a dejar que te arriesgues de nuevo! —soltó Ranma poniéndose la mochila—. Es mi última palabra. No voy a pasar por eso de nuevo. Te quedas aquí y me esperas —ordenó con voz de mando, sobresaltándola.
—Ranma... —empezó Akane y se detuvo, sabía que las palabras no harían efecto, estaba viendo de nuevo ese dolor y ese miedo en sus ojos.
—No insistas, Akane. Te quedas aquí, ¡es una orden! —Él mismo casi se ahogó de la sorpresa ante sus duras palabras. Tragó saliva y agregó, tratando de suavizar el momento—. Nos veremos muy pronto, ya lo verás.
Akane bajó la cabeza.
—Tienes razón. Entonces las despedidas no son necesarias.
Se fue, encerrándose en su habitación.
Ranma supo que ya no saldría para verlo partir así que se resignó a irse en silencio.
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No hacía ni veinte minutos que se había marchado y la presión en el pecho lo estaba matando.
Empezó a volver sobre sus pasos, maldiciéndose, resignado a la humillación de pedirle que lo acompañara porque sabía que de lo contrario no podría hacer nada. Ni siquiera había salido de Tokio y la ausencia le parecía ya eterna, no quería imaginarse lo que sentiría estando en otro país. No llegaría, lo sabía, no podría pisar China si Akane no estaba a su lado, esa afirmación lo llenó de un miedo que le puso la piel de gallina. A mitad de la calle lo recibió la figura de Akane, con su ropa de viaje y su propia mochila colgada de los hombros. Tenía los ojos brillantes y casi sonreía.
No fue una sorpresa para ninguno de los dos encontrarse en el camino.
—No podía irme sin ti —se justificó Ranma, dando explicaciones a su propia incertidumbre.
—Y yo no podía dejar que te fueras sin mí —sentenció Akane—. Lamento haber tardado, me tomó más tiempo del que creí preparar mis cosas.
Había dejado una escueta nota explicativa a su familia y nada más.
Los dos chicos estaban envueltos en un egoísmo en que pensaban solo el uno en el otro sin que les importara otra cosa, estaban encerrados en su propio mundo.
No podían separarse.
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Cologne se apoyó los dedos en los labios pensativa mientras atendía las ollas que hervían en la cocina. Todo estaba desencajado de lugar, era como un puzzle con todas las piezas mal colocadas, o más aún, como si tuvieran las piezas pero no se correspondieran con la escena que había que armar. Daba la impresión de que habían mezclado las fichas y las repartieron de nuevo en un juego ya comenzado. Hasta cierto punto parecía que Ranma y Akane hubieran intercambiado lugares, él era ella ahora y ella era él, pero sin dejar de ser ella por completo, y lo mismo para él. Absurdo, enredado, estúpido, imposible. Cologne se dio golpecitos en la frente con los nudillos. Era un acertijo a resolver.
¿Qué clase de juego estaban jugando con ellos?, se preguntó intrigada. Cuando había instruido a Shampoo en las mejores formas de conquistar a Ranma y obligarlo a casarse, fue de a poco dándose cuenta que, a medida que pasaba el tiempo, tenía que trabajar menos en intentar seducirlo y más en resquebrajar la relación que él tenía con Akane. Todo se reducía a intentar abrir una brecha entre ellos para colarse de a poco hasta el costado vulnerable del muchacho. No era cuestión de llegar a él y encandilarlo, si no de matar en él la influencia de la chica Tendo, que no era solamente la mujer que amaba, si no su compañera, ¡peor aún!, su aliada. Ranma era infranqueable porque Akane estaba a su lado.
Conforme pasaba el tiempo y Cologne los conocía mejor y se hacía una idea del papel que cada uno jugaba en esa historia, veía cada vez más lejana la posibilidad de que su bisnieta pudiera llegar a rozar siquiera el aura que emanaba del muchacho, eso era lo más cerca que llegaría a estar de él mientras Akane Tendo existiera.
La sospecha más grande y profunda que anidaba en el corazón de Cologne era que de verdad el hilo rojo del destino unía a esos dos, el hilo que conectaba a todas las personas destinadas a encontrarse, el hilo que podía enredarse o tensarse, pero nunca romperse. Una leyenda muy antigua, pero Cologne veía tan clara esa posibilidad que era aterrador y estimulante a la vez, nunca la había perseguido una certeza de esa forma. A pesar de todos sus años, de haber casado bien a todas sus hijas por las leyes de su tribu y haberlas visto felices y con cuantiosa descendencia. A pesar de haber conocido, en su propia tierra y en el extranjero, tantas parejas que decían amarse tanto, de haber asistido a la lucha de varios jóvenes porque reconocieran su verdadero amor. A pesar de haber conocido parejas que vivían en perfecta armonía y parecían ser el uno para el otro, nunca había percibido esta sensación, nunca había tenido la piel de gallina al sentir que realmente algo mantenía juntos a Ranma y Akane, y que el destino no podía torcerse por designios ajenos. Ni siquiera el destino de la muerte.
La sorprendía, la intrigaba, la llenaba de dudas y quería respuestas. ¿Qué habría ocurrido allí en China que había alterado sus espíritus de aquella manera? Casi podría decirse que su hilo rojo parecía enredarse, o perderse, o estaba llevándolos en espiral a cualquier parte.
Cologne cerró los ojos y movió la cabeza como reprendiéndose por pensar idioteces.
Tenía sus propios métodos para hallar respuestas y debía ponerlos en práctica. Dio instrucciones a Mousse para encargarse de la cocina y ordenó a Shampoo suspender los pedidos a domicilio porque ella no estaría para cubrirla cuando la chica saliera a hacer los repartos.
—¿Sucede algo, bisabuela? —preguntó Shampoo desconcertada.
—Estaré ocupada. Necesito encargarme de algo importante.
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Cologne subió poco a poco la escalera que llevaba a las habitaciones que quedaban encima del restaurante. Los escalones crujían bajo sus pies y el bastón daba intermitentemente golpes contra la madera.
En el piso de arriba había dos puertas a su izquierda y otras dos a su derecha, la anciana caminó directo hasta la última de la izquierda. Frente a la puerta echó una mirada recelosa por sobre su hombro para asegurarse de que nadie hubiera subido tras ella, aguzó el oído para captar la voz de Shampoo atendiendo a los clientes abajo y el ruido de los trastos cayendo al suelo provocado por el cegatón de Mousse. Todo estaba en el orden establecido.
Extrajo de entre los pliegues de su manga una pequeña llave dorada y abrió la puerta. Ese era un recinto privado del que mantenía alejados a todos, ella misma se encargaba de ordenar y limpiar la habitación, solo ella entraba y la utilizaba. Más de una vez Mousse había interrogado sobre la razón de que fuera el único cuarto de la casa que tenía cerradura y Cologne lo mandó a callar a golpes, con duras miradas y haciendo gala de su autoridad amazónica. Nadie podía conocer los secretos que guardaba ese lugar, ni siquiera a Shampoo, su bisnieta, sangre de su sangre, le había permitido ver el interior, muy probablemente jamás lo haría. Al principio creyó que todavía era demasiado joven para iniciarla en el Arte, era una muchacha demasiado despreocupada y confiada, demasiado intempestiva, no tenía el temple que se requería. Pero ahora, ya casi con diecisiete años, seguía siendo efusiva y escandalosa, sin mesura, sin la delicadeza que se necesitaba para tratar esos temas. Cologne estaba resignada a que no tendría heredera y sus saberes morirían con ella.
Al entrar cerró nuevamente con llave y encendió las lámparas que iluminaban suavemente la habitación. El aroma del incienso, la madera y los aceites la envolvió y comenzó a sentirse en su elemento, era en aquel reducido espacio el único lugar donde se sentía en casa en tierra extranjera.
A simple vista todo parecía normal dentro del cuarto, había una pequeña mesa baja y redonda en el centro de la habitación y algunos cojines bien acomodados a un lado; libros de gruesos lomos y con hojas visiblemente amarillentas se ordenaban en una biblioteca a un costado. Más allá, en el lado opuesto a la única ventana, había una cómoda de múltiples pequeños cajones, ordenados en hileras y catalogados con diferentes kanjis chinos que parecían obedecer más bien a un código secreto y caprichoso que a una nomenclatura.
Los cuatro pequeños cajones del nivel superior tenían etiquetas blancas con la palabra «fuego», Cologne abrió uno y sacó un pequeño frasco de vidrio, más parecido a una ampolla, con un líquido de color oscuro, y volvió a cerrar el cajón. El segundo nivel tenía escrito «agua», la anciana extrajo algunas hierbas secas del primer cajón y unas pocas flores blancas, prácticamente frescas, del último sobre la derecha. Se felicitó por haber sido previsora y haber salido a recoger aquellas flores el día anterior, la disciplina era algo que debía cuidarse en aquel arte, y la más importante norma era nunca permitir que escasearan los ingredientes fundamentales.
La tercera hilera de cajones la pasó por alto, una etiqueta plateada que decía «metal» brilló por un momento ante sus ojos; en la cuarta hilera las etiquetas eran de color ocre, el nombre «madera» se desvanecía en algunas debido al paso del tiempo. La anciana revisó los cuatro cajones uno por uno y al final se decidió por un pequeño recipiente de tapa dorada que contenía granos oscuros y redondos como los de la pimienta. Antes de alejarse de la cómoda, con las manos llenas con los implementos para trabajar, observó por un momento las etiquetas negras de los cajones de la última hilera, sus ojos siguieron los trazos de los kanji ella misma había dibujado y formaban la palabra «tierra». Esperaba no tener que utilizar nada de los secretos que había en esos cajones, aquel era un nivel más elevado y peligroso.
Se acercó a la mesa y dejó allí todos los ingredientes, luego trajo un cuenco con un poco de agua; antes de tomar asiento quitó la sábana que cubría un enorme y antiguo espejo ovalado, de marco de madera labrada, que estaba a su espalda. Observó su propio reflejo un momento, los ojos grandes, redondos y astutos, el cabello largo y plateado, las arrugas que le marcaban la piel, el cansancio del rostro en general. Tenía un mal presentimiento. Intentó concentrarse, se perdió en su propio reflejo, en el fondo oscuro de sus ojos, hasta casi quedar en trance. Con un ánimo más predispuesto, se acomodó con las piernas dobladas frente a la mesa.
Era tiempo de hacer otro hechizo.
Unas gotas de aceite oscuro en el cuenco con agua, algunas hierbas secas, un extraño y espeso líquido rojo. Las manos de Cologne se movían desenvueltas entre los ingredientes, agitando el agua del cuenco que ahora parecía una melaza olorosa. La mujer esparció unas semillas negras y diminutas por la superficie del líquido mientras murmuraba unas palabras en su idioma natal. Todos los misterios del mundo se conjuraron en ese instante, y cuando los pétalos blancos de las flores tocaron el brebaje ardieron sin llama de forma imposible. La vieja achicó los ojos mientras subían los vapores desde el cuenco, se asomó un poco más, para poder divisar lo que la magia le mostraba en la superficie oscura y poder interpretar los signos.
Un fuerte aroma a almizcle inundó la habitación y Cologne casi se sofocó, el humo era fino, azulado, como la suave y delicada hebra que se desprendía de los inciensos. De pronto creció y tomó forma.
—Muéstrate —murmuró la anciana entre dientes, atemperando el hechizo con palabras en japonés.
Un bulto de forma humana apareció frente a ella, Cologne lo estudió atentamente inclinando la cabeza a un lado, pensando que era algo lejano e indefinido, como una imagen reflejada en un espejo. No podía encontrar las claves para interpretarlo aún, ¿el conjuro le mostraba a quién había realizado el hechizo sobre Ranma y Akane, o le mostraba a quién tenía que buscar para obtener más respuestas?
—¿No era algún dios de los favores? —se preguntó a sí misma en un murmullo mientras seguía estudiando a la figura creada por las volutas de humo.
Entonces el humo se esfumó de golpe como barrido por el viento, pero la figura ante ella continuó ahí, lo mismo que la fragancia a almizcle. Cologne abrió los ojos sorprendida, retrocediendo involuntariamente, pero mantuvo las palmas de las manos sobre la mesa intentando seguir controlando en lo posible el conjuro, aunque todo indicaba que ya se le había escapado entre los dedos. Tragó saliva intentando serenarse. Se concentró al máximo, debía seguir teniendo poder sobre el conjuro o toda la magia caería sobre ella.
¿Acaso ya estaba demasiado vieja para jugar con la brujería a ese nivel?, el pensamiento la llenó de tristeza.
—Pongo una cuerda a tu alrededor y te sujeto —recitó en chino—. Hago un círculo para que no escapes, estás bajo mi dominio.
Con la mano derecha soltó un puñado de sal en la mesa y lo acomodó con dedos temblorosos formando una circunferencia, aunque en su fuero interno sabía que no haría efecto: no creía, y sin confianza no había magia.
La forma ante ella se inclinó y después dio un paso más cerca, saliendo de la penumbra y tomando asiento frente a la mesa con las piernas cruzadas.
—Eso no será necesario, señora —dijo afable y sonriente el hombre hablando en chino—. ¡Con lo feliz que estoy de haber venido! ¿Sería mucha molestia que preparara un poco de té?
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Continuará…
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Este capítulo va para mi sombra... o casi xD. Muchas gracias por todo y ánimo.
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Nota de autora: Debo confesar que me encantó hacer la escena de Cologne bruja, me sentí en mi elemento XD.
Usé una magia muy occidentalizada y además la mezclé aquí y allá con lo que me convenía, espero que me disculpen esta libertad que me tomé. Esto no es magia china ni mucho menos, digamos que es la magia que yo le hago practicar a Cologne y listo, la inventé. Si no es muy realista... simplemente disfruten, esto es ficción jaja.
Muchas gracias a todos los que leen y comentan, y tienen tanta confianza en lo que hago, me hacen muy feliz.
Eleniak, gracias por leer, ¡qué lindo tenerte de nuevo por acá!
Nora, no te preocupes, Noham hay uno solo en el mundo, por suerte XD. Me encanta leerte otra vez, gracias por seguirme en todas mis historias.
Cjs, espero que también te guste este capítulo, gracias por leer.
Saludos para todos. Nos vemos en el siguiente, espero no tardar mucho.
Romina
