Oda I
Aquel había sido el corto relato del nacimiento de Freyja y Hyoga, las únicas líneas que habían podido traducirse al alto alemán, ya que muchas páginas del manuscrito estaban manchadas de sangre, quemadas o simplemente no eran legibles. Sin embargo, por corto que fuera el relato, el lector puede comenzar a darse una idea de la "humanidad" de aquellos entes que, siempre se pensó, estaban más allá del entendimiento de un simple mortal.
Increíblemente para muchos, la muerte también acecha a aquellos que habitan más allá del Yggdrasil. Nacimiento y muerte se entrelazan en un círculo interminable. Una "eternidad" que no dura para siempre, aunque esto pueda sonar contradictorio. El manuscrito perdido es quien se encargará de ayudar a comprender el significado de esta frase.
Así pues, el manuscrito continúa:
Ella era la excelsa Freyja, fuerte y bondadosa como ninguna. Princesa adorada por muchos, la "Gran Señora", sin embargo, en aquel entonces, cuando lo conoció, no era más que una joven que aún se ocultaba tras la túnica de su padre Njörðr. Al instante sus ojos azules la habían hechizado. ¿Quién era? Pues un joven guerrero del reino.
Odín tenía a las Valquirias, mujeres guerreras de gran fama; mientras Njörðr tenía a sus Vikingos, míticos guerreros que más tarde le darían nombre a los famosos navegantes escandinavos. Pronto llegó el día en que el gran Njörðr cediera su lugar a su amada hija, Freyja. Pero, tan conservadoras eran sus costumbres que los guerreros más antiguos del reino estaban recelosos. ¿Una mujer a cargo?, pues era algo que no se había visto antes, salvo con Hela, pero la diosa de los muertos era un caso diferente. Freyja en cambio les parecía demasiado frágil.
Fue entonces cuando un guerrero, el más joven, pero el más poderoso, al nivel del héroe Siegfried, dio un paso al frente, defendiendo a su nueva señora:
—¿Dudan, acaso, los sabios guerreros de nuestra señora? —su nombre era Hyoga, aquel que había conquistado el corazón de Freyja cuando ella aún era una niña —¿Qué no es prueba suficiente cómo su poder ha mantenido a raya a los gigantes de hielo? No hay nadie más digno que ella para dirigir al ejército Vikingo.
—Si una prueba de mi poder es lo que desean, una prueba pueden elegir para mí —había dicho la diosa, con aquel porte que recordaba al de su madre Skaði.
Pero ninguno se había atrevido a pronunciar palabra luego de escuchar aquella frase de la mujer de rubios cabellos e hipnotizantes ojos verdes. Claro que para Freyja había sido complicado mantener aquel porte al cual no estaba acostumbrada. Pronto, cuando llegó a los jardines del palacio, volvió a ser la amable jovencita que adoraba las flores. Se arrodilló, sin importarle que su impecable vestido se ensuciara y aspiró el agradable aroma de las rosas que había plantado semana atrás.
—Parece que no ha cambiado nada, mi Señora.
Freyja se sobresaltó y miró hacia atrás, con un dejo de culpabilidad. Después de todo, no quería mostrarse vulnerable, pero era él, así que su gesto se suavizó y le devolvió una sonrisa que, sin saberlo, desarmaba por completo al vikingo que ahora le ofrecía una mano para ayudarla a levantarse.
—Comandante Hyoga —el hombre, de cabellos rubios y ojos azulinos, suspiró y rodó los ojos.
—No tiene que llamarme de esa manera, mi Señora Freyja.
—Y tú no tienes que dirigirte a mí de esa manera —replicó ella, con una risita cómplice —He insistido muchas veces con esto. Todos somos iguales, no importa la cuna en la que naciéramos. Prefiero que me llamen...
—Fler, lo sé —completó el otro —Siempre lo olvido. Ya sabes que estamos acostumbrados a la "formalidad". Tú eres una diosa, yo un simple guerrero.
—Eres un héroe, Hyoga —le dijo. Hyoga no pudo evitar un ligero sonroja cuando notó la devoción con que ella lo miraba —Brunilda, la heroína de Asgard, te tiene muy en alto, así como mi padre y yo misma.
Freyja tomó las manos de Hyoga entre las suyas, mientras volvía a mostrarle al guerrero aquella sonrisa tan brillante como el Sol. Él no pudo evitar sonreír también, al tiempo que atrapaba el delgado cuerpo de la diosa entre sus brazos; dejó que sus sentidos se inundaran con el aroma de esa mujer, de la mujer que amaba. Porque sí, la amaba. La había amado desde la primera vez que la vio.
—Fler, espera un poco más, por favor —le susurró —Pronto seré un héroe tan grande como Siegfried y me ganaré el derecho de estar al lado de la gran Freyja.
—¿Qué quieres decir con eso, Hyoga? —preguntó la rubia, separándose del hombre que amaba para mirarlo a los ojos, con el gesto inquisidor que había heredado de su madre.
—Fler, soy un simple guerrero, tú una diosa, una de las más grandes y veneradas —explicó —Si puedo ser tan grande como los héroes del pasado, entonces seré digno de pedir tu mano en matrimonio.
—Hyoga, olvídate de esas tonterías —replicó ella, con un dejo de tristeza —Te amo por lo que eres, no por tu posición social. Te lo he dicho antes, ¿acaso no confías en mí?
—Te confiaría hasta la vida de mi padre, Fler —contestó —Pero soy un hombre y tengo mi orgullo. Por eso te pido que por favor me esperes. Estoy seguro de que en la siguiente campaña lograré el reconocimiento de todo Asgard. Si puedo pelear al lado del gran Siegfried...
—No quiero que vayas —replicó Freyja, abrazando a Hyoga, mientras ocultaba su rostro en el pecho del guerrero —Quiero que te quedes a mi lado.
Separándose ligeramente para mirar a la mujer que amaba a los ojos, Hyoga fue acercando su rostro, hasta que cada uno podía sentir el cálido aliento del otro contra su piel. Entonces el vikingo volvió a sentir aquella imperiosa necesidad de robarle un beso. Y es que, a pesar de que se conocían desde niños, a pesar de que se querían desde niños, jamás se habían besado. Freyja jamás había besado a nadie y Hyoga lo había hecho un par de veces, nada significativo. Porque ninguna mujer podía hacerlo sentir como ella. Ninguna mujer le arrancaba suspiros aun estando en el campo de batalla, sólo Freyja podía lograr que su corazón latiera desbocado.
Freyja cerró los ojos y apretó fuertemente la túnica del rubio. Él sintió que la diosa temblaba. Hyoga miró aquellos carnosos labios que era su tentación desde niño. Tragó saliva y acercó su rostro un poco más. No más de un par de centímetros lo separaban del "fruto prohibido". Cerró los ojos él también, aferrándose con un poco más de fuerza al delicado cuerpo de Fler.
Y entonces, un simple roce. Casi como una caricia. Sintió una corriente atravesar toda su espina dorsal y los vellos de la nuca erizársele. Fler comenzó a mover sus labios contra los de él, ambos siguiendo un ritmo torpe, debido a los nervios. Cuadro perfecto digno de una pintura, hasta que la "magia" se acabó.
—Querida hermana —una sutil pero masculina voz se dejó escuchar a sus espaldas. Los jóvenes se separaron súbitamente —Capitán Hyoga.
El aludido se puso de rodillas de inmediato, en señal de profundo respeto. El recién llegado era un hombre alto, de cuerpo atlético, que vestía una impecable túnica blanca. Sus cabellos rubios los llevaba algo desordenados, lo que le daba una apariencia juguetona. Se trataba de Frey, el hermano mayor de Freyja, dios que había heredado los rubíes de su madre.
En cuanto vio a su hermano, Freyja se sonrojó violentamente. Tragó saliva, mientras inclinaba ligeramente la cabeza.
—Venía a informarles que el almuerzo se servirá dentro de poco —habló Frey, luego del silencio casi sepulcral que generó su llegada.
—Su Ilustrísima, si me permite, iré a informar a mi padre —dijo Hyoga, incorporándose. Frey asintió con la cabeza —Mi Señora —añadió mientras hacía una leve reverencia a Freyja.
Hyoga se retiró y Fler suspiró mientras lo veía marcharse con paso algo torpe, probablemente producto de los nervios.
—A pesar de su juventud, —Frey volvió a hablar, haciendo que, una vez más, su hermana menor se sobresaltara —sus logros pueden colocarse a la altura de aquellos alcanzados por el héroe de Asgard, Siegfried. Es un joven que proviene de una antiquísima familia guerrera —le hizo una seña a Fler para que regresara con él a Fólkvangr —Estoy seguro además de que esconde un gran poder que todavía ni siquiera él mismo conoce.
—¿Hermano? —lo interrogó la joven diosa, que no comprendía por qué Frey le decía todas aquellas cosas.
—Lo estaré observando mientras permanezca en Fólkvangr.
—Entonces, ¿regresarás a Alfheim? —él asintió.
—Gerð no puede hacerse cargo de todo sola —Frey detuvo su marcha un momento para mirar a su hermana. La tomó de las manos y clavó sus profundos ojos rojos en ella —Finalmente lo has comprendido, ¿verdad, Freyja? —ella parpadeó, confundida —Lo que es el amor. Sé que cuando nuestro padre te nombró sucesora hiciste un voto de castidad, pero es el deber de la cabeza de la familia asegurar la continuidad del linaje —se acercó para susurrarle al oído las siguientes palabras —Además, él parece un buen prospecto —y le guiñó un ojo.
Frey besó a su sonrojada y confundida hermana en la frente y emprendió la marcha de regreso al palacio. La rubia tuvo que correr para alcanzar a su hermano, sin embargo cuando logró procesar las palabras que el mayor acababa de dedicarle, Freyja sonrió ampliamente, sintiendo un extraño cosquilleo en el estómago que no precisamente tenía que ver con el hambre.
