Hakuoki no me pertence (brincos diera). Esto lo hago sólo por satisfacción personal y con el sincero deseo de entretenerles. Espero que lo disfruten.


"La muerte debería ser pacífica, sin traumas, rápida. De la misma manera como se extingue una vela. Pero veo que no es así. La muerte puede ser cruel, inmisericorde. Te muestra lo que ha sido de ti, lo que has vivido, incluso aquello que habías olvidado. Te ves cometiendo errores que luego quisieras no haber hecho. Las decisiones, que hubiese tomado de manera distinta si en ese momento hubiese sabido cómo acabarían las cosas. Y ahora mientras yazco en lo que son los últimos momentos de mi vida, ha llegado mi turno de ver desfilar ante mí mi pasado".


Abro mis ojos a la oscuridad que me rodea y me envuelve como un manto. No hay sonidos, todo es silencio. No peso. Siento que floto. Intento hablar y es entonces que me doy cuenta que estoy sumergida en agua. El sabor a sal me quema la nariz y la garganta haciendo arder mis pulmones. ¿Hacia dónde puedo ir? ¿Cómo orientarme entre tanta oscuridad?

Sobre mi cabeza, veo un resplandor. De nuevo la oscuridad, seguida nuevamente de otro resplandor. Arriba. Tengo que ir arriba. La oscuridad va quedando atrás, voy a la luz.

Al salir a la superficie, respiro y me encuentro tirada en un piso empedrado. No puedo moverme. Y no estoy sola. Ojos, risas, palabras que no puedo entender. Y unas manos que me sujetan firmemente al suelo.

- ¡No por favor, por favor, por favor!

No puedo moverme. Oigo voces y risas. Luego viene hacia mi una sombra, veo unos ojos y luego una mano que me agarra.

- ¡NOOOO!

Seis meses antes…

- ¡NO POR FAVOR!-

La mujer abrió los ojos mientras gritaba y quedaba sentada en su futon, resoplando. Jadeante miró a su alrededor. Aún no amanecía. Pasó su mano sobre su frente, empapada de un sudor frío.

Su pesadilla nunca duraba tanto. Pero mirando al espacio vacío del cuarto recordó con tristeza que ya no habría nadie que la despertara de sus pesadillas.

Hacía dos meses que Hiroshi había fallecido. Él fue su única compañía y amigo en los casi cinco años que llevaba viviendo en Japón. Gracias a él aprendió a leer y escribir el idioma así como las costumbres del país. Amamiya Hiroshi le dio una nueva identidad y le ayudó a vivir la nueva existencia que el hado le había entregado.

De nada valía intentar dormir. Aún debía faltar un par de horas para el amanecer. Caminó hasta la mesa llena de papeles. Encendió una vela que pronto iluminó la sencilla estancia. Yukimura-sensei, la única visita que recibía, vendría a buscar la traducción de estos libros.

Tomó su pincel y en su mente pudo ver a su viejo amigo, y escuchar su voz que le decía "recuerda Yoko, el trazo debe ser seguro, firme…". La joven mujer sonrió ante el dulce recuerdo, mientras dijo en voz alta imitando a Hiroshi cuando le regañaba con ternura.

- …que no se diga que Amamiya Hiroshi no te enseñó correctamente.

Abrió el libro y continuó leyendo donde se había detenido ayer: there are some elements that could enhance human performance. Suspirando empezó a escribir en su cuadernillo: hay algunos elementos que podrían mejorar el rendimiento humano…


El sol había salido hacía rato para cuando Yoko dejó de lado su pincel y miró orgullosa su cuadernillo.

- Terminé.

Se levantó del suelo. Pronto se había cambiado de su yukata de dormir a un sencillo kimono. Tenía labores que hacer ese día. Amarró las mangas de su kimono, y se colocó un delantal para hacer sus labores de limpieza. Después de limpiar la pequeña casa, lavó la ropa, preparó como desayuno unas bolas con el arroz que le había sobrado del día anterior.

Estaba tan acostumbrada a cocinar para dos que se le hacía difícil romper el hábito. Se consolaba diciéndose a sí misma que así se evitaba pensar qué debía preparar en el desayuno del día siguiente. Cerca del medio día una niña del lugar llegó hasta su casa.

- Buenos días Amamiya-sensei- saludó desde el otro lado de la puerta.

- Buenos días Misaki-chan- contestó alegremente, al reconocer la voz de la pequeña sin necesidad de verla, al tiempo que le abría la puerta.

- ¿Cómo ha seguido tu mamá, Misaki-chan?

- Mucho mejor Amamiya-sensei. La medicina que le preparó le ha ayudado muchísimo.

- Me alegro, y me imagino que vienes por su última dosis, ¿no es cierto?

- Sí- contestó la pequeña que aún no cumplía ocho años.

Sonriendo Yoko fue hasta su alacena, tomó el frasco y regresó a la entrada donde le esperaba la niña.

- Con esto se mejorará completamente.

- Muchas gracias. Mi papá me pidió que le entregara esto, él mismo los pescó- , dijo la pequeña mostrando orgullosa los cuatro pescados.

- Muchas gracias Misaki-chan. Serán un excelente almuerzo. Por favor dale las gracias a tu padre de mi parte.

- Lo haré. Hasta pronto sensei, muchas gracias.

- No hay de qué, hasta pronto.

La pequeña atravesó el jardincillo de plantas medicinales que había en la entrada y al llegar al final se topó con un hombre. El sujeto se la quedó mirando con su semblante serio.

- Buenos días- dijo el extraño con seriedad.

Ella le devolvió la mirada. Un temblor recorrió la espalda de la pequeña.

- Buenos días señor... yo… ¡ya me voy!- y sin más salió corriendo hacia su casa.

- Buenos días Yukimura sensei. Parece ser que asustó a mi paciente.

- Buenos días Yoko. Creo que los niños no me tienen confianza.

- No lo esperaba hasta mañana, pero pase usted. Me han dado estos pescados, porque no descansa un poco y almuerza conmigo.

- Eso suena muy bien, Yoko. Acepto tu invitación.

Yukimura Koudou entró en la casa. Observó los libros que, le había dejado meses atrás y los escritos de Yoko sobre la mesa.

- Veo que has estado trabajando Yoko.

- Terminé al amanecer. Porque no lo lee mientras preparo la comida.

Yukimura no necesitó que le insistiera mucho y empezó por los escritos de química y biología occidental. Pronto el olor a pescado asado, la sopa de miso, el arroz y los vegetales impregnó el lugar.

Tranquilamente Yoko arregló las bandejas con la comida. Las llevó hasta la salita en donde Yukimura seguía leyendo. Eso le indició a Yukimura que debía suspender su lectura para comer.

- Tu caligrafía ha mejorado muchísimo- dijo Yukimura, dejando los apuntes de lado.

- Práctica, mucha práctica.

- Yoko.

- Si sensei.

- Debes preparar tus cosas, nos iremos a Kioto mañana por la mañana.

El abrupto anuncio le dejó sin palabras. Había permanecido casi cinco años aislada en esa aldea y de repente Yukimura deseaba llevarla a la capital.

- ¿Irnos a Kioto?

- Ha llegado el momento. Yoko, por fin tras años de trabajo, el shogunado ha reconocido la importancia de mi trabajo. Mi presencia es indispensable y tienes que venir conmigo.

Yukimura tenía una forma peculiar de pedir las cosas. Yoko sabía que no era una solicitud, era una orden.

- Arregla lo que tengas que organizar para que podamos salir temprano. Tenemos un largo camino que recorrer.

Yoko miraba al suelo pensativa.

- Todo va a salir muy bien. Además ahora que Hiroshi-san no está, no tienes nada que te ate aquí ni tienes razones para quedarte. Espero que recuerdes que fue gracias a mí que Hiroshi-san y tú pudieron conservar sus vidas.

- Nunca lo he olvidado, Yukimura-sensei. Y usted es consciente que yo me he encargado de mostrarle nuestra gratitud desde entonces.

Yukimura Koudou sintió el enojo en la voz de la mujer, pero sinceramente no le importaba. Ignorando el malestar de ella, cambió el tema de conversación.

- Tal vez esto no te entusiasme pero traje más libros para traducir. Tendrás mucho que hacer en Kioto. Y ahora comamos, nada me disgusta tanto como la comida fría.

En los últimos años Yukimura se había vuelto más reservado, frío y distante en su trato para con ella. No podía evitar preguntarse si sería así con todos. Este Yukimura era tan distinto a aquel que consiguió que perdonasen su vida y la de Hiroshi.

Después que Yukimura hablara, no hubo más conversaciones durante el almuerzo.

Por la tarde, Yoko se había despedido de las pocas amistades que tenía en la aldea. Misaki lloró mucho al saber que Yoko se iría y que no sabía cuánto demoraría en regresar.

Camino a casa, Yoko hizo una última parada. Había alguien más de quien debía despedirse. Se paró frente a una sencilla lápida de piedra con el nombre Amamiya Hiroshi grabado en ella.

- Hola Hiroshi-san. Mañana me marcho de la aldea. Yukimura-sensei y yo nos iremos a Kioto. Misaki-chan prometió cuidar del jardín que me sembraste, y su padre dijo que no permitirá que tu tumba quede desatendida, Hiroshi. No sé cuándo regresaré… o si regresaré.

Las lágrimas hicieron que su vista se tornase borrosa. Sus hombros temblaban, lo mismo que sus labios y su voz. Yoko se permitió llorar de rodillas frente a la tumba de quien se convirtió en su segundo padre. Llorar era algo que no podría hacer frente a Yukimura-sensei.

- ¡Te extraño tanto, y me siento tan sola y perdida sin ti! No sé qué me espera en Kioto pero te pido que me cuides, desde donde te encuentres Hiroshi-san.

Una vez que desahogó su llanto, Yoko miró al cielo y la primera estrella de la noche apareció ante ella. Su madre le había dicho, cuando ella era tan sólo una niña, que esa era la estrella de los deseos y que debía pedir el suyo antes que la siguiente estrella apareciera en el firmamento. En silencio Yoko pidió un deseo, encontrar su destino en Kioto.


En la aldea de Mibu un grupo de guerreros sin señor practicaban con sus armas. Habían llegado de Edo para defender al Shogun y mantener la paz en Kioto. Pero sin contar con un señor que les patrocinara, no había mucho que hacer, más que practicar para no perder sus habilidades.

- Esto es aburrido. No vinimos desde Edo a Kioto para jugar con espadas de madera. Vinimos a luchar. Desde que llegamos, poco ha cambiado nuestra situación.- Se quejaba en alta voz un joven de ojos verdes con mirada penetrante como una espada y juguetona a la vez.

- No te quejes tanto Okita-san- respondió Sanosuke quien a diferencia de Okita, practicaba con su lanza. - Piensa que es como en los viejos tiempos. Estamos casi todos reunidos, y es cuestión de tiempo para que alguien nos patrocine.

Sanosuke había dicho casi, puesto que en el grupo faltaba otro camarada, Saito Hajime.

- Por lo menos Serizawa-san sigue de viaje y podremos relajarnos un poco- contestó Shinpachi quien se ejercitaba con su espada de madera.

- Eee, ¿y esa forma de expresarse? Pensé que tendrías a Serizawa-san en mejor estima, Shinpat-san- dijo en tono burlón Okita.

- Cierto Shinpachi. Después de todo te trata con más respeto que al resto de nosotros porque ambos son del estilo Shindou Munen- indicó Sanosuke

- Sus incursiones en Shimabara no me resultan divertidas. Cuando se emborracha se pone pesado y arruina la diversión. Las geishas le temen tanto que me ignoran por completo pensando que soy como él. Me hace muy mala fama y arruina mis oportunidades con las mujeres- dijo con amargura Shinpachi.

Los presentes no pudieron evitar carcajearse ante las quejas de su amigo.

- Pero aun así aceptas sus invitaciones Shinpachi- observó Sanosuke.

- Y que más me queda, ustedes logran huir antes que yo- se quejó Shinpachi.

- Jajaja eres muy lento Shinpachi- río nuevamente Okita.

- Hey- gritó Heisuke quien corría hacia al grupo, - ¿se enteraron?- preguntaba mientras trataba de recuperar el aliento después de la carrera.

- ¿Enterarnos de qué Heisuke-kun?- preguntó Okita.

- Serizawa-san ha regresado, pero no solo. Trajo consigo a un joven. Parece ser que le asaltaron y lo dejaron tirado en el camino y él lo ha rescatado.

- Algo malo estará planeando. Serizawa-san no conoce la amabilidad. Es todo lo contrario de Kondou-san- respondió Okita, a quien no le importaba que los demás supieran el profundo aprecio y admiración que le profesaba a Kondou Isami.

- Kondou-san ha dispuesto que el joven se quede en uno de los cuartos- continúo diciendo Heisuke.

- ¿Y esa noticia te emociona? Mejor hubiese traído a una mujer, hay demasiados hombres aquí, como para traer otro más- respondió Shinpachi.

Su comentario hizo reír a los demás.

El joven, Ryunosuke Ibuki pronto se convirtió en parte de la rutina de todos en el lugar. Okita se sentía feliz de tener a alguien a quien molestar.

Ryunosuke se convirtió en un sirviente de Serizawa. En su perro, como él lo llamaba. En ocasiones Ryunosuke deseó haber muerto en la montaña. Pero la amistad con Heisuke le animaba y pronto aprendió a apreciar a todos los miembros del Roshigumi, incluso a Okita y al estricto Hijikata Toshizo.

Al grupo se había reincorporado Saito Hajime, y aunque no era muy conversador, Ryunosuke aprendió a llevarse bien con él.


Tras un largo viaje, dos personas se mezclaban con los vecinos de la capital.

- ¡Kioto es enorme!- exclamó Yoko mirando con admiración todo a su alrededor. Desde su llegada al país, había permanecido en la aldea de dónde provenía la familia de Hiroshi.

- Así es. Debe ser sorprendente para ti, habiendo estado tanto tiempo en la aldea- respondió Yukimura.

Ambos llevaban sombreros de bambú, lo cual convenía para pasar desapercibidos. El cambio de ambiente había resultado beneficioso para el ánimo de Yoko. Pese al cansancio por haber recorrido tan gran distancia a pie, se sentía vigorizada, y por primera vez en muchos años se sintió incluso optimista.

- ¿En verdad vamos a quedarnos en la capital?- preguntó Yoko con interés.

- Parece ser que ya no te disgusta la idea. Sí, vamos a quedarnos aquí, por tiempo indefinido. No obstante, aplican las mismas reglas Yoko. Hasta nuevo aviso y salvo que te diga lo contrario, sólo saldrás acompañada conmigo, ¿estamos claros?

- No voy a escapar, Yukimura-sensei.

- Es por tu seguridad Yoko, la gente acá no es como en la aldea. Ellos te aceptaron por Hiroshi. Se creyeron el cuento de que eras la hija que tuvo con una extranjera. Eso les bastó para aceptarte sin mayores cuestionamientos. Yoko, aquí para muchos te mirarán con desconfianza y te aseguro que para ellos no tendría importancia lo que le suceda a un extranjero, menos a una mujer.

- ¿Y en dónde sí importa, Yukimura-sensei?- expresó con tristeza.

- Vamos Yoko, no te entristezcas. Te tengo una noticia que me parece te dará gusto. Matsumoto-sensei también se encuentra en Kioto.

- ¡Matsumoto-sensei! Oh hace años que no le veo, será agradable conversar con él.

Pero la conversación fue interrumpida. Tres espadachines amenazaban a un hombre y su hijo pequeño. Ellos se hicieron con el dinero del hombre. El pequeño, molesto por el abuso de esos hombres, no tuvo reparos en hacerles saber su opinión.

- ¡Devuélvanos nuestro dinero, ladrones!- les gritó el niño con el semblante enojado.

- ¿Nos estas llamando ladrones? ¡Maldito mocoso!- Gritó el hombre al pequeño al tiempo que levantaba su puño.

- Yukimura-sensei hay que hacer algo. Van a hacerle daño al chiquillo.

- Yoko no- dijo Yukimura tomándola del brazo para detenerla e impedirle intervenir.

- Pero Yukimura-sensei...

No había terminado de hablar Yoko, cuando alguien más había actuado, tomando al hombre por el brazo impidiéndole que golpeara al chico.

- Déjalo pasar es sólo un niño.

- No vamos a dejar pasar a nadie que insulte a nuestros guerreros así se trate de un niño.

- Como se atreven a llamarse guerreros cuando roban a personas inocentes y levantan la mano para golpear un niño pequeño.

La discusión iba en aumento y el asunto lejos de finalizar, se iba agravando. Las espadas salieron a relucir.

- Si eres un guerrero desvaina tu espada- le dijo uno de los espadachines al buen samaritano que había intervenido.

El hombre no se esperaba aquello y era evidente que el joven estaba nervioso. Las personas alrededor sólo se limitaban a mirar evitando involucrarse.

- ¿Qué ocurre? ¿Es que tienes esa espada de adorno? ¡DESENVAINA YA!

Al grito del espadachín, el joven trastabilló y cayó de espaldas, rompiendo la botella de sake que llevaba al hombro. El hombre que había sacado su espada, no dudó en atacar al joven tirado en el suelo. Yoko cerró los ojos asustada, hasta que escuchó un ruido metálico.

Al abrirlos nuevamente, vio que otro joven, de la misma edad que el que yacía en el suelo, había bloqueado el ataque con su espada. Y no iba solo. Otros dos hombres lo acompañaban.

- ¿Estás bien Ryunosuke?- preguntó el joven de brillantes ojos azul verdoso y largos cabellos castaños atados en una cola de caballo.

- ¡Heisuke!- dijo Ryunosuke desde el suelo.

- ¿Quién se supone que eres? ¿Estás intentando meterte en nuestro camino? ¡Derrotémosle!- preguntó otro de los alborotadores.

- Me temo que eso no va a suceder- respondió Heisuke.

- Es nuestro trabajo defender a Kioto de ronins como ustedes- intervino otro de los hombre que acompañaban a Heisuke. Este era alto, musculoso, con el cabello castaño corto y ojos azules.

Los rufianes no pensaban desistir. Es más la presencia de unos oponentes les entusiasmó, por lo que decidieron pelear con los otros hombres.

Era evidente que éstos hombres eran muy superiores a los rufianes que no solo fueron derrotados y humillados, incluso recuperaron el dinero robado. Yoko suspiró aliviada al ver que todo había terminado sin mayores contratiempos.

- ¿Estás bien Ryunosuke?- preguntó el tercer hombre. Este era alto, y con el cabello castaño cobrizo, no tan largo como su compañero, pero al igual que aquel lo llevaba amarrado. Además tenía ojos hermosos del color del ámbar.

Éste levantó la bolsa del dinero del suelo y tras sacudirle el polvo, se lo entregó al dueño quien lo veía con una cara de terror.

Lo que Yoko vio a continuación le molestó. En vez de agradecer como era debido, el hombre tomó su dinero en una mano y al niño de la otra y salió corriendo por la calle. La gente a su alrededor murmuraba.

- Los ronin estuvieron aquí nuevamente. Son una molestia. No hacen más que ocasionar problemas. Ojalá se marcharan de aquí.

Yoko no daba crédito a lo que veía y oía.

- Yukimura-sensei, ¿qué sucede con estas personas? Nadie quiso intervenir. Estos hombres salvaron a esas personas, y los tratan como indeseables.

- Son ronins Yoko. La gente desconfía de ellos.

- ¿Ronins?

- Samuráis sin señor. Espadas sin amo a quien servir. Espadachines que no obedecen a nadie. Muchos de ellos abusan de los más débiles e incluso roban con pretexto de que lo hacen en nombre del emperador.

- Pero estos hombres no hicieron nada malo, por el contrario defendieron a quienes estaban en peligro cuando nadie hizo nada por defenderlos.

- Un ronin es un ronin, no importa lo bueno que sea, la gente verá solo a un ronin- Yukimura miró fijamente a Yoko antes de continuar - y un extranjero será siempre un extranjero. No importa que nombre uses ni que hables su idioma y te comportes como ellos. No lo olvides.

Yukimura empezó a caminar. Yoko miraba al suelo cavilando en lo que Yukimura acababa de decirle.

Yoko escuchó cuando el hombre que había devuelto la bolsa del dinero, le dijo a sus compañeros que no hicieran caso a los comentarios y que siguieran su camino. En sus ojos ambarinos había desilusión pero no por ello bajó la mirada. Se alejó caminando con la frente en alto. Yoko lo seguía con la mirada.

- Yoko, vamos.

Ella vio como los hombres se alejaban, ignorando los comentarios de las personas. Los observó con tristeza. Al igual que ella eran discriminados por su condición no por lo que eran, ni por sus acciones. Yoko siguió caminando tras Yukimura, pero ya la ciudad no le parecía tan emocionante. Por el contrario, deseó con todo su corazón estar de vuelta en su aldea.


Nota de la autora: Me imagino que deben haber pensado "No que está pasando aquí como que seis meses antes". Bueno había dicho que le iba a dar un respiro a Yoko en el siguiente capitulo no? Además en estos tres capítulos (No puedo creer que ya lleve 3 capítulos) claramente se ha insinuado que habían sucedido otros eventos antes. Y era un buen momento para ir al pasado e ir conociendo algo de la génesis de la historia. No se preocupen eventualmente llegaremos al punto en donde quedó la historia. (risita tipo Megumi Takani con orejitas de zorro).

Vicky-chan16 gracias por tu review. Si me parece que Sanosuke es el tierno del grupo capaz de dar su vida por defenderte. Todo un caballero. Lástima que ya quedan pocos por no decir que no hay caballeros. (En mi país dicen que no hay caballeros pero si caballos, pero me parece que eso es un insulto a tan noble animal). Espero que te guste esta nueva entrega ahora que hemos retrocedido en el tiempo.

Sessha Jazmin gracias por tu comentario y muchísimas más gracias por tu recomendación. Tienes razón en un 100%. Los guiones son mejores para los diálogos y las comillas para los pensamientos. Tanto me gustó tu recomendación que actualicé los otros capítulos para que sigan ese formato. Me gusta darle a mi O.C. un poco más de carácter e independencia y que sea capaz de hacer cosas por ella misma. Si ya sé que en el siglo XIX la mujer estaba valorada muy por debajo de su valor real, pero en todas las eras han existido grandes mujeres que decidieron hacer una diferencia (gracias a Dios por ello). Me alegra que sigas la historia. Espero que este capítulo te haya resultado interesante.

Por cierto descubrí en el menú el traffic stats (si así de despistada soy) y veo que la historia ha recibido visitas de varios países (la gráfica dice que hasta de Rumanía, wao) A todos esos lectores anónimos gracias por leer y anímense a dejar un review.

Hasta el próximo capítulo.

Ainhoa 11