Disclaimer: la saga de Harry Potter pertenece exclusivamente a J.K. Rowling y a quien ella ceda los derechos. Como yo no los tengo, escribo este párrafo para poder compartir sin ánimo de lucro esta historieta con vosotros. ¡Besos!
CAPÍTULO UNO
REGRESO A GRAN BRETAÑA
Anne Bishop esperaba pacientemente la llegada del vuelo de Boston en el aeropuerto de Heathrow. El vuelo llegaba con retraso, por culpa de un temporal que había sobre el mar Atlántico.
Anne estaba impaciente. Llevaba diez meses sin ver a sus niños. Sonrió. Jamás pensó que podría llegar a quererles tanto. Pero desde el primer momento en que los vio, supo que era amor, y eso que ella nunca había sido del tipo maternal.
- Boeing 767 procedente de Boston, puerta B3.
Anne se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta B3. Sabía que aún tardarían en salir, pero no podía evitar estar allí. Pasó aún media hora antes de que los primeros pasajeros saliesen por la puerta. Anne comenzó a buscar ansiosa.
- ¡Tía Annie!
Dos niños salieron corriendo y se abalanzaron sobre la mujer. Ella les abrazó contenta y feliz.
- ¿Cómo están mis niños? ¿Qué tal el viaje? Me tenéis que contar muchas cosas.
- Ha sido alucinante – rió el más pequeño de los chicos – El avión tenía turvelencias…
- Turbulencias tonto – corrigió el otro niño.
- No me llames tonto – se enfadó el pequeño.
- Aún no llevamos ni una hora aquí, no empecéis a discutir – dijo la voz de un hombre.
Anne sonrió al verle. Era un hombre alto, llevaba el cabello negro largo y recogido en una cola, y sus ojos verdes brillantes estaban enmarcados por unas sencillas gafas redondas. Seguía siendo muy atractivo aún con treinta y tres años.
- ¡Tía!
Anne se dirigió a la pequeña niña que el hombre llevaba en brazos. Era la más pequeña de sus sobrinos, la única niña.
- ¿Cómo está mi princesa? – sonrió al cogerla en brazos.
- Bien – se rió la pequeña antes de abrazarse a su cuello.
- ¿Todo bien? – le preguntó entonces al hombre.
- Todo bien – sonrió este.
- ¿Estás preparado Harry? – le preguntó guiñando un ojo.
Harry Potter miró hacia la puerta. Londres. Había vuelto.
- Listo – respondió.
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Habían pasado quince años. Harry miró por la ventana del automóvil. La ciudad no parecía haber cambiado mucho.
Anne conducía mientras miraba de reojo a su cuñado. La primera vez que le vio fue en la sala de espera del hospital, hacía ya once años. No sabía que pensar, puesto que no sabía nada de él. Solo que estaba prometido con su hermana Enid, y esperaba nervioso el nacimiento de su primer hijo.
Anne había tenido miedo. Llevaba dos años en Londres, gracias a una beca. Quería ser abogada y estudiar en Oxford. Entonces tenía solo diecisiete años y quería ser libre. Por tanto, no entendía como su hermana, con tan solo veinte años, iba a ser madre y casarse. Y con un hombre que había conocido tan solo un año antes.
Pero no tuvo más que ver el amor de ese misterioso chico cuando le dieron en brazos a su hijo, un chico que se llamaría James, para entenderlo.
Anne sonrió al divisar por el retrovisor a su sobrino. Era un poco bajito para su edad, e idéntico a su padre. Tenía el pelo alborotado y negro, y unos ojos verdes.
A su lado viajaba el segundo de sus sobrinos, Alexander. Él era más parecido a su madre, castaño, pero con los mismos ojos verdes que su padre. Tenía ocho años.
Y luego la pequeña Enid. La niña ya tenía tres años, y tenía el pelo negro como su hermano mayor. Más sus ojos eran negros, como los de ella misma. Anne sabía que eran herencia de su difunto padre.
Entonces recordó a su hermana. Su pobre hermana, que no había llegado a conocer a esa pequeña niña que llevaba su nombre. Enid había muerto con tan solo veintiocho años, tras graves problemas en el parto.
Fue entonces cuando viajó a Boston, para ayudar a su cuñado con los niños. Después de todo, él no tenía más familia y a ella era la única que le quedaba.
Pero no podía quedarse para siempre en Boston. Tenía trabajo en un importante buffet de abogados y un novio maravilloso que le había pedido matrimonio. Así pues, regresó y se casó.
La sorpresa vino unos meses después, cuando Harry le comunicó que se trasladaban a Londres a vivir.
Y así pues, ahora estaban donde estaban. Anne apagó el motor. Habían llegado a la casa.
- ¿Harry? – le llamó.
El hombre se sobresaltó y pareció desorientado por un segundo.
- Disculpa Anne – dijo.
- Venga, ya hemos llegado – sonrió ella.
Los niños bajaron del coche, y entre todos, llevaron las maletas a la casa. Harry se había negado, quería haber buscado una casa para él y sus hijos, pero Anne le convenció, y así se instalaron en la casa de la mujer. Era una casa bastante grande, a las afueras de la ciudad.
Adam Bishop, el marido de Anne, era publicista y bastante más mayor que su mujer. También era famoso en todo el país por sus campañas y fuera del mismo.
Aguardaba en la puerta de la casa con una sonrisa. James y Alex le vieron y salieron corriendo hacía él.
- ¡Tío Adam!
El hombre les abrazó con fuerza. Había llegado a cogerles mucho cariño.
- ¿Qué tal mis hombrecitos? – les sonrió.
Harry llegó a su lado y saludó.
- ¡Vaya! – rió Adam – Pero si es el famoso Harry Potter.
Y es que al igual que Adam era un famoso publicista, Harry era un famoso fotógrafo. Había comenzado con paisajes, y pronto se vio fotografiando a personajes mundiales, y haciendo grandes reportajes para revistas. Una vez, un periodista neoyorquino le describió como "el cazador de momentos mágicos".
- ¿Qué tal esta hoy el famoso Adam Bishop? – respondió Harry.
- Me alegro de verte – dijo su cuñado con un fuerte apretón de manos.
Unas horas después, Harry estaba sentado sobre su cama. A su lado estaban varias maletas y la cama de Enid. Sus hijos mayores compartirían una habitación frente a la suya.
Harry comenzó a guardar sus pertenencias. Y entonces, advirtió la presencia de un pequeño baúl. No evitó un amago de sonrisa. Sabía que contenía ese baúl, al igual que sabía que estaba en tamaño reducido. Porque Harry Potter no había olvidado que durante siete años fue un mago.
Un poderoso mago, y famoso por haber derrotado dos veces al Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Pero había dejado atrás aquel mundo, encerrando en aquel baúl sus libros, su escoba y sus pertenencias. Únicamente conservaba su varita, guardada en un fino bolsillo de su pantalón, junto a su pierna derecha. Se sentía vacío si no la llevaba consigo, pese a que hacía quince años que no la usaba.
Alguien llamó a la puerta. Harry colocó el baúl bajo a la cama y abrió. Anne entró con una sonrisa, llevando sábanas recién planchadas.
- Supongo que habrás traído tus cosas, pero te he subido estas sábanas por si te hacen falta – dijo ella con una sonrisa – ¿Todo bien?
- Gracias por todo Anne – dijo él con sinceridad – De verdad, no se como agradecerte todo lo que estás haciendo por mí.
- No seas tonto – rió ella – Que no me cayeras bien al principio porque pensaba que te aprovechabas de mi hermana no significa que no te quiera. Hace mucho que cambié mi opinión sobre ti.
Anne no pudo evitar abrazar al hombre, que le devolvió el abrazo con fuerza. Cuando se separaron, ambos tenían lágrimas en los ojos.
- Vaya par de tontos – se rió ella.
- Gracias Anne – repitió él antes de que ella se fuese de la habitación.
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Dos semanas después, Harry vestía a su pequeña para la cena. Adam había invitado a cenar a unos empresarios importantes para los cuales realizaba una campaña publicitaria. Harry no sabía de que era la empresa, pero si que la llevaban padre e hijo, y que el hijo estaba casado con la hija de un miembro del parlamento inglés, con lo cual el hombre intuyó intereses políticos de por medio.
Harry bajó al comedor a las ocho con su hija. La cena era a las ocho y media. Los invitados llegaron puntualmente. Anne fue la encargada de recibirle junto con James y Alex.
- Buenas noches señores Dursley.
Vernon y Petunia Dursley entraron en la casa. El hombre se había vuelto más gordo y calvo, si eso era posible, mientras que su mujer seguía teniendo un cuello de caballo y aires de cotilla. Tras ellos entraron Dudley y su mujer.
James y Alex se acercaron sonrientes.
- ¿Nos permiten sus abrigos?
Las señoras Dursley les dieron los abrigos. Dorothea Dursley sonrió a los niños y luego se dirigió a Anne.
- No serán sus hijos, ¿o sí? – dijo educadamente – Permítame decirle que no la hacía madre tan joven.
- Oh no – se rió Anne – Solo llevo un año casada. Son mis sobrinos. Mi hermana murió y ahora viven aquí.
- Lamento la pérdida, debe ser muy duro – respondió Dorothea.
- Fue hace tres años – dijo Anne – Afortunadamente salimos adelante.
Petunia había estado oyendo la conversación de las mujeres, y no pudo evitar pensar en su sobrino. Además, el mayor de los niños era tan parecido… Ella también tuvo que cuidar de su sobrino cuando su hermana murió, aunque tal vez no lo hizo bien.
Adam salió a recibirles. Vernon y Dudley estrecharon su mano, ya se conocían de las reuniones.
- Pasen al comedor por favor – indicó Adam – Espero que no les importe, pero mi cuñado y mis sobrinos viven aquí desde hace unas semanas y estarán en la cena. Permítame que les presente…
- ¡Potter!
Vernon y Dudley habían entrado tras Adam en el comedor, y ahora estaban quietos en la puerta. Harry, por su parte, también estaba de pie frente a ellos, sujetando a su hija en brazos.
- ¿Se conocen? – inquirió Adam.
Entonces se oyó un fuerte ruido. Petunia acababa de entrar al comedor y su bolso había caído al suelo, mientras clavaba su mirada en su sobrino. Parecía como si el mundo se hubiese evaporado y solo estuviesen ellos cuatro.
Enid llamó a su padre.
- ¡Bájame! – pidió.
Harry dejó en el suelo a su hija, sin dejar de mirar a sus tíos y su primo.
- ¿Qué demonios haces tú aquí? – exclamó finalmente Vernon Dursley – Ellos dijeron que había una guerra.
- La ganamos tío Vernon – respondió simplemente Harry.
- ¿Usted es su tío? – inquirió Adam sorprendido.
- Adam, te presento a mis tíos Vernon y Petunia, y mi primo Dudley – ironizó Harry.
- Vaya, que agradable coincidencia – dijo Anne en un intento de suavizar la tensión que se palpaba en el comedor.
- Dejé claro que no quería volver a verte – gruñó Vernon.
- No creas que he venido aquí expresamente para saludarte – respondió mordazmente Harry.
Entonces, ocurrió un hecho inesperado, igual a otro ocurrido hacía ya dieciséis años.
- Me alegro de verte Harry – dijo Dudley alargando su mano.
- Yo también Big D – respondió Harry estrechándola.
- ¡Maldito chico! – Vernon se enfurecía.
- ¡Vernon!
Petunia acababa de alzarle la voz a su marido, por primera vez en muchos años. Solo se la había alzado en otra ocasión, la mañana siguiente de Halloween, cuando hallaron frente a su puerta a un bebé…
- ¿Por qué no cenamos? – dijo Dudley.
Todos asintieron y tomaron asiento en la mesa. Vernon se sentó lo más alejado de Harry, junto a Adam y su hijo. Los niños estaban instalados en una esquina, y Harry se sentó con ellos y las mujeres.
Dorothea trató de entablar conversación con el hombre.
- Dudley no mencionó nunca que tuviese un primo. Es una agradable sorpresa conocerte – dijo.
- Bueno, tuvimos nuestras diferencias de pequeños – respondió Harry.
- Suele suceder – rió la mujer – Yo tengo unas primas con las que nos llevábamos a muerte en el internado, y fíjate, terminaron siendo mis damas de honor en mi boda.
Harry sonrió educadamente. Pero no pudo evitar mirar a su tía, que parecía incómoda. Dirigió su mirada a la pequeña de la casa. Y no pudo evitar una sonrisa.
- Se parece a Lily – susurró – Si fuera pelirroja y con los ojos verdes sería ella – la niña sonrió – Tiene su misma sonrisa.
Harry no pudo evitar mirar a su tía, y por primera vez, halló en sus ojos el recuerdo de una hermana mayor.
- La vida te ha tratado bien Harry – dijo Petunia dirigiéndose por primera vez a su sobrino – Me alegro.
El hombre jamás hubiera esperado un comentario de ese tipo por parte de su tía. Solo atinó a sonreír.
- Gracias tía Petunia – dijo quedamente.
La cena transcurrió con normalidad. Luego pasaron al salón a tomar el té, momento que Adam y los Dursley aprovecharon para tratar temas más serios. Y entonces sucedió.
Enid hizo magia. No es que Harry no hubiese notado nada indicios en sus hijos. Recordaba la vez que su mujer y él encontraron a James, con tan solo dos años, subido sobre el armario de la cocina, donde se guardaban las galletas. Enid se rompió la cabeza tratando de averiguar como había ido a parar allí arriba el niño. O cuando se le pegó un chicle a la cabeza a Alex, y le raparon por completo. Al día siguiente tenía el pelo tal cual.
Pero la pequeña Enid aún no había hecho magia. Y sin duda, escogió un momento oportuno.
La niña jugaba felizmente con cubos de colores cuando estos comenzaron a flotar a su alrededor. Ella siguió feliz con sus risas, pero los adultos se quedaron quietos e inmóviles.
Puede que Dorothea Dursley pensara que había algún truco con hilos de pescador, pero los tres Dursley restantes sabían muy bien de que se trataba. No obstante, habían lidiado con ello por años.
- ¡Tú! – bramó Vernon, poniéndose de pie nervioso - ¡Otra vez haces eso!
El hombre hizo un intentó de llegar a los cubos, y Harry se levantó deprisa para apartar a su hija del camino del hombre.
- ¡Engendro anormal! ¡Tus mocosos son iguales que tú! – gritó enfurecido.
Adam y Anne no sabían que responder. Pero Harry no se iba a dejar amedentrar como cuando tenía ocho años.
No pensó en las consecuencias, y sacó su varita del pantalón, colocándola sobre el cuello de su tío.
- Atrévete a decir una palabra más, y desearás no haberme conocido tío Vernon – dijo enfurecido – Ahora soy adulto y no pueden castigarme. Y no permitiré que insultes a mis hijos como hacías conmigo.
- Vernon por favor – suplicó Petunia, nerviosa y asustada.
Pero ambos hombres se miraban con rabia. Entonces, Dudley decidió intervenir.
- Harry – dijo – Tranquilo. Yo mismo no voy a permitir que tus hijos o tú seáis insultados.
Harry clavó sus ojos verdes en su primo. Había cambiado y mucho. Asintió. Y lentamente retiró la varita del gordo cuello de su tío.
Murmurando unas disculpas, cogió a sus hijos y subió a sus habitaciones.
Poco después oyó como se despedían. Y entonces bajó las escaleras. James y Alex estaban en su habitación, y Enid acostada. Cuando bajó, encontró a sus cuñados confusos en el salón.
- Siento lo ocurrido – dijo.
Anne le miró sin decir nada, y fue su marido quién habló.
- Si te refieres al contrato no ha habido ningún problema. Tú… primo ha accedido a que realice la campaña, pese a ciertas oposiciones de tu tío – dijo Adam seriamente – Pero ahora me gustaría entender que ha sucedido.
Harry suspiró. No podía ocultarlo por más tiempo. Así que tomó asiento y se dispuso a desvelar parte de su pasado.
Por horas les habló de su infancia, omitiendo algunos detalles que podrían considerarse de malos tratos, y luego de su descubrimiento mágico. Les habló de Hogwarts, les contó que existía una guerra, y de cómo se solucionó. No les contó específicamente que se trataba de él o del mago tenebroso, pero si les dio a entender que él había sido un claro objetivo. Y luego de su decisión de abandonar ese mundo donde sentía que se ahogaba.
Adam no dijo nada cuando terminó, pero Anne se acercó y le abrazó con cariño. Y entonces, Harry se permitió llorar, aunque solo fueran un par de lágrimas.
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Era muy tarde. Pero no tenía sueño. Había vuelto a pensar en esos ojos verdes.
Cogió la taza de chocolate caliente y se acomodó en el sillón, frente a las brasas de la chimenea.
Sus hijos dormían en sus habitaciones, al igual que su madre. Porque hacía tres años, desde su divorcio, que había vuelto a vivir en la casa donde se crió. Desde entonces se sentía mal consigo misma, todos volvían a tratarla como la niña pequeña que un día fue, pero que hacía muchos años que se había marchado.
Estaba por fin consiguiendo coger el sueño nuevamente, cuando el revoloteo de una lechuza la sacó de su ensimismamiento. Rápidamente tomó el pergamino al reconocerla, temiendo alguna desgracia. Pero solo había una palabra escrita. "Fénix".
Palideció. Hacía quince años que la Orden del Fénix había sido disuelta. ¿A que venía ahora el llamamiento?
Subió a la habitación de su madre. Únicamente hizo falta mostrarle el pergamino para que ella asintiese en silencio. Abrazó a su hija con fuerza y la dejó partir.
Tomando polvos flu, se introdujo en la chimenea y gritó.
- Número 12 de Grimmauld Place.
El fuego verde la envolvió y poco después la escupió en un salón de la noble y ancestral mansión Black.
- Buenas noches Ginny.
- ¿Qué pasa Hermione? ¿Ha ocurrido algo?
- Se lo mismo que tú, vamos, están en el otro comedor.
Hermione traía un rostro serio. Ginny no pudo evitar temerse alguna desgracia. Ambas mujeres marcharon hacía allí.
Pronto se reunió los miembros supervivientes de la última Orden del Fénix. Ron, Fred, George y Bill Weasley, la mujer de Fred, Angelina, junto con Remus y Nymphadora Lupin, Kingsley Shacklebolt, Hestia Jones, Theodore y Luna Nott, Mineva McGonagall… estaban allí presentes. Todos parecían sorprendidos y preocupados. Alguien lo tradujo en pregunta.
- ¿Qué ha ocurrido Remus? ¿A que viene la convocatoria?
Remus Lupin era el líder de la Orden tras la desaparición de los dos auténticos líderes, Albus Dumbledore y Harry Potter. Se puso en pie.
- Hace apenas una hora – comenzó el hombre lobo con voz tremendamente cansada y agotada – ha habido dos ataques simultáneos. Uno en el Callejón Diagon, y el otro en Hogsmeade. Llevaban una firma, la Marca Tenebrosa.
- Pero… pero… - trató de razonar Ron.
- Voldemort murió – dijo Ginny.
- Harry le venció – dijo Ron, y luego añadió – Tienen que ser mortífagos.
- ¿Pero quince años después? No tiene sentido – argumentó Hestia.
Se hizo un pesado silencio, que solo fue interrumpido por un suspiro de impotencia procedente del licántropo.
- Les guía un nuevo Señor Oscuro – dijo Remus.
- ¿Quién? – exclamaron varios de los presentes antes la nueva noticia.
- Un muchacho de dieciséis años que se llama Salazar Ryddle.
- ¿Ryddle? – preguntó temerosa Hermione.
Ron y ella conocían el verdadero nombre de quien fue Voldemort, y conocían también su apellido. El mismo. Entonces, Minerva ahogó un grito que pese a todo, se escuchó en aquel viejo caserón.
- ¿Ocurre algo Minerva? – preguntó Remus.
- Ese… ese chico… es alumno de Hogwarts – dijo con un hilo de voz – Era un huérfano. Supuse que sus padres eran magos por su nombre, pero jamás pensé que tuviera que ver con mortífagos.
- No solo no tiene que ver con mortífagos, sino que es el heredero de Voldemort – dijo entonces Hermione – Voldemort se llamaba Tom Ryddle.
Tras la noticia sobrevinieron momentos de confusión y dudas.
- Bellatrix Lestrange se hace llamar ahora Señora Oscura – anunció Remus – Y parece ser que es la madre del muchacho.
- Entonces es ella quien tiene el poder – dijo Kingsley.
- Tal vez – dijo Tonks hablando por primera vez – Pero lo que aquí hemos venido a decir, es si estamos dispuestos a reunir a la Orden y luchar nuevamente.
- Ha pasado mucho tiempo – objetó Bill – Ya no somos tan jóvenes como antes. Llevara tiempo y trabajo organizarnos como antaño.
- Tiempo es lo que no tenemos – habló Theodore Nott – Yo estoy dispuesto a luchar esta noche misma si es preciso.
- Yo también – dijo Ginny – No voy a permitir que mis hijos tengan que sufrir lo que yo he sufrido con el padre de este bastardo.
- Ni yo – apoyaron Hermione y Ron.
Todos los presentes se sumaron. Nadie iba a dejarse sumir por una nueva oscuridad.
- Entonces pongámonos en marcha. Esta noche resurge la Orden del Fénix – sentenció Remus.
Bueno, este es el primer capítulo del fic. Como algunos habréis podido observar, no hay muchos cambios con respecto al primer capítulo anterior, pero he decidido dar otro enfoque. Espero que os guste.
Gracias a todas aquellas personas que habéis aguardado con impaciencia la llegada de este capítulo y en definitiva, de esta historia. Espero que lo disfrutéis.
¡Nos leemos!
Nimue – Tarrazó
¿Qué sería de la vida sin dragones?
