Orgullo
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Como era de esperarse, Mikoto había recibido una educación excelente; entre los tantos conocimientos se mezclaban el entrenamiento suficiente para no ser una carga y proteger al heredero del clan Uchiha, y una etiqueta tan estricta, que, estaba convencida, los Hyuuga tendrían que venerar a sus ancestros por milenios como disculpa por ser tan laxos.
No era perfecta, pero no necesitaba esforzarse para aparentarlo y estaba orgullosa de ello.
Pero, ahora, recordaba con manos temblorosas las incontables situaciones en las que había demostrado su amplia preparación, y ninguna le había resultado tan complicada e irónicamente intrascendental como aquella… ni siquiera el agobio sufrido en su juventud, cuando su madre se empeñó en repetirle, una y otra vez, sus responsabilidades y deberes luego de que Fugaku se presentara en casa para pedir formalmente su mano en matrimonio, le había revuelto el estómago de esa manera.
Miró su reflejo en el espejo una última vez y al escuchar la voz que pedía por ella, se levantó del tocador silenciosa -como la tarde de su boda- pero al deslizar la puerta y salir al pasillo no era su padre quien la esperaba, ni era la felicidad infinita imaginada gracias a la ilusión de una vida plena al lado del amor de tu vida lo que aguardaba al otro lado. Sus ojos se encontraron con los de su marido y como muchas otras veces, le brindaron seguridad cuándo él creía que era ella quién le brindaba la fuerza.
Era total la oscuridad en la casa, como en su cabeza; el silencio casi le silbaba en los oídos.
No sentía la incertidumbre que había esperado… ni tristeza, ni miedo. Pero en momentos las sensaciones llegaban de golpe y casi sentía que caía de manera irremediable, en una oscuridad tan absoluta como el negro de sus ojos, que el aliento se le escapaba… y de nuevo la salvaba la nada.
Nada.
Así como las emociones la golpeaban, también lo hacía la nada.
Viernes, 19 de abril de 2019
