Yuuri...

Yuuri...

—Yuuri —llamó el albino. Una sonrisa despampanante de mejilla a mejilla— Buen chico. Despierta, es hora de tu desayuno —depositaba una caricia sutil.

Ah...es Viktor. Mhn...qué bien huele eso.

—Oh. Vaya, aun tienes sueño. Luego de esto iremos a dar una vuelta. ¿Quieres acompañarme a la misa de las 12?

Si es para estar contigo, si —lame.

—Tomaré esa lamida como un "si". Vamos, date prisa. Un cura no debe llegar tarde.

No comprendo del todo que es un cura. Pero Viktor sigue siendo Viktor. Me gusta —mueve la cola.

[...]

¿Ahre? Hoy hay luna llena... —alzó la vista al cielo— Mi cuerpo se siente extraño.

—¡Yuuri! —le llamaba a lo lejos el sacerdote— ¿Qué haces ahí sentado sobre la nieve? Pescaras un resfriado. Regresemos

Algo palpita en mi pecho. Algo cálido.

[...]

Viktor está actuando extraño últimamente. No sé lo que le pasa.

—¿No eres un ser maligno, verdad Yuuri?

¿Por qué me pregunta eso?

—¿Eres...un Licantropo?

¿Que es un Licántropo? —ladea la nuca.

—Discúlpame, soy un estúpido —admitió Nikiforov.

El olor de Viktor es muy fuerte, justo ahora. No sé por qué. Tengo ganas de morderlo.

—...siento algo de pena por nosotros —bromeó.

No puedo controlarlo. Quiero...quiero ser de Viktor. Quiero...

[...]

—Eres...un Licantropo...

Yuuri es...de Viktor.

[...]

Distrito de Nevsky. 13:50PM.

—Disculpe señor ¿Ha visto usted a mi perrito?

—¿Huh? No...creo que no lo he visto —negó el hombre, observando con extrañeza aquel papel con un dibujo mal hecho— Discúlpame niño, llevo prisa.

A pesar de haberle advertido que no hiciera semejante estupidez, Yuri nunca fue muy obediente que digamos. Se lanzó a las calles con montones de fotocopias hechas a mano de lo que a mi parecer, era una obra de arte del propio Judisnky. Ninguno de los dibujos del lobo era parecido al anterior. No obstante, la tenacidad de ese enano siempre me ha llevado a creer que los milagros existen.

Ya habían pasado tres semanas desde la desaparición de Katsuki y no lograba apaciguar mi angustia. ¿Tendría frio, hambre, sed? ¿En dónde demonios se había metido? Y lo que era peor, recordar como un martirio sus últimas palabras en mi oído. Cada noche.

Yuuri quiere a Viktor. Yuuri...es de su amo.

Demonios...¿Alguien puede vivir con eso? A poco andar por la avenida principal, comencé a replantearme su declaración con mas avidez. Impetuosa pero a la vez sumisa, recapacité en la mera necesidad de sentirme cómodo con su desaparición. Yuuri sabía hablar. Utilizando un idioma bastante rudimentario, pero le hacía empeño. Lo que más llamaba mi atención, era que conocía a la perfección el significado de "amo". Por supuesto que conocía el término "posesión", no como un bien económico. Si no, como algo arraigado a sus raíces mas toscas. Conviniendo al relato de la veterinaria, llegué al desenlace, de que mi canino amigo era Alfa. Y no cualquier Alfa. Uno de la más distinguida estirpe proveniente de un linaje casi extinto. Y que yo, era su segundo Alfa. En pocas palabras y llegando a destino del meollo de este entuerto, Yuuri no me había "montado" para dominarme. Había sido al revés. Sin darme cuenta en esa oportunidad del ritual llevado a cabo; concerté entonces la idea de ser yo, quien le dominaba en este juego de poderes.

No era de extrañarse. Un cachorro de lobo gris de Honshu, sin una figura materna o paterna, sin una camada, ni una manada. ¿A quién demonios iba a seguir, si no? Pues a mí. Justo ahora, no estaba del todo seguro de comprender si yo era su dueño o...mas bien, un modelo a seguir. O quizás ninguna de las dos y...¿Tal vez me veía como su pareja? Ugh...que ganas de preguntárselo en persona y poder entablar una conversación fluida con él.

—Puede que te haya visto como una figura materna —explicó la bermeja, mientras caminaban por el sendero en dirección a la parroquia— Después de todo, no hay manera de que se entere que no eres mujer, además de tu olor.

—Los inciensos que utilizo en las misas son muy pasosos —denostaba el albino— No creo que se haya percatado de mi genero.

—O quizás sí lo hizo y sabe que eres hombre. Eso no quita que te siga viendo como una madre para él. Prácticamente le criaste de recién nacido. Y en el mundo de los lobos, la figura paterna es inexistente. Ambos cumplen roles similares.

—Aun así...¿Puede sentir ganas de..."dominar" a su madre? —exponía Viktor con preocupación.

—O podría ser al revés también. Con mayor razón se sentirá atraído a ti. Tu sabes que en el reino animal, no hay distinciones entre padres e hijos. Incluso entre hermanos —se encogió de hombros— Hay quienes afirman de hecho, que eso afianza mucho mas la confianza entre sus pares. No me extrañaría que sintiéndose tu hijo, desee que tú seas su dueño.

—Pero en humanos, eso sería una aberración.

—¿Y eso qué? —se mofaba— Yuuri no es humano.

Que estúpido...por supuesto que no. Yuuri es... — Ah. Yuri —le llamó, notando la mirada derrotada del quinceañero— No te desanimes, continuaremos mañana.

—Yo creo que se hartó de tus sermones y se largó —mascullaba Plisetsky, sin ánimos de nada.

—¿Que dices? —juntaba el entrecejo con molestia.

—Déjalo a solas un rato... —tranquilizaba Mila— Ya se le pasará.

Objetivamente no supe si se le pasó con el tiempo o simplemente fue el destino que intervino. Pero a los pocos días de que Yuri detuviera la búsqueda, Yuuri...apareció. Aunque no de la forma que esperábamos ciertamente. Desafortunadamente había caído en manos del cazador y veterano más famoso de la ciudad; Otabek Altín. Exhibido en la plaza en su forma lobezna, Altín bramaba maldiciones a los transeúntes inculcándoles el miedo respecto a aquel "perro salvaje" que de manera deliberada, había tenido la osadía de entrar a sus campos de cultivo y comerse sus gallinas. Muy mala fortuna de caer en las garras del ex soldado, pues el ojinegro no se andaba con rodeos. El primero en alertarme fue Emil. Aun siendo guardabosques del zoológico, protector y amante de los animales, el rumor se había esparcido como la peste por la gente; llegando a sus propios oídos.

"Un lobo. Han atrapado a un lobo y será sacrificado en la plaza", señalaban.

Desesperado y sin el apoyo de la policía local, no encontró nada más viable que recurrir a mi esa tarde. Iban a matarle a sangre fría. No iba a permitirlo después de todo el esfuerzo por salvarlo. Fue entonces, cuando intervine. Al principio, y en primer punto, Otabek no estaba de acuerdo con mi presencia. Sabia el poder que manejaba entre los congregados y mis influencias de convencimiento. Para un no-creyente y además, fiel seguidor de la religión "Mi rifle en tus huevos", mi sola representación era un peligro.

"¡Esto no es asunto de la iglesia, cura. Vaya a rezarle a sus dioses!" me aulló.

Sin embargo, no iba a quedarme callado delante de tanta gente que no apoyaba la moción.

"Es solo un animal indefenso. Una creación de nuestro señor, Jesucristo. Libéralo. El no sabía lo que hacía"

A los pocos segundos, un par de muchachos se me unieron, defendiendo la causa.

"¡Solo quería alimentarse. Libérenlo!"

La revuelta no tardó en generar estragos, pues Altín no estaba dispuesto a soltar a su "trofeo" tan fácilmente. Había invadido sus tierras y la estúpida ley del momento le amparaba. Los ciudadanos, se abalanzaron al podio principal, atacando con piedras y palos al conscripto. La policía llegó al lugar. Y entre tanto revuelo, logré desatar de su cuello la cadena que le laceraba la piel y me lo llevé a casa. No estaba seguro si estaría contento o enojado con mi decisión. Pero al instante en que me vio, movió su cola como la primera vez. Las vueltas de la vida, lograron que la correa que jalaba se detuviera de golpe, justo en la entrada de la casa. ¿Qué demo-...?

—Yu-Yuuri...¿Qué crees que haces? —perpetuó el párroco, percatándose de la apariencia humana del joven Licantropo. A vista y paciencia de todos, completamente desnudo— ¿Acaso has perdido la cordura?

—Viktor —dijo el nipón, sonriendo de manera ladina— Tiempo sin verte.

—¿Jah...? —de igual forma, no podía dejarle ahí afuera. ¿Que diría la gente si vieran a un cura jalando de una corre a un jovencito? Y encima desnudo— Dios santo...

[...]

—¿Ahre? —chistaba Plisetsky con cara de poco amigos— ¿Y este mugroso quién es?

—Etto...bueno...el es...

—Yuuri —murmuró Katsuki con total confianza— Yo soy Yuuri.

—Tch...lo que faltaba —farfulló el rubio, cruzándose de brazos— Ahora resulta que traes borrachos a la casa. ¿Debería sorprenderme?

—¿Qué pasa? ¿No me reconoces? —declaró el azabache, con una naturaleza aterradora— Tú fuiste quien me puso ese nombre.

—O-Oe...ya me está dando miedo esto —el rubio daba un pasa hacia atrás— ¿De qué demonios hablas? Al único que le puse Yuuri, fue a-...ah... —cada uno de sus verdes orbes, iluminados como el sol— No puede ser ¡¿Es posible?! ¡¿Entonces, si eres Yuuri?!

—¡Soy Yuuri! —admitía.

—¡Lo sabia! —rugió exorbitado de júbilo. En seguida, corrió a abrazarle— ¡Siempre lo supe! ¡Eres una criatura mágica! ¡Ahhh! ¡Los hombres lobo si existen! ¡¿Lo ves, anciano?! ¡Te lo dije! ¡Jah!

—Dios nos libre de esto —negaba Viktor con padecimiento— Aun me cuesta trabajo creerlo...

—¡Yo soy Yuuri!

—Sí, sí, sí. Ya lo dijiste un montón de veces antes —dijo el albino, cubriéndole de manera pudorosa el cuerpo despojado de prendas— ¿Te parece si...te damos un baño primero? Ya tendremos tiempo de charlar.

—Está bien, Viktor —redundó con sutil dejo de ansiedad en sus palabras.

—Gnh...

Estaba muy sucio. Y mucho más delgado desde la última vez que lo vi. Seguramente, estuvo vagando por días en busca de algo para comer sin ningún resultado. Un par de magullones tenues se acentuaron en su dermis, dejando vestigios de una viable pelea callejera con otros perros o...algún humano. Llené la tina con agua caliente como solía hacerlo de cachorro y le senté ahí. Yuuri no parecía manifestarse conmovido con la decoración o lo que yo hacía en particular con la esponja. No dejaba de mirarme, como quien tantea algo nuevo. Demonios, me tenía con los nervios de punta. Era muy insistente. Sobre todo con esos ojos, explorando cada rincón de mi rostro. El silencio me estaba matando.

—¿Y bien? —murmuró gentil— ¿En dónde te habías metido?

—Por ahí.

—¿Por ahí? —añadió, haciéndose el desentendido del asunto. La espuma, removiendo los rastros sucios de su pecho— "Por ahí" no es ningún lugar especifico. ¿Por qué huiste?

—No huí.

—¿No? Pues no lo parecía. No sé si tienes noción del tiempo, pero ha pasado un mes desde que te fuiste de casa —prosiguió, volcando la conversación pacifica en ahora, un reproche— Ni si quiera avisaste. De la noche a la mañana te fuiste...y...estábamos muy preocupados por ti. Sobre todo Yuri —admitió con recelo, obviando su orgullo— Bueno...Yuri más que nadie.

—Lo siento...

—¿Eh...? —le había pillado ensimismado con su autocompasión indolente. Esta vez, una mano húmeda, gentil, sujetaba su mejilla ¿En verdad lo sentía? — ¿Po-Por qué te disculpas? Tu no-...

—Es mi naturaleza —explicó Katsuki, pretendiendo consolar su afligida mirada. Una lamida elegante sobre su mejilla— Viktor debe entender, que es parte de mi.

—Yuuri... —musitó, ahogado con el propio latir de su corazón. Esa lamida inocente, removió cada célula de su cuerpo; trayendo a presente el acto carnal de aquella noche ¿Como era posible que tuviera tanto poder sobre él? Definitivamente era un demonio. Un demonio...hermoso— Yo...entiendo —reveló el cura, dándole el placer de indagar un poco más en su rostro con la ayuda de sus dedos— Yuuri es así ¿No? Se va a veces.

—Pero siempre vuelvo donde Viktor.

—No habías vuelto.

—Venia de regreso cuando ese hombre cazador me atrapó —manifestó, frunciendo el ceño con argucia— Salí a cazar para Viktor. Una gallina grande y rechoncha. Iba a traérsela, pero me robó la presa antes.

¿Cazar para mí? Que romántico... — Ah...comprendo. Pero Yuuri, lo que has hecho fue muy peligroso y arriesgado. Tú no has compartido mucho con la sociedad. Hay hombres muy malos ahí afuera.

—Tenía que agradecerle, todo lo que había hecho por mí —dijo el Licantropo— Viktor alimenta a su manada. Yuuri hace lo mismo.

—¿Su...manada? —una gota deslizándose por su nuca.

—Viktor es el Alfa —reconoció el pelinegro, ansioso con el testimonio— Gente de la iglesia su manada. Viktor dice: Amén y todos le siguen. Viktor lee su libro y todos besan su mano. Le siguen. Lo respetan. Es el líder.

—Ah...eh...es-espera un poco —parpadeó, mas confundido que nunca. Lo estaba mal interpretando todo y al mismo tiempo...nada— ¿Eso es lo que piensas? —Yuuri asintió— No...no es lo que parece. Yo soy un sacerdote ¿Comprendes? Trabajo para la iglesia.

—¿Sacerdote? ¿Qué significa eso?

—Es...es algo así como alguien que también es parte de una manada ¿Si? —confesó incomodo. ¿Realmente podría entender algo tan complejo como eso? — Dios es el Alfa. Y nosotros somos parte de su manada.

—¿Dios? —ladeó la cabeza, anonadado.

Huh...no creo que lo entienda. A decir verdad, me tomó años entenderlo a mí. Y eso que soy humano — Lo que trato de decirte es qu-...—la mirada templada del lobezno, se había desfigurado, irrumpiendo abruptamente la plática. ¿Se había enojado? No parecía para nada satisfecho con mi explanación. Desvió la mirada, dejando entrever disgusto y al mismo tiempo confusión. ¿Se estaría replanteando la idea de perder su única identidad? Carajo...realmente no tomé el curso de lobos— Yuuri...—le atrajo con total autoridad, fulminándole con la mirada— Olvida lo que dije ¿Si? Olvida a la gente de la iglesia. Olvida la biblia. Olvida a Dios. Para mí, tu eres mi única manada. Tu y el roñoso de Yuri. No quiero que sigas llenándote la cabeza de dudas absurdas. No hay nada que explicar cuando todo está claro aquí —apuntó directo a su corazón— Amor...

—A-m-o-r —repitió, estupefacto— ¿Que es amor?

—Es lo que siente Viktor por Yuuri —confesó sin tapujos, sintiendo su rostro arder con furia.

—¿Sien-te? —rebosó, esta vez tocando su pecho de vuelta— Yuuri siente lo mismo por Viktor.

—Y Viktor lo sabe —susurró, a solo centímetros de tocar sus labios contra los suyos. El calor ambiente, apoderándose con avidez del acontecimiento. Pero...¿Qué clase de amor era ese? El amaba a Dios. Pero no era como si realmente sintiera ganas de...besar a Dios, como las que tenía en esos instantes por el Licantropo. Sobre todo por el dispuesto de precaver la idea de que era un hombre, igual que el. Sí que lo hubiese besado. De no ser por la salvaje perturbación del ingenuo de Yuri— ¡Ah!

—¡Viktor! ¡¿Y si le enseñamos a leer a Yuuri? —vociferó, alzando un libro entre sus manos.

—¿Eh...?

Era un hecho, de que si Yuuri se iba a quedar con nosotros a vivir, pasaría la mayor parte del tiempo en su forma humana. Y solo usaría la de lobo para salir a cazar en lugares que yo mismo había delimitado para ello. Fue un problema tener que llegar a casa y encontrar sobre mi almohada animales degollados. Alguien tenía que ponerle freno.

—Perro malo —increpaba Viktor.

—¡Me trajo un ratón! —alardeó el rubio, como si fuese lo más genial del mundo— Es el mejor regalo que me han dado en toda mi vida.

Le enseñamos a usar el baño como todo un hombre civilizado. La bañera, el lava manos y la gran prueba de fuego; aprender a afeitarse solo. No faltaron un par de cortes leves. Conseguir ropa de su talla no fue problema. Si bien al principio fue un suplicio convencerle de usar prendas, resistiéndose hasta el final por lo incomodas que parecieran, logré que las usara acorde a la época en la que nos encontrábamos. Detesta peinarse. Pero con el tiempo se irá adiestrando. El siguiente nivel, fue explicarle el cómo funcionaba la sociedad en una mesa. Estaba harto de tener que verle comer con la mano o engullir los alimentos como si el apocalipsis hubiese llegado. Tenedor y cuchillo respectivos, uno en cada lado. Me costó la mitad de la vajilla. Yuuri tiene un temperamento de los mil demonios cuando se enoja. Es como si se transformara. Pero ya me preparé para eso y con mucha paciencia del señor, logré educarlo. Todavía se pelea con Makkachin por saber, quien dormirá en el sofá. Y ni hablar de esa manía errante que mantiene, de orinar la puerta de la casa desde afuera, antes de ir a dormir.

—¡Viktor! —bramó Katsuki, seguro de sí mismo— Esto aleja a los rivales.

—Iré por mi agua bendita.

En fin. Hasta el momento, todo ha marchado a la perfección. Tenerle en casa me es demasiado útil para mis quehaceres. Sobre todo, porque ha logrado que Yuri deje malos hábitos que de en tiempos lejanos, le acarreaban muchos problemas. Sin contar la fuerza desmedida que trae encima. Es ventajoso para acarrear los leños. Y lucrativo a la hora de ayudar a los demás curas de la iglesia. Por supuesto que le he inculcado el amor por el dinero. Es importante, si quiere sobrevivir en este mundo mundano, alejado de la mano del señor.

Amén.

—Yuuri —reprendía el mayor— Eran 20 monedas y solo queda una ¿Ahora como demonios vamos a pagar los víveres que cómpranos?

—Huh...pues...que Dios te lo pague —se encogió de hombros.

Hoy por hoy y gentileza de la ayuda de Yuri, hemos tenido grandes avances con mi peludo amigo. Ya logra leer un par de párrafos y oraciones de la biblia. Se esfuerza demasiado en las letras, repasándolas una y otra vez como si de eso dependiera su vida. No obstante, he notado algo curioso en él y sin duda, sumamente particular. Yuuri, arruga mucho la nariz al intentar formar palabras. Sus ojos se empequeñecen y entre gruñidos toscos, clama agobiado con la lectura. ¿Tan difícil es leer?

Prejudio.

—No —negó Nikiforov con pacifica tranquilidad— "Preludio". Esa es una L, no una J.

—Se parecen mucho —protestó— No logro distinguirles bien.

—¿No ves las letras o se te dan vuelta?

—No lo sé —suspiró rendido sobre la silla— Simplemente, después de un rato se tornan borrosas. Como si hubiese niebla.

Me lo temía...

Debe de ser el primer Licantropo de su especie, corto de vista. Oh, sí. Yuuri resultó ser miope. Un casi extinto lobo gris de Honshu, que no ve ni mierdas. Afortunadamente todo tiene solución en esta vida. Y no hay nada que no pueda arreglar un par de buenos y caros anteojos.

—¡Al fin puedo ver! —elogió el pelinegro— Eh...¿Pero cómo pudiste comprarlos?

—¿Pues qué crees? —bufó el albino— Vino Dios y pagó tus anteojos, con el ahorro que tenias detrás del mueble de cocina.

—Que bien que el homicidio no es un pecado en mi raza.

—Perdónalo señor, no sabe lo que dice —se persigna.

[...]

—"Y así es como el apóstol Jeremías, se inclinó ante la presencia de los ángeles de la muerte, que acudieron a él, en su infinita sabiduría" —citó— "Nuestro hermano Thomas, descansa en las alas del señor. Esperando poder compartir con él, un pedazo de su pan y su vino"

Bendito seas —recitaban todos.

—"Gocemos de la dicha, de que hoy nos deja un alma limpia de pecado y culpas, para alcanzar la divinidad. Pues aunque su cuerpo ya no esté con nosotros en carne y hueso, su espíritu y corazón, seguirá-..." —se detuvo de golpe, tragando un poco de saliva un tanto anonadado— No creí que Yuuri vendría... —...seguirá entre nosotros" Amén.

[...]

—Que sorpresa verte por aquí, Yuuri —manifestó el sacerdote. El funeral se daba por concluido. Los asistentes se retiraban en silencio, otros más en llanto. La pena se respiraba en el ambiente, mas Viktor no perdía la calma. Algo muy llamativo para el nipón.

—Es la primera vez que asisto a un funeral. Tenia...curiosidad de ver el ritual de la muerte.

—La peste negra mata a diario a miles de personas —explica Viktor, divisando aquel féretro sobre la mesa de mármol— Lo que hacemos aquí, no es un ritual. Es una celebración para conmemorar sus experiencias vividas y darles de alguna manera, un descanso en paz. De esa forma, sus familiares, amigos y conocidos no sufren tanto su partida.

—Es tenebroso —tembló, ligeramente inquieto.

—Es curioso que una criatura como tú, lo diga de esa forma —sonrió afable— Cualquiera que no comprendiera lo que eres, lo repetiría.

—Pero yo soy hermoso —se jactaba, rehuyendo con la mirada de un lugar a otro— La muerte no lo es.

—La muerte también es hermosa a su manera. Pero no...ciertamente, no lo es más que tú —confesó, delgadamente sonrojado. Los dedos del menor se escabullían entre los pliegues de sus ropas, como quien busca algo— ¿Sucede algo? Te noto muy inquieto.

—No, yo...yo solo... —titubeó el pelinegro, acomodando con timidez sus anteojos. Un color carmesí adornando sus pomulos— Te extrañaba. La casa estaba en silencio y decidí venir a verte.

—¿Y eso? No es común en ti —murmuró cándido el cura— Sabes que tengo asuntos que atender hasta pasada la media noche.

—Hoy hay luna llena.

Y eso solo podía significar una cosa. Ya habíamos vivido este acontecimiento hace tiempo atrás. El poder sobrenatural que conducía la luz lunar, degeneraba los sentidos del lobo mas cuerdo. Yuuri, iba a irse. Y quizás por cuánto tiempo. Estaba en su naturaleza. Lo tenía claro. Pero aun así, resistirme a la idea de perderle una vez más, era lo único a lo cual podía aferrarme. ¿Había algo que pudiese hacer para evitarlo? Lo que fuese. Tomé sus hombros para tranquilizarle.

—Escúchame bien, Yuuri. Tu no iras a ningún lado ¿Si?

—No puedo quedarme —esclarecía con angustia— Durante esos días, no logro controlarme del todo. Es como si una fuerza superior a mí se apoderara de mi cuerpo —negaba con horror— Y si te ataco...yo no...

—Hey, hey. Mírame —le retuvo el ojiazul, clavándole una mirada llena de decisión— No te tengo miedo. Yo confió en ti. Tu eres...mi lobezno ¿No es así? Yuuri es de Viktor. Y Viktor es de Yuuri. Todo saldrá bien. Yo te protegeré.

—¿Viktor...protegerá a Yuuri?

—Voy a proteger a mi manada —decretaba— No temas. Yo me haré cargo de ti, por el tiempo que sea necesario.

—Es una semana...

—Lo que sea. Me vale. Una semana, un mes, un año —establecía— Haré lo que sea para mantenerte a mi lado. No permitiré que te apartes de mi otra vez. ¿Quedó claro?

Sus ojitos se iluminaron como dos fulgores celestiales. Incluso a través del vidrio de sus anteojos, pude notar cómo se humedecían de satisfacción. El confiaba en mi. A pesar de ser joven aun, tenía en mi poder la facultad de protegerle a él y a mí mismo de todo mal. Dios estaba con nosotros. Y nos acompañaría en todo momento. Con esa misma fe, permití que se quedase quietecito en mi vestíbulo. Enviarlo a casa hubiese sido una sentencia de muerte. Si Yuuri iba a experimentar algo tipo de cambio místico, lo haría cerca mío. Donde mis ojos y la guardia de mis creencias le resguardaran.

Eran pasada las 8:30 de la noche y aun me quedaba por atender algunos casos en el confesionario. No obstante, de vez en cuando me daba una vuelta a mi oficina para ver que todo estuviese bien. Hasta el momento, todo parecía estar tranquilo. Le ordené a Yuuri que si necesitaba alguna cosa, tan solo viniese a buscarme y yo lo socorrería. Estaba tan inquieto como él, porque no estaba del todo seguro que clase de cambios apreciaría. Sin embargo, me concentré lo mas que pude en mis seguidores, y les atendí con total serenidad.

—Padre...necesito su ayuda —confesaba una mujer de avanzada edad.

—Adelante hija mía, cuéntame tus pecados —mencionaba Viktor, desde el interior de la cabina.

"No sé mucho acerca de seres místicos. Pero he leído que los Licántropos tienen ciclos lunares para entrar en celo"

¿Ahre? ¿Por qué he recordado las palabras de Mila, justo ahora? Debo calmarme... —suspiró, extrayendo el reloj de bolsillo de sus prendas. Las 9:00PM. ¿Yuuri estaría bien? — Todos hemos mentido alguna vez en la vida. No tienes por qué sentirte tan mal. Lo importante es saber arrepentirse.

—¿Qué puedo hacer para enmendar mis culpas? Mis hermanos me han expulsado de casa... —seguía.

En verdad...desearía estar en cualquier otro lado menos aquí —suspiró pesaroso— Entonces ¿Usted era amante del esposo de su hermana mayor? — Vaya lio, señora —la compuerta de madera era abierta de manera suave y sutil— ¿Una ventisca...? ... ¿Y-Yuuri...? ¿Qué demonios haces aquí? —pasmado, llegó a removerse en el pedestre de viga en el que se encontraba— ¿No le dije que se quedara allá? —la puerta era cerrada sigilosamente. Viktor negó con la cabeza, transmitiéndole con la mirada lo incomodo que se encontraba— ¿Qué demonios crees que haces? ¡Estoy en medio de una confesión! —pero poco y nada estaba leyendo. El lenguaje corporal, estaba fuera de sí en aquel momento. La mirada opaca del japonés, solo podía significar una cosa— Dios mío...señor Jesús —tragó saliva, pues ya no importaba mucho si se resistía o no, Yuuri se había despojado de casi toda sus prendas y ahora, seguía el albino. La incoherencia de encontrarse con una molestosa sotana no conocida para él, le llevó a tomar la drástica decisión de dejársela puesta. Pero, hurgueteando con necesidad bajo ella, hasta dar con su pantalón— N-no...no...por favor. No aquí... —negó, sin ser tomado en cuenta. La calidez de su aliento, dando directo con la piel expuesta de su hombría— ¡Yuuri! ¡¿Que vas-...?! — "Ah..."

—Padre...¿Se encuentra bien?

—...s-si... —musitó, asfixiado con el dorso de su mano diestra. La felación, se tornaba cada vez mas frenética, generando espasmos involuntarios contra su propia fuerza de voluntad. No era sensato por nada del mundo gemir— Ave María purísima, virgen santa de Dios... — No...te...de...ten...gas... —jadeó extasiado.

—No lo haré. Aun tengo mucho que contarle —y prosiguió.

—A-Ahí...ahí...

—¡Exacto! ¡Ahí es donde le dije, que parte de esa herencia era mía! —protestaba.

—Mas...mas... —repitió, dándose cabezazos contra la pared.

—Pero no sé cómo hacerles entender, lo valiosa que soy para la empresa familiar.

—N-no puedo...mas...con esto...

—Es lo que pensé, padre —suspiraba rendida— Yo tampoco puedo más con esta situación. Pero de alguna forma me ha ayudado mucho a desahogarme. Usted me ha escuchado. Ah...creo que ya es tarde. Me iré ya.

—Y-yo también me voy... —balbuceó apenas—...Dios...Dios...¡Dios! ¡Dios bendito, llévame contigo! ¡Estoy list-...!

—Usted es un hombre de bien. Que el señor lo ampare —se despedía como si nada.

...

...

Ok. Eso si fue una experiencia religiosa. Daba gracias a todos los apóstoles y sus dioses, que el horario del confesionario cerraba ya sus puertas. A pesar de que no había quedado nadie en el recinto, el eco que generaba las paredes del lugar, resonaba con tan solo una melodía en particular: Mi respiración, desbordante de lujuria. Así que de eso se trataba...¿No? El celo de Yuuri...

—Por todos los santos... —jadeó, rebuscando exorbitado la mirada ajena. Agitado, despeinado y poco profesional. Yuuri se limitó limpiar la comisura de sus labios e ignorando toda palabra por parte del sacerdote, retomó el trabajo a medias que había dejado. Esta vez, cumpliendo su objeto con un Viktor ya, sin cordura alguna: Desnudarle— Y-Yuuri...¿Que estas...?

—Una semana —confesaba el chico de ojos marrones, acomodando su cuerpo cual rompecabezas al suyo. Sus manos, alzando las piernas del mayor, siendo acomodadas alrededor de su cintura— Viktor lo ha dicho. Debo aparearme con Viktor por una semana. Seis veces al día.

¿Entonces eso significaba? ¿Una semana...en esto...? — Yuuri...¿Que...que se supone que estamos haciendo aquí? —replicaba, aturdido.

—Vamos a copular.

—No me refiero a eso...hablo del lugar. Esto es una Iglesia ¿Comprendes? Un lugar sagrado...

—Comprendo —asentía Katsuki, de igual manera lubricándose tras escupirse la mano.

—¿Me estas escuchando...? Oe...¿Lo comprendes? Soy un sacerdote. Un cura. He hecho mis votos. No se supone que hagamos esto así.

—¿Así? —parpadeaba confundido— Esta bien. ¿Está mejor boca abajo?

—No, no, no. No —le retuvo, sujetando sus mejillas con firmeza y decisión—Dios es mi guía. El es mi religión. Y este es un lugar sagrado para él —Yuuri apaciguaba el agarre de sus muslos, retrayéndose ligeramente sobre sí— ¿Lo has entendido ya? Dios nos está mirando justo ahora.

—Sí. Lo comprendo —asentía una vez más— Viktor es mi guía. El es, mi religión. Y este, es un lugar sagrado para él. El cuerpo de Viktor es sagrado para mí.

—...

—Dios nos está mirando justo ahora —acotaba, apegando su frente a la suya— Está bien que mire. Dios es amor. Y Yuuri ama a Viktor...

Eres... — ¿Como...lo haces...? —cuestionaba, abrumado con su belleza. Los músculos de sus piernas y brazos, perdieron fuerza al instante. Instintivamente, rodeando su cuello con deseo. Esta vez, sería distinto. Pues en aquellos instantes, no era el único que amaba en ese pequeño cubículo de tronco enchapado. La distancia entre ambos se hizo cada vez mas escueta, sintiendo por añoranza, la calidez de su pecho contra el suyo. El calor ambiente, permitía que sutiles jadeos vaporosos rodearan a los jóvenes amantes; dando así un contexto protector e impenetrable al acto — "Hacer el amor".

—¿Eh?

—Suena más..."bonito" —rió avergonzado— Después de todo, es lo que vamos a hacer.

—Ah...por supuesto —concebía con ternura el menor, buscando lamer sus labios cual perrito sumiso— Por una semana.

—6 veces al día... —repetía, empujando suavemente el trasero ajeno, con sus talones— ¿Yuuri va a tratarme bien?

—Voy a proteger a Viktor. Entre mis brazos. No te sueltes —susurraba.

—No lo haré...

[...]

El liquido era expulsado con propulsión a través de los labios de la veterinaria, Mila Babicheva. La expresión consternada de su semblante, lo decía todo.

—¿Es una broma, verdad?

—Mila —enunciaba el ojiazul, acongojado de su propia falta— No puedo seguir así. He violado más votos que Lucifer.

—Sí, sí. Entiendo eso pero...vamos. No puedes dejar el sacerdocio solo porque te calentaste con una chica —protestó.

—Corrección, es chico. Y no es calentura —dilucidó—Es amor. Yo...creo que me enamoré de él.

—Sea amor, chico o no, sigues siendo tú, Viktor. Eres humano. Todos tenemos derecho a cagarla más de una vez.

—Ese es el problema. Temo haberla cagado y...no sentirlo de esa manera ¿Entiendes? Siento que estoy haciendo lo correcto al retirarme —sobó su nuca— y lo incorrecto al seguir un camino que ya no puedo transitar.

—Viktor...escúchame. Recapacita. No puedes dejar el párroco ahora. Piensa en todos esos niños que cuidas. En Yuri. ¿A dónde carajos irán?

—Desde mucho antes que yo naciera. El orfanato siempre ha sido propiedad de la iglesia —expresó Nikiforov— Y además, tu y yo sabemos que no es precisamente financiado por el Zár. Sino por empresarios privados que solo velan por su seguridad y bienestar con los Ortodoxos porque temen por sus pútridas almas.

—¿Tan...intenso es? —pestañeó, atónita— ¿Como para renunciar a todo?

—No tienes idea.

—No puedo saberlo o imaginármelo si no lo explicas.

—Es...complicado.

—¿Que tanto? ¿Es cura también? ¿Menor de edad? ¿Está casado? ¿Es de la realeza? ¿Tiene alguna enfermedad venérea?

—Peor que todo eso...—musitó.

—¡Espera! No me digas...¿Es moderador de foro? Uhg..no hay nada peor que eso en esta vida. Suicídate.

—No, estúpida. Es...un lobo.

—¡Zoofilia, que bien! ¿Eso debería espantarme?

—A veces me das miedo... —una gota deslizándose por la sien— Nada la sorprende...se me hace que es una enferma —carraspeó— No. Bueno. No es "precisamente" un lobo. Es más bien un...Licántropo. Ya sabes, de esos que se transforman en humanos y así.

—Pensé que no creías en esas cosas.

—Sí. Bueno...ahora lo creo más que nunca —rascó su mejilla— Sobre todo porque me he enamorado de uno.

—Wow...no tenía idea que esas cosas tuvieran sentimientos.

—Oye...no seas tan cruel. El hecho de que la mitad de su ser sea salvaje, no significa que no tengan alma. Si existen en este mundo, es porque así lo quiso el señor.

—¿Y bien? —arqueó una de sus cejas— ¿Me presentarás al afortunado?

—Eh... — ¿Era prudente contarle a Mila? Nos teníamos confianza, básicamente nos conocíamos de casi toda la vida. ¿Podía explayarme en ella? Después de todo, nos había ayudado a encontrarlo. Pero nunca le había visto en su forma humana — suspiró— Bien. Ya conoces a Yuuri ¿No? Bueno...el es el Licántropo del que te hablaba. Y...sería bueno que le conocieras de una vez en su forma humana —añadió, permitiendo que el asiático se asomara primero tímido ante su presencia. Ya se conocían de antes, pero no de esa manera. Mila, quedó algo entusiasmada con su presencia, mas no extrañada. Quizás porque ya había familiarizado con el de cachorro o en su forma animal— Está usando anteojos ahora. Es medio...ciego.

—Vaya...quien lo diría —murmuró la fémina, alzando la mano para estrecharla con el— Mucho gusto, Yuuri. Al fin nos conocemos en "persona".

—Viktor es mío —dictaminaba sin más preámbulos, estrujando su diestra con violencia— Y estas usando su tazón.

—Ouch...Hey...no te preocupes —defendía— Yo no tengo intenciones de quitártelo. Además, Viktor me lo ha pasado para beber un café. Es todo. Tranquilo... —no del todo conforme con su presencia, Katsuki fruncía el ceño con desdén. A la especialista, no le quedaba de otra que ignorarle unos instantes, percatándose como tomaba asiento en frente de ella— Ahora...todo tiene sentido. Pero...si haces esto ¿Que harás? ¿A dónde iras?

—No lo sé —expresaba Nikiforov, regalándole una mirada tenue a su compañero— La iglesia no apoya la unión entre dos personas del mismo sexo. Y mucho menos, si es un ser mágico. Supongo que buscaremos suerte en otro país.

—¿Otro país? Has perdido la cabeza...

La conversación era interrumpida. Alguien llamaba a la puerta. Instintivamente, Yuuri se alzaba con viveza, siendo detenido por el albino. El iría a abrir. En cuanto a la soledad del momento, Babicheva comenzaba a replantearse su naturaleza. El pelinegro era hijo de aquella loba. Independientemente que ocultara sentimientos o no, se notaba susceptible a la presencia del cura. Sobre todo, su afán desmedido de sobreprotegerle.

—Eres un chico bastante territorial —sonreía Mila— ¿Son todos iguales? Los de tu raza.

—¿Los de mi raza? —coreaba desconcertado. La bermeja, jugueteaba con el tazón— Eh...yo no lo sé. No he conocido a nadie más de mi especie.

—¿Joh? ¿De verdad? —alzaba el mentón con dejo de astucia— ¿Si quiera sabes de dónde vienes?

—...Viktor...ha dicho que vengo de una provincia llamada Japón —admitía con inseguridad— pero más allá de eso no lo sé. Nunca me lo había preguntado.

—Bueno, es natural que no te lo hayas preguntado —balbuceaba— Después de todo, te has criado prácticamente toda tu vida con los chicos de la parroquia. Pero aun así, debes comprender que tu eres distinto a Viktor.

—Eso lo sé —rebatía con disgusto— Viktor es líder.

—No, Yuuri —espetaba con una entonación intimidante— Me refiero, a la singular ocasión de que tu, eres un Licántropo y Viktor un humano —el nipón, se encogía sobre sí mismo de manera demasiado sutil para ser percatada. Emprendía un camino a alterar la historia de su vida, indagando desconcertado en la mirada impropia— Tu eres una rara especie de lobo gris de la provincia montañosa de Honshu. Es de ahí, de donde te trajimos ¿Sabes? Yo conocí a tu madre. A tu verdadera madre. Le habían puesto Hiroko, y era una loba excepcionalmente hermosa. Maravillosa.

—¿M-Mi...madre?

—Por supuesto. Todos tenemos una madre ¿O de donde crees que naciste? —rezongaba— Tu madre fue traída en estado de conservación, en un barco pesquero desde Asia Oriental. Vivió un tiempo en el Zoológico central, aquí en San Petersburgo. Pero claro...incluso para expertos en la materia como yo, se nos podría pasar un detalle demasiado susceptible para el ojo humano. Esa loba, venia preñada. De ti, Yuuri. Y por esas cosas de la vida, al parecer dio a luz en la cueva de esa jaula.

—¿Jaula...?

—Pues claro ¿O te pensabas que era libre? —añadió— Tu madre era una atracción turística. Por la cual tu pagas un boleto para ir a ver. Mhn...algo así como un trofeo.

—...Ghn... —el pelinegro gruñía— ¿A qué te refieres con que vivió? ¿Ella sigue en San Petersburgo?

—¿Por qué te interesaría saber eso? Me dijiste que desconocías la información.

—Eso es porque Viktor nunca me contó nada de esto —esclarecía— Quiero verla...

Que interesante... —Mila se encarecía, extrayendo un lápiz y un papel— Si quieres verla, debes ir hasta el Zoológico central. Justo en la parte trasera de este, hay un lugar exclusivamente para animales como tu madre. Lo reconocerás fácilmente, por las estatuas lúgubres del sector. Ah...y Yuuri. Una cosa más antes de irme —consumaba— Ni una palabra de esto a Viktor. Lo más seguro, es que si le cuentas no te deje ir. Hay una buena razón por la cual no te habló del tema y...será mejor que lo averigües por ti mismo.

Mi madre...está ahí...

[...]

Zoológico central. 9:04PM.

Esa noche, llovía a cantaros. Impulsado solo por el latir de su corazón, las ansias consumiendo sus intenciones más puras de conocer la verdad; Yuuri inició una excursión por el recinto a plena oscuridad. Para pasar las rejas perimetrales, fue necesario despojarse de toda ropa y transformarse en lobo. Sus instintos, eran mucho más fieros de perro que de humano, en caso que tuviese que enfrentarse a alguien. Además, era menos extraño ver a un perro deambulando por comida que a un simple ciudadano. A pesar de todo el tiempo que llevaba viviendo con los homo-sapiens, nunca llegó a imaginar que serian capaces de tener tantos animales en un solo lugar. Enjaulados y repartidos uno al lado del otro, como celdas, desprovistos de libertad. Solo un monstruo sería capaz de cometer tal acto de crueldad.

Las patas húmedas, dejaron un rastro obvio en el barro; advirtiendo a los monos, quienes le observaron con desdén. Su pasar era con un desplante aparatoso, pero a la vez como quien camina por el pabellón hasta la guillotina. El aroma fresco y gélido de la lluvia contra el suelo, trazaba caminos imaginarios, tal cual haría un GPS moderno, hasta dar finalmente con aquella casa, una prisión entre barrotes. Volviendo a su apariencia más humana, Yuuri leyó el texto sobre el cual, yacía pegado otro con pegamento a mal traer. Era tal y como había dicho Mila en su relato. Su madre, había vivido ahí, mas no se encontraba ya. La celda, tenia nuevos propietarios. Lobos, igual que el. Criaturas traídas de las montañas rocosas de los Alpes Suizos. Nada. Su madre...no estaba ahí.

—No deberías estar aquí —una voz masculina, le sacaba de su centro. La silueta marrón de un can, reaparecía entre la penumbra de la cueva más alta— Este no es lugar para ti.

—¿Puedes hablar?

—Que insolente —gruñía el desconocido, dando un salto certero hasta caer a solo centímetros de los barrotes. La mirada verdosa, cautivadora— Técnicamente, eres tu quien puede oírme.

—Entiendo. Eres un licántropo, igual que yo.

—Solía ser un humano muy apetecido por las chicas —elogiaba el forastero— Pero supongo que mi vanidad me trajo hasta aquí. A veces, extraño mis tierras. Suiza es otro mundo.

—¿Cómo te llamas? Yo soy Yuuri Katsuki.

—Christophe —jadeaba— Aunque mi apellido no tiene importancia, ya. Ahora, según la guía turística soy "Chris" sobre hielo. ¿Habías oído un nombre más ridículo? —el pelinegro, fruncía el ceño. Al parecer, no estaba para bromas— Tu aroma te delata. Eres asiático. Y ya te has apareado, por lo que supongo que ya eres mayor de edad. Pero eso no quita el hecho de que estés desnudo, en medio de un zoológico. Un lugar peligroso para alguien de tu raza. Dime a que has venido.

—Busco a mi madre. Su nombre era Hiroko y vivió en esta jaula. Así como tú.

—Ah...si. Hiroko —redundó Giacometti, rodando los ojos— Cuando llegué, este lugar está impregnado de ella. No pude conocerla pero...según me contaron esos chimpancés de la jaula de en frente, tuvo un destino horrible.

—¿Que dices...?

—Al parecer, se le ocurrió violar uno de los códigos esenciales de los animales en este lugar. No salirte de tu jaula. Dicen que atacó a un niño y-...

—¡Mientes! —bramó Katsuki, presionándose contra los fríos barrotes— Mi madre no pudo haber sido capaz de atacar a nadie. No somos seres salvajes.

—Oe...¿Te estás oyendo? —refutó el mayor, impactado con su comportamiento— Por supuesto que somos salvajes. Somos lobos.

—No soy un lobo. Soy un Licántropo —increpó.

—¿No es acaso lo mismo?

—No. No lo es. Yo tengo alma y sentimientos. Soy un Licántropo. Una raza, capaz de tomar forma de lobo. Pero también puedo ser un humano. Dios está conmigo.

¿Quién demonios es este tipo? — O-Oe...estás loco...

—¡¿Quien anda ahí?! —advertía un muchacho con ropa de alguacil. Era Emil, quien cargaba consigo una escopeta calibre 33— ¡Vamos, salga de una vez! —insinuaba por segunda vez, en un tono mucho más agresivo y amenazante. De entre los arbustos, reaparecía un Yuuri en su forma mas barbárica. Nekola, entró en shock, tras reconocer el semblante, el pelaje y la estirpe de aquel canino— ¿H-Hiroko...? ¿Eres tú...?

Este sujeto...conoció a mi madre —el lobezno, gimoteaba sutil, como quien desea comunicar algo. Su pesada cola, dio golpes repetidos contra el suelo, optando por sentarse de manera familiar— Soy de confianza.

—¡Hey! —le advertía Christophe—¡¿Qué demonios crees que haces, mocoso?! ¡Están armados! ¡Debes huir!

—¡Alto! No te muevas —el Checo echaba fieros a los rotundos temblores de su mano— No puedes ser Hiroko. Hiroko está muerta.

¿Cómo...?

—Vamos...vuelve a tu jaula. No deberías estar aquí —anunciaba Emil, mostrando sobre su mano libre un trozo de carne fresca.

Pero Yuuri, no estaba en sus cuerdos cabales. Enterarse de aquello de forma tan brusca, era como haberse desenchufado por completo de su personalidad humana. Un gruñido feroz se escabulló entre la perfecta dentadura belicosa de su semblante. El vapor de la ira, humeante de su hocico. La mirada frívola, una presa entre ceja y ceja. Iba a matarle. Tomando una posición de embestida minuciosa, Katsuki se abalanzó hasta su carnada, atemorizando al rubio quien; a un disparo certero le repelía de la ofensiva. Su incapacidad de resolver problemas, le había llevado a fallar el tiro, dando de lleno contra cualquier lado menos el can.

Cayendo sobre su trasero, Nekola no tuvo otra opción que clamar por su vida, pidiendo perdón a su agresor. No obstante, al abrir los ojos, la presencia bestial de aquel lobo se había esfumado. En su reemplazo, solo tenía a un tembloroso, sucio y mojado muchacho de caballera oscura y tez pálida; el cual lloriqueaba a ras de suelo. Emil, poco y nada comprendía. ¿Como había llegado ese jovencito hasta ahí? ¿A dónde se había ido el lobo? ¿Por qué lloraba? La incoherencia del momento, le impulsaba a preguntar. Hipando sin consentimientos, la lluvia removía las pocas lagrimas que corrían por sus pómulos. Limpiando sus ojos por debajo de los anteojos, musitaba.

—Ella está muerta...

El guardabosques comprendió entonces, erróneamente, que el sujeto tal vez era amante de los animales y estaba sufriendo por la pérdida de aquel esplendoroso animal. Acongojado con la escena, se quitó la chaqueta de encima y procedió sin premuras a cubrirlo del aguacero.

—Si te sirve de consuelo —murmuró el rubio— No eres el único que lloró su partida. Tuvo una ceremonia muy bonita, con lirios traídos desde Japón. Aquí en el Zoológico nos preocupamos mucho de nuestros animales. El propio Zar de Rusia-...

—¿Como murió? —interrumpió.

—Ah... —exhaló con melancolía— Es triste admitirlo, pero Hiroko atacó a un buen amigo mío. Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer. No solo por el lio que se formó aquí, sino porque involucró a gente inocente. El nuevo párroco de la Iglesia, había traído a su aprendiz a ver a la criatura. Sin embargo, el muchacho se metió en la jaula y pues...Hiroko lo agarró del hombro. Casi se le desprende. Sangraba mucho.

—¿Párroco...? Un segundo...¿Hablas de un sacerdote?

—Así es. El padre Nikiforov —declaró— Fue terrible tener que ver la escena ¿Te imaginas lo duro que debió ser? Matar a una criatura inocente, parte del reino de Dios.

No puede ser. Tiene que ser una broma...¿Viktor mató a...mi madre...? —Katsuki entró en pánico, perdiendo de vista la mirada; en el flequillo de su negro cabello.

—Yo me paralicé. Así que no pude disparar. El cura tomó el arma y-...—Emil parpadeó boquiabierto— ¿Ahre? ¿A dónde se fue el muchacho...?

[...]

"Somos lobos. Somos seres salvajes"

"El padre Nikiforov..."

Con la llegada de un relámpago ensordecedor, la puerta principal de la vivienda se abría de par en par. La tormenta, no solo había traído frio y lluvia. Un ahora, Yuuri Katsuki, inundado de mierda hasta el alma, se adentraba por living. Ignorando su desnudez, los pies embarrados y la humedad de su cuerpo, se reencontró con Viktor; quien terminaba de mover los leños de la chimenea. El cruce de miradas fue inminente. No estaba del todo sorprendido por su apariencia, acostumbrado a verle sin sus prendas de vestir. Sino mas bien porque no portaba su anteojos.

—Yu-...—se detuvo de golpe. El asiático, le observaba de una manera inquisidora, devorándole con la mirada. De bruces, una propaganda sobre el Zoológico caía a la alfombra. En aquel instante, pudo entenderlo todo. Yuuri había ido a ese lugar. Yuuri...ya conocía la verdad. De piedra quedó, aparentando circunspección, apretó los labios como si su respiración fuese una veredicto fatídico para él. Tarde o temprano, iba a enterarse de la cruda verdad — Yuuri...¿Qué es lo que debería decir en estos momentos? ¿Qué demonios debo hacer ahora? ¿Está molesto? ¿Triste? Siento el odio...recorrer sus venas... — Oye-...

—¿Somos los licántropos, seres salvajes?

—¿E-eh...?

¡Solo responde!

—¿Por qué me preguntas eso tan de pronto? —cuestionaba el albino, intentando hilar bien las palabras que salían de sus labios. Un movimiento en falso y todo se iría al carajo. El pelinegro no respondió— Yo no...yo no creo que lo sean. Los lobos en general, son criaturas fascinantes.

—¿Y qué hay de los humanos?

—...

—¿Son los humanos, seres salvajes?

—¿Es eso lo que piensas?

—Es eso lo que es, Viktor —masculló en cólera, dando paso tras paso hacia el— He ido al zoológico. La manera en la que los humanos tratan a los animales. ¿No es eso salvaje para ti? Ellos me lo han contado todo. Puedo hablar con ellos. La manera en la que ustedes los torturan. Es asqueroso —replicó con hastió— Y Otabek. Hubieras visto la cara de Otabek cuando llegaste tu. Pude sentir la repulsión en sus ojos. La gente del mercado. Los policías. Repugnantes todos. Contra ellos mismos ¿Y luego se atreven a decir que nosotros somos salvajes? Nos adoptan en casas, nos dan de comer y un techo caliente, porque no pueden con sus propias vidas. Recogen cachorros como yo, porque bebés hay suficientes y nadie los quiere. Son una raza infame.

—Sí. Tienes razón. Tienes toda la razón, Yuuri. Pero yo-...

Tu mataste a mi madre.

—Sí. Yo maté a tu madre —admitió el ojiazul con total descaro. No obstante, sus ojos se humedecieron con furia— ¡Tome el arma, se la puse entre ceja y ceja y jale del maldito gatillo! —reconoció con dolor— ¡Yo, asesiné a tu madre! ¿Lo entiendes? ¡A sangre fría! ¡Como el asesino, asqueroso humano que soy!

—No quieras compadecerte, Viktor —rugió Katsuki de vuelta, sujetando su hombros con ira— ¡¿Por qué demonios lo hiciste?!

—¡Porque no tuve otra opción! ¡Era ella o la vida de Yuri!

—¡Mi madre no atacó a Yuri porque fuese salvaje! ¡Mi madre estaba protegiéndome!

—¡Y es lo mismo que hice yo con Yuri! ¡Protegerle! —rebatió, agobiado con la historia— Yuuri...Dios estuvo de testigo ese día. Y él sabe, que mis intenciones fueron buenas.

—Dios no disparó esa arma —tronó.

—No. Pero Dios sabe, que lo hice por una causa justa.

—¡¿Te parece justo acabar con su vida, solo por eso?!

—¡¿Te hubiese parecido más justo, que matara al pequeño Yuri, solo porque tenía curiosidad y se metió a tu jaula?!

—Así es la ley de la naturaleza —esclareció el japonés con total frialdad.

—Esto no se trata de la naturaleza, Yuuri. Se trata del amor —rezongó el cura, tomando su rostro con dureza— Tu madre te protegió por instinto. Eso es naturaleza. Yo protegí a Yuri, porque lo amo. Es como mi hijo.

—No vengas a hablarme del amor, cura —soltó sus manos con violencia, regalándole una mirada despreciable— No, cuando ni si quiera puedes casarte ni tener hijos —espetó, escupiendo el suelo con ultraje— Esta humillación, no tiene nombre. Mi madre si me amaba y me quería. No como tú. Tú y tus dioses paganos, los cuales justifican todas tus acciones. Disparaste, porque le tienes miedo al infierno. Temes por tu alma. Egoísta —determinó sin más, cogiendo un par de bolsas de cuero y ropa que se encontraban en la habitación aledaña.

—Yuuri... —musitó apenas, observando con impotencia como el muchacho se escabullía por la puerta. Una vez más, se iba de su lado— Yo ya...estoy en el infierno. Justo ahora. Desde el momento en que cruces esa puerta...me habrás condenado —le retuvo.

—Que Dios te ampare, Viktor.

—Por favor...no te vayas... —suplicó, entre lagrimas— No me dejes...

—...ya lo he hecho.

[...]

Yuuri no iba a perdonarme jamás. Y yo tampoco estaba en condiciones para exigir semejante regalo. Después de todo, perdonar es algo que solo está en la capacidad de seres divinos. En esos instantes, solo pude pedirle a nuestro señor que lo hiciera y que por favor, no permitiera hacerme caer en la oscuridad. Había perdido a lo que más amaba en este mundo y no conocía consuelo alguno para ese dolor. Yuri se había graduado ya de la escuela y solicitando un permiso de la Iglesia de nuestra señora Verioshka en Moscú, pedí su traslado. Tuve que contarle la verdad del por qué, Katsuki nos había dejado. No dure mucho tiempo solo en esa tremenda ciudad. Ya no quedaba nada que me atara a San Petersburgo. Así que me fui con él.

De Mila, no volví a saber. Supe que continuó trabajando como veterinaria pero, tras pensarlo mucho decidí cortar contacto con ella. Por supuesto que me enteré que todo esto había sido culpa suya. Nunca llegué a comprender, que la impulsó para traicionarme de esa manera. Seguramente, el miedo a perderme como párroco. No estaba dispuesto a averiguarlo tampoco. Haciéndome cargo del nuevo Orfelinato en Moscú, comencé a impartir clases en la prestigiosa catedral de "Sobor Pokrova", mejor conocida como San Basilio. La mayor parte de mi tiempo libre la ocupaba en acercarme a nuestro señor. Y por sobre todas las cosas, retomé mis votos, haciéndome confesión una vez a la semana en la parroquia de Kolomenskoye. De alguna forma, tenía que alejarme de ese camino pecaminoso en el cual había caído.

Es entonces, donde nos remontamos al principio de esta historia. Ha pasado un año desde que Yuuri me dejó. He olvidado su voz. Temo también olvidarme de su rostro. Como nos cambiamos de ciudad y de casa, comprendí que para renovar el espíritu, empezar de 0 ayuda a sanar el corazón. Sonrío a diario. Asisto al coro de la iglesia. Ayudo a los feligreses en los campos de cultivo, enseño a los niños y al rabietas de Yuri, quien ocupada la casa más bien como un hotel de paso. La mayor parte del tiempo la dedica a sus estudios. ¿No suena eso irónico? Algo bueno nos había dejado Yuuri.

Pero incluso en las noches más heladas, era natural que le extrañase. Me acostumbré a pensarle, a sentirle, a quererle, sin tenerle a mi lado. Una forma de vida para nada sana y poco recomendable. ¿Qué puedo hacer? San Mateo dice "hay que darle el tiempo al tiempo". Pero eso...no es parte de Dios. Si no, de la naturaleza. El universo sería el encargado de ordenar las cosas, mientras yo continuaba mi vida monótona como sacerdote.

Cada noche de luna llena, observaba la luna y solo podía pedir una sola cosa en esta vida: Cuida de él. Y no permitas que nada malo le suceda.

[...]

Confesionario. Hora desconocida. Día desconocido.

—No temas en revelar quien tu realmente eres. Nuestro señor ampara a todo aquel que desee seguir su camino.

—Muchas gracias, Padre. Su bendición.

—Vete a casa tranquilo —Viktor le persignaba a través de la abertura; de la pequeña caja de madera— Cuídate.

Debían de ser al menos las 12 de la noche. Hora de cierre de la capilla. El silencio hizo un mutis en mis oídos. Estaba agotado, los ojos se me cerraban. Afirmé mi cabeza contra el respaldo y suspiré. Tomé mi rosario y me levanté del lugar dispuesto a regresar a casa, cuando las tablas rechinaron bajo mis pies. Un nuevo feligrés en confesión tomaba asiento.

—Me temo que ya hemos cerrado —anunció Nikiforov— Pero si vuelves mañana, te prometo que te escucharé.

—Padre...he pecado.

Bien... —suspiró— Una última no le hace daño a nadie — Esta bien, hijo. Todos tenemos derecho a equivocarnos. Puedes confesarte conmigo.

—He cometido el peor pecado de todos —reveló.

—No hay peores o mejores en el pecado, hijo. Nuestro señor juzga a todos por igual, sin poner equilibrios.

—¿Cree que pueda ser perdonado algún día?

—Por supuesto que sí. Dios es infinitamente misericordioso. Si ve actos de arrepentimiento en tu corazón, conseguirás el perdón eterno —no oyó sonido alguno del otro lado. Viktor, prosiguió— ¿Y bien? ¿Cuál ha sido el pecado que te martiriza?

—He...dejado ir a la persona que más amo en este mundo.

Silencio sepulcral. Mis dedos, se paralizaron sobre la cruz de madera que cargaba. Esa historia se me hacia tan intima y familiar, que poco profesionalismo podía ponerle. Exhalé tenue, nervioso. Tenía que proseguir.

—¿Por qué has hecho eso?

—Porque soy un estúpido, orgulloso e inmaduro, que no entiende nada de la vida.

—Nadie tiene todas las respuestas del mundo para poder entender cómo funciona la vida, mi joven amigo —manifestaba tranquilo el albino— ¿Estas arrepentido?

—Como no tiene idea. Pero...no sé como decírselo.

—Y bueno, estoy seguro de que si buscas a esa jovencita y le explicas como sucedieron las cosas, ella te entenderá.

—¿Usted cree? Temo ser rechazado.

—¿Pero qué cosas dices, hombre? La única forma de ser rechazado es no ser correspondido. Me has dicho que la amas ¿No es así?

—Sí. Nos amábamos.

—Pues ya está. Cuando hay amor, todo se puede. De seguro ella también te sigue amando. Y... —sonrió— también estoy muy seguro de que ha esperado por tu regreso mucho tiempo —acotó, viéndose así mismo reflejado en la historia contada— Debes perderle el miedo al miedo y superar tus egos. Ve, toma valor y reconquístala.

—Muchas gracias, padre. Es usted muy bondadoso.

—No agradezcas, jovencito —le persigna— Puedes ir con Dios. El te ayudará en todo lo que necesites.

—Si...hasta pronto —finalizaba el muchacho, volviendo el rostro hacia el confesionario— Por cierto. Hoy hay luna llena.

—Es verdad. Muy pocas personas se fijan en esos detalles —afirmaba Viktor con naturalidad— ¿Eres astrónomo o un simple aficionado de la luna?

—...soy un Licántropo.

Casi me reviento la cara tras salir del confesionario y tropezarme con mi propia ineptitud. Los latidos de mi corazón, agolpaban con fiereza mi pecho. No podía creerlo si no lo veia. No había reconocido su voz, puesto que Yuuri, había madurado de una manera drástica el tiempo que no nos vimos. Pero su rostro, angelical y hermoso seguía siendo el mismo. Ahí estaba. Parado frente a mí, con su extraordinaria idiosincrasia de licántropo. Me sonrió. Y por unos instantes, sentí el peso del mundo sobre mis hombros.

—Yuuri... —musitó, absorto con su presencia— ¿Como...es que tú...?

—Yuuri lo había dicho antes ¿No? Yuuri siempre vuelve donde Viktor.

Me había encontrado. Pude haberle catalogado como magia, poder divino o simplemente la propia naturaleza de su especie, haciendo énfasis al grandioso poder que tienen los canes de siempre volver a casa. Pero en esos momentos ¿Qué importancia tenia? El había regresado. Y quizás, de hacia cuanto tiempo que me había estado buscando. No quise pensar más. La cadena sacra, cayó al suelo, despojándome de todo a mi alrededor. De los santos en la pared, las estatuas, de mi fe y mi propia autoridad como sacerdote. En aquel instante, volví a ser una vez más un simple mortal común y corriente.

Corrí a abrazarle y superado por la ansiedad, le besé en los labios. Si íbamos a quemarnos en la hoguera, lo haríamos juntos. Ya nada mas importaba. Yuuri estaba de vuelta conmigo. Dios, estaba a mi lado. A partir de ese momento, juramos nunca más separarnos. Sin importar que sucediese, estaba dispuesto a renunciar a todo con tal de tenerle a mi lado, hasta que la muerte nos separara. No nos casamos ni nada de eso. ¿Pero qué diantres? No hace falta tal ceremonia, si en mi propio corazón, el ya era parte de mi ser.

Esa noche, volvimos a casa como en los viejos tiempos. Yuri Plisetsky celebró con nosotros la reunión. Cenamos, charlamos y nos retiramos a nuestros aposentos para...continuar amándonos en privado.

La luna llena, estimulaba al reencuentro.

Mi vida con el sacerdocio, llegó a su fin. Y con él, un ciclo fue cerrado en mi alma. Recordé entonces el por qué, me había hecho cura. Recordé, el desamor que mi corazón sintió cuando entre por primera vez a una capilla, luego de la guerra. Buscaba expiar mis culpas, mis pecados, mis no rotundos, mi soledad. Pero...cuando encuentras a alguien que es, en pocas palabras, la representación del todo en esta tierra, el edén consumado ¿Hace falta entrar a una iglesia para rezar?

Mi único santuario ahora, era su cuerpo. Mi único guía espiritual, eran sus ojos. Y mi lugar sagrado, su corazón.

Amén.