Charlie se había levantado pronto aquella mañana, era el día anterior a su cumpleaños. Bajó abajo y desayunó tranquilamente, pero algo saltaba a la vista, todos disimulaban no mirarle. En ese momento sus padres abrieron la puerta de la calle y entraron corriendo acompañados de una ráfaga fría de viento.

- Feliz cumpleaños, Charlie- dijo su padre y sacó un pequeño paquete de su chaqueta.

- Tu cumpleaños es mañana pero, ¿por qué no lo abres ahora?- preguntó su madre.

- No, mejor esperar a mañana- respondió el muchacho.

- ¡No! ¡Ábrelo ahora!- chillo enfadado uno de sus dos abuelos.

- Está bien- cogió el paquete de las manos de su padre y se sentó en medio de la cama de sus abuelos.

Con sumo cuidado fue desenvolviendo el paquete que resultó ser una chocolatina Wonka. No pudo contenerse más y la abrió de golpe pero no había nada, ningún billete dorado deseado, solo la chocolatina en si.

- Da igual- sonrió Charlie- la compartiré con todos- empezó a partirla.

- No, Charlie, es tuya- replicó su madre.

- No, yo quiero compartirla- y así pasaron la tarde, comiendo chocolate, riendo y recordando viejos tiempos.

Ya llegaba la hora de dormir y todo el mundo se estaba acostando cuando el abuelo de Charlie lo llamó.

- Charlie, ven aquí.

- ¿Sí, abuelo?

- Toma- dijo entregándole una moneda- mañana, nada más levantarte, ve corriendo y compra una chocolatina en la primera tienda que veas.

- No, abuelo, son tus ahorros.

- Y yo quiero que compres una chocolatina con ellos, prométemelo.

- Te lo prometo, abuelo- y dándole un beso subió las escaleras para meterse en la cama y soñar que mañana encontraba el billete y que iba a visitar a Willy Wonka, que por cierto, no sabía como era. Y pensando y pensando en como podría ser se quedó dormido.

Al día siguiente se levantó el último. Había soñado lo que quería, había ido a la fábrica pero en vez de Willy Wonka, un divertido robot le había atendido solo a él. Le había conducido por toda la fábrica pero que en realidad no era más que un barato decorado y al final, la fábrica de chocolate más grande del mundo acabó siendo añicos. Cruzó los dedos por que no ocurriese eso y bajó.

Encontró lo que se encontraba todas las mañanas: su madre haciendo sopa, sus dos abuelas, una canturreando y la otra preguntando cosas sin sentido y a sus dos abuelos discutir amablemente aunque algún taco se le escapaba a uno de ellos de vez en cuando, en cuanto a su padre, se encontraba buscando trabajo en el periódico:

- Mamá, papá, voy a salir a dar una vuelta.

- Abrígate, cariño.

- Si, mamá- y salió por la puerta torcida no sin antes guiñarle un ojo a su abuelo.

Corrió por las calles rápido, más rápido de lo que lo hizo nunca pero en un momento se chocó con una muchacha y se calló dejando escapar de sus manos la moneda que siguió con la vista y se perdió en una alcantarilla.

- ¡Mierda!

- Oye, niño, lo siento, no te vi y…- se disculpó la muchacha que iba tapada hasta arriba.

- No importa.

- Claro que importa, perdiste tu moneda- rebuscó en su pequeña mochila y sacó un monedero, acto seguido entregó a Charlie un billete de poco valor pero lo suficiente como para comprarse otra chocolatina.

- Gracias, muchas gracias.

- No es nada- suspiró la muchacha y se marchó- ¡adiós!

- ¡Adiós!- se despidió igual Charlie pero lo volvieron a empujar, una manada de gente se amontonaba contra la cristalera de detrás de él.

Aquella tienda era de televisores y en ese momento emitían una noticia de última hora. Charlie se hizo paso entre la gente y pudo ver:

"El cuarto billete dorado a sido encontrado, un muchacho llamado MikeTeavee adicto a las ultimas tecnologías, consiguió descifrar el código y consiguió la chocolatina exacta que levaba un billete dorado"

Charlie retrocedió y salió del barullo, ya iban por el cuarto, como no se diese prisa no conseguiría ninguno. Así que decidió andar hasta encontrar una chocolatina.

Entró en la primera tienda que vio. Dentro hacía calor. Vio a la muchacha de antes que se había quitado el gorro y la bufanda dejando ver sus perfectos rizos azabaches y sus ojos azul cielo que antes tapaban sus rizos.

- Hola de nuevo- le saludó.

- Sí, hola de nuevo- repitió Charlie que fue a coger una chocolatina de caramelo pero la muchacha ya había puesto su mano encima.

- Oh, lo siento.

- No, no pasa nada, quédatela tú.

- ¿Seguro?

- Sí- volvió a afirmar Charlie.

- Vale, gracias- la pagó y empezó a abrir con cuidado.

Charlie mientras estaba eligiendo cual comprar y llevarse a casa pero un chillo ensordecedor lo hizo girarse rápidamente.

- ¡Me ha tocado!

- ¿El último billete dorado?

- ¡Sí!- respondió chillando la chica.

- Ah… enhorabuena- dijo de mala manera.

- ¡Muchas gracias por haberme dejado quedarme esta chocolatina!

- No hay de que- salió corriendo y llorando se perdió entre las calles.

- ¿Te ha tocado, muchacha?- esta asintió- ¿te la compro?

- No, yo te la compro por más dinero.

- ¡Ni hablar!- chilló y se puso su gorro y bufanda- ¡es mía!- salió de la tienda de un portazo y sacó su móvil, marcó el teléfono de su casa y contó todo lleno de alegría.

Después de esto, a las dos horas o menos, las televisiones volvían a emitir una noticia en exclusiva, el último billete dorado había sido encontrado.