Disclaimer: los personajes de Naruto no me pertenecen, son de Masashi Kishimoto.
Advertencias: AU, lenguaje soez.
Vidas radioactivas
Capítulo 2: Vicios
Lo mejor de hacer algo cuando estás borracho y de lo que después te arrepientes, es que con suerte no recordarás nada al día siguiente. Lo peor de todo es, sin lugar a dudas, tener que fiarse de los testimonios de amigos para saber exactamente qué ha hecho uno, horrorizándose con cada nuevo detalle.
Ino siempre se había preguntado si la expresión "morirse de vergüenza" podía llevarse al sentido literal, y estaba segura de que mañana lo averiguaría en cuanto pisase el instituto. La vomitona en La Ciénaga había sido todo un espectáculo, le contaría más tarde Sakura con todo detalle. Al parecer, prácticamente medio curso se encontraba allí, por lo que si no había pruebas gráficas que corroboraran el suceso era por pura casualidad.
Tras despertarse en su cama, Ino intentó volver a dormirse, pero el dolor de cabeza era insufrible. Así que a las doce del mediodía se irguió y se dirigió a la cocina, en busca de un par de ibuprofenos y un vaso de agua. Su madre se encontraba allí preparando la comida, e Ino notó sus ojos clavados en la nuca.
—Parece ser que ayer hubo una buena fiesta, ¿no? —preguntó a su hija, con media sonrisa.
—Parece ser —repondió lacónicamente la joven, apurando su ración de analgésicos—. Por favor, no me esperéis para comer.
Acto seguido, salió de la estancia bajo la supervisora mirada de su madre. Ino ni siquiera sabía cómo había llegado a casa, pero sabía que contaba con su amiga Sakura para resolver tal duda. Una vez en cama, se tapó de nuevo con las sábanas y cogió su teléfono móvil. Al tercer tono su amiga contestó.
—Vaya, vaya —rió al otro lado de la línea la pelirrosada—. Mira quién llama.
—Buenos días a ti también, Sakura —dijo Ino arrastrando las palabras. El dolor de cabeza aún no parecia remitir.
—A ver, déjame adivinar... ¿Me llamas para desearme un feliz domingo, no es así? —dijo la joven entre pequeñas risitas y ruido de platos al fondo.
—Eres muy lista —respondió la rubia, esbozando una sonrisa—. Cuéntamelo, por favor.
– Hmmm, ¿estás segura? –preguntó su amiga. Al ver que no obtenía respuesta, continuó—. Bien, después de darle un beso al pelirrojo y de tu momento vomitona, muy épico por cierto, se armó un jaleo bastante gracioso.
«Karin chillaba "guarra" y "cerda" tan alto que creo que no quedó ni una mesa por enterarse. Es posible que la salpicaras con tu cena, pero eso ya no lo puedo asegurar. En cuanto vi lo que acababas de hacer, corrí hasta allí para intentar salvaguardar tu reputación, aunque por aquel entonces ya poco se podía hacer.
Como habías caído al suelo, intenté levantarte, pero eras un maldito peso muerto. Menos mal que tu gran amigo Deidara me echó un cable, porque si no aún seguirías allí. Entre los dos te llevamos al baño mientras el grupo de cotorras seguía cacareando y otros muchos aplaudían, y mientras el pobre de Kiba intentaba adecentar la mesa con una fregona.
Allí te limpiamos la cara y la ropa, aunque creo que el pestazo te lo llevaste igual a casa. Te pedimos una botella de agua y estuvimos como una hora contigo, hasta que pudiste aguantarte en pie. Como ya eran las cuatro de la mañana, los chicos decidieron irse a casa. Tuviste suerte de que fuese a Deidara a quien le tocó llevar el coche ayer, porque si tuviera que cargar contigo hasta la floristería Yamanaka me habría reído bien fuerte.
Te metimos en la parte trasera del coche. Tu ligue se sentó en el asiento del copiloto, así que durante diez minutos tuve a Itachi Uchiha a medio metro de mí. Es increíble lo bueno que está ese tío, ¿te has fijado bien alguna vez? En fin, que cuando llegamos a tu casa les di las gracias por habernos acercado, cogí tu llave y abrí la puerta. Intenté hacer el mínimo ruido posible, pero creo que los ronquidos de tu padre habrían amortiguado hasta la sirena de los bomberos. Te dejé en la cama, y ya te dormiste al instante. Cerré por fuera para que tus padres no sospecharan, así que si quieres recuperar tu llave hoy te toca acercarte a mi casa».
Ino dio un suspiro largo. Sabía que todo era verdad en cuanto su amiga terminó. Esbozó una sonrisa triste al pensar que había fastidiado su remota oportunidad de tener una bonita historia con el chico del pelo rojo. Suspiró de nuevo.
—Muchas gracias, Sakura —dijo Ino tras escuchar su relato—. Iré a por la llave en cuanto la cabeza deje de estallarme.
—Pues teniendo en cuenta la de botellas que vaciaste ayer, no cuento contigo hasta el fin de semana que viene.
Ino tuvo que reírse, a pesar de que la cabeza seguía palpitándole con fuerza. ¿De qué 'Todo a cien' eran aquellas pastillas? No podía ser que tardasen tanto en hacer efecto.
—Por la tarde —prometió la rubia—. Aún tienes que contarme los detalles, pero creo que por ahora esa información es más que suficiente, gracias.
Cuando se despidió de su amiga colgó el teléfono y lo posó en la pequeña mesita de noche situada al lado de su cama. Ino se colocó en posición fetal e intentó no darle muchas vueltas al asunto, pero era imposible. "Tranquila, Ino. Peores cosas habrás hecho", se dijo. Aunque si tenía que ser sincera, aquello tampoco la consolaba mucho.
En eso pensaba cuando se sumió en un largo y profundo sueño.
Deidara se acercaba con tres cervezas y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Una cervecita para el cabronazo de Sasori! —dijo mientras posaba las tres botellas en la mesa, derramando algunas gotas.
Itachi suspiró. La noche de ayer había sido de todo menos divertida desde que Yamanaka había vomitado casi casi sobre ellos. Ni siquiera le había dado tiempo a buscarse alguna chica a la que invitar a una copa o dos.
Sasori torció la boca en una ligera sonrisa y se apresuró en ser el primero en darle un trago a la bebida. Miró al infinito mientras Deidara lo observaba con curiosidad y con la misma estúpida sonrisa de antes.
—Imagínate cómo iba la pobre para haberse liado contigo —siguió Deidara, divertido.
Sasori se desternilló a un volumen tan alto que hasta hizo enrojecer al propio Itachi. Deidara se quedó un momento desconcertado, pero acabó por acompañar a su amigo pelirrojo en su alegría. Al fin el joven respondió.
—Una hora en un bar y dos chicas entre las que escoger. ¿Cuánto tiempo hace que tú no puedes decir lo mismo? —preguntó el joven de pelo rojo a su amigo, enarcando una ceja y bebiendo otro trago.
Deidara soltó un bufido mientras torcía la boca en una mueca. Sasori debía estar bastante pinchado para haber hecho referencia a la sequía amorosa de Deidara, que llevaba casi un año sin tocar una chica. Itachi observó la escena tras una expresión seria. ¿Por qué habían regresado a Konoha justo el primer fin de semana del curso? Podrían haberse ido de fiesta en la ciudad de la Arena, conocer a alguna chica del campus y despertarse al día siguiente en su piso de estudiantes y preparar un desayuno para seis. Pero no; el aguafiestas de Deidara insistió hasta la saciedad en que tenían que salir en Konoha, y sus peores temores se habían visto superados con creces.
Pero si tenía que ser sincero, Itachi también tenía que agradecerle a Ino Yamanaka. Gracias a su deplorable espectáculo no tuvo que inventarse ninguna excusa para sacarse de encima a Karin, que lo acosaba a él y a sus amigos cada vez que coincidían en el pueblo.
Sasori volvió a intervenir.
—¿Y cómo dices que se llama la rubia? —preguntó interesado.
—Yo que tú no me haría ilusiones —respondió rápidamente Deidara, con una media sonrisa—. Seguro que no te vio bien... Pareces un calamar, con tanta tinta.
Sasori y Deidara volvieron a reírse a pleno pulmón, dejándose totalmente en evidencia. Itachi suspiró y esbozó una tímida sonrisa. Los tres chicos eran amigos desde el instituto, pero Sasori se veía obligado a mudarse constantemente por culpa del trabajo de su padre. Debido a eso, solo se veían durante las vacaciones de verano y ocasionalmente en Navidades, cuando la familia regresaba a casa de sus abuelos paternos. Después de cinco años, parecía que por fin habían destinado a su padre de forma definitiva a Konoha, por lo que su amistad se había estrechado de nuevo cuando los tres se mudaron a la Arena para iniciar sus estudios.
Itachi interrumpió la conversación.
—¿Queréis callaros de una vez? —dijo, cansado del tema—. Os lo dije: nos teníamos que haber quedado en la ciudad.
—¿Y perdernos el espectáculo? —preguntó Sasori, abriendo mucho los ojos—. No sabía que la fauna de Konoha estaba tan descontrolada. Si las llego a pillar hace unos años, no les dejo ni las espinas.
Esta vez se rieron los tres.
"No puede ser", se dijo a sí misma Ino.
Después de reunirse con Sakura y recuperar la llave de su casa, andaron hasta el centro de Konoha. El pueblo seguía siendo muy tradicional en muchos sentidos, por lo que la gran mayoría de establecimientos respetaban los domingos como si de días sagrados se tratasen. En todo Konoha solo abrían dos bares el último día de la semana, y a pesar de que los números estaban totalmente en su contra, ¿de verdad tenían que encontrarlos allí? Las dos amigas habrían abandonado el bar de no ser porque el otro se encontraba en la otra punta del pueblo, y porque se negaban a haber hecho el viaje en balde.
Ino decidió enfrentarse a la situación. Al fin y al cabo, solo estaba retrasando el inevitable momento del reencuentro. Deidara fue el primero en divisarlas, iluminándosele el rostro de forma instantánea y haciendo que Ino le respondiese de igual manera.
—¡Buenos días, rubia! —saludó Deidara, acercándose a la mesa de las chicas–. ¿Qué tal la resaca?
—Cállate —dijo Ino con una sonrisa mientras abrazaba a su amigo—. Ah, y puedes meterte tu cortesía por donde te quepa. Mira que no venir a saludarme ayer...
Sakura los miró divertida. Deidara e Ino eran tal para cual: cabezotas, impulsivos y sobre todo raros, pues nunca se sabía por dónde podían salir. La joven de ojos verdes concluyó que debía ser precisamente esa semejanza la razón de que ambos fuesen tan buenos amigos.
Deidara respondió totalmente despechado.
—¡Tócate los cojones! ¿Y tú qué? ¿No tienes dos piernas con las que andar? —soltó despechado.
Los tres se rieron en complicidad bajo la atenta mirada de los amigos de Deidara. Itachi Uchiha mostraba una expresión de resignación, mientras que su amigo pelirrojo tenía una expresión divertida en la cara. Ino notó que sus ojos se encontraban y alzó su refresco en gesto de brindis hacia el joven, guiñándole un ojo.
Cuando Deidara se despidió de ellas, Sakura volvió a la carga.
—Que estás como una cabra, lo sabemos todos. Pero esque ese pobre chico tiene que estar peor... Además de que parece un cuadro andante —dijo señalándolo con la cabeza—. ¿Tú has visto qué pintas se gasta?
Por extraño que parezca, Ino apenas se había fijado en los brazos de Sasori la noche anterior. Quizás la postura del pelirrojo en el sofá circular le había impedido darse cuenta de tan evidente detalle, pero ahora que lo observaba con los cinco sentidos perfectamente coordinados vio los tatuajes que adornaban su cuerpo. El brazo izquierdo al menos estaba tintado hasta media manga, aunque era incapaz de decir qué figuras representaban aquellas manchas. El brazo derecho no mostraba signos de tener el mismo estado que su gemelo, pero tampoco podía descartarlo. Por alguna extraña razón, los tatuajes del chico despertaron aún más el interés de Ino, provocándole un escalofrío. De repente dijo a su amiga:
—Pues a mí me parece todo un encanto —dijo sonriente—. ¿Alguna vez has estado con un chico tatuado? —Sakura negó con la cabeza—. ¡Seguro que tiene mucho morbo!
Ino volvió a reírse con su amiga, aunque lo que decía iba en serio. Aquel joven le resultaba interesante, y muy diferente de lo que solía encontrarse por Konoha. Quizás lo de la noche anterior no había mermado tanto sus posibilidades, pensó. Y si así fuera, al menos había probado sus labios, a pesar de no recordar casi nada.
El reloj daba ya las siete de la tarde cuando Ino se levantó a pagar las bebidas. Ino Yamanaka trabajaba en la floristería de sus padres por las tardes, lo que muchas veces suponía un tremendo fastidio. Pero por el lado bueno, recibía un sueldo más que justo y evitaba que sus padres contratasen a otra persona, lo que les habría resultado mucho más costoso. Gracias a ese trabajo, la joven podía permitirse más caprichos que la mayoría de sus compañeros de clase. Aunque luego la tacharan de "pija" o "consentida", solo ella sabía cuánto sudor había detrás de cada céntimo.
Se acercó a la barra y pidió la cuenta. Abrió el monedero, rebuscando entre las monedas de mayor valor para pagar cuando se fijó en Sasori. El chico también se había acercado a la barra sujetando un billete en la mano, cuando se dirigió al camarero.
—Cóbrame las tres, y si puedes dame cambio —dijo, tras lo cual posó sus ojos sobre la rubia.
El pelirrojo jugaba con el aro del labio mientras la miraba con expresión traviesa, como si la estuviese probando. Ino bajó la mirada y sonrió a su vez, aunque no por vergüenza, sino porque a ella también le apetecía jugar. El camarero le devolvió un buen puñado de monedas y acto seguido pulsó el botón central de un mando, apuntando hacia la máquina del tabaco.
Sasori dio dos largos pasos y fue metiendo muy lentamente las monedas en la máquina. Ino lo observaba apoyada en la barra, sin apenas moverse. Sasori era más bien de complexión delgada, con músculos poco definidos aunque bien proporcionados. Era bastante alto, y casi le sacaba una cabeza a Ino. La joven se dijo que al menos tendría que preguntarle dónde compraba los vaqueros, porque le parecía injusto que sólo él disfrutase de semejante trasero.
¿Lo tendría tan prieto como parecía? Ino sonrió.
El joven recogió su cajetilla con verdadera parsimonia, y cuando se dio la vuelta la joven todavía seguía mirándolo con fingida inocencia. Sasori enarcó una ceja, tapada parcialmente por uno de sus despuntados mechones, cuando se dirigió a la chica.
—¿Fumas? —preguntó por primera vez, tendiéndole el paquete de tabaco.
—A veces —respondió la rubia con una amplia sonrisa. En ocasiones Sakura y ella fumaban algún que otro cigarrillo, especialmente los sábados por la noche. No obstante, nunca habían tenido que gastar una sola moneda para ello.
—A veces —repitió lentamente el chico. Se había quedado allí plantado, esbozando una ligera sonrisa—. Me quedan diez minutos para un cigarrillo —anunció, tras consultar un bonito reloj de pulsera—. Si prometes no vomitarme encima, te invito a uno.
Sasori estaba conteniendo la risa, eso podía apreciarlo claramente la chica. Y ella, en lugar de abochornarse, se rio por lo bajo mientras asentía al joven.
—Está bien —dijo entre risas—. Pero no prometo nada.
Los dos se dirigieron a la salida del bar con una sonrisa en el rostro, aunque por el camino lo que iba a ser una corta e íntima charla a dos bandas se convirtió en un ruidoso gallinero. Al parecer, los tres chicos regresaban a la ciudad de la Arena, y no parecían dispuestos a demorar su viaje mucho más. Sakura también se negó a quedarse sola, así que acompañó a su amiga a la salida.
Deidara no paraba de parlotear con Sakura e Itachi seguí con aquella seria expresión en la cara, como si todo le resultara molesto. Sasori tendió un cigarro a Ino, y se lo encendió mirándole a los ojos. Él no paraba de mostrar aquella mueca torcida que simulaba una sonrisa, y a pesar de todo, ella se sentía muy a gusto a su lado. Fumaron en silencio, sin pronunciar palabra, aunque estaban atentos al rifirrafe de sus amigos.
Tras una larga mirada, Deidara se dirigió a ellos.
—¿Y vosotros qué? —preguntó haciéndose el indignado—. Ino, ten cuidado con éste, que es todo un elemento —dijo el chico rubio mientras le revolvía el cabello a su amigo.
Sasori se lo sacó de encima como pudo, escabulléndose ágilmente y esquivando los absurdos movimientos de su compañero. Ino bajó la vista y dejó que por una vez el molesto humo del tabaco se colase por su nariz, sintiendo el desagradable efecto del veneno. Estaba a punto de apagar una ya consumida colilla cuando sintió una mano en la cabeza.
Irguió la mirada de forma repentina, y se encontró con unos amables ojos castaños que la observaban en calma.
—Adiós, Ino —dijo el pelirrojo, guiñándole un ojo—. Hasta la próxima.
A continuación, Deidara le dio un beso en la mejilla, aunque Ino estaba demasiado absorta mirando al joven de pelo bermejo como para darse cuenta. Los vio alejarse a los tres mientras escuchaba a Sakura parlotear sobre "lo bueno que estaba el Uchiha, maldita sea".
Cuando Ino regresó a casa tras una pequeña caminata de casi media hora, se dio cuenta de que todo lo que Sakura le había dicho por el camino era cierto. A Ino le gustaba Sasori, y el joven parecía tener bastante experiencia en eso de ir de flor en flor. Ino tendría fácil el llegar a estar con él en muchas e interesantes maneras, pero debía tener cuidado de no sobrepasar la delgada línea que separaba al capricho del enamoramiento. La rubia secundaba cada palabra.
"Porque el amor es una mierda", pensó.
