Capítulo 2

Pues verán, luego de que la gente haya visto mi pequeño truco (recuerden que había personas husmeando por la ventana), Ollivander cerró la puerta con brusquedad, para evitar que su tienda se llenara de gente. El hombre tomó la caja con manos temblorosas, la puso frente mío y yo dejé el objeto cuidadosamente. Yo no tenía idea de lo que había hecho, pero sí recordaba cómo.

Verán, hurgando en los libros de mis padres, encontré varios hechizos que llamaron mi atención. El Patronus fue uno de ellos. Leí y leí, me informé de él en cuanto libro se me cruzara. Cuando el señor Ollivander me trajo la varita pensé "Cuando sea mayor y experta, podré hacer un Patronus. ¡Imagina mi Patronus, no puedo esperar a verlo!". Y para ese momento, yo ya tenía la varita en mano. Quizás no tenga sentido para tí, pero para alguien que ha soñado desde los seis años con hacer magia, el sólo hecho de ir a Hogwarts me hizo muy feliz. Ni hablemos de sostener una varita por primera vez. Ni hablemos, por lo tanto, de la sola idea de poder realizar mi propio Patronus. Supongo y creo que la varita ha tenido algo que ver, porque sé que algo este hechizo es sumamente difícil de hacer.

Volvamos al señor Ollivander.

Luego de eso no volvió a verme a la cara, al menos durante un largo, largo tiempo. Digamos dos años. Cada seis meses, luego de eso, visito la tienda para asegurarme de que todo esté bien.

–Es una madera muy rara. –Me explicó. –Tejo. Ha caído tanto en manos de héroes como de villanos. Dicen que los poseedores de varitas de esta madera tienden a inclinarse por las Artes Oscuras. Es un mito que han inventado por ahí, pues las varitas de Tejo han pertenecido a valerosos protectores. Nunca escogerán a un dueño mediocre ni tímido. El centro es de unicornio, que me da un pequeño indicio de que no debo preocuparme del asunto de las Artes Oscuras. Tiene 28 centímetros de largo, que no es poco. Imagino grandes cosas de ti, pequeña.

Los días siguientes transcurrieron con calma. Claro, sin mencionar que medio callejón Diagon rumoreó mi hazaña en Ollivander's, que mis padres no pararon de preguntarme cómo había hecho lo que había hecho, si sabía lo que era, si lo había hecho adrede…en fin, cosas que me hacían pensar que estaban enfadados. La verdad era que no lo estaban, sino sorprendidos.

–Yo no pude hacerlo hasta los 21 años…. – Dijo mi padre.

–Eso es porque eres lento, querido. – Le respondió mi madre. Mi padre me guiñó un ojo y dijo

–Y luego los Gryffindor son los altaneros.

–Querido, esto no es un juego. ¿Deberíamos avisar a la escuela?

– ¿Para qué? Si la niña es habilidosa, se darán cuenta solos.

–No es sólo habilidosa, es…

–¿Poderosa?

–No sé si tan así…

–No me digas que le tienes miedo a tu propia hija…

–No, claro que no…

Pero yo vi en sus ojos. Tenía miedo. No de mí, sino por mí. Los magos poderosos que, generalmente demuestran sus habilidades de pequeños, se encuentran rodeados de tentaciones. Ofertas que los hundirán para siempre, pero tan jugosas que pareciera que todo saldrá redondo…hasta que llega algo que transforma el círculo en un pozo.

Largas charlas, muchos consejos, demasiadas advertencias, pero nunca faltó la diversión. Mis padres siempre han sido mi sostén, no hay nada que no pueda hablar con alguno de los dos.

El día llegó. Mi madre me sostuvo por los hombros, y yo miré a Blotts, el gato blanco que me había regalado mi padre. No sabía cómo, pero tenía que atravesar una pared. Mi madre me susurró al oído "No tengas miedo, sólo corre. Si no te atreves, no es necesario mirar, puedes cerrar los ojos." Mi madre era adorable, porque nunca me trató como a una cobarde. Ni una incompetente. Ni mediocre. Suena raro viniendo de una Ravenclaw, pero ella era el ser más empático del mundo. Incluso luego de lo que sucedió en la Ceremonia de Selección, pero eso vendrá luego.

Abracé a mis padres, que me prometieron que me despedirían cuando suba al tren. Yo casi lloré, porque nunca había estado tanto tiempo lejos de casa, y en sí todo era nuevo para mí. Pero al fin, cuando junté valor y vi que nadie más pretendía pasar, me paré frente a la pared. Tomé carrera. Sujeté el carrito que contenía mis cosas y, a la cuenta de tres (mis padres y yo contamos juntos), corrí. Corrí y cerré los ojos al último segundo, porque me dije que tendría otros seis años para ver cómo atravieso una pared.

Al otro lado había todo lo que te puedes imaginar: niños subiendo sus maletas al tren, gatos pasando entre las piernas de las personas, chicos y chicas gritando, etcétera. El problema era que yo no veía a mis padres por ningún lado y estaba aterrorizada. "Quizás la pared no les dejó pasar por algún motivo" pensé. En aquel momento yo estaba tratando de llamar la atención de alguien, quien sea, para pedir ayuda. Tenía once años y un equipaje nada liviano para subir.

Y ahí estaba yo: vagando por el andén, con mis cosas, tratando de acercarme al tren que me llevaría lejos de casa. Y aquí viene otro momento que recordaré siempre; giré la cabeza hacia la derecha por un momento, y de repente escuché un fuerte AUCH. Miré y delante de mí había un chico rubio, de ojos grises y fornido tirado en el suelo. Sucede que lo había atropellado con mi carrito por andar distraída. Se levantó y lo primero que pensé fue que era alto. Demasiado alto. Lo segundo que pensé fue que debía pedirle perdón.

—Oye, lo siento.—Dije.

—Fíjate la próxima, casi me matas. —Pensé que ese comentario era rudo, más si es hacia alguien que acaba de pedirte disculpas, pero luego me sonrió y me dijo

—Soy Anton Bellamy. Es mi primer año. ¿Cómo te llamas?

—Tú…¿tú tienes once años? Eres…

—Muy alto para mi edad. Lo sé. Me lo dicen a menudo. Y con a menudo quiero decir muy a menudo. Ahora, ¿Cómo dices que te llamas?

—Brittany Dindfoil. Encantada.

—Un placer, Brittany. ¿Necesitas ayuda con eso? —Dijo, señalando mi equipaje.

—Por favor.

Luego de eso, entre los dos subimos mi equipaje. Charlamos un rato dentro del compartimento. Lo primero que Anton notó era que yo tenía un gato. Él había llevado una lechuza, porque supuestamente es más práctico. Es verdad, sin embargo, que es más fácil controlar una lechuza que un gato.

Y finalmente la hora de partir llegó. Estaba triste porque no vería a mis padres, pero al menos tenía alguien con quien charlar. Un hombre y una mujer se acercaron desde el andén a nuestra ventana, y Anton les saludó con la mano. De repente escuché que me llamaban, y, asomándome por la ventana (quiero agregar que por poco me caigo del tren, porque había sacado medio cuerpo afuera), vi que mis padres venían a toda velocidad por el andén. Agité mi brazo y les llamé para que me vieran, y justo antes de que partiera el tren, alcanzamos a despedirnos. Me desearon mucha suerte y me vieron partir.