¡Hola a todos!

Les deseo unas felices fiestas y espero de todo corazón que todos sus deseos se cumplan.

Nota importante: Chicos espero que no olviden cual era el titulo de esta historia y que es lo que dice el resumen. Por el contenido tuve que subir la calificación de K+ a T, asi que si en este momento se sienten un poco sensibles les recomendaría abtenerse de leer por el momento, ademas que es un capitulo muy largo.

Gracias al señor Beta por hacer que esta historia sea un 120% mas genial. ;)

Y gracias nuevamente a todos aquellos que se toman el tiempo en dejar un comentario, hacer una de sus favoritas y seguir esta historia.

DISCLAIMER: No poseo los derecho de ninguno de los personajes ni del universo de Hey Arnold!


El amargo sabor de la venganza

Especial de los 100 reviews

Parte II

Al día siguiente, Helga se levantó apresurada al darse cuenta de que se había quedado dormida, e inmediatamente corrió al baño para poder cambiarse por su ropa habitual. La que, extrañamente, le comenzó a quedar cada vez más corta y a sentir un poco estrecha de la espalda. Ella consideró que quizás había ganado un poco de peso, aunque no sería muy lógico ya que últimamente se estaba saltando muchas comidas, sin embargo, no le quedaba de otra que encogerse de hombros al no tener tiempo de comprender lo que pasaba con su cuerpo ni otro atuendo que le quedara mejor.

Helga tomó su mochila y bajo rápidamente las escaleras con la esperanza de que su padre hubiese traído algo de cenar la noche anterior, si es que había llegado (la última vez que Helga checó la hora, antes de que el sueño la venciera, eran más de las dos de la madrugada).

La preadolescente vio a su madre dormitar en el sofá frente a una caja vacía de pizza y se sintió desconsolada al ver que no quedaban más que migas, y aún con esperanzas, fue a revisar si en la cocina había algo para ella, aunque, como supuso, no había nada más que platos sucios.

—Estúpido Bob. Tonta Miriam. Yo también quería algo de comer —susurró a la nada, escuchando a su estómago gruñir de hambre.

Helga se sobó la barriga preocupada, pensando qué es lo que haría ese día sin comida, hasta que vio su lonchera, y suspiró aliviada cuando, al tomarla, sintió que esta estaba pesada. Como ya era muy tarde, ella no tenía tiempo para verificarla, así que simplemente se apresuró por salir, cruzando los dedos mentalmente para que su madre haya empaquetado algo comible.


La mañana había sido agónicamente lenta para Helga. Ella ahora estaba apoyando su barbilla contra su mano mientras escuchaba a Rhonda felicitar a la pequeña señorita perfección.

—Esas botas tienen mucho estilo, querida. Definitivamente combinan muy bien con tu nuevo vestido —halagó la joven de cabello oscuro.

—Muchas gracias, Rhonda. Es muy amable de tu parte notarlo —respondió Lila agradecida.

—De nada, aunque obviamente yo soy la mejor vestida aquí, debo conceder que la mayoría de ustedes consiguió unos atuendos muy adecuados —dijo en voz alta Rhonda al pequeño grupo de chicas que estaban mirando una revista de moda.

El señor Simmons había salido a buscar baterías para el control remoto del proyector, provocando que, en su ausencia, la mayoría de los niños se levantara de sus puestos para acercarse a sus amigos y aprovechar de charlar.

—La única que no ha tenido la decencia de cambiar su estilo, como siempre, es Helga —dijo Rhonda repentinamente, llamando la atención de la preadolescente rubia.

—No todos estamos obsesionados con la moda, princesa —respondió Helga con ironía.

Rhonda se cruzó de brazos mientras se acercaba a ella.

—Esta vez no es cosa de moda, Helga —dijo observando el mismo viejo vestido rosa que siempre usaba—. Además, eso ya no te queda bien.

Helga ignoró sus palabras recostándose sobre la mesa.

—¿No dirás nada?

La preadolescente rubia estaba por contestar algo para que Rhonda se metiera en sus propios asuntos cuando el maestro de la clase entró, solicitando que todos volvieran a sus respectivos asientos.

—Chicos, por favor. La clase de hoy es muy importante.

Rhonda le dio una mirada más a la joven antes de sentarse en su propio asiento y revisar nuevamente la pantalla de su nuevo teléfono móvil.

La clase de geografía, de ese día, hablaba sobre los volcanes, fallas tectónicas y los movimientos telúricos. Ellos estaban en la unidad de desastres naturales. Aunque a Helga no le importaba mucho lo que estaba diciendo su maestro, porque estaba más preocupada de los leves gruñidos que estaba haciendo su estómago y que la distraían de intentar llamar la atención de Arnold.

—Bien, chicos. Quiero que estén atentos a esta información especial —dijo Robert Simmons, intentando hacer que cada uno de sus queridos alumnos lo mirara—. No solo quiero que presten atención a esto porque aparecerá en nuestro próximo examen, sino me gustaría que lo aprendieran porque esto en algún momento incluso podría salvarle las vidas.

—¿Cómo podría algo que aparece en los libros salvar nuestras vidas? —pregunto Stinky, confundido.

Helga simplemente rodó los ojos y se guardó el sarcasmo que pugnaba por salir solo por el hecho de que se sentía muy hastiada.

Después de responder la pregunta de Stinky, el maestro comenzó a explicar el material que se mostraba en las distintas diapositivas. Todos prestaban atención entusiasmados por la información brindada. Simmons relató sobre la importancia de que estos movimientos existían para la vida del planeta y cómo estos también podían provocar la muerte si no estaban preparados para estos desastres naturales.

—Recuerden que nuestro país está dentro de los cinco países con mayor actividad volcánica en el mundo —dijo el maestro apoyándose ligeramente sobre su escritorio—. Y no solo eso, sino que estamos ubicados sobre una de las zonas de subducción más importantes de todo el mundo.

Helga dejó de prestar atención a las palabras del señor Simmons en cuanto sus compañeros comenzaron a alzar la mano para hacer preguntas. Miró a Arnold, que estaba solo a un par de puestos de distancia, concentrado en la clase, e inmediatamente arrancó un pedazo de papel de una de las hojas de su cuaderno para poder lanzárselo en forma de escupitajo al centro de su gran cabezota.

Arnold estaba escuchando entusiasmado la nueva información, y de vez en cuando tomaba notas sobre las cosas más relevantes, hasta que sintió el golpe húmedo justo en el cuello que lo hizo estremecerse.

Helga miró irritada al chico, ya que justo se había inclinado, haciendo que fallara en su objetivo, pero inmediatamente se hizo la desentendida cuando Arnold se giró levemente para regañarla. El preadolescente ni siquiera sabía por qué se seguía volteando hacia a ella cada vez que lo hacía; cualquiera pensaría que ya debería estar acostumbrado a sus molestos ataques y lo estaba. Sin embargo, de una u otra manera le era difícil no mirarla de vez en cuando. Él no estaba seguro por qué, pero desde que salvaron el vecindario, le era imposible no querer estudiar cada uno de sus comportamientos; ya fuesen buenos o malos.

Después de un par de bolas más, que inusualmente fallaron su objetivo, Helga decidió buscar otra cosa qué hacer. Ella ya estaba aburrida de la clase porque todo lo que explicaba su maestro ya lo había leído en una de las tantas enciclopedias que antes estaban en su casa.

Helga sacó de entre sus cosas uno de sus usuales libros rosas que ocupaba solo para escribir poemas sobre la magnificencia de Arnold. Ese día ella trabajaría en una Oda a su cabeza.

Oda a su cabeza de balón.

Esa forma tan extraña,

Que me confunde y me delata,

Hace que mi corazón se muera de amor

Con solo mirarla.

Helga siguió escribiendo sobre su cabello, sus orejas y especialmente de cada parte que conformaba el rostro de Arnold. De cómo lo amaba a pesar de que tenía miedo de demostrarlo, de cómo le gustaban todas las cosas buenas y las malas, y por sobre todo, lo mucho que lo apreciaba por demostrar que le importaba a pesar de lo molesta que a veces podía llegar a ser con él.

Quizás ella tenía el estómago vacío, pero sentía su pecho rebosante por el amor que fluía en su corazón por Arnold.

El tiempo pasó quizás demasiado rápido para algunos o demasiado lento para otros, pero ya era la hora para que los preadolescentes fueran a comer algo para ganar fuerzas y seguir con lo que quedaba de la jornada escolar.


Helga se quedó mirando fijamente su lonchera como si al hacer eso el contenido cambiara.

Phoebe miró preocupada a su mejor amiga y sabía que debía hacer algo por ella, por eso se levantó rápidamente para ir a comprar algo, pero antes de que pudiera dar un paso, Helga agarró entre sus dedos la manga de su nuevo suéter azul, deteniéndola.

—Realmente quería creer que las cosas mejorarían —comenzó a decir Helga con la mirada gacha—. Quizás no siempre lo demuestro, pero cada vez que abro mi lonchera hay cierta esperanza que las cosas estarán bien. Que todo mejorará y que ellos comenzaran a mostrar, aunque sea una pequeña muestra, que les importo un poco, pero como siempre, no existo para ellos…

—Helga… —murmuró Phoebe.

La preadolescente pestañó dándose cuenta todo lo que acababa de revelar y odió mostrarse vulnerable, odió revelar una parte de ella y por sobre todo odió la mirada de lástima de Phoebe.

—¿Qué haces ahí parada, hermana? Consígueme algo rápido —ordenó mientras chasqueaba los dedos repetidamente.

—Helga, ¿estás segura de que estás bien? —preguntó Phoebe, ignorando la ira helada que emanaba su mejor amiga.

—Por supuesto que sí... —Helga dijo entre dientes—. ¡Y ahora ve a comprar!

—Comprando.

Phoebe caminó rápidamente hasta la fila de la cafetería para poder conseguir algo para Helga, y sin poder evitarlo, miró a la mesa en la que ahora se encontraba sola la preadolescente rubia. Ella estaba con la cabeza erguida y con las manos en puños, mirando la lonchera con un aura de amenazante furia a su alrededor, como una advertencia que decía: Acércate y te golpeo.

Aunque Phoebe sabía que su amiga era solo fachada, también sabía que en estos momentos estaba demasiado herida para apostar que no cumpliría su amenaza ante cualquier intento de acercamiento.

En cuanto vio a Gerald entrar solo en la cafetería con su lonchera, se preguntó dónde estaría Arnold, porque si había alguien que de cierta manera causaba un efecto positivo en Helga, era él. Pero también el chico la frustraba un poco con su tendencia a andar con la cabeza en las nubes y no darse cuenta de lo mucho que él significaba para Helga.

Phoebe avanzó en la fila del almuerzo, tomando algo que fuese lo suficiente para que Helga pudiera saciar su hambre, y estaba a punto de pagar con el dinero adicional que su madre le había dado, después de que le contó lo que había pasado la última vez, cuando el sonido de la alarma de incendios sonó.

Gran parte de los alumnos dejaron sus cosas y se levantaron despavoridos, abandonando sus pertenencias y amontonándose en la salida.

La puerta inmediatamente se abrió y dejó ver al maestro Simmons con un megáfono dando instrucciones para que todos salieran lo más expeditamente posible y sin desorden.

Phoebe intentó ver en dirección a la mesa en la que estaba Helga, pero casi se cae al no prestar atención, y antes de caer fue sujetada por los hombros.

—Phoebe, ten cuidado. Pudieron haberte aplastado —regañó Gerald.

—Lo siento, Gerald. Yo solo… —intentó disculparse, pero fue empujada contra el pecho de Gerald.

El sonido de los pasos, el llanto de los niños, la voz del señor Simmons y la alarma que seguía sonando hacía que todo fuera un caos, y Gerald apretó fuerte la mano de Phoebe entre las suya, tirándola hacia la salida.

—Espera, Gerald. Necesito ver donde está Helga.

Gerald se detuvo por solo unos segundos para mirar a la chica.

—Seguro que está bien y quizás ya está afuera —Gerald le restó importancia—. Necesitamos salir también antes que esto empiece a arder —insistió al ver la inseguridad de la pequeña chica.

Phoebe lo pensó solo unos segundos cuando nuevamente otro golpe la acercó a Gerald. Él tenía razón; lo más probable era que Helga ya estuviera afuera y lo único que ella ocasionaba era entorpecer la evacuación.

Había un espeso humo blanco y la temperatura era ligeramente fresca. Todo lo contrario, si fuese un incendio.

Robert Simmons intentó pensar de qué se trataba esa sensación de que algo no cuadraba en su mente, pero la preocupación por asegurarse que todos los niños estuvieran fuera de la escuela lo obligaba a no seguir pensando en ello. Él miró en todas las direcciones sin ver a ningún otro niño a la vista, e inmediatamente salió a recorrer los pasillos para asegurarse que no quedara nadie más, ignorando que su visión había sido bloqueada por un carro lleno de bandejas sucias.

Helga escuchó como todos salían, y si hubiese sido un incendio de verdad, ella también lo hubiera hecho, pero como era una tonta falsa alarma que el idiota de Wolfgang y su compinche habían estado planeando, se quedó ahí.

Helga esa mañana tomó una ruta distinta a la acostumbrada, intentando acortar camino para llegar a la escuela, sin embargo, durante ese trayecto, escuchó los planes del par de alumnos de sexto grado para poder saltar clases. Ella no le dio mayor importancia, después de todo, esos dos siempre se metían en problemas, lo malo era que el director Wartz los haría perder el tiempo buscando a los culpables.

Ahora, ella se encontraba sola en la sala, mirando como cada mesa estaba con loncheras preparadas por padres amorosos y dedicados con sus hijos. No es que ella necesitara tanto mimo, pero era agradable poder contar con tus padres cuando los necesitabas y no que solo fueras un mueble más.

Helga miró la salsa picante que había empacado Miriam para ella y pensó que ese día ella no sería la única sin poder comer un almuerzo decente.


Los chicos tuvieron suerte de ser librados de un largo regaño, ya que los culpables olvidaron esconder la evidencia o simplemente no poner su nombre en la cubeta que utilizaron para su travesura.

Wolfgang y Edmund tendrían un largo mes de trabajo comunitario para los bomberos en castigo y no se salvarían de la larga charla que tendrían con sus padres y el director Wartz en cuanto ambos aparecieran.

—Bien, chicos. Todos pueden volver a comer —indicó el maestro—. Caminen con cuidado —solicitó nuevamente a un par de chicos de tercer grado que corrían alborotados.

Gerald, Phoebe y Arnold (el último se había unido recientemente a ellos ya que se encontraba en el patio durante los sucesos) miraron al que seguía siendo su maestro intentar calmar a los sobreexcitados niños de grados menores.

—No puedo creer que dejé mi sándwich por una broma —reclamó Harold uniéndose al grupo mientras todos emprendían la marcha devuelta a la cafetería.

—Yo tuve que dejar mi pudín de limón sin siquiera sacar una sola probada —suspiró Stinky.

—Espero que ese hielo seco no sea contaminante —comentó ansioso Sid.

—O sea, hola, Sid. No escuchaste que el señor Simmons dijo que solo era un poco de agua. Y lo que en verdad debería preocuparles a todos es que mi nueva lonchera marca Caprini no se haya arruinado.

—No creo que lo haga, Rhonda —dijo Nadine intentando calmar a su amiga.

—Veamos el lado positivo, ya que no solo nuestra amada escuela no se estaba incendiando, sino que también pudimos ver a los valientes bomberos dispuestos a sacrificar sus vidas para poder cumplir con su de… ¡Ay! —Eugene cayó al piso.

—¡Eugene! —gritó Sheena corriendo a socorrerlo.

—Estoy bien.

—De acuerdo —dijo Gerald enarcando una ceja—. Creo que será que mejor continuemos.

Arnold se quedó atrás del grupo, mirando a sus compañeros sin darse cuenta de que buscaba un rostro en particular, hasta que escuchó la voz de Phoebe.

—Yo tampoco he podido encontrar a Helga; pensé que estaría acá afuera con el resto, pero no la he visto desde la cafetería.

—Yo no…

—Quizás ya entró, Pheebs —dijo Gerald—. Y será mejor que nosotros también lo hagamos. Yo también dejé mi almuerzo adentro.

—Yo me quedaré acá por un rato más.

—De acuerdo, viejo —asintió Gerald, sabiendo que su mejor amigo aún estaba intentando aclarar su mente sobre sus problemas amorosos.

Phoebe enarcó una ceja, mirando como Arnold se dirigía a sentarse en una banca a mirar fijamente al cielo, como si ver las nubes fuera lo más interesante del mundo.

—¿Pasa algo malo con Arnold?

Gerald se encogió de hombros.

—Estará bien. Él solo necesita pensar.

—¿Tiene algún problema?

—Algo así —dijo Gerald, intentando no revelar demasiada información, pero luego recordó que después de todo, era Phoebe, y no había nada de malo en que confiara en ella—. Ha estado actuando raro desde que una chica se le confesó.

—¿Quién? —preguntó alertada Phoebe.

—No sé de quién se trata —negó Gerald mientras caminaba a un lado de Phoebe—. Solo sé que es una chica por la que Arnold sintió algo alguna vez…

Gerald se preguntó si podría tratarse de Ruth McDougal, pero lo descartó rápidamente ya que su mejor amigo había dicho que se trataba de alguien a quien le gustaba jugarle bromas.

—¿Gerald?

La voz de la niña trajo al chico devuelta de sus cavilaciones.

—Dime, Pheebs.

—Ya llegamos —dijo mirándolo mientras esperaba que entrara.

—Lo siento, nena —se apresuró a abrir la puerta para ella—. Damas primero.

Phoebe soltó una pequeña risita ante su caballeroso gesto y entró después de darle las gracias.


Phoebe miró para todos lados y Helga ya no estaba en la mesa. Se preguntó dónde pudo haber ido. Ella y su lonchera habían desaparecido completamente y solo su propio almuerzo estaba en el mismo lugar en el que lo había dejado.

Phoebe decidió que, a pesar de que la chica ya no estaba, intentaría conseguir algo para que ella pudiese comer hasta que llegaran a su casa. Ella estaba en eso cuando los gemidos angustiados de los niños reinaron el ambiente.

Varios de sus conocidos se tocaban la garganta desesperados mientras bebían líquido desesperados, y no solo eso, sino que también sus ojos escurrían lágrimas.

—Chicos, ¿qué es lo que pasa? —exclamó asustada llevándose las manos a la boca.

—P-pica…

—A-agua, p-por favor…

—A-a-rde…

La voz de los niños era rasposa y casi inentendible, pero Phoebe rápidamente se puso en acción, tomando las botellas de agua que estaban a su alcance para pasársela a cada uno de los niños.

Los chicos bebieron hasta vaciar la botella, y con un gran suspiro refrescante agradecieron la ayuda.

—¡Alguien puso picante en nuestras comidas! —reclamó Gerald aún sintiendo el ardor en la boca.

—Cuando pille a quien lo hizo lo golpearé tan fuerte… ¡que juro que se arrepentirá! —amenazó Harold mostrando ambos puños a todos.

—Aunque la violencia me parece algo barbárico… apoyo a Harold —dijo Rhonda—. Esa persona merece un castigo. ¡Hizo que arruinara mi blusa nueva con agua!

—Creo que lo mejor será botar todo esto —se lamentó Sid—. Justo hoy pude conseguir pudín de chocolate…

—Mi pudín de limón quedó completamente arruinado…

—Primero que nada, tenemos que descubrir quién hizo esto —declaró Gerald molesto—. ¿Alguno de ustedes tiene una pista sobre quién pudo haber sido?

La tensión era claramente palpable en la sala. Ellos se miraban unos a otros sospechando quién pudo haber sido el culpable.

—No sacamos nada mirándonos unos a otros —dijo Gerald poniendo las manos en su cintura—. Lo que debemos hacer es averiguar quién tuvo la oportunidad de hacer esto, y así lograremos encontrar al culpable.

—Ya vimos lo que pasó con Wolfgang y Edmund —comentó pensativo Eugene—. Ellos olvidaron esconder la evidencia, quizás hay algo aquí que se le haya quedado al bromista.

—Buena idea, Eugene.

—Gracias, Sheena. En el último capítulo de El abdicador pasó algo parecido.

—No puedo creer que voy a decir esto, pero Eugene tiene un punto y buscar alguna prueba en este lugar no es mala idea —dijo Gerald—. La cafetería no tiene salsa picante, ni siquiera la carne picante es realmente picante, así que la persona que hizo esto debió ocupar algo que consiguió afuera, ya sea de su casa o lo compró camino a la escuela.

Phoebe en todo momento permaneció callada, sabiendo bien quién había traído algo así a la escuela el día de hoy, pero no con mala intención, sino por causa de una madre descuidada. Realmente no podía creer que Helga hubiera hecho eso, porque a pesar de que ella se autodenominaba una abusiva y Gerald creó la leyenda del terror rosa de una sola ceja para contarla en las otras escuelas… Ella no era mala y nunca había abusado realmente de alguien que no fuera Arnold, y ni siquiera eso era lo suficiente, porque sus bromas hacia el chico siempre fueron casi siempre bastante inofensivas y de ninguna manera significaron un daño a su salud.

Y a pesar de que pudo haber tenido motivos, ella jamás robo dinero o el almuerzo de ningún chico. Nunca perjudicó a nadie y nunca se burló sin piedad de niños de grados menores como un verdadero abusivo, y a pesar de que dio uno que otro empujón, eso fue solo en sus peores días. Su mejor amiga solo podía definirse como molesta para los otros, pero no dañina, e incluso eso estaba quedando en el pasado, porque cada vez lo hacía con menos frecuencia, sin embargo, hacer algo así… Era cruzar la línea, y si realmente fue ella; no sabía si podía perdonarla.

—¡Aquí! ¡Encontré algo! —gritó repentinamente el niño chocolate.

Todos los niños se acercaron expectantes por ver su descubrimiento hasta que vieron que él sostenía en sus manos el pudín de chocolate que Sid había arrojado recientemente a la basura.

—Pensé que el niño chocolate ya no comía chocolate —dijo Stinky, mirando como el chico se comía el pudín de chocolate con picante sin mostrarse afectado.

—Escuché que desde que su clase fue a la excursión a la fábrica de chocolate, el niño chocolate recuperó su amor por el chocolate —respondió Nadine.

—Mmm, mmm, mmm. Y con todo lo que Arnold se esforzó por poder ayudarlo.

—¿Ayudar a quién? —preguntó Arnold que recién había entrado en la cafetería.

—Arnold, me alegra que estés aquí. De seguro tú puedes descubrir quien hizo esta broma —dijo Rhonda acercándose al chico.

El preadolescente miró a la chica confundido. Él pensó que todos habían escuchado lo que el señor Simmons y el director Wartz habían dicho.

—¿No fueron Wolfgang y Edmund?

—No, viejo. Estamos hablando de la broma que pasó en la cafetería, aunque claro, como tú acabas de llegar, aún no lo sabes.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Alguien vertió salsa picante en cada uno de los almuerzos de los que estábamos en la cafetería.

Arnold hizo una mueca recordando la vez en que su abuelo confundió la salsa picante con el kétchup y se tuvo que tomar el agua de la pecera desesperado por calmar el inesperado ardor.

—Eso es realmente muy malo —declaró Arnold.

—Sí y estamos furiosos —reclamó Harold golpeando el piso con la planta de los pies —En cuanto ponga las manos encima del culpable…

—¡Encontré algo!

—¿Más chocolate? —preguntó Sid, mirando la lonchera en sus manos.

—No, no más chocolate. Mucha salsa, salsa picante como los rábanos picantes —exclamó, sacando la botella dispuesto a bebérsela, aunque antes de que pudiera beberla toda, se la quitaron de las manos.

—¿De quién es esta lonchera azul?

Phoebe no quería reconocerlo, pero eso confirmó que sus sospechas eran ciertas y no tenía cómo justificar el comportamiento de su mejor amiga.

—Es de Helga, o ¿no? —susurró Arnold ante la mirada sorprendida de Phoebe.

No era la gran cosa, pero no esperaba que Arnold reconociera algo de Helga rápidamente, considerando que ellos dos muy rara vez compartieron una mesa juntos.

—¿Es cierto, Phoebe? —preguntó Gerald.

—Yo…

—Claro que lo es —interrumpió Rhonda—. La única persona que nos podría hacer algo así es Helga.

—Debemos vengarnos de ella.

—Sí, debemos hacerlo.

—Hay que darle su merecido.

—¡No! —Arnold dijo rápidamente.

—¿Por qué no? —preguntó Harold.

—Porque… porque Phoebe no ha confirmado nada, ¿verdad? Sé que Helga no siempre es la más amable de las personas, pero tampoco ella ha hecho algo así antes, ¿no? Además, puedo estar equivocado… Yo quizás la confundí y no es de Helga. ¿Cierto, Phoebe? Esa no es la lonchera de Helga, ¿verdad?

Phoebe no estaba segura por qué Arnold sonaba tan desesperado, pero ella sabía que no había confusión alguna y esa lonchera pertenecía a Helga.

—Lo siento, Arnold. No estás equivocado. Esa lonchera sí es de Helga.

—Pero tú eres su mejor amiga y sabes que ella no haría algo así. Diles a todos que esa salsa no la trajo Helga.

—Lo siento, Arnold.

—No puede ser…

—Arnold, viejo, cálmate. ¿Por qué estas intentando defender a Helga? Te recuerdo que ella fue quien pegó plumas en tu trasero y te hizo creer que estaba ciega solo para burlarse de ti.

—Lo sé, pero sé que ella no haría algo así de malo.

—Acéptalo, Arnold —declaró Rhonda—. Helga es la única que pudo hacer esto. Existen pruebas en su contra.

—Pero…

—Mira, amigo. Sé que siempre quieres ver el lado bueno de las personas, sin embargo, tal como dijo Rhonda, todas las pruebas están en su contra. Incluso Phoebe reconoció sus cosas.

—Sí, lo sé, pero realmente me cuesta creer que ella haría algo así.

—Te entiendo, Arnold —dijo Phoebe—. También me cuesta creer esta actitud, pero ella estaba tan enojada hoy y luego la perdí de vista en el ajetreo de la falsa alarma… Creo que es mi culpa, porque si no la hubiera dejado sola no hubiera tenido la oportunidad de estropear sus almuerzos. Realmente lo siento.

Phoebe inclinó la mitad de su cuerpo en una reverencia.

—Phoebe, nena. No creo que debas disculparte. No es tu responsabilidad…

—¿Y si le preguntamos directamente a Helga? —insistió Arnold—. ¿Recuerdan la vez que acusaron falsamente a Eugene y también las pruebas estaban en su contra? ¿Y si esto es solo una casualidad y Helga realmente no hizo nada?

Gerald miró a Arnold sin comprender por qué se empeñaba tanto en creer que Helga no era, pero si eso hiciera que estuviera más tranquilo, lo apoyaría.

—De acuerdo, muchachos. Busquemos a Helga y pidámosle una explicación.


Después de la falsa alarma, Helga fue a la biblioteca buscando algo con qué distraer su mente, y sabiendo que faltaban solo unos minutos para comenzar el siguiente período, caminó hasta uno de los bebederos para poder aplacar un poco su estómago.

Ella estaba bebiendo agua cuando sintió que algunas personas estaban detrás de ella. Pasaron unos instantes hasta que se sintió molesta por la interrupción.

Helga se limpió la boca con el dorso de la mano y se giró para enfrentar a quien sea que fuera que la estaba interrumpiendo.

Helga se sorprendió al ver a gran parte de su clase mirándola con odio.

—De acuerdo. ¿Qué les pasa a todos ustedes y qué es lo que quieren?

—No te hagas la inocente, Helga. Ya descubrimos que fuiste tú la de la broma.

—Habla en español, Rhondaloid. ¿De qué broma estás hablando?

—Por favor, Pataki. No comiences con esos juegos y simplemente acepta la culpa y quizás, solo quizás podamos perdonarte.

—¿Perdonar qué? Si se puede saber —preguntó Helga cruzándose de brazos.

—Sabemos que tú vertiste la salsa picante sobre nuestras comidas, y si no es porque eres niña ya te habría golpeado.

—¿Tú y cuántos más, gordinflón?

—Entonces aceptas que sí fuiste tú… —dijo Phoebe quien había estado callada.

—¿Qué crees tú?

—Yo…

Helga apretó los puños furiosa.

—Y si fui yo, ¿qué?

—Carambolas, nunca pensé que fueras tan mala.

—Eso fue algo horrible. Había estado ahorrando toda la semana para comprar ese pudín de chocolate.

—Y no solo eso, ahora el niño chocolate está en la enfermería por comer esa salsa picante.

—Entonces… ¿tú realmente trajiste salsa picante en tu lonchera? —preguntó Arnold en voz baja mientras le mostraba las cosas que habían recuperado del bote de basura.

—¿Eso es cierto, niños? —dijo el maestro Simmons que había estado escuchando todo desde el salón de clases —¿Realmente Helga vertió picante sobre sus almuerzos?

—Sí, señor Simmons.

—Helga, ¿qué tienes que decir al respecto? —preguntó el maestro mirando las cosas que aún estaban en las temblorosas manos de Arnold —¿Esto es tuyo?

—Sí, pero…

—No hay peros, Helga. ¿Por qué trajiste esto a la escuela?

—Porque… porque… —La chica empujó a Arnold haciéndolo caer—. Porque todos ustedes son unos perdedores y merecen que se los recuerden de vez en cuando.

—Helga, lamento decirte esto, pero toma tus cosas y espérame en la oficina del director.

—De acuerdo, Don sensible —se burló Helga entrando al salón para recuperar sus libros.


El timbre sonó indicando que era hora que los preadolescentes volvieran a sus salones.

—¿Estás bien, Arnold? —preguntó el maestro al chico que aún estaba sentado en el suelo.

—Sí, no me esperaba eso y no alcancé a reaccionar.

—De acuerdo —asintió el hombre para luego dirigirse al pequeño grupo—. Niños, entren a clase y siéntense en sus pupitres.

—¿Van a castigar a Helga? —preguntó Harold.

—Lamento decir que sí.

—Espero que sea un castigo ejemplar. Mi nueva blusa traída desde Francia está completamente arruinada.

—Rhonda, en realidad, tu blusa está bien —intentó aplacar Nadine.

—Por favor, Nadine…

—¿Qué le harán? —preguntó Sid.

—Eso es algo que debo discutir con el director Wartz —respondió—. Ahora, si ustedes no quieren que también los castigue vayan a sus puestos y abran su libro de matemáticas en la página que vimos en la última clase.

—Esa Helga… —gruñó Gerald ofreciéndole una mano a Arnold—. Esta vez se superó a sí misma.

—No lo sé, Gerald.

—Oh, hombre, aquí vamos de nuevo. ¿Qué otra prueba quieres? —dijo Gerald rodando los ojos—. Ella admitió haber traído esas cosas —insistió Gerald—. Están más que claras cuáles eran sus intenciones.

A pesar de que Phoebe sabía que Helga no trajo la salsa a propósito, prefirió callar porque eso no justificaba lo que había hecho.

—Tienes razón.

En ese momento Helga salió furiosa, golpeando con los hombros a algunos cuántos del salón, sujetando sus libros contra su pecho.


Al día siguiente, la mayoría de los chicos estaban comiendo juntos en el patio de la escuela cuando de la nada llegaron Rhonda y Nadine.

—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡OH Dios mío!

—¿Y a esta que mosco le picó? —preguntó Gerald.

—Espera un segundo, Gerald —pidió Nadine.

—No van a creer lo que acabo de oír.

—¿Qué es lo que acabas de oír, Rhonda? —preguntó Arnold preocupado.

—Gracias por preguntar, muñeco —agradeció—. ¡Nadine! Lee tus notas.

—Helga no fue castigada el día de ayer.

—¡¿Qué?! —exclamó la mayoría.

—¿Y por qué no vino hoy? Pensé que mínimo la habían suspendido por un mes —dijo Gerald.

—Según lo que escuchamos, ella hoy tenía cita con la Doctora Bliss.

—¿Doctora Bliss? ¿Y quién es esa?

—Es la sicóloga del distrito escolar, Harold.

—Sico… ¿qué?

—Sicóloga: Persona que tiene una especial capacidad para conocer el carácter de las personas y comprender las causas de su comportamiento.

—Eso me confunde a mí también.

—Y a mí.

—Harold, Sid y Stinky. Lo que Phoebe quiere decir es que es un doctor encargado de la salud mental de las personas —explicó Arnold.

—¿Como un loquero?

—Yo no le diría "loquero", pero…

—¡Muajaja! —Harold se agarró el estómago mientras se reía—. Helga fue a un loquero.

—Debe estar muy mal de la cabeza.

—Helga está loca.

—Sí, como sea —dijo Rhonda—. ¿No creen que no es justo que se quede sin castigo?

—¡Debemos hacer que pague! —exclamó Harold.

—No podemos dejar que se salga con la suya.

—Debemos hacer algo.

—Vamos, chicos. No creo que sea lo correcto vengarse, y si los adultos decidieron que eso era más que suficiente, no deberíamos intervenir.

—¿Otra vez, Arnold? —preguntó Gerald—. Pensé que te habías convencido de que Helga era culpable.

—Miren, sé que lo que ella hizo estuvo mal, pero no creo que vengarse sea la solución.

—Arnold, si tú no quieres participar, te puedes ir.

—Sí, Arnold. Vete a hacer un aguafiestas a otro lado. Helga se merece que le demos un castigo.

—¿Gerald? —Arnold miró a su mejor amigo buscando su apoyo.

—Lo siento, hermano. Pero esta vez estoy con ellos y creo que se merece un pequeño escarmiento.

—Yo tampoco participaré —dijo Phoebe.

—Tú no le dirás nada, ¿verdad? —preguntó Rhonda.

—No es como si me hablara ahora…

La chica intentó llamar a la casa de los Patakis durante toda la tarde de ayer, pero la única vez que Helga se puso al teléfono, cortó inmediatamente el llamado dejando más que claro que no quería hablar con ella.

—Entonces… ¿no le dirás nada?

—No, Gerald, además creo que un pequeño escarmiento no le vendría mal —dijo repitiendo las palabras del chico—. Honestamente, aún me siento muy desilusionada de lo que hizo.

—Entonces Arnold y Phoebe no participarán. ¿Alguien más?


Los chicos decidieron juntarse en el gran árbol para elaborar una treta. Aparte de Arnold y Phoebe, Sheena también se había negado a participar, por otra parte, Lila no estuvo involucrada el día anterior, y tanto su padre como ella no estarían en la ciudad ese fin de semana por una emergencia familiar.

—Me rindo. No se me ocurre nada —exclamó Gerald.

—¿Y si le decimos a gran Patty que la golpee? —sugirió Sid.

—No involucremos a Patty en esto, porque si recibe otra suspensión no podrá graduarse de sexto grado.

—Entonces… ¿qué haremos? —preguntó Stinky.

—Yo digo que la hagamos vomitar enfrente de todos.

—Eso es repugnante —respondió Rhonda ante la sugerencia de Harold.

—Pero humillante y así sabrá lo que sentimos.

—Iugh. De acuerdo, pero ¿cómo logramos que vomite?

—Podríamos poner salsa picante en su comida como ella lo hizo con nosotros.

—No estoy segura. ¿No sería muy obvio? —dijo Nadine.

—A falta de ideas… la salsa picante es la mejor opción que tenemos.

—¡Sí! Sería como darle una medicina de su propia cucharada.

—Creo que se dice "darle una cucharada de su propia medicina", Harold —corrigió Stinky.

—Ahora que está decidido, tenemos que buscar la manera de hacer que ella caiga en nuestra trampa.

Lamentablemente para los chicos, esa sería la parte más difícil de pensar, porque sabían que Helga no era persona fácil de engañar. Cada uno de los muchachos pensó en un plan, pero de una u otra forma siempre seguía siendo descartado.

—No pensé que esto sería tan difícil —exclamó Sid recostándose sobre la mesa con los brazos al frente.

—Créeme, hombre, ni yo.

—Debe haber una manera —insistió Rhonda—. ¿Qué cosas le gustan a Helga?

Los niños se miraron largamente entre sí pensando en ello.

—Le gusta ser molesta, ¿no?

—Sí, pero necesitamos algo más que una actitud.

—Yo sé, yo sé —Harold agitó el brazo una y otra vez.

—Dinos, Harold.

—Le gusta ver las luchas.

—No creo que eso nos sea de mucha ayuda.

—Creo que a Helga le gustan las malteadas de chocolate —comentó pensativo Stinky.

—¡Buen dato! Podríamos echar picante a su malteada.

—Sí, pero dudo que reciba algo de alguno de nosotros.

—¿Qué hay de Phoebe o de Arnold? —preguntó Rhonda—. Quizás podamos convencer a alguno de los dos de formar parte de nuestro plan.

—No perdemos nada en preguntarles.


Tal y como lo había supuesto Gerald, Phoebe se negó a ser ella quien le diera la malteada con picante a la que a pesar de todo seguía considerando como su mejor amiga. Por otro lado, Arnold estuvo inubicable todo el fin de semana y no hubo manera de poder contactarse con él.

Ahora, se suponía que la broma la realizarían durante la hora de almuerzo, pero aún no sabían cómo lograrían entregar la malteada a Helga, quien no había hablado con ninguno de ellos durante toda la mañana y mucho menos sabían cómo harían que se la bebiera sin sospechar.

Gerald miró a Lila, quien se había reintegrado ese día a clases, y que ahora estaba hablando con Sheena. Quizás sí ellos lograrían engañar a alguien que no tuviera motivos para vengarse de ella como la pelirroja, pero no había manera que ellos involucraran a alguien de esa manera.

Las horas de clases pasaron sin que ninguno de los chicos que buscaba hacer "justicia" lograse encontrar un plan, e incluso tuvieron que salir por sus almuerzos perdiendo la esperanza de obtener su dulce venganza.

Todos ellos estaban en una de las mesas del patio exterior escuchando una de las historias de Lila sin darse cuenta de que Helga los observaba desde lejos.

—Entonces el campesino se levanta enojado de su asiento y dice: "Entonces, ¡quién me está cuidando el caballo!" —dijo Lila, haciendo reír a la mayoría de la mesa.

—Eso fue muy gracioso, Lila —dijo Eugene.

—Siempre me alegra tanto poder estar con ustedes nuevamente.

—Por cierto, chicos. Mi abuela hizo un nuevo tipo de galletas con semillas de amapolas. ¿Quieren?

Cada uno de los preadolescentes tomó una galleta, curiosos por la novedad, a excepción de Lila que se mantuvo alejada, y en cuanto Arnold lo notó, se acercó a ella con la intención de que tomara una.

Notando su intención, Lila se alejó, y estaba a punto de rechazar amablemente el ofrecimiento cuando vio como la lata que contenía las galletas caía al piso; quedando completamente destruidas.

—Upsss. Lo siento —dijo Helga en tono de burla y luego se rió estruendosamente hasta que desapareció por la puerta trasera de la escuela.

Eso fue más que suficiente para reavivar las llamas de venganza en los alumnos de quinto grado.

—Lo siento, Arnold —se disculpó la preadolescente con trenzas.

—No te preocupes. No fue tu culpa —respondió Arnold recogiendo los restos en el piso sin entender a Helga.

—Creo que nos vemos después —dijo Lila despidiéndose rápidamente de los muchachos.

Gerald y los chicos se acercaron al lugar en el que estaba Arnold. Todos estaban muy molestos e incluso Phoebe estaba ardiendo de la vergüenza por la forma en que había actuado Helga, y por eso, en cuanto pudo, se fue del lugar.

—Te dije que ella necesita un escarmiento —dijo Gerald e insistió—. Incluso Phoebe está de acuerdo en que Helga está cruzando la línea. ¿Por qué tú no?

Una reciente charla vino a la mente de Gerald y sin poder evitarlo dijo en voz alta:

—¿Es ella? —preguntó mientras veía como el rostro de Arnold se ponía pálido como la cera—. ¿Es por eso que no quieres ayudarnos?

—No es lo que piensas —intentó defenderse Arnold.

—Claro que lo es. Estás dejando que las mentiras de esa niña nublen tu buen juicio.

—Por supuesto que no… —intentó negar Arnold.

—Entiéndelo. Ella encontró otra forma de jugar con tu mente —insistió Gerald.

—No es así… ella solo…

La puerta se abrió repentinamente mostrando a Helga correr desesperada en dirección a la banca en la que anteriormente estaba sentada.

Arnold vio la oportunidad clara de demostrar que Helga no siempre mentía y que sus palabras de amor eran sinceras y no una jugarreta.

—Helga —dijo parándose frente a la chica e impidiéndole el paso.

—¿Qué es lo que pasa, cabeza de balón? —respondió apretando contra su pecho el libro por el que había regresado.

—Tú no estabas bromeando, ¿verdad? —comenzó a decir Arnold—. Todas tus palabras no eran mentira, ¿cierto?

Helga quería hacerse la desentendida, pero por algún motivo sabía perfectamente de lo que estaba hablando.

—Nunca fue el calor del momento, ¿verdad?

Y por supuesto, eso se lo confirmó. Ella había estado esperando mucho tiempo para aclararle que no se había dejado llevar por ningún momento, y que realmente estaba enamorada de él, e incluso quería pedirle la oportunidad de demostrarle que ella podía ser más de lo que aparentaba, pero todos sus compañeros estaban ahí, presenciando todo, y no les daría la oportunidad de burlarse de ella.

—Arnold, Arnold, Arnold. Tan bueno, tan ingenuo, por favor… no creerás que hablaba en serio. ¿O sí?

El corazón del chico latía a mil por hora, le pitaban los oídos y se negaba rotundamente a creer en las crueles palabras de Helga.

—No. ¡Estás mintiendo!

Helga dio un bostezo aburrido.

—¡Hasta que por fin te das cuenta!

—Me refiero ahora, porque no hay manera que me hayas dicho todas esas cosas… —Arnold negó con la cabeza—. ¡Es imposible! Te conozco y sé que no serias tan cruel para jugar con algo como eso, además todas tus acciones…

—¿Qué acciones, Arnold? ¿Las que hice para que mi padre no se fuera a la bancarrota después de descubrir que lo estaban engañando?

—Pero…

—No hay peros, Arnold. Ya me aburrí de este juego y te diré una sola cosa sobre la que no mentí ese día —Helga se encogió de hombros despreocupada sin darse cuenta de la mirada expectante del resto—. Yo te odio y espero que nunca lo olvides.

Helga paso a un lado del chico golpeándolo en el hombro.

Ninguno de los presentes estaba seguro de qué se trataba la conversación que los dos rubios habían estado teniendo, pero de una cosa estaban claros, y era que Helga dejó en claro lo cruel que podía llegar a ser.

Gerald se acercó al chico que estaba paralizado por las duras palabras, poniendo su mano sobre su hombro.

—Después de esto, ¿te nos unes o no? —Gerald esperó la respuesta del chico que aún seguía en silencio—. Vamos, amigo, es una buena oportunidad para devolvérsela a Helga.

A pesar de lo cruel de sus palabras, Arnold no podía odiar a Helga, pero algo en su interior clamó por venganza, por humillarla tanto como lo había hecho ella con él.

—De acuerdo, Gerald —asintió Arnold—. ¿Qué es lo que tengo que hacer?


¿Qué era lo que había hecho? se preguntó Helga en cuanto estuvo fuera de la vista de todos.

No le sorprendería si Arnold la odiara. Ella ya se odiaba a sí misma por ser tan cobarde. Ni siquiera podía poner como excusa que no había comido bien, porque después del incidente del viernes y el regaño que sufrieron sus padres por parte de la doctora Bliss, se habían preocupado de llenar la despensa e incluso había obtenido el dinero suficiente para hacer un par de compras adicionales para ella, pero como siempre, su situación había llamado la atención de alguien.

Hola, Helga.

Hola, Señora Johanssen.

Hace un tiempo que no te veía por acá. ¿Cómo han estado las cosas en tu casa? —preguntó la mujer mientras marcaba los productos que llevaba la chica.

Algo mejor… —respondió cautelosa.

Me alegro. ¿Esas fresas también son tuyas? —preguntó al ver la caja transparente a un lado de la cinta transportadora.

Eww. No, ni siquiera debería estar cerca de ellas. El solo mirarla me provoca náuseas —Helga se llevó la mano a la boca para detener las arcadas que contrajeron su pecho involuntariamente.

¡Oh Dios! Pobrecita, llamaré para que las retiren inmediatamente.

Gracias.

No hay de qué, cariño. Pero no sabía que lo tenías tan mal.

Sip. Si yo comiera por error, aunque sea un pequeño trozo, sería un completo desastre.

Oh, querida. Debes tener mucho cuidado.

Sip, no se preocupe. Siempre lo tengo.

Me alegro. ¿Esto es todo lo que llevas?

Si.

Son 17.50.

Helga miró el dinero en su mano y se dio cuenta que le faltaba para poder llevarse todo, y con un poco de desilusión, tuvo que pedir devolver un par de cosas.

No será necesario, cariño.

La señora Johanssen se ofreció a pagar la diferencia después, y aunque lo agradecía, se sentía un poco incómoda al ser nuevamente objeto de caridad.


Arnold vio como Gerald asentía lentamente.

—Lo único que debes hacer es entregarle una malteada de chocolate con el elemento sorpresa poco antes de que suene el timbre.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Ustedes donde estarán?

—La gran mayoría estará a tu alrededor, excepto yo porque ya sabes lo que pasa cuando veo a alguien vomitar, pero estaré vigilando que ningún maestro se acerque.

Arnold miro su reloj dándose cuenta de que faltaba poco para que finalizara la hora de almuerzo, y estaba a punto de comentar eso cuando Sid y Stinky entraron apresurados con una malteada entre sus manos.


Helga en se momento se encontraba disfrutando de su almuerzo, y al igual que hace unas semanas, alguien se posó a su lado.

—¿Arnold?

—Hola, Helga.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí?

—Yo solo te traía un regalo.

—¿Un regalo? —preguntó desconcertada hasta que recordó sus propias acciones—. Por favor, Arnoldo, como si fuera a caer en otra broma tuya.

¿Por qué no podía ser más amable?

—No se trata de ninguna broma. Solo pensé que tenías razón y quería decirtelo porque de todas las bromas que me has hecho, esta incluso supera al Día de los Inocentes.

Helga miró sospechosamente al chico rubio y con gran pesar aceptó que su secreto estaba a salvo, y a pesar de que debería estar contenta; ella no estaba satisfecha con el resultado.

—Sí, sí, lo que sea —Helga movió la mano despreocupadamente incitando a Arnold a marcharse—. Ahora si te pudieras devolver por donde viniste.

—Oh, pero Helga, aún no te entregado tu regalo.

—Si crees que te voy a creer que después de todo lo que dije, te tomaste el tiempo en darme un obsequio, o crees que soy muy tonta, o tú eres un tonto que no tiene amor propio.

—Vamos, Helga. No seas así —insistió Arnold, ignorando la dolorosa punzada que ardía en su pecho—. Solo quiero decirte que estamos en paz, además, tú no tuviste problema en aceptar mi pudín de tapioca la última vez.

Helga se quedó pensando en las palabras de Arnold, y aunque sabía que el chico no era lo suficiente malicioso, le costaba dar su brazo a torcer.

—Mira. Si quieres, podemos compartirla para que veas que no hay truco —insistió Arnold sacando algo de su bolsillo para exponerlo frente a la rubia—. Aquí tengo dos pajillas. ¿Qué dices si compartimos?

—Yo…

—Por favor, Helga.

Eso fue lo suficiente para que la chica terminara cediendo, después de todo compartir una malteada con Arnold era una de sus fantasías más recurrentes.

—De acuerdo.

Al ver la sonrisa que Helga intentaba contener, Arnold se sintió tan mal que estuvo a punto de detener toda la broma, pero se dio cuenta que gran parte de la clase lo estaba mirando expectante ante la oportunidad de hacer pagar a la chica rubia por su fechoría.

—¿Me darás esa malteada o no? —preguntó Helga, sin saber que hizo volver a la realidad a Arnold.

—Sí, claro —el chico se sentó a su lado tendiéndole una de las pajillas.

—Espera un segundo, Arnoldo. ¿No creerás que la aceptaré así no más?

—¿Qué es lo que quieres decir?

—Tú debes probarla primero.

¿Todo lo que tengo que hacer es que beba esa malteada con salsa picante?

Sí.

Suena bastante sencillo —dijo Arnold mirando a Sid que se acercaba.

Sobre eso, muchachos —mencionó repentinamente el chico—. Cambié la salsa picante por fresas.

Por… ¿fresas? —repitió Gerald dándose un golpe en la frente—. ¿De qué manera nos vengaremos de Helga si ponemos fresas en su malteada?

Espera un segundo, Gerald. Escucha lo que Sid tiene que decir —pidió Stinky.

Cuando ayer fui a la tienda por la salsa picante, escuché como Helga le decía a tu mamá que comer solo un pequeño trozo de fresas provocaría que hiciera un gran desastre.

Gerald recordó que su madre había comentado que había visto a la chica y le pidió que intentara ser un buen amigo para ella, pero por supuesto que él hizo oídos sordos contra esa solicitud al aún estar resentido con ella.

Por eso decidí no comprar el picante y pedí que mezclaran las fresas con el chocolate, porque si ella llega a sospechar algo, sería más fácil fingir para nosotros.

Buena idea, Sid.

Arnold bebió con una de las pajillas, con cierto alivio que reemplazaran la salsa picante por salsa de fresas, ya que el sabor era realmente bueno y pudo demostrar sin mentir que la malteada era algo comible.

—Bien, cabeza de balón, pero para asegurarme que no es la pajilla, yo ocuparé la tuya y tú esta —dijo pasándole la que aún estaba limpia.

Al chico se le subieron los colores a la cara, bueno, aunque no debería sorprenderse tanto, no sería la primera vez que ella tendría contacto con su boca o algo que estuvo en contacto con su boca.

Helga succionó por la pajilla de manera contínua, ignorando completamente la mirada expectante de todos sus compañeros y el silencio que hacía que las manecillas del reloj y su sorber fuera el único sonido que reinara en la habitación.


Gerald se secó las manos para luego abrir la puerta del baño de niños para dirigirse en dirección de la cafetería, pero no se dio cuenta de que una de sus agujetas se había soltado ,casi ocasionando que se cayera.

El chico estaba terminando de acomodarse nuevamente sus tenis, cuando de la nada una mano tocó su hombro, haciendo que se sobresaltara de susto.

—¿Gerald? ¿Qué es lo que pasa? —preguntó Phoebe.

—Oh, Phoebe. Eres tú —dijo Gerald con una mano en el pecho intentando calmar su corazón—. Casi me matas del susto, aunque creo que eso es algo muy exagerado de decir.

—Pero no imposible, Gerald —respondió la chica—. Si tuvieras alguna enfermedad cardiaca o si se diera la extraña casualidad de sucesos desafortunados… Sí sería posible morir del susto.

—Oh —fue lo único que pudo responder Gerald—. A todo esto, ¿dónde estabas?

—Fui a la biblioteca. Me sentí un poco mal por las últimas acciones de Helga y me molesta no poder frenarla.

—No es tu culpa, Pheebs —intentó consolar Gerald—. Mira, no es que odie a Helga, e incluso hasta podía decirte que encuentro divertidas algunas de sus bromas, pero creo que si no nos vengamos de ella en este momento, ella seguirá haciendo lo que quiere quizás por cuánto tiempo más.

—Sé lo que quieres decir, y por eso no me puse en contra de la broma que están preparando para ella. Necesita saber que toda acción conlleva una consecuencia, y no es justo que por los problemas que está pasando se desquite de todos —dijo Phoebe suspirando—. ¿Cuándo será finalmente la broma?

—En este momento Arnold le está dando la malteada sorpresa —comentó Gerald despreocupado.

Phoebe sintió un escalofrió recorrer su columna vertebral.

—Espero que Helga comprenda lo molesto que es que pongan picante en su comida.

—En realidad no pusimos picante en su comida, pero lo cambiamos por algo que de todas maneras la hará vomitar —dijo Gerald.

—¿P-por qué cosa cambiaron el picante? —preguntó con un repentino mal presentimiento.

—Por fresas.


Pasaron algunos segundos y Helga no mostró señal alguna de disgusto.

—Mmm. Qué rica —murmuró la chica, feliz porque después de un tiempo pudo comer algo dulce nuevamente. El presupuesto no alcanzaba para golosinas o mantecados, y había pasado un buen tiempo desde que había comido chocolate por última vez, y aunque no reconoció el otro sabor oculto, se sintió feliz por el dulzor, y pensó que de seguro el corazón de Arnold era tan dulce como su bebida con una sonrisa—. ¿Qué pasa, melenudo? —preguntó repentinamente Helga, al darse cuenta de que Arnold la miraba fijamente—. ¿No será que te estás arrepintiendo? Porque ya es muy tarde y voy por la mitad.

—No, es solo que…

—¿Qué?

—No, nada. Me alegra que te guste.

Arnold realmente se alegró completamente al ver que Helga no había reaccionado como se esperaba. Al verla tan feliz bebiendo de la malteada, se sintió terriblemente culpable por sus deseos de venganza, e incluso estuvo a punto de voltear el líquido para que ella no bebiera, pero ahora se alegraba que la broma no haya resultado. No importaba lo que había hecho ni dicho Helga, no estaba en las manos de ellos castigarla.

—Oye, Arnold…

—¿Si, Helga? —Arnold notó como ella comenzó a revolver de un lado a otro el líquido.

—Yo, yo… rayos, quería disculparme, sé que lo que hice estuvo mal —dijo en voz baja—. ¿Escuchas ese pitido? —preguntó repentinamente.

Arnold ignoró su pregunta al sentirse culpable por lo que estuvieron a punto de hacer contra ella, si no fuera por el malentendido de Sid.

—Lo siento, Helga, en realidad, yo…

Helga lo interrumpió.

—¿No crees que repentinamente hace mucho calor? —preguntó Helga ignorando a Arnold.

Helga se levantó sin saber porque todo se movía, y sin ser capaz de enfocar la vista o escuchar claramente la voz de Arnold.

—¡Helga! ¿Qué es lo que te está pasando? —preguntó Arnold al ver como su pecho se contraía repetidamente.

—Voy a… voy a…

La chica expulsó en el piso todo el contenido de lo que había estado comiendo, salpicando sus ropas.

—A-Arnold… no puedo respirar…

Su pecho seguía luchando por respirar, pero no lograba hacer que su garganta se abriera, el aire no entraba por su nariz, sus ojos estaban lagrimeando, no podía escuchar o ver y su piel ardía en comezón.

De un momento a otro todos sus sentidos se apagaron y cayó al suelo.

Arnold vio como enormes manchas aparecieron repentinamente sobre la piel de la chica y luego ella estaba en el suelo.

Ella no respiraba y Arnold estaba paralizado observando, sin entender que es lo que había pasado.

La sirena de una ambulancia sonó a lo lejos.

La puerta de la cafetería se abrió repentinamente por la enfermera de la escuela que era seguida por el maestro Simmons, Gerald y Phoebe.

La mujer levantó rápidamente el vestido de Helga para apuñalar su muslo con lo que parecía ser un lápiz.

—Helga, por favor resiste —pidió murmurando—. Ya viene la ambulancia.

El maestro les pidió a todos los alumnos que se encontraban en el lugar que siguieran a la cocinera y salieran por la otra salida de la cafetería.

Arnold seguía paralizado sin entender qué es lo que pasaba, e incluso cuando su maestro intentó empujarlo por los hombros para que siguiera al resto, él no se movió de su lugar.

Arnold estaba envuelto en una bruma sin poder oír ni entender lo que pasaba a su alrededor, solo escuchaba el tic-tac de las manecillas del reloj y su propio corazón latiendo en sus oídos.

Él vio como un grupo de paramédicos entraron y hablaron con la enfermera y cómo uno de ellos revisó rápidamente el pulso de Helga.

Él vio como uno de los profesionales rasgó el vestido y la playera de la chica con unas tijeras para poner unas planchas en su cuerpo.

La chica se levantó repetidamente del suelo y luego fue golpeada continuamente en el pecho por el mismo paramédico hasta que otro puso en ella una mascarilla, y la subieron con cuidado en la camilla, siendo seguida rápidamente por su maestro quien había estado abrazando a Arnold sin que este lo notara.

La sirena de la ambulancia nuevamente se dejó de oír y los sentidos de Arnold volvieron.

La cafetería estaba desordenada y apestaba.

El sonido de pasos a su alrededor.

El gemido y el llanto de sus compañeros de clases.

La voz del director pidiendo que volvieran con calma a sus aulas.

Y finalmente el sonido del timbre indicando que el periodo de almuerzo había finalizado.

¿FIN?


NA2: Ya sé, ya sé es un final horrible y quizas no es el mejor momento para leer algo asi, pero recuerden que esto va antes que la pelicula de la jungla y todavía me queda la sorpresa número 2.

¿Se acordaban de la alergía de Helga? , ¿Pensarón que pasaría esto? Me interesaría saber que piensan y aprovechando el espacio quiero recordarles que el capítulo 6 de "Un beso, un dólar" se encuentra arriba y que aun no habra capitulos hasta que termine la sorpresa 2.

Adicionalmente les contaré algo sobre esta historia. El primer borrador tiene fecha de agosto del 2017, pero me tomo mucho tiempo en escribir algo concreto y mas de un año en publicar el fanfic porque como habran leido, la historia fue un poco dura de escribir y necesitaba una motivación extra para que saliera de mi cabeza y fue por eso decidi dejarla como un "especial". Asi que gracias por ser mi motivacion extra para que esto viera la luz.

¡Les deseo unas felices fiestas!

Nos leemos.

Bye ~ Bye

UPDATE: La sorpresa 2 lleva como nombre "El dulce sabor del recuerdo" y ya se encuentra publicado el primer capítulo. ;)