Capítulo 1.
El astro rey no hacía mucha presencia en aquélla fría mañana, la lluvia había caído incesante durante toda la noche, la luz clara del nuevo día dejaba entrever cómo una margarita en la acera descuidada de las calles abandonadas era brutalmente marchitada en cuestión de segundos, gotas de rocío caían como el llanto de la nada, hasta su destino el suelo. Poco a poco, todo comenzaba a iluminarse hasta que las sombras de la noche anterior fueron borradas completamente.
Lentamente abría sus orbes grises, la mayor parte de su cuerpo aún estaba cubierta por mantas de diversos colores entrecruzados entre sí, un vaho invernal escapó de sus labios mientras con una de sus manos se tallaba los ojos; tranquilamente los abría para encontrarse con una humeante taza que desprendía un dulce aroma que recordaba al chocolate. Sonriendo, su padrino aparecía en sus recuerdos, reconociéndolo como el responsable de aquel gesto.
Al ponerse de pie, sintió entonces la fría temperatura que inunda el ambiente, a tientas, pues la oscuridad aún no se había ido por completo de la habitación, buscaba el abrigo que debería de estar en la mesita al costado de aquel sofá. Lo encontró, y sin pensarlo dos veces se lo puso, percibiendo el cambio de temperatura corporal.
Con el desayuno en una de sus manos, caminaba despacio mientras buscaba al mayor, que debería estar en su habitación; o en caso contrario, esperándolo afuera del hogar. Confiaba en que muy probablemente estaría dormido aún luego de haberle hecho el desayuno, se dijo a sí mismo divertido que se encargaría de despertarlo, regresándole el favor.
Dio unos pasos ralentizados por aquel frío matutino, no obstante no avanzó mucho antes de encontrarse al sujeto antes mencionado, con una gran maleta al hombro; observándolo directamente a los ojos vislumbró un invisible sentimiento de culpa ante lo que estaban a punto de hacer.
Sin embargo ya no había marcha atrás, todo fue decidido a la luz de la fogata la noche anterior.
Intercambiaron miradas, y suspirando levemente, salieron de aquel sitio que habían llamado hogar por más de tres años.
Caminaban despacio mientras el chico notaba cómo los restos de aquella ciudad destruida por el paso del tiempo iban desapareciendo conforme ellos avanzaban hacia su destino, curiosamente, ninguna forma de vida semejante a aquel dúo caminante hacía presencia, todo era un páramo gris que reinaba a lo largo del trayecto, restos quemados de vegetación combinaban colores con el cielo oscuro a pesar de ser ya mediados de mañana.
—Esto…Padrino—la voz del más joven se escuchó como un eco silenciado por la avasallante calma del cual aquella tierra era víctima, aunque el llamado llegó perfectamente a los oídos del mayor.
—Dime.
El chico detuvo sus cavilaciones unos instantes pensando las palabras correctas para pronunciar aquella reflexión, aquello que venía guardando al hacerse partícipe de aquel viaje iniciado seis años atrás, cuando, al perder a sus padres y hermanos, sólo le quedó aquel viejo tozudo pero sabio, como única familia. No obstante, se halló en la misma situación que en la del principio, completamente abrumado por la ignorancia de su inocencia, quedándose callado, negó con la cabeza y siguió caminando.
Y aquella silenciosa charla entre ahijado y padrino continuó por algunas horas más. Donde el camino era plagado por los vestigios de la destrucción de antaño, cuando la muerte y la sangre anegaron la tierra, sumiéndola en el abismo más profundo.
Más del sesenta por ciento de la población humana había perecido tras las consecuencias de tan catastrófico desafío entre naciones. Y aún hoy, luego de un centenar de años, la humanidad aún no se recuperaba del golpe, y aquel hogar al que llamaban planeta, nunca volvió a ser el mismo.
Consecuencias de tan sangrienta guerra tomaron forma humana y atacaron a sus semejantes, sumidos en un canibalismo que destrozó sus mentes y sus cuerpos, siendo llamados "Los Errantes" por sus desgraciadas víctimas.
La humanidad se había condenado a ser desaparecida del mundo por ellos mismos.
Pero las decisiones de las cabezas mundiales de hace ya cien años, fueron más desastrosas de lo imaginable.
Desesperados por ser los vencedores en aquella hecatombe sin sentido, entregaron sus almas al Vacío, cediendo a sus hermanos de especie en crueles experimentos; forzándolos a evolucionar de una manera horrible, destrozando sus pensamientos; imbuyéndolos la sola idea de matar.
Y toda esa desgracia en aras de la paz y la libertad.
Todas aquellas decisiones, aquella sangre, toda la muerte, sólo para heredar un futuro en la última línea de defensa; con una sociedad que se carcomía a sí misma, y el recuerdo asesino de aquellos a quienes denominaron "Los Modificados".
Aún inquieto por aquellas extrañas cosas escritas en el diario del mayor, prefirió omitirlos por ahora, ya tendría tiempo de consultarle habiendo llegado al primer punto de su viaje.
—Descansemos un momento—la voz áspera del mayor detuvo la marcha, y refugiados bajo una enorme roca reposaron sus cuerpos luego de largas horas de viaje.
El paisaje no había cambiado ni un poco. Es más, pareciera que realmente no se habían movido de aquella ciudad destruida, pues la misma vista se dejaba apreciar, el calor acuciante del mediodía era abrazador, y no daba ningún respiro en su paso, envolviéndolo todo en una nube calurosa, que seguía a aquellos trotamundos como si de su propia sombra se hablara. No obstante, el aspecto aburrido de los dos seres indicaba lo rutinario que se había vuelto aquella temperatura.
Aquellos viajeros que pisaban la tierra árida eran parte del mundo nuevo, un mundo que suplicaba su propia autodestrucción.
—Padrino, ¿cuánto falta para la primera parada?
—Unos pares de kilómetros—respondió impasible, perdido en sus pensamientos de manera poco usual, inevitablemente, el chico comenzó a hacerse a la idea de las reflexiones de su segundo padre, intuyendo el peligro se dio cuenta del territorio en el que habían entrado.
Las grietas en el camino árido, los árboles roídos y cierto olor nauseabundo inundaban de repente sus fosas nasales, obligando al pequeño a taparse la nariz con la manga remendada de su abrigo, el mayor frunció el ceño, y el más pequeño notó cómo sus puños se encerraban así mismos.
Fue entonces, que todo se volvió oscuro.
La cabeza le dolía horrores, y apenas estaba consciente.
Gruñidos, escuchaba gruñidos salvajes y nada más, sentía su cuerpo extremadamente pesado, y cómo era arrastrado por el suelo, la tierra seca se arremolinaba en sus prendas, más aún en ese momento no importaba, apenas se percataba de lo que había sucedido. Todo sucedió tan rápido que aún pensaba que había sido un mal sueño producto del calor que azotaba su cabeza hace siquiera lo que para el niño habían sido unos minutos, no entendía nada de lo que había pasado, es más, apenas mantenía la consciencia, sintiéndose arrastrado por entes desconocidos, que lanzaban gruñidos similares a los aullidos de una animal encerrado elevando su voz al astro nocturno, sólo que estos tenían salpicados el salvajismo propia de su rareza, con esa idea, el pequeño entendió que era lo que estaba pasando, y desesperado, gritó el nombre de la única persona a la que consideraba su salvador.
Sin embargo su voz se perdió en el infinito, ahogada por los chillidos de júbilo de sus captores. Sin embargo, la identidad aún desconocida de sus secuestradores fue claramente vislumbrada en sus pensamientos, y una sola palabra respondió a su llamado en el remolino que se había vuelto su consciencia:
—"Errantes"…
No supo cuándo, ni cómo, pero se había detenido, no sentía la arena deslizarse por su cuerpo, no obstante un dolor agudo le recorría la espalda, aún presa del miedo por estar al borde de la muerte sin siquiera saberlo, se abrazaba con las rodillas temblándole del desconcierto, impotente notaba cómo la vista le fallaba, es más, no podía ver gran cosa en donde fuera que se encontrara, la oscuridad reinaba.
No obstante, desafiando a sus propios límites se puso de pie tambaleante, buscando a tientas cualquier cosa de la cual apoyarse, tras largos minutos de desesperada frustración, su manó tocó lo que parecía ser fragmentos de materiales utilizados en la construcción, esperanzado, se aferró a aquella saliente como si su vida dependiera de ello.
Irónicamente, no tenía ni idea de cuanta verdad encerraban esas palabras.
No llevaba cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que abrazó con energía aquellos restos de hormigón, pero, se sentía terriblemente cansado, extrañado, tanteó con las manos un poco más allá de lo que su campo de seguridad le ofrecía.
Nada, no sentía absolutamente nada más, sin siquiera poder ver más allá de sus propias narices, no se atrevía a dar un solo paso carcomido por el miedo. Aun así, era bien consciente de que no podía quedarse allí, pues tarde o temprano, aquellos que lo habían puesto allí, volverían a por él.
Y un temor mucho más profundo que cualquier otra cosa escaló desde sus entrañas hasta la nuca,
—Padrino…
