Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son obra de Rumiko Takahashi. Lo único aquí que es mío es la historia.
Advertencia: El siguiente fic contiene contenido sexual y no es apto para menores de edad, ni para personas sensibles a esos temas. Si continuan leyendo será bajo su responsabilidad.
Fic participación del Torneo Erótico del Verano 2015 del foro de InuYasha: Hazme el Amor. Me tocaron las siguientes dificultades, repartidas en este capítulo y el primero:
· Estampa, manos, pantalones, emoción, cojín, America, mantel, plato hondo, aire central, liga.
· Invierno.
· Vivero, acuario, restaurante de ramen, casa hogar, templo budista.
· Purpura, rosa, celeste, amarillo.
Capítulo II: Augurios de éxito.
La nieve ya había empezado a caer, acompañada de un viento ligeramente fuerte, que lejos de incomodar a Kagura la hacía sentir más cómoda y segura. La hora de su reunión con Sesshomaru estaba cerca y ella llegaría con tiempo de sobra. Se permitió dar un vistazo al cielo, el cual estaba vestido de un maravilloso color celeste, adornado con nubes esponjadas y las manchas blancas que simulaban ser los copos. El día daba finta de ir de maravilla.
Al fin había llegado al lugar, sorprendiéndose por ver que no había sido la primera en estar ahí, pero ignorando la cara de disgusto de su probable socio y el reproche imaginario que él le dirigió. Tras largas negociaciones entre ambos se hizo un acuerdo. Sus visiones de negocios eran similares y a pesar de ligeras fricciones, todo iba viento en popa. Acordaron salir del café y caminar en busca de un terreno que pudiera servir para sus proyectos. No había pláticas animadas pero ambos se sentían cómodos, aunque no por eso bajaban la guardia.
—¡Señor Sesshomaru!—. Una voz juvenil los hizo detener su camino y girar hasta toparse con una bella chica, de unos diecisiete años de edad, ojos y cabello chocolate y una bella sonrisa.
El aludido no respondió al llamado, pero miró con una ternura casi indetectable a la chica que corría entusiasmada hacia él y su socia.
—¡Qué bueno que lo veo! La señora Kaede y yo queremos mostrarle las mejoras que hicimos en el hogar de los niños. No sabe lo bien que nos hizo la ayuda del señor InuTaisho… — La joven miró a Kagura, le sonrió e hizo una reverencia enérgica.— Mucho gusto. Disculpe, mi nombre es Rin Matsuo, es un gusto conocerla.
La mujer no pudo evitar sentirse nerviosa. No estaba acostumbrada a tanta amabilidad y menos de parte de una persona que recién veía, pero era inevitable corresponder al amable saludo de la castaña.
—Mucho gusto, soy Kagura —respondió, intentando verse amable.
—Por favor acompáñenme. Me gustaría mucho que vieran lo que tengo que mostrarles—. Así de fácil, la chica la había incluido en un plan del que no tenía idea. Se sentía incómoda. Rin incluso la jalaba de la mano, pero al notar que Sesshomaru las seguía se sintió ligeramente más segura. A pesar de eso, en opinión de Kagura, la chiquilla era bastante extraña y parecía no tener idea de lo que era el espacio personal. Cuando al fin dejaron de correr, noto la entrada de ladrillo anaranjado con portón negro, coronado por el letrero "Casa hogar", lo cual la desconcertó.
En la entrada rodeada de niños, una anciana bajita con un parche en uno de los ojos, los recibió.
—Señor Sesshomaru, por favor disculpe a Rin. Ella insistió en mostrarle las mejoras que hemos hecho y en cuanto lo vio a lo lejos salió disparada a buscarlo —explicó la señora con toda calma.
—Igual planeaba venir— El semblante frío del hombre pareció molestar poco o nada a la mayor en el grupo.
—Ahora ya tenemos agua, luz y aire acondicionado. No más molesto humo para calentarnos ni veranos donde nos derretimos como mantequilla. Además los niños tienen donde jugar, los podemos educar mejor y gracias al buen aspecto del edificio, vienen a visitarnos muchos más candidatos a padres, ¿verdad, señora Kaede?
Kagura centró su atención a la alegre castaña y a la anciana. No había rasgo que delatara un parentesco familiar y por el lugar, intuyó que probablemente había sido adoptada por esa mujer. Examinó el lugar con la mirada, notando un pequeño letrero de metal que intentaba ocultarse tras las ramas de una enredadera. Pudo leer "Jardín dedicado al señor InuTaisho", no era más que un metro de rosales y pequeños jazmines, pero el encanto estaba en el cuidado que se veía recibía en jardincillo. Ya en el interior, al ver las fotografías que colgaban de la pared, se sorprendió de lo mal que se veía el lugar antes de las mejoras, era casi un terreno baldío con una simple construcción en obra negra, probablemente todo había sucedido antes de la crisis de la empresa Taisho.
Kaede observó junto a Kagura en silencio, esperando que la de ojos escarlata saciara su curiosidad, sólo respondiendo en cuanto alguna pregunta le era dirigida. Después de un rato, notando el aburrimiento de la joven, Kaede se decidió a dejarla sola, no sin antes aprovechar para darles más oportunidades a los niños. —Por favor, siéntete libre de observar lo que gustes. Eres socia de Sesshomaru y confió en ti, además él estará dando el visto bueno también. Mantendré a Rin y a los niños afuera para que ustedes revisen con tranquilidad, tal vez tú también encuentres en este lugar una buena inversión.
Kagura asintió intentando ser amable, pero no disimuló la molestia por la indirecta que le había lanzado la anciana. Si bien era cierto que quería deshacerse de algo de dinero porque no quería sentirse atada, no era como para que una mujer que acababa de entrar en su vida fuera a decidir en que iba o no gastar su dinero. Vio a la mujer de cabello canoso alejarse junto con un montón de niños que la rodeaban entre risas y murmullos. —Ya sabré en qué tirar algo de dinero, no necesito que alguien me pida en qué hacerlo.
Recorrió los pasillos, llegando al comedor y topándose con su socio quién observaba sin mucho interés los alrededores.
—Es un lugar lindo— Trató de hacer más ameno el ambiente, pero al parecer era imposible sacarle una sonrisa a ese hombre. Caminó en dirección contraria a Sesshomaru, dispuesta a seguir recorriendo el lugar, pero deteniéndose abruptamente frente a la mesa cuando uno de sus tacones se atoró en una de las grietas que faltaba por arreglar—. ¡Maldición! —expresó molesta, y con justa razón ya que ahora tenía una nueva razón para odiar los tacones. Lo mejor hubiera sido pedir ayuda, pero ella también era orgullosa y no necesitaba ni quería de nadie para salir de algo tan tonto. Se sostuvo del mantel de la mesa, olvidando que no era un objeto fijo, jalando, intentando zafar su zapato y cayendo hacía atrás en el intento. De pronto, choques eléctricos se dieron en su cuerpo. Sesshomaru había acudido a ayudarla y su descuidado intento había hecho que sus caderas impactaran, rozándose de una forma no apropiada, pero que le había resultado extrañamente placentero. El contacto se prolongó, friccionándose despacio, ignorando que su zapato estaba fuera de su pie.
Kagura invadía de forma estrepitosa el espacio personal de principio había sido accidental, pero ahora, en opinión de Sesshomaru, claramente era propósito. Lo peor no era eso, sino que no quería poner resistencia. Al contrario, la había tomado por la cintura, la apretaba con más fuerza contra sí mismo. Qué más daba, ella lo había provocado y no iba a negar que le atraía lo atrevida que se podía portar Kagura. Era una mujer fuera de lo normal. Además de atractiva y tener buen cuerpo no se iba por la vida alzando bandera de débil, nunca fingía modales, era libre y rebelde, tal como una brisa que tira el ensayo final de un estudiante directo a un charco lodoso. Si ella quería un juego rudo bien podría dárselo. Con un movimiento firme, tomó uno de los pechos de Kagura, guardándose un gruñido al sentir la tela del suéter estorbarle; masajeó con ligera brusquedad mientras la ojirubí aumentaba la fuerza del roce, acalorada; Sesshomaru podía escuchar la respiración entrecortada de la mujer frente a él, tenía experiencia y sabía cómo hacerla temblar, sólo hacía falta que se pusiera serio, ojalá ella entendiera el honor que era el estar en esa posición con él. Kagura estaba abochornada y ligeramente sorprendida, no tanto por la habilidad que el albino estaba demostrando, sino por la rapidez con la que fue correspondida, pero supuso que esa era la forma correcta. No hubo rodeos de parte de ella y tampoco esperó que Sesshomaru lo hiciera. Aun así se sentía extraña debido al corto tiempo que sus cuerpos llevaban haciendo contacto, eso era suficiente para hacerla temblar y desear. Se sentía como una colegiala virgen.
Risas dulces y un par de pasitos cerca enfriaron el ambiente, recordándoles la nieve en el exterior. Kagura se incorporó con rapidez, con la cara sonrojada y la falda levemente tironeada, luego se agachó a intentar zafar su zapato. Sesshomaru en cambio, caminó con tranquilidad a la ventana, dando la espalda a la entrada del comedor y luciendo perfectamente natural.
—Corre Linda, o nos van a encontrar antes de que nos escondamos—. Dos niños habían entrado. No iban en dirección al comedor, pero sus risas fueron suficiente para recordarles en dónde estaban y romper el ambiente.
— ¡Señor Sesshomaru! Vi a dos niños entrar aquí. Disculpe por favor, espero no hayan interrumpido su revisión—. Rin entró dando pasos largos, y sonriendo a pesar de decir estar avergonzada. Notó a Kagura tratando de liberar a su zapato y corrió hacia ella para ayudarla a jalar. Sin embargo, de tanta fuerza que lograron ejercer, ambas terminaron cayendo sobre sus traseros y con un zapato sin tacón en las manos—. ¡Oh, disculpe, señorita Kagura! Le ayudaré a pegarlo. Creo tener algo de pegamento que puede servir, sólo necesitamos sacar el tacón de la grieta primero.
—No hay problema, déjalo así. La verdad odiaba estos zapatos — Kagura miró a la joven de ojos chocolate mientras giraba en uno de sus dedos el zapato roto —, así que me alegra al fin tener una excusa para deshacerme definitivamente de ellos—. Ya había logrado calmarse, por lo que le restó importancia a la zapatilla rota. Se quitó el otro zapato y se puso de pie, sonriendo confiada sacó de su bolsa un par de balerinas y se las colocó—. Estas son mis mejores amigas, siempre me salvan del cansancio. Siempre supe que esos tacones intentarían matarme. Rin, nunca confíes en un par de zapatos de oferta.
—¡Wow! Es impresionante señorita Kagura—. Las reacciones de Rin eran siempre enérgicas, como si a penas comenzara a conocer el mundo, o simplemente como si todo le maravillara. Era fácil entender que, incluso, alguien como Sesshomaru hubiera terminado cediendo a su dulzura y hubiera ayudado a un orfanato.
El ambiente entre "socios" volvió a la fría normalidad de siempre. Sesshomaru ignoró con completa facilidad el episodio ocurrido (o eso aparentaba) mientras Kagura lo miraba con enojo cada que sus miradas se cruzaban. Le parecía grosero hacer como que ella no existía y que nada había pasado. Estaba segura de que si lograba dormir, tendría sueños locos que serían acompañados por el jugueteo de sus propios dedos en su entrepierna. Luego de las pláticas heroicas de Rin sobre Sesshomaru y una pequeña comida, ambos decidieron que era hora de volver a los negocios y continuar su búsqueda de un lugar para plantar la semilla de su idea.
La banqueta y la calle estaban cubiertas de nieve, por lo que la mayoría de los automovilistas iban con precaución, evitando con ello cualquier posible accidente. Kagura salió de la casa hogar, mientras Kaede y Sesshomaru hablaban sobre cosas que a ella le parecieron poco interesantes. La temperatura estaba descendiendo y el frío la obligó a frotarse las manos. Repentinamente, un golpe en uno de sus brazos la hizo girar con el ceño fruncido, insultando por su descuido a un hombre que caminaba a paso apresurado en una dirección al parecer incierta. Después notó que su bolsa había terminado de alguna forma en el piso. Se agachó a recogerla pero un jalón brusco la tiró en la banqueta, dejándola en posición de ver como un auto pasaba a gran velocidad justo en donde estaba ella y destrozando su bolsa de paso. Se quedó sin palabras, con la boca abierta y sintiéndose estúpida por no darse cuenta de la trampa tan tonta en la que había caído. De no ser por la reacción rápida de Sesshomaru y su fuerza, ella probablemente estaría hablando con sus padres sobre lo odioso que había sido estar en un trabajo que no le apasionaba.
— Supongo que a tu muerte, tu herencia pasa a manos de tu hermano—. El albino acertó y Kagura apretó con fuerza las manos, en forma de auto reproche. Nunca creyó que Naraku fuera a llegar tan lejos, ni que ella fuera a ser tan desprevenida como para no notar algo tan obvio.
La rabia en Kagura era mayor que el susto que había sufrido. Quería gritar y arrancarle los ojos a su hermano. Le pareció impresionante que la hubiera intentado matar a plena luz del día, pero después recordó lo déspota y descarado que era. Se puso de pie ignorando la mano que se había ofrecido levantarla (poniendo de paso de mal humor a quien la ofreció, a él nadie le rechazaba ni la mano). Sacudió su ropa y después fue a revisar los restos de su bolso encontrando la mayoría del contenido inservible.
—Al parecer, no va a ser seguro permanecer a mi lado hasta que arregle el problema con el imbécil de Naraku. Lo mejor será que pongamos nuestro proyecto en pausa—. Observó el rostro masculino y al instante se sintió estúpida por dar una sugerencia tan tonta, como si estuviera hablando con un cobarde. Por suerte, su ofensa fue ignorada. El imponente hombre comenzó a caminar, dando a entender que tenía opción de seguirlo o de quedarse ahí lloriqueando por su bolso. Con cierto refunfuño de parte de Kagura, ambos continuaron su camino.
—¡Oh, a Naraku no le va a gustar nada esto! — exclamó sorprendido—. Creo que ya es hora de decirle que Kagura encontró compañía. Sólo espero que no se ponga a gritar y escupir —dijo con algo de fastidio—. Aunque quizá pueda seguirlos un poco más, no quiero omitir nada que pueda ser importante —. El hombre de aspecto juvenil, cabello negro y largo atado en una cola de caballo. Un maquillaje algo inusual para que un varón lo use. Seguía a una distancia prudente a los partícipes de lo que casi era un accidente con resultados trágico. No era la primera vez que actuaba como informante. Su jefe no había quedado del todo contento con la renuncia de su hermana. Él tenía planes para joderle la existencia a Kagura (o a cualquiera que tuviera el infortunio de toparse con él) en la empresa y después de un infortunado accidente quedarse con su parte de la herencia. El problema no era que hubiera renunciado, eso estaba contemplado en sus planes. El problema era que Kagura había empezado a despilfarrar el dinero a una velocidad realmente imprudente, poniendo así en peligro el botín de su hermano. Por tal motivo, mandó a su asistente a ver en que estaba perdiendo sus fondos y a revisar qué tal funcionaba el primer atentado para deshacerse de ella.
—Sinceramente no me gusta esta zona para buscar un terreno. Creí que iríamos a un lugar menos lleno de smock—. El malhumor emanaba de Kagura como el sudor en un día caluroso y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo. Si algún pobre infortunado se atreviera a retarla en ese momento, de seguro que quedaría mal parado.
—Buscamos un lugar para el local, no para los invernaderos —. Pero Sesshomaru no era ningún infortunado y su aparente indiferencia mantenía a raya las explosiones sin sentido de Kagura. Había veces en que simplemente la observaba, sin responderle nada, dejándola tirar todo el desperdicio que tenía atorado en la cabeza y también las grandes ideas que lograba maquilar entre tanta telaraña. Ya le había encontrado el modo. Olvidaba lo que no importaba y escuchaba lo que era útil. Por fortuna, la mayoría de los comentarios de Kagura eran inteligentes y cuando se trataba de negocios era momento para sacarle provecho a su femineidad y así obtener la mejor información e incluso un mejor precio.
—Me gustó el lugar que vimos en la calle de atrás, pero me preocupa que el acuario esté enfrente. Sé que por ser una zona turística tendremos más clientes potenciales, aunque también puede que ni siquiera nos noten —comentó Kagura.
Toda la tarde caminando resultaba ser agotador. Optaron por detenerse en un parque. Ya con el cielo oscurecido, la luz de un faro iluminaba la banca en la que estaban, dándole brillo a la pequeña capa de nieve que los rodeaba.
— No será problema en cuanto vean los productos que vamos a ofrecer— afirmó su acompañante. Sesshomaru permanecía de pie, al lado de la banca, mirando los árboles del parque y todo lo que ocurría cerca de ellos, dirigiendo sus ojos ámbar hacia Kagura sólo cuando ésta hablaba.
—Hablas como si fueran productos de ensamblado. ¿Sabías que son seres vivos?
— Insignificancias —. ¿Quién se creía esa mujer para cuestionar cada cosa que decía o hacía?
Kagura sonrió socarrona. Probablemente estaba cerca de la raíz del por qué lo habían desheredado. El tipo necesitaba una lección.
—Lo que tú digas. Hay que decidir entonces entre ese terreno y el que vimos hace unas horas.
—El de la calle de atrás. Mejor zona, mejor espacio y mejor precio. Mañana regresaremos a comprarlo y también mañana empezaremos a remodelar y acomodar las cosas como nosotros queremos —decidió Sesshomaru, sin consultar la opinión de Kagura, aunque ella no dio muestras de molestias por no ser tomada en cuenta.
—Al menos en eso sí estamos en sintonía. Preferiría que estuvieras en sintonía conmigo más seguido—. Kagura se cruzó de brazos aún con una sonrisa en la boca, pero repentinamente su rostro mostró preocupación—. ¿Qué hora es? ¿Exactamente en dónde estamos..?— No era una mujer nerviosa, pero el reciente atentado la dejó en un estado ligeramente alterado. Sin embargo, su acompañante se mostraba tan apacible que le transmitía la tranquilidad que se le había escapado.
— Llamaré a un taxi. Más vale que consigas rápido otro móvil. Vamos a necesitar seguir en contacto—. Un rápido tecleo en la pantalla touch y una igual de rápida espera para que el taxi apareciera a las afueras del parque. A pasos ligeramente largos, ambos subieron a la parte trasera del auto, obviamente incómodos al no estar acostumbrados a no ir de choferes en sus propios medios de transporte.
— ¿A dónde los llevó?— El conductor puso en marcha el taxi, esperando alguna orden para partir. Kagura miraba insistentemente al albino. ¿Sería que planeaba quedarse en su casa esa noche? ¿O que ella se quedara en la de él? Demasiado tentador y ligeramente adelantado, por lo que al fin la mirada insistente de Kagura logró hacer que Sesshomaru se girara a verla.
— Tu dirección Kagura—. Pequeñas cosas como esa eran las que solían molestarla. No eran las palabras, sino la forma tan cortante de decirlas. Con un pequeño rugido Kagura dio su dirección y el taxi al fin avanzó.
El taxista se vio tentado a girar los ojos ante la rabieta de Kagura, pero prefirió no hacerlo para no molestar a Sesshomaru, quien tampoco tenía buena cara. Llevaba el ceño ligeramente fruncido, pero era suficiente como para que su cerebro le advirtiera que era mejor sólo manejar. El camino se estaba oscureciendo y el silencio reinaba en el auto. Para el chofer era incómodo, pues algunos clientes daban pláticas animadas o por los menos algún comentario. Esa vez ni siquiera se había atrevido a poner música, se podía escuchar como chocaban las llantas contra el asfalto, suficiente para irritar más a la mujer.
— ¿Eres el alma de las fiestas verdad, Sesshomaru?— Las palabras de Kagura sonaban ligeramente ponzoñosas, como si el culpable de todos sus males fuera el indiferente hombre a su lado. Pero igual que en otras ocasiones, Sesshomaru la ignoró, aunque esta vez volteó a verla y alzó la ceja, claramente expresando que su comentario estaba fuera de lugar.
A Kagura le apareció un brillo malicioso en la mirada. Una atrevida idea cruzó por su mente y que llegaría agradarle o no a Sesshomaru. A ella no le importaba demasiado eso y como tampoco andaba de humor para titubeos, decidió simplemente posar sus labios sobre los de su acompañante. Sintió su corazón palpitar como loco, como si estuviera corriendo un maratón. Era consciente de que Sesshomaru no era un hombre que cuyas reacciones se deberían tomar a la ligera, que podía ser tanto o incluso más peligroso que su hermano. Por eso no dejaba de estar tensa, al no sentir algún rechazo decidió seguir tentando terreno, presionando ligeramente con sus labios y siendo correspondida. Se dejó disfrutar el contacto, dejando después de unos minutos que sus lenguas lucharan entre ellas, recorriendo uno la boca del otro y viceversa. Sí, lo besó, pero se olvidó a qué tipo de persona besaba. A él no le desagradaba la iniciativa de la mujer, de hecho era algo que le agradada, pero ya era hora de que Sesshomaru marcara el ritmo. Kagura perdió el control del acercamiento. Sesshomaru, volvió tortuoso el beso para la mujer de ojos rubí.
La lengua de Sesshomaru era experta. No necesitaba hacer contacto con ninguna otra parte del cuerpo de Kagura para arrancarle gemidos deseosos que provocaban envidia y sonrojo en el pobre chofer que hacía lo posible por no mirar lo que pasaba en el asiento trasero de su auto. Para su fortuna, habían llegado a la dirección que le había sido indicada, había sido "salvado por la campana".
—¡Llegamos! — El hombre regordete frenó casi de golpe, empapado en sudor y hecho un manojo de nervios.
Se separaron con lentitud, ignorando la obvia incomodidad de su chofer. Una jadeante y acalorada Kagura maldijo mentalmente no haber caminado un poco más lejos en su búsqueda. Sesshomaru se levantó dejando el paso libre para que Kagura saliera por la misma puerta. De nuevo, lucía fresco y pulcro, como si el maldito hombre fuera de algún material raro, o quizá tenía un poco de camaleón y le era fácil camuflar lo que fuera que pasara por su cabeza o cuerpo.
Ya afuera del taxi, Kagura agradeció al conductor y se despidió de su acompañante con un simple movimiento de mano, movimiento que fue correspondido con un ligero movimiento de cabeza.
—Espero que mi hermano no haya plantado una bomba en mi casa. Si mañana no te veo ya sabes por qué —bromeó, o al menos lo intentó. La cara de su interlocutor le demostró que su humor negro no era bienvenido, de hecho al parecer ningún tipo de broma era bienvenido.
—Mañana mandaré a mi asistente por ti, así que estate lista temprano—. Kagura hizo su cabello hacia atrás y mostró mala cara. Entendía que debía descansar y que al parecer Sesshomaru también (aunque le parecía más lógico pensar que ya la había aguantado demasiado y que si en realidad necesitaba descansar era de ella). Dio media vuelta y entró a su hogar cerrando la puerta justo en cuanto escuchó el auto arrancar. No quería voltear y empezar a gritar, así que prefirió pasar de una buena vez sin armar alboroto. Además, se fue con una agradable sensación en la boca, provocado por la saliva de Sesshomaru en sus labios. Ojalá la asistente rubia y llena de botox (así se la imaginaba ella) pudiera ver el labial rojo embadurnado en la boca de él.
—"Toma esa, asistente".
La vida era mala con Kagura, quién al ver a la famosa asistente casi podía jurar haber escuchado un: "Toma esa, Kagura". Aun así, lejos de sentirse mal dejó salir una sonora carcajada por lo divertido que le resultaba el enano frente suyo. Llevaba mala cara y a cada segundo que pasaba se mostraba más y más enfado, hasta que llegó al punto de estallar y agitar con violencia las manos en el aire, dar saltitos enérgicos y soltarle maldiciones a los cuatro vientos.
—¡Ya basta enano! ¿Nos vamos a ir o te quieres quedar aquí? —preguntó Kagura.
— Maldita mujer, deja que el jefe Sesshomaru se entere de tus burlas, entonces te las verás con él y se buscará a un mejor socio o socia —exclamó seguro de sus palabras.
Le parecía divertido. Podía acostumbrarse a lidiar con el tipo, quien, por cierto, tenía una apariencia poco común. Poco humana diría ella. Sin contar que su ropa tenía finta de ser, literalmente, del siglo pasado. ¡Qué más daba! Era divertido así como insoportable.
—No creo que quieras ser el responsable de que deje el proyecto de tu jefe, ¿verdad? Dudo que le agrade escuchar que debido a lo grosero que eres ya no quiero trabajar con él —amenazó con una sonrisa socarrona.
Jaken sudó frío y prefirió quedarse callado a seguir discutiendo con lo que él consideraba una mujer roñosa e indeseable. Sin embargo eso no le impidió quejarse y maldecir en su mente.
—Yo iré en mi auto. ¿Tú debes ir conmigo?
El de ojos saltones frunció el ceño, pero hizo lo posible por medir sus palabras.
—No debemos ir en auto. El jefe dijo que podía ser predecible que "sufrieras un accidente automovilístico", por lo que debemos ir a pie. Además, te advierte sobre limitar el uso de tu auto sólo para uso personal. Nada que involucre negocios ya que llama mucho la atención con ese color púrpura.
—Lo dice el que tiene un auto del que sólo hay 77 en el mundo. Que ni piense que voy a empezar a usar transporte público o a pagar taxi para todo.
—Consigue algo de un color menos ostentoso o múdate más cerca—. En algún momento, Sesshomaru había hecho acto de presencia, probablemente por el retraso no programado de su asistente y Kagura, quienes hicieron cara de miedo y molestia respectivamente.
—Vámonos —ordenó de inmediato.
Como empezaba a hacerse una costumbre, el albino caminaba sin siquiera revisar si iban detrás de él. Kagura no tuvo opción más que comenzar a seguir su paso hasta colocarse en silencio a su lado. Por desgracia, para el mejor asistente del mundo, seguir el paso de un hombre muchísimo más alto y en forma que él era muy complicado. Tenía que correr de forma desesperada y sollozando detrás de ellos.
—¡Jefe bonito! ¡Espéreme! — Y en definitiva, Kagura había encontrado un juguete nuevo con quién divertirse de lo lindo haciéndolo enojar.
Tortuoso, esa era la palabra con la que Kagura calificaba andar por la cuidad en tacones. No dudaba de su habilidad para acostumbrarse a caminar largas distancias con ellos puestos, pero por ahora estaba agotada de mirar como cada que aflojaba un poco el paso, Sesshomaru la pasaba sin detenerse ni un segundo. Estuvo a punto de reclamarle pero se retuvo, adivinando que la respuesta sería un: "yo no te obligué a usar eso". Para su suerte, el ver el local que habían elegido le daba suficiente alegría y esperanza para olvidar hasta la voz de Jaken (quién sólo dejó de quejarse cuando de la nada un proyectil aterrizó en su calva cabeza, proyectil que ni Kagura notó de dónde salió, aunque tenía sus sospechas).
El acuerdo de compra fue rápido gracias a los contactos de Sesshomaru y al dinero de Kagura.e Debido a que el dueño del local resultó ser un viejo conocido de negocios del albino, les había entregado las llaves del sitio para que mientras se arreglaban los papeles de transferencia hicieran uso del local, que si bien aún tenía aspecto deprimente, daba mucho para el proyecto que traían entre manos. Como Sesshomaru ya había dicho: ese sería el lugar en donde exhibirían las plantas que tendrían ya listas para trasplantar. Tenían una gran extensión de jardín adecuada para esa labor y una sala acogedora para atender a los clientes. Ahora sólo faltaba un lugar que les sirviera para criar los brotes y plantas a las que aún les faltara tiempo para resistir un viaje a lo que sería su destino en algún hogar o jardín. Kagura había sugerido que también vendieran fertilizantes, equipos de riego, semillas, implementos de jardín e incluso que contratarán a un decorador para que diera asesoría a los clientes que lo requirieran y estuvieran dispuestos a pagar por ello. En su momento, no obtuvo respuesta negativa o positiva, pero al ver los libros que se asomaban del portafolios de Sesshomaru, supo que su idea estaba siendo considerada. Eso la hizo sonreír.
El albino ordenó a su asistente buscar un terreno que les sirviera de vivero debido a que el ojón tenía experiencia y entendía lo que su jefe necesitaba. Así ahorraban tiempo y de paso el "jefazo adorado y amado", como lo llamaba, se tomaba un descanso de tanto cumplido y exageración. A Kagura le daba la sensación de que dudar de la sexualidad del enano no era incorrecto. Quizá una rubia tetona y con botox en los labios hubiera sido menos tediosa. Jaken le daba por mirarla feo y hacer berrinche de todo. Pronto descubrió que el problema era con todo el mundo y no sólo con ella.
Al final lograron estar solos, de nuevo la calma se aliaba con la incomodidad.
—Sigue preocupándome un poco el acuario de al lado —mencionó ella. Estaba ligeramente nerviosa, cosa normal para ser su primer proyecto, pero principalmente temía a que Naraku terminara teniendo razón y resultara ser un fracaso para los negocios que no fueran asesorados por él. Se reprochó mentalmente, se merecía un regaño por pensar tantas estupideces—. Al parecer una parte de mí sigue atrapada en esa maldita empresa, con el maldito de Naraku—. Bajó la mirada, molesta.
—Es sólo un acuario. Deberías visitarlo de una buena vez y dejar de molestarme a mí con una estupidez tan insignificante. Ve por ti misma si el lugar es tan maravilloso como para hacer que esto no prospere—. Sesshomaru no apartó la mirada del libro que tenía entre las manos hasta que terminó de hablar. Enseguida, lo cerró de golpe y lo dejó sobre uno de los tres únicos muebles en el lugar (habían llevado una mesa y dos sillas)—. Muévete —ordenó.
Kagura no sabía cómo interpretar a Sesshomaru. Normalmente la hacía sentir ofendida, aunque había empezado a entender que él sólo era demasiado franco y que no se andaba con rodeos. De cualquier manera, seguía sin gustarle que anduviera dando órdenes a diestra y siniestra. Si ella quería hacer algo lo haría, sin importar si a él le agradaba o no. Sin embargo, el humor de él no daba para aceptar un no, así que por ese día decidió hacerle caso. Se levantó con gusto de su incómoda silla, sintiendo como su trasero agradecía alejarse de la dura madera.
—Como quieras.
El acuario era pequeño. Tenía una cantidad modera de gente en su interior conformados en su mayoría por turistas y familias con niños pequeños, además de grupos de jóvenes, probablemente haciendo trabajos escolares de vacaciones pero que no se concentraban demasiado en cumplir con eso. Kagura alguna vez visitó con sus padres un acuario más grande pero realmente no tenía memoria de ello, por lo que se dejó maravillar y sorprender por lo que veía, no importando lo simple que pudiera resultar para los demás.
En su recorrido terminó perdiendo a su socio. Le pareció verlo observar a los caballitos de mar pero no le tomó demasiada importancia. No tenían por qué andar juntos y sabía que él probablemente pensaba lo mismo. Era consciente de la posibilidad de que él ya hubiera salido en busca de su lectura y la tranquilidad del futuro local.
Ella se detuvo a observar a los tiburones. No sabía con exactitud de qué especie se trataba pero tampoco le interesaba. Simplemente le parecía magnífico ver como nadaban, la fuerza que proyectaban y lo mortales que podían resultar ser para sus ví veían tan magníficos y elegantes, eran grandes y albinos, igual que cierto conocido suyo. Se sonrojó al notar sus pensamientos. Hizo una mueca de molestia y giró dispuesta a buscar algo más que ver.
En una de las esquinas de la habitación se encontraba recargado el secretario de su hermano, quién la observaba con aires divertidos y burlones, mientras sostenía una flor de papel en la mano.
—¡Oh, Kagura! Qué coincidencia encontrarnos aquí, me da gusto ver que estás en una pieza—. El hombre traía un labial del mismo color que el de ella, probablemente incluso de la misma marca y caminó lo suficiente para estar cara a cara con la fémina.
—Byakuya, no seas idiota. Si estás aquí es por mandato de Naraku. ¿Qué quieres?— La le sostuvo la mirada y no disimuló la molestia que le provocaba ver al sujeto frente a ella.
—Ya, ya —pidió con ambas manos alzadas—. No seas gruñona. Me caes bien aunque tú no lo creas, pero trabajo es trabajo y vengo a dejarte un recado de parte de Naraku: sólo quiere recordarte que eres inepta cuando de inversiones se trata. Que debes hacer memoria de las muchas veces que casi haces de la empresa una tragedia sólo por seguir tus caprichos estúpidos. Dijo también que a ver por cuanto tiempo te dura la ilusión con Sesshomaru. Bien sabes que difícilmente le vas a complacer más que cualquier puta que haya pasado por su cama antes que tú.
El color de los ojos de Kagura era casi el mismo tono que ahora tenía en el rostro. Estaba furiosa. Iba a cometer un asesinato y quizá ella iría a la cárcel. Todo para que al final Naraku la mandara a matar dentro de la prisión y se diera una gozada en exponerla en algún periódico y quedarse con su dinero de paso. Sí, ya se imaginaba el plan del maldito que si no era hijo de perra era porque compartían los progenitores. Y lo peor, era que iba a caer en su sucio juego.
—No te enfades conmigo —pidió el muchacho—. Ya te dije que yo sólo paso el mensaje—. Byakuya movía las manos en forma negativa e inclinaba la cabeza en forma de disculpa, pero la sonrisa en su rostro no se desvanecía. Daba pasos hacia atrás, con la intención de salir a la siguiente habitación, pero se detuvo bruscamente cuando sintió que había golpeado con algo, o más bien con alguien.
—Tú eres el que nos ha estado siguiendo. Hasta ahora te atreves a dar la cara —. Byakuya dio un salto al escuchar la voz detrás de él, de un brinco ya estaba a suficiente distancia como para sentirse seguro. Fingió mantenerse tranquilo aunque en su mente juraba y perjuraba haber visto a Sesshomaru salir del acuario. Observó alrededor y se vio aparentemente atrapado: la sala de las mantarrayas estaba ligeramente congestionada, además de que Kagura al fin había entrado a su encuentro. Lo único que le quedaba era intentar hacer una retirada con bandera blanca en mano.
—Chicos, vamos. Yo sólo soy el mensajero.
— Creí que te habías ido—. Kagura ignoró a Byakuya y cruzada de brazos observó al ambarino frente a ella. Luego dirigió la mirada al hombre de labios carmín y sonrió socarronamente—. Dile a Naraku que se puede ir al carajo. Yo puedo hacer lo que me plazca y a él no le debe interesar en lo más mínimo. Si quiero me voy a las Vegas a apostar toda mi fortuna o lanzo todo en billetes desde un avión.
Byakuya rió. Ya hubiera él querido ver la cara de su jefe si Kagura hiciera algo así.
—Dile a Naraku que tenga cuidado con lo que hace. Le convendría más el hacer negocios que seguir con sus intentos idiotas de hacer que fracase el proyecto de Sesshomaru Taisho—. No era la primera vez que Kagura escuchaba al albino hablar en tercera persona. Kagura frunció el ceño, molesta. Hubiera preferido escuchar un: "intentos de matar a Kagura". Pero a fin de cuentas le bastaba esa defensa a su persona. Viniendo de Sesshomaru ya era bastante bueno.
— Ok, ok. Les diré lo que me han dicho. Pero les advierto que sí muero por dar esos mensajes, espero que la responsabilidad la lleven cargado siempre en sus hombros—. Acompañó su tono burlón con una sonrisa —. ¡Hasta luego!— Lanzó la flor de papel hacia Kagura, quien la dejó caer al suelo sin dejar de mirar al asistente—. Qué grosera—. Y al finalmente, se retiró.
La mujer regresó a la sala en donde fue abordada por Byakuya. Iba mascullando maldiciones y dando golpes al piso con su tacón de vez en cuando. Ni siquiera notó cuando Sesshomaru la pasó, cuando ella se colocó en lo que consideraba el mejor punto para observar él, ya estaba enfrente del cristal.
—Me gustaría más que estuvieran en libertad. Dudo que sean felices aquí—. Kagura suspiró. La idea de estar encerrada en un espacio tan pequeño ante la mirada de cientos y cientos de desconocidos le retorcía el estómago. Probablemente esa era la verdadera razón de su recelo al sitio y no el miedo a que fuera distracción negativa para su negocio.
—Aún te queda dinero para gastar—. Ella lo miró con ligera sorpresa, no esperaba una respuesta. Había pensado en voz alta.
— Supongo que tienes razón—. Dejó a sus ojos vagar por el fondo marino y regularmente observaba a su socio. Ella acarició su cabellera negra y suelta, sintiéndose tentada a tocar el inusual cabello plateado. Resistió el impulso. No quería parecerse a su loca estilista, quién de seguro ya estaría tratando de conseguir un mechón de aquella melena. Rebuscó en su nueva bolsa y al encontrar la liga verde con tocado de plumas que quería, se hizo una coleta en el cabello. Sonrió sintiéndose una adolescente boba, pero se permitió ese capricho pues, ¿quién no iba a suspirar por un tipo como ese?
Habían perdido la tarde en el acuario y, aunque no había estado en sus planes, resultó ser agradable. Regresaron a su reciente adquisición para recoger el abrigo de Kagura. Iban a ir a ver los brotes que le habían sido heredados a Sesshomaru. Al día siguiente se preocuparían por la remodelación de su local.
—Quiero advertirte que tú no tendrás mucha voz y voto en la remodelación. Si quieres busca algún diseñador de tu confianza, pero seré yo la que hable con él. No quiero que este lugar parezca una morgue—. La fémina sentenció con seguridad sin siquiera mirar a su interlocutor.
—Tendré tanta voz como tú. Te recuerdo que esta es una sociedad. Aunque sinceramente puedes hacer lo que quieras con la decoración, ya que me parece irrelevante.
Kagura bufó, pero prefiero dejar pasar el comentario ácido de Sesshomaru. Después de todo, ya le estaba hallando el modo, tanto ella a él y viceversa. Ella tomó su abrigo y lo acomodó en su brazo, arrepintiéndose de inmediato al sentir un aire central que le erizó el vello del cuerpo.
—Si vas a cargar un abrigo, lo normal es que lo uses. No quieras usar después la excusa de que estás enferma y no podrás trabajar —señaló Sesshomaru—. Ya no debe tardar el taxi, apúrate—. Al menos la dejó sola para poder colocarse el abrigo y poder quedarse con un poco de su orgullo.
El recorrido transcurrió ésta vez sin iniciativas atrevidas. Kagura se conformaba con mirar la nieve caer iluminada por la luz anaranjada de la tarde, mientras Sesshomaru centraba su atención a su libro. El rugido de un estómago les recordó que la hora de comida se les había pasado, situación que la dueña del ruido resolvió con una rápida llamada al restaurante de ramen de Myoga. Sin embargo, al momento de que el anciano preguntara por la dirección a la que debía llevar la comida, se quedó sin saber qué decir.
—Sesshomaru, ¿cuál es la dirección del vivero al que iremos?
—Dile que es en mi casa—. Por algún milagro, Kagura no dejó caer de tajo al sucio suelo del taxi su nuevo y flamante celular. A ella le había dicho que irían a un vivero, no a una casa. No le molestara el ir ahí, pero sí le molestaba que no se lo hubiera dicho de forma directa. Joder, que pudo ser más romántico, si es que ese propósito tenía.
Su acompañante intuyó a donde viajaba la mente de la mujer. Tomó el celular que casi flotaba al aire y le contestó al que fue llamado amigo y socio de su padre.
—Manda la comida a mi casa—. No esperó contestación alguna. Colgó y entregó el teléfono a su dueña.
— El vivero está en mi casa. Quita ya esa cara —espetó.
—Creí que los Taisho tenían varios viveros repartidos en la ciudad —comentó Kagura.
El taxi se detuvo, anunciando la llegada a su destino. Un conocido asistente los recibió en la entrada, con ojos de ensoñación a su jefe y con el ceño fruncido a la socia. Poco faltó para que le sacara la lengua o le hiciera algún ademán para faltarle al respeto.
—Jaken—. La voz helada y dura parecía mandar al enano como si fuera un robot.
—¿Sí, jefe bonito?
— Lleva a Kagura al vivero.
— Pe-pero jefesito—. El intento de reproche no pasó de eso: un intento que fue cortado de tajo por una mirada ámbar penetrante y amenazadora, que provocó que Jaken se inclinara pidiendo disculpas. Cuando levantó la cabeza se encontraba solo con la mujer que consideraba indigna para estar asociada con su jefe.
—Enano—. Kagura estaba tan contenta como Jaken de ir con él. Tras caminar a lo que ella creyó era el jardín trasero llegaron a un pequeño vivero de unos 10x10 metros. Tenía apenas unas flores y en una esquina contó diez retoños que no tenían muy buena finta—. ¿Por qué esta tan vacío este lugar? ¿Por qué no fuimos a algún otro vivero?
Jaken frunció aún más el ceño. Cruzó los brazos sobre su pecho y dejó salir un pesado suspiro.
—¡Mujer tonta! Este es el único vivero que tiene el jefe Sesshomaru—. Comenzó a explicar Jaken—. Su padre le dejó todo al estúpido de Inuyasha. Mandaron a unos tipos a llevarse las plantas que eran "parte de la empresa" por orden del testamento. El jefe sólo heredó esos brotes raquíticos de la esquina. ¡Oh, mi jefesito! ¿Qué será de él? ¿Cuánto tiempo le quedara de buena vida?—. El asistente estrella se ahogaría con facilidad en una tapa con agua, ni qué decir de un vaso. Su drama era acompañado por sollozos exagerados y un moqueo constante que asqueaban a Kagura y la mantenían considerablemente lejos de él.
—Creo que no deberías decir eso, enano. A tu jefe no parece agradarle tu actitud—. Kagura se esforzaba por no dejar salir una carcajada cuando vio a Sesshomaru entrar y esperar pacientemente a que su asistente terminara su monólogo.
Jaken en cambio, giró lentamente la cabeza y como de costumbre pidió disculpas postrado en el piso, aunque esta vez terminó volando fuera del vivero por el pie de su jefe.
—Ese Jaken es toda una aventura, ¿no?— Kagura se recargó en alguna mesita que encontró y miro al albino, quién sólo le dirigió una mirada rápida—. Y tú también lo eres…
— Supongo que ya te diste cuenta de la situación. Esto es todo lo que hay por ahora. Hay que comprar nuevas semillas y brotes jóvenes. Tenemos que empezar de cero, pero conozco el negocio a la perfección. No nos tomará demasiado tiempo, pero hay que esperar a que las plantas se tomen su tiempo para criarlas en su totalidad nosotros.
—De acuerdo—. Sesshomaru alzó la ceja, probablemente esperando algo más por respuesta—. No eres el único que puede hablar poco—. La mujer rió y caminó hasta los brotes abandonados, doblando las rodillas frente a ellos—. No están tan mal. Necesitan un poco de atención, eso es todo. Si no quieres hacerlo tú puedo hacerlo yo pero necesito que me digas cómo.
Sesshomaru caminó hacia la esquina en donde había dejado su herencia. Permaneció de pie, mirando desde ahí los brotes, en silencio.
Kagura se puso de pie frente suyo. Le sonrió coqueta, acariciando su pecho por encima de la camisa—. Podemos aprovechar el tiempo a solas—. Estuvo por plantarle un beso, pero él se le adelantó y comenzó a morder ligeramente su níveo y delgado cuello, arrancándole un suspiro de sorpresa y un gemido fue retenido en su garganta.
Esta vez no habría niños molestos que interrumpieran o a los que se les pudiera destruir la infancia. Sesshomaru se permitió desabotonar la blusa de Kagura tortuosamente lento, pasando sus dedos por cada pedazo de piel que desvestía, sintiendo los temblores que provocaban sus roces. Kagura jalaba del cabello plateado, exigiendo que los besos pasaran a su boca. Después de un tiempo casi eterno para su percepción pudo sentir la lengua del ambarino jugar con la suya. Ella deshizo el nudo perfecto de la corbata rojiblanca y con manos temblorosas imitó los movimientos de él para dejar descubierto su pecho. Dejó a sus manos deleitarse por la musculatura del abdomen y pectorales, continuó el recorrido de sus manos deteniéndose al tocar el cinturón, pasando por encima de él, acariciando el miembro erecto que luchaba contra la tela del pantalón, apretujaba y acariciaba. Por poco apretaba de más al sentir una mano colarse por su falda, tocando su trasero, amasando uno de sus glúteos.
La temperatura del vivero era alta. Estaba acondicionado para tener un clima agradable y húmedo para las plantas, no para que personas hicieran uso de él
para sus necesidades más rudimentarias. Sesshomaru notó que el bochorno de su acompañante se debía a más que sólo la pasión del momento, lo mejor sería salir de un lugar al que ella no estaba adecuada antes de que se desmayara. En un movimiento rápido la puso de espalda a él, dejándola frotarse y caminando al mismo tiempo que masajeaba sus pechos, metiendo las manos debajo del sostén.
Kagura caminaba sin poner resistencia. Entró en la casa al ritmo que él le marcaba y se dejó caer sobre el sofá que sintió topar con sus piernas. Giró para poder observar Sesshomaru cerrar la puerta y poner llave. Acabando los procedimientos que les aseguraban no ser interrumpidos. Volvieron a los besos, profundos besos que con facilidad pusieron el calor en el punto en el que se había quedado y lo aumentaron como el viento a una chispa sobre paja seca. La falda de Kagura terminó en el piso con el cierre y botón intactos. Fue sacada con un tirón de fuerza y lanzada al aire sin importancia de su destino. Entonces fue cuando la timidez de Kagura afloró. La mirada ámbar de Sesshomaru estaba fija en ella, siendo observada con detenimiento. No notaba algún gesto que indicara agrado en el rostro masculino. ¿Naraku habría tenido razón?
Pero ella se había olvidado de ver la entrepierna del albino, la cual indicaba que le agradaba lo que veía: un conjunto clásico de color rosa, un sostén de media copa que aún permanecía en su lugar por causa de algún milagro a pesar de lucir algo desaliñado y unas pantaletas a la cadera con un corte a medio glúteo, ambas con moños y encajes color vino. ¿Quién iba a decir que ella era del tipo que usara algo así? Para él mejor, su definición de sensualidad estaba ligada precisamente a lo que veía frente a él. Se sentó al lado de Kagura, quien superando su timidez se deshizo del cinturón que frenaba su paso. Abrió la bragueta del pantalón y con un poco de ayuda bajó lentamente hasta el piso la estorbosa prenda. En ese momento el celular del ambarino vibró y sonó de manera ruidosa arrancando a ambos participantes un gesto de malhumor. Debido a su cercanía con la prenda que contenía el celular, Kagura pasó a Sesshomaru el ruidoso objeto para enseguida acariciar el miembro por encima del bóxer blanco de licra que había figurado entre sus posibilidades de ropa interior para el ambarino. Ya sacada de dudas podía dejar al hombre al desnudo. Se arrodilló en la alfombra aterciopelada y sacó la prenda restante. Un prominente miembro estaba ahora en sus manos y pronto estaría en su boca.
— Parece que a tu hermano le gusta molestarte—. Kagura se frenó a escasos centímetros de su nuevo descubrimiento con una mezcla de confusión y molestia que eran fácilmente reflejados en su rostro—. Consiguió mi número y me envió esto:— Giró la pantalla de su celular dejando que ella viera.
"A mi hermanita le gusta acosar a las personas que trabajan con ella. Espero y no le sea demasiado molesto, señor Sesshomaru. Le advierto que colecciona estampas como la que anexo a este mensaje. Un cordial saludo. Naraku"
Y ahí estaba una fotografía de la estampa con el grabado japonés de una posición sexual que se había quedado pegada a su mano, cuando dio su renuncia. La mujer y el hombre de lado, ella con una pierna al aire sostenida por su compañero y una profunda penetración—. ¡Lo voy a matar! Él es el que colecciona esas cosas, no yo. ¡Carajo, Naraku!— La furia fue irrumpida por una mano fuerte en el mentón de Kagura, forzando a sus ojos rojos a observar a los dorados.
—Yo me sé mejores—. Y con la misma mano dirigió el rostro femenino hacia su entrepierna, que gritaba por la atención de los labios carmín de Kagura.
Ella sonrió burlona. Retiró con suavidad la mano que la había guiado y comenzó a lamer el líquido preseminal que caía de la punta del miembro frente a ella. Al terminar de saborear pasó a dar ligeros chupetones aún sobre la punta. Sentía las contracciones a través de las piernas del ambarino. Quiso observarlo, ver sus gestos, pero él mantenía atrapada su cabeza con cierta fuerza, sin permitirle mirar hacia arriba. Decidió concentrarse en lo que hacía. Daba lametones que recorrían el miembro desde su base. Terminado el jugueteo, introdujo al fin en su boca tanto como pudo tragar, aguantando las arcadas provocadas por el largo. Se dio tiempo para acostumbrarse con movimientos de entrada y salida lentos, para después acelerar el ritmo sin importarle el babeo involuntario que provocaba tener la boca tan abierta y por tanto tiempo. Podía presentir la venida dentro de su boca, estaba preparada para degustarla, pero fue bruscamente detenida.
Su ahora amante la puso de pie junto con él y la arrojó de boca contra el sofá. Desató con rapidez el sostén sin retirarlo para masajear con libertad los pechos níveos de la mujer. Cuando sació su tacto y los gemidos le indicaban que la fémina no aguantaba las ganas, fue ahora él quien se arrodilló en el sofá. Haciendo a un lado con su dedo la tela que resguardaba la privacidad de Kagura, lamió la preparación que el cuerpo de ella había hecho para poder ser penetrada. Introdujo su lengua haciendo remolinos en el interior punzante, acompañando el vaivén del músculo oral con la maestría de sus dedos en el delicado punto de placer máximo de la mujer de ojos carmín (de cualquier mujer de hecho) que provocaba retorcijones y alaridos en su dueña. Así de fácil le dio el primer orgasmo de la noche, poco le importó si los vecinos escuchaban algún grito irreprimible. Ya era hora del siguiente paso. Kagura aún no se recuperaba de la ola de placer que la había golpeado cuando sintió la punta del pene de Sesshomaru restregarse contra la entrada de su vagina, impregnándose de su humedad y poniéndola nerviosa. Aunque el verdadero objetivo a penetrar estaba justo encima, entre las nalgas de Kagura, que al notar la dirección que estaba tomando el asunto comenzó a forcejear para evitar la invasión. La incomodidad de Kagura crecía a cada segundo, sin embargo su deseo también. Pero ante la clara negativa de la mujer, Sesshomaru se decidió a dejar pasar primero por el lugar a uno de sus dedos, por lo que hizo que ella lamiera su dedo índice, excitándola más de paso. Ya con la suficiente humedad, sacó su dedo de la boca de Kagura y lentamente lo introdujo en su objetivo, haciendo movimientos circulares pequeños que arrancaron gemidos de la boca de Kagura. Luego repitió el proceso con dos y tres dedos respectivamente.
Pero Kagura se negaba a ella misma el estar disfrutando e incluso desear que pasaran las cosas tal cual lo planeaba el albino, quien ya había colocado sus dedos en la entrada ya dilatada por sus dedos —¡No! Quítalo de ahí, deja de mirarme. En mi vagina, ahí es donde debes meterlo, ¡no ahí!—. Pero a pesar de sus negativas su cuerpo se estremecía al augurar la inminente penetración. La boca decía una cosa, pero el cuerpo pedía otra, tanto que inclinaba la cadera para facilitarle el trabajo. Al final cedió. Se quedó quieta susurrando una afirmación y moviendo ligeramente la cabeza. Cuando al fin fue penetrada, un shock doloroso inundó todo su cuerpo, dolor que la obligó a apretar con fuerza un cojín que estaba debajo de ella. La sensación de dolor se desvaneció dando entrada al deseo de más fricción en su interior. El ritmo y fuerza de las embestidas aumentaron poco a poco. Gemía excitada y complacida. Era golpeada una vez tras otra por orgasmos que sentía como tortura de tan placentero que era, incluso podía escuchar la respiración golpeada de su socio, quién tomaba con fiereza su cadera y la agitaba con rapidez contra él. Al fin ambos llegaron al orgasmo marcado por un gruñido y un gemido mudo tras el que Kagura se dejó caer sobre el sillón. Por ahora necesitaba limpiarse. Después del beso que marcaba el fin del contacto y pedir las indicaciones para ir al sanitario, intentó ponerse de pie, pero el tambaleo de sus piernas la hizo caer sobre la alfombra. Había sido tanto el esfuerzo de sus músculos que ahora le fallaban dejándola avergonzada ante el hombre que la había dejado así. Se volteó con el rostro sonrojado y molesto, lista para defender su dignidad de cualquier burla. Pero su semblante cambió a uno de sorpresa al notar la ligera sonrisa formada en los labios de Sesshomaru. Era tan engreído. Lucía con los aires de supremacía hasta el infinito, sin dejar de ver por encima. El maldito era jodidamente creído e irresistible así, al menos ya sabía cómo hacerlo sonreír.
Kagura subió las escaleras y atravesó el pasillo hasta el fondo. Habiendo seguido las instrucciones al pie de la letra, quedó sorprendida al abrir la puerta y encontrarse con una habitación elegantemente decorada con cuadros de algunos pintores reconocidos. Era la habitación de Sesshomaru. Estaba por dar la vuelta y abrir todas las puertas hasta dar con el baño, cuando la silueta semivestida del dueño del cuarto se interpuso en su camino.
—El baño está ahí —señaló—. Ya es muy tarde para que un taxi te lleve a tu casa. Si no quieres dormir aquí te puedes ir a la habitación de Jaken, está abajo.
La mujer se esforzó hasta poder articular una frase coherente y poderla sacar de su garganta
—Aquí estoy bien—. Entró sin dar rodeos. No fuera que la oferta fuera retirada. Su ropa había sido llevada hasta el cuarto. Optó por sólo ponerse la blusa y
acostarse así después de ir al baño—. Me siento un tanto agotada. Mañana me preocupo de Naraku y todas sus estupideces.
Ambos se sentaron a lados contrarios de la cama y se recostaron tratando de ignorar la ligera tensión que se había creado.
—Ya me ocupé de él. Fue lo suficientemente inteligente como para aceptar un acuerdo. Si después de eso da un paso en falso, va a desatar una guerra que va a perder. Hay mucha gente que lo odia—. Sesshomaru estiró la mano para alcanzar el apagador de la luz. Dejó a la oscuridad de la noche apoderarse de toda la casa. Pensaba quedarse despierto como de costumbre, pero los ojos comenzaron a pesarle y el calor de otro cuerpo involuntariamente acurrucado contra de él lo terminó haciendo dormir. Esa noche tuvo realmente la sensación de que sus proyectos iban a prosperar.
—¡Jefe..! ¡Jefesito bonito..! ¡Kagura! ¿Alguien? ¡Abran la puerta por favor! Hace mucho frío—. Después de horas y de haber dado con el camino de regreso, Jaken encontró la casa cerrada y todas las luces apagadas. El invierno se estaba dejando sentir con fuerza, la nieve cubría las calles y casas. Por lo visto, su cuarto con cama calientita no sería una opción por esa noche. Caminó hacia una casita de madera, en la que resaltaron dos pares de ojos en la oscuridad —. Ah, Uhn, ¿puedo dormir con ustedes? — Un rugido sirvió de afirmación suficiente para que Jaken se acomodara en el espacio sobrante en el piso de madera. Al menos no pasaría frío—. Esa maldita mujer y yo que tuve que arreglar todo para que su hermano la deje en paz. Mejor no hubiera hecho nada de lo que el jefe me pidió—. Tragó saliva—. Aunque creo que es mejor haberlo hecho—. Suspiró agotado y dejó a sus enormes ojos cerrares. Al menos tenía la tranquilidad de que su adorado jefe también dormía esa noche. Por lo visto, incluso la luz del estudio estaba apagada.
FIN.
Mil gracias a mi Beta Rhett Sosui, quien no sólo se encargó de arreglar la maraña que tenía por fic y además me dio cientos de recomendaciones útiles, sino que también me dejó desahogarme con ella y siempre estuvo dispuesta a escucharme.
Gracias también a Merlyn Morrigan por su bello review. Invito a todos los lectores a dejar reviews, no sólo en mis fics sino en la de todos los autores, no sólo agreguen a favoritos.
Pueden pasarse por el foro: Hazme el amor y votar por su historia favorita, o también participar en la actividad de terror que tienen.
Les recuerdo que este fic está terminado y no tendrá continuación.
