Saint Seiya y sus personajes son propiedad de Masami Kurumada, yo sólo los utilizo por diversión :)


Título: Volver a Amar
Resumen: Luego de las batallas Milo pensó que su relación con Camus podría volver a ser la misma de antes, pero no contaba con la aparición de Hyoga y el secreto que por mucho tiempo había guardado, poniendo el riesgo de su relación. Camus por su parte, debe enfrentar las consecuencias de sus actos del pasado. Porque nadie dijo que amar sería sencillo.
Clasificación: NC-17
Advertencias: Lemon — Mpreg — Incesto
Tipo: Romance — Angustia — Drama — Tragedia
Pareja Principal: Milo/Camus quizás más adelante Camus/Milo
Parejas secundarias: Camus/Shun, Milo/Hyoga, Saga/Kanon, Shaka/Mu, Dohko/Shion, Shura/Aioria, otros.
Personajes: Camus, Milo, caballeros dorados, otros.

Autor: Nikiitah
Traductor: -
Beta: Rubi
Razón: Reescribiendo mis fics :D
Dedicatoria: A todos los que les gusta esta pareja :3
Comentarios adicionales: Este fic lo había hecho hace tiempo con el nombre de ¿A quién Amo? pero luego de reeler todo el fic me di cuenta que el nombre no iba con la trama, además tuve que corregir varias cosas, en especial ahora con la llegada de SoG.


II.- Entre nubes de oscuridad

Camus caminaba a pasos agigantados, demasiados bruscos para el siempre elegante y correcto caballero de oro. No había otro modo de poder sacar la frustración que sentía en aquellos momentos, ni el dolor de saberse engañado, que golpear con sus pies cada escalón que conducirían hacia la casa de Acuario. Milo había hecho algo imperdonable, o eso era lo que quería creer.

No quería verlo, ni escuchar ninguna vaga explicación. Él había escuchado claramente cuando dijo que no dejaba de pensar en Hyoga.

¿Qué más podría significar?

Milo y su alumno tenían una aventura.

Quizás se estaba precipitando. Generalmente, era Milo quien se volvía impulsivo y luego sacaba las conclusiones, o dudaba de cada una de sus decisiones, y él siempre era quien arreglaba las cosas, el que sufría la peor parte.

—Debo estar demasiado enamorado —gimió entre susurros—. ¡Pero ni crea que se va a salir con la suya!

—Camus de Acuario... ¿hablando solo? —la inconfundible voz del santo de Piscis se escuchó cerca de él... demasiado.

—Afrodita... —el santo de piscis se encontraba en la entrada del templo, con sus brazos cruzados y una pequeña sonrisa en sus labios, resaltando más la belleza que poseía—. ¿Qué haces en mi templo?

El sueco lo miró unos segundos, evaluándolo, para luego romper en carcajadas suaves. Camus se movió un poco incómodo por la clara burla hacia su persona, sin embargo, se congeló cuando la mano del sueco se colocó sobre su cabeza. Alzó su mirada para interrogar al mayor, sintiendo un pequeño calor en sus mejillas cuando Afrodita le sonrió con calidez.

—No es bueno dejarse llevar por los sentimientos Camus —dijo, apartó su mano y señaló hacia arriba— Este es la entrada a Piscis.

Camus sintió como su cuerpo tembló, y el mareo se hacía cada vez más presente.

— ¿Camus? —pero el muchacho no respondió, agachó la mirada y lo único que pudo hacer fue llevar una mano a su rostro, dejando que las primeras lágrimas frías resbalaran por sus mejillas.

Afrodita lo miró, tan tranquilo como siempre, con un brillo melancólico. Había presenciado parte de la ruptura de Camus y Milo, las plantas se lo habían advertido. Se aventuró a tomar del brazo de acuario y lo jaló para llevarlo hacia su templo, evitando que los demás vieran el lado sensible de su vecino.

Dejó que Camus se sentara sobre el sillón largo y se dirigió hacia la cocina para traer un poco de agua.

Afrodita no pudo evitar sentir empatía, sabía lo que sentía ahora su amigo, esa sensación de celos y abatimiento al saber que la persona que amas pensaba en otro. Regresó luego de esbozar una pequeña sonrisa, y dejó el vaso de agua en la mesita de centro, esperando que Camus se tranquilizara y dejara salir lo que sentía. Aunque no le importaba estar en silencio.

—Lo viste —fueron las palabras de Camus. No era una pregunta sino una afirmación— No sé si pueda perdonarlo.

—No debes —dijo Afrodita, apoyó una mano sobre la espalda de Camus—. Pero sería mejor que lo escucharas.

— ¿Qué garantiza que me dirá la verdad?

—Camus, es Milo —Camus alzó la mirada hacia el sueco, que lo miraba con simpatía— ¿Acaso Milo te ha defraudado en el pasado?

—No... —Susurró—. Pero siempre hay una primera vez.

Afrodita suspiró, pero volvió a hablar.

—Milo es quizás alguien bruto, no se da cuenta de los sentimientos hacia él, pero sí tiene claro los suyos. Siempre estará pendiente de todos, excepto de él. Por eso no creo que lo haya hecho para lastimarte.

—Pensaba en Hyoga —confesó— Desde que vino mi alumno lo he notado extraño. Ambos parecían que ocultaban muchas cosas, hasta Milo no quería quedarse solo con Hyoga, y él... siempre quería obtener su atención.

—Quizás sea Hyoga quien lo acosa.

—Es un adolescente —reclamó Camus, apretando sus puños— No puede tener la culpa, en cambio, Milo ya es adulto.

—Debes escuchar su historia antes de sacar conclusiones —pronunció en tono persuasivo, tratando de relajar a su amigo—. Necesitas pensar las cosas con calma, si ahora tú y Milo se encuentran, lo más probable sea que ambos se alteren más y terminen enojándose —más de lo que están ahora quiso agregar el mayor, pero creyó prudente no mencionarlo.

Camus se quedó callado, y eso Afrodita lo aprovechó para continuar, teniendo cuidado de sus siguientes palabras.

—Tómate algunos días lejos de Milo, intentaré persuadirlo para que vaya a Géminis...

—Pero...

—Camus —interrumpió la réplica— Ahora no es tiempo, y si se ven, estoy seguro que descongelar a escorpio será difícil.

El silencio de Camus fue la victoria de Afrodita.

Saga sintió que lo habían golpeado en lo más profundo de su ser, cuando las primeras gotas cayeron sobre su pecho, mojando su ropa, y las jóvenes manos se aferraban con desesperación a su túnica. Y por primera vez en mucho tiempo, quiso ser capaz de saber las palabras exactas para animar al más joven.

Milo.

Era cuestión de tiempo que la vida perfecta que rodeaba a Acuario y Escorpio se desmoronara por la provocación de un tercero, sobre todo por los secretos que Milo guardaba en su interior. Aquellos que necesitaban ser dichos, sobre todo para Camus. Si bien, Saga no estaba feliz por la decisión de Milo, debía aceptar que el corazón del menor ya latía por alguien más.

Debía aceptar ahora las consecuencias de no orientarlo más, de desaparecer por trece años, dejando como única sombra al hombre bondadoso que Milo recordaba, y que no tenía problemas.

Lo había abandonado para dejar que sus voces dominaran su ser. Quizás hasta llevar a Milo a un pozo sin fondo.

¿Cómo podría arreglar las cosas ahora?

Reprimió una vez más la molestia por su descuido y siguió acariciando la cabeza de escorpio.

—Creo que... al final toda fue mi culpa —susurró entre sus ropas, Saga se congeló al escucharlo, esa voz tan sombría, no deseaba que volviera al comienzo— Debí confiar más en Camus...

— ¿Así como él confió en ti? —escupió las palabras con rencor, recordando Asgard— Escucha, no justificaré tus decisiones, pero tampoco permitiré que te hundas en una miseria por Acuario.

—Pero... —se alejó del pecho de Saga para mirar hacia arriba, los ojos jades de Saga brillaban con rabia contenida, pero Milo no se inmutó— Sabes que debí decirle a Camus sobre Hyoga... es su alumno después de todo.

—Lo sé —Saga se obligó a tranquilizarse, intentando que su propia molestia no interfiriera en los sentimientos de Milo—. Pero ahora no puedes arrepentirte de tus decisiones. En primer lugar, no se lo dijiste por temer a la reacción de Camus. Ahora, lo único que puedes esperar es a que se calme y pedirle disculpas. Explícale a Acuario como pasaron las cosas.

— ¿Y si él decide alejarse?

—Entonces no es para ti.

Sabía que era duro, pero Milo ahora necesitaba de él, y aunque le molestara saber que a pesar de todo, ninguno de los dos estaría alejado del otro, debía velar por la felicidad de su alumno.

Afrodita observó el ir y venir de Camus, sus ojos violáceos impregnados de dolor y el reflejo de la soledad lo hacían sentir culpa. Él había aconsejado al francés que debería esperar a que se calmaran las cosas, pero no podía imaginar que el mismo Saga, con quién se encontró cuando descendía, le había aconsejado a Milo lo mismo.

Afrodita dejó caer la mano hacia su costado y apretó la rosa entre sus dedos. Ya no podía hacer nada más que observar. No podía interferir en una relación y hacer de mártir para que dejaran de lado sus diferencias, pero entonces... ¿por qué dolía tanto? La relación no era suya.

—Si sigues pensando tanto creeré que te gusta alguno. —Deathmask colocó una mano sobre el hombro del sueco, sonriendo levemente, pero cambió su expresión a una confusa cuando notó el cambio repentino en la mirada del otro—. ¿Qué te ocurre?

— ¿Irás a Asgard?

Deathmask sintió sus mejillas colorearse ante la pregunta, llevó una mano a su nuca y rió con nerviosismo.

—Sí. Athena por fin me dio permiso ¡Podré traer a los mocosos al santuario!

Aquello pareció ser suficiente para que Afrodita estirara las comisuras de los labios hacia arriba y tocara apenas la mano del italiano antes de quitarla. Cabeceó una vez para hacerle saber que estaba orgulloso por él y caminó dubitativo hacia el interior, entrelazando sus manos detrás de la espalda, giró para mirarlo por encima de su hombro a su amigo que no perdía ningún movimiento en los rasgos del otro.

—Entonces ve cangrejo tonto. —dijo, con voz suave y casi tierna. El hombre de cabellos cortos esbozó una sonrisa más animada y empezó a descender hacia los templos inferiores—. Sé que lograrás cuidar a los hermanos de tu querida Helena...

Afrodita meneó la cabeza, tratando de ignorar el tumulto de sentimientos que empezaban a aglomerarse en su interior.

El silencio que siguió, fue roto por el repentino estallido de cosmo helado una casa abajo.

Camus por fin había logrado esparcir toda su frustración, congelando su templo en el proceso.

Apenas había terminado su entrenamiento, sudado y con ganas de darse una ducha helada, cuando vio a Hyoga rondar a Milo como si nada. Todo había pasado sin mayor relevancia sino fuera el "sutil" toqueteo hacia el escorpión y éste sólo giró para verlo con molestia y luego irse, sin decir nada, ni reclamarle.

Oh, eso lo enfureció.

Camus meneó la cabeza, sintiendo repentinas náuseas de sólo imaginar a su alumno y su novio haber tenido algo más durante su muerte.

En aquella época, Camus había caído, junto a un grupo de caballeros dorados que luchaban por "Athena", si bien el francés tenía sus sospechas sobre el patriarca, le parecía lo mejor para redimirse, sacrificar su vida para que su alumno llegara al séptimo sentido. ¿Fue egoísta? Sí. Había tantas promesas que Milo y él habían hecho que quedaron olvidadas por su decisión. Creyó que estaba haciendo lo correcto, que era una forma de hacer que la siguiente generación peleara sobre la futura guerra Santa que se libraría en poco tiempo. O quizás él sólo quería huir de la realidad y deseaba evitarse el dolor de saber que Milo sería uno de los caídos y él, sobreviviría.

Ninguno de los tres había imaginado que algún día volverían a la vida, por lo menos, no en esta época. Era normal que Milo saliera con otras personas, pero ¿Hyoga? ¿Por qué él? Quiso creer que era por la convivencia, ambos los unía el mismo Camus. Ese sería un buen motivo. Entonces... ¿Por qué no le dijo?

Es cierto, quizás Camus se hubiera enojado, después de todo era su alumno, pero no por eso llegaría a odiar a Milo, ni a Hyoga.

Además, lo único que su mente sólo podía pensar era en una sola cosa: Infidelidad.

Camus no podía parar de regañarse por la falta de confianza, no tenía derecho a exigir más de lo que él pudo dar. A su mente, Asgard y Hades, rondaban entre sus recuerdos. Él no había podido compartir con Milo desde el comienzo sus decisiones, sin embargo, y a pesar de los golpes, el escorpión había logrado entenderlo.

Detuvo sus pasos luego de pensarlo mucho, dándose cuenta que había caminado de forma inconsciente hacia las doce casas, específicamente, su casa.

Al instante, dio gracias que esta vez se había detenido en su refugio que en Piscis o Capricornio. No deseaba el interrogatorio de Afrodita, ni las palabras fugaces de Shura, que estaba seguro, intervendría en el momento adecuado.

Se dejó caer sobre el sillón de la pequeña sala y observó la fotografía que había en la mesita de centro.

Milo y él habían tenido una relación de años, y saber que Hyoga pudo romperlo con su sola presencia, lo irritaba.

Estaba desesperado, se sentía traicionado por la desconfianza.

Camus sabía que si no se controlaba, podía hacer o decir cosas que luego lamentaría. Pero Milo nunca fue a buscarlo. Sonaría muy egocéntrico de su parte, pero había esperado la visita del escorpión desde hace semanas.

La espera mataba.

—Camus... —Milo lo agarró de sus hombros, y trataba de hacerlo reaccionar, con su rostro mostrando preocupación.

Hipocresía...

—Estoy bien —quitó con furia contenida las manos de Milo y le dedicó una gélida mirada.

Milo lucía como siempre, tan hermoso, tan radiante, quizás a excepción de sus ojos opacos e hinchados, quizás por tanto llorar.

Ridículo... pensó. No podía sentir lástima. No ahora.

—Sé que no soy la mejor persona con la que quisieras hablar, pero... realmente necesitamos aclarar las cosas.

— ¿Qué quieres aclararme? —preguntó entonces, esta vez mirando a sus ojos con rencor— ¿Qué todo este tiempo pensabas en Hyoga? ¿Acaso es muy buen amante?

—Hyoga no es mi amante...

— ¿No es tu amante? pero sí piensas mucho en él ¿no? —respondió con sarcasmo. La temperatura empezó a descender, congelando las paredes y parte de los muebles.

El crujido del hielo fue una advertencia que Milo estaba dispuesto a superar si eso calmaba la creciente ira de Camus.

Camus meneó la cabeza, y terminó congelando parte de su armadura y cabello.

—Déjame explicarte todo, por favor...

—No —sentenció— Tuviste todo el año que estuvimos vivos para "explicarme".

—Camus...

—Vete —dijo— ¡Lárgate de mí templo Milo!

Al instante que vio la figura de Milo desaparecer, Camus sintió como algo dentro de él se agitaba.

El enemigo de Acuario son los sentimientos.

Escuchó las palabras de su maestro en su consciencia, pero Milo necesitaba una lección.

Necesitaba sentir el dolor que él sintió por pensar en otro.

¡Oh!, Camus, la venganza no es buena.

Hyoga necesitaba pensar en los siguientes pasos de su plan, si bien, había sacado a Camus del camino, estaba seguro que Milo no lo aceptaría, por lo menos no en un tiempo. Caminó a pasos lentos por uno de los tantos caminos de rocas y hierbas que dirigían al Coliseo, creyendo que Shun estaría entrenando o cumpliendo alguna orden de Shaka.

Su ánimo incrementó al pensar en muchas posibilidades y técnicas que podría usar para impresionar a Milo. Porque él sabía que sería elegido, sería quien ocupara el corazón del guardián de la octava casa. ¿Cuántas veces había soñado con ese día? ¿Cuántas veces había fantaseado con ocupar nuevamente un lugar entre los brazos de Milo? Estaba consciente que ambos habían tenido una sola noche. Una en la que Milo dijo que se arrepentía, pero entonces... ¿por qué había peleado con su maestro?

Los rumores eran demasiados. Algunos decían que era por la infidelidad de Acuario, por un tal Surt que no sabía que existía. Otros que era el santo de Escorpio quien fue infiel.

Pero todos llegaban a eso. Una infidelidad.

Milo no era esa clase de hombre que sería infiel, y le había sorprendido que su maestro lo creyera. Quizás el dolor nublaba su juicio.

—De todos modos... Milo y Camus terminaron definitivamente —dijo con renovadas fuerzas. Por primera vez, Hyoga mostró lo que era, un muchacho de quince años. Un adolescente que haría de todo para estar con la persona que decía amar, aunque quizás sólo era un capricho.

Meneó la cabeza y bajó las cortas escaleras que lo llevaban a las gradas. Sin saber que, detrás del muchacho, alguien más los había escuchado. Dohko lucía su ceño fruncido, algo extraño en el usualmente alegre y jovial caballero de libra. El hombre de más de doscientos años lucía tenso. El humor pacífico que había tenido hace unos minutos fue reemplazado en un parpadeo. A su lado, Shion lucía incómodo. Había estado pendiente de lo que pasaba en el santuario, y aunque le gustaría ayudar a los caballeros dorados, a quienes consideraba sus hijos, no podía intervenir en sus relaciones.

—Tal vez, sea mejor intervenir…

—Dohko, tú dijiste…

—Sé lo que dije, pero es muy diferente ahora.

— ¿Tanto te importaba él? Nunca fueron amigos.

—Fue alguien importante. —Shion quedó en silencio, mirando como Dohko bajaba la mirada. No podía saber exactamente qué estaba pasando por la mente de Dohko, por la forma de actuar, su extraña actitud. Presentía que lo que sea que ocultaba, no le iba a gustar.

—Dohko…

—Como para ti lo fue en su momento ese par —se dio media vuelta sin esperar alguna respuesta de parte de Shion. El patriarca apretó los puños empezando a caminar, directamente hacia Dohko. No deseaba volver a discutir con él.

Era cierto que para Shion, Manigoldo y Albafica, eran personas muy importantes. Siendo los primeros dorados con los que estableció una relación amical. Sin embargo, la relación con Dohko era especial, demasiado.

El patriarca del santuario, observó desde la tierra, como su viejo amigo estaba sentado en una de las ramas gruesas del gran árbol. Observando silencioso hacia los entrenamientos.

Dohko no podía ocultar su creciente malhumor. Aquella molestia de ver a la persona que prometió proteger caer en su propio abismo cada día. Estaba determinado, él ayudaría. Ayudaría a Milo y Camus a que volvieran a ser felices, pero para eso, necesitaba a Shion lejos. Él no lo comprendería

— No dejaré que nada pase... —susurró cerrando los ojos. Dejando que el peso de su cuerpo recayera en el tronco del árbol.

Shion que lo miraba desde el suelo cerró sus ojos ocultando el dolor que sentía al saber que para el chino, ahora, lo más importante era el griego. Dio media vuelta y caminó hacia su recinto. Descubriría lo que ocultaba con tanto recelo Dohko.

No había creído que encontrar a su amigo sería difícil. Shun era una persona que siempre encontrabas. No importaba el lugar, la fecha o la hora. Shun siempre estaba a su lado. Regalándole una sonrisa sincera, apoyándolo incondicional, animándole. Era por eso, que su extraña ausencia le angustiaba. ¿Estaría ocupado? ¿Estaría molesto por no haberse resignado a Milo? Eso sería ilógico. Shun era consciente de sus sentimientos, sabía que amaba a Milo y por él haría cualquier cosa: incluso hacer que peleara con Camus. Supuso que ahora, al ser entrenado por los santos de oro, sus deberes se habían multiplicado, pero aun así, no estaba seguro.

A lo lejos, pudo ver a Ikki, discutiendo como siempre. Estaba empezando a sentir pena ajena hacia la pobre alma que tenía la desafortunada suerte de cruzarse en su camino, hasta que reconoció la figura imponente de Radamanthys. Tan alto, tan gallardo... tan cejudo. Sólo Ikki era capaz de mandar al diablo a uno de los tres jueces del inframundo, sobre todo al más bestia.

Ir y preguntar no era opción. No cuando podía sentir el peligro en el aire. Sin embargo, había logrado escuchar/entender, algo entre la acalorada discusión.

— ¡Es mi hermano! —vociferó Ikki.

—Déjalo vivir —habían sido las duras palabras del inglés. Ikki se cruzó de brazos, quizás harto de seguir discutiendo. Eso Radamanthys aprovechó para tocar su hombro y empujarlo— Él sabe en que se mete, no sirve de nada buscarlo.

Esa información era lo que necesitaba.

Al ver a ambos hombres irse, empezó su camino, esta vez hacia el bosque, donde supuso, Shun estaba. Sin embargo, la escena que vio ahí no era algo que hubiera esperado.

Entre los árboles del bosque, divisó dos figuras abrazadas debajo de un gran árbol. No era nada extraño ver a los aprendices ocultarse de sus maestros para poder tener un momento de "intimidad", pero las personas que estaban ahí, no eran unos simples aprendices.

¿Desde cuándo Shun y su maestro eran tan cercanos?

Era incómodo.

Ver a su hermano de armas estar tan cerca a alguien tan frío como Camus, era algo que no quería, ni deseaba volver a ver. Acaso... ¿eran celos?

No. Hyoga y Shun sólo eran amigos. Su mejor amigo.

Mejor amigo.

A su mente le llegó el recuerdo de Milo. Cuando estaba bajo su cuidado, cuando le contaba anécdotas sobre él y Camus. Las emociones que lo llenaban al recordarlo, al saber que era su primer amigo. Alguien estaría eternamente a su lado.

Hyoga decidió no ver más. Se dio media vuelta y empezó a correr. El crujido de las ramas que pisaba habían alertado a la pareja, pero eso no le importó. Sólo... quería alejarse.

Las reuniones doradas no eran nada especiales. Escuchar las mismas tareas del patriarca era cosa de todos los días. Sin embargo, para ninguno, contando a los cinco santos de bronce que estaban al lado de la silla de sus maestros, le era indiferente la creciente incomodidad que había entre los catorce hombres. Shion, quien estaba sentado en el trono del patriarca, se levantó con elegancia y algo de molestia por la indiferencia de cada uno. Su mirada amatista recorrió los rostros aburridos de cada guardián y decidió poner fin a la reunión.

Milo, que hasta ese momento estaba perdido en sus pensamientos, recibió un pequeño golpe por parte de Saga, quien le avisaba sobre la finalización de la reunión.

—Dale tiempo.

—Lo sé... —Milo inhaló en profundidad, rearmándose, ignorando el dolor de saberse ignorado por Camus— ¿Crees que todo mejorará?

Saga no respondió, no porque no quisiera, sino por la interrupción de Camus, que sostenía la mano del joven Andrómeda.

Shaka, el maestro del muchacho de cabellos verdes, abrió sus ojos, después de mucho tiempo, sólo para mirar desconcertado al muchacho.

—Quiero anunciar frente a ustedes... —llamó Camus, el aire empezó a ponerse tenso. Algunos miraban entre Camus y Milo, que se miraban con gran determinación. Retándose a decir lo que el otro iba a hacer—...mi compromiso con Andrómeda.

Y el mundo de Milo empezó a romperse, bajo la perplejidad de todos, el terror de otros, y el dolor de Hyoga.