La caja negra
Patrick llevaba más años lejos de Arthur de los que recordaba, pero le habían bastado un par de noches en su apartamento para aprenderse de memoria sus costumbres.
Siete de la mañana: hora de levantarse, siete y media era la hora del desayuno (scones rancios y té negro con leche, siempre lo mismo), a las ocho le estaba gritando para que se levantara; Patrick no se levantaba sino hasta la diez, cuando su hermano ya se encontraba en su inhumano empleo.
Eran las ocho de la mañana y por mas que Patrick esperó, Arthur por primera vez había roto sus costumbres. Se levanto sólo para comprobar que su hermano inglés no hubiera muerto envenenado con sus propios scones.
Un pequeña búsqueda demostró que Arthur no estaba en casa, por lo visto ni siquiera había pasado la noche ahí.
Patrick tomó una cerveza y un scone rancio del refrigerador y esperó, si su hermano "el correcto y aburrido" se había ausentado de casa, tendría que tener una excelente razón para ello.
-¡Quién se cree usted para hablarme de esa forma!- Arthur aún estaba sudando, un disparo así de cerca le hace revalorar su vida a cualquiera, sin embargo, Arthur tenía mucho orgullo para demostrar temor- ¡Le ruego caballero que baje su arma antes de que se meta en problemas!
Y se ganó la risa de los presentes, excepto del hombre de los ojos rojos, quien únicamente era capaz de prestar atención a la cajita bajo los pies de Arthur. No hubo una segunda adevertencia, los hombres se abalanzaron contra ellos y en el mar de confusión que implicaba esa escena para el inglés, pudo escuchar al hombre de los ojos gritar:
-¡No dejes que se lleven la caja, Inglaterrra no dejes que se la lleven!- palabras inesperada y mientras Arthur trataba de entender el porqué ese hombre le conocía, uno de sus atacantes le propinó un golpe en el estómago tan fuerte que sintió como todo el aire se le salía. Cayó al piso y desde ahí observó como tomaban la caja y subían a un auto con esta.
Arthur no había estado en una verdadera pelea desde hace décadas, si siquiera sus discusiones con Francis se habían tornado en verdaderos golpes; se estaba levantando, muy adolorido, aún otros hombres golpeaban al sujeto de los ojos rojos y Arthur se debatía en ayudarlo o no.
-¡Ya tenemos lo que buscamos, vamonos!
Y en un instante, el extraño suceso había terminado. El hombre de los ojos rojos parecía frustrado.
-¿Me puedes decir quien mierda eres y qué significa todo esto?- después del bueno golpe, lo mínimo que esperaba Arthur era una buena explicación.
-Se han llevado la caja, tú lo perrmitiste- el hombre de los ojos rojos estaba más herido que Arthur y aun así parecía tener la suficiente fuerza para levantarse y andar.
-¡Ese no es mi maldito asunto y cómo sabes mi nombre, quien eres!-las dudas de Arthur no eran de interés para el hombre de los ojos rojos, que a sus extrañezas, Arthur podía sumar su peculiar acento. El hombre se alejó de él, pero antes de que escapara ya le tenía contra la pared, sujetandole por el cuello de la camisa.
-La caja es peligrrosa, no hay tiempo para explicaciones- la serenidad del hombre de los ojos rojos contrastaba con el furioso carácter de Arthur.
-¡Pues sino hablas, te llevaré a la policía, te vi asesinar a alguien!
-No, tú no me viste.
-¡Estabas en la escena del crimen, es evidente que fuiste tú!
-¿Así erres para todo, Inglaterrra, te basas sólo en suposiciones?
Arthur tuvo que admitir que el hombre tenía razón, no lo había visto, ¿Acaso todo era un gran malentendido?
-No maté a ese hombrre, pero apuesto a que los caballerros que nos hemos encontrrado saben algo del asunto.
-¿Lo mataron por esa caja?
-Aprrendes rrápido.
Arthur lo soltó, no tenía confianza en ese hombre, pero si quería saber más de aquel embrollo en el cual accidentalmente se había metido, tenía que obtener todas las piezas del rompecabezas.
-Si es peligroso, te ayudaré a encontrarla.
-No me hace falta tu ayuda.
-Es eso o ir a prisión, tu elige- el hombre de los ojos rojos simplemente caminó lejos de Arthur, el cual tomó la acción como una respuesta afirmativa a su ofrecimiento- ¿Cómo te llamas?
-Constantine.
-¿Cómo supiste quién era yo?
-Porr las cejas- Constitantine sonrió ligeramente, a Arthur no le había causado ninguna gracia el comentario.
-La magia tiene forrma de rastrearrse. Para ser famoso porr tu magia, sabes muy poco de ella, Inglaterrra.
-No es algo a lo que me dedique actualmente.
A Arthur le hubiera gustado encontrar alguna maravillosa forma de demostrar que estaba teniendo una especie de sueño extraño y que pronto despertaría en su cama, alejado de los golpes, los disparos, la magia y extraños sujetos de ojos rojos.
El momento, por más surrealista que le pareciera, distaba mucho de ser un sueño. Ahora se dirigían en un taxi hacia el río Támesis. Arthur no era un hombre que gustara de las pláticas y mucho menos con desconocidos, pero tenía tantas preguntas rondado su cabeza que esperaba respuesta a toda costa.
-¿Alguna razón especial por la cual has estado buscando esa caja?
Constantine miraba por la ventana, el atardecer daba fin para dar paso a un cielo estrellado, la luz de la luna le daba un inhumano brillo a sus ojos rojos
-¿Esos colmillos son reales?
-Lo son- los deseos por conversas eran aun más pequeños en Constantine. El inglés respondió con un ligeramente sorprendido "oh" y se sumió en el silencio junto con su peculiar compañero- Me gusta coleccionarr objetos mágicos- fuera por amabilidad o no, el mismo Constantine reanudó la conversación tiempo después-planeaba hacerr una oferta porr la caja. El tipo ya estaba muerrto cuando llegué.
-¿Y pensaste robarla, no es así?- Arthur usaba su viejo tono para regañar.
Constantine se encogió de hombros.
-A un muerrto no le sirve de nada.
-Eres un ladrón o un asesino, ¡Vaya que me da gusto encontrar personas así en Londres!- Arthur ya se estaba formando una pésima idea de Constantine.
El viaje terminó por sugerencia de Constantine, sin importar que clase de método usaba para rastrear la caja, habían terminado en las cercanías de un solitario muelle.
-¿No podías elegir un lugar mejor?
-Es aquí donde está la caja- Constantine salió primero del taxi, dejando a Arthur pagar la cuenta mientras se tragaba un par de maldiciones contra este.
La escena parecía sacada de un libro de misterio hasta en el más ínfimo detalle; Arthur pensó en los extraordinarios casos de Conan Doyle, pero ni Constantine era Sherlock Holmes ni él el doctor Watson, sólo eran dos tipos que accidentalmente se habían conocido y uno de ellos no tenía idea de lo que pasaba en realidad.
-No hagas rruido, Inglaterrra...
-¡No estoy...!- Constantine le tapó la boca mientras le guiaba entre las bodegas, de una en especial salí una tenue luz.
-Serría maravilloso que vinieras arrmado, dado imagino que no es el caso, sólo te rruego que no te dejen fuera de combate como la última vez- Arthur se aguantó sus mejores insultos y aunque hubiese querido responderle como le parecía debido, Constantine y había entrado a la bodega que despedía la luz.
Esperaron ocultos tras un grupo de cajas, a través de ese lugar tenían una limitada visión de la espaciosa bodega, pero podían observar aquello que les interesaba: la pequeña caja negra que había dado como inicio la búsqueda yacía sobre una mesa en el centro del lugar, los mismos hombres que les habían atacado la resguardaban.
-¿Algún plan? -murmuró Arthur a su extraño compañero.
-Yo iré porr la caja, tú distrraelos- Constantine se escabulló por entre las cajas hasta que Arthur no logró verlo.
-Eso no es un maldito plan- si tan sólo hubiera sido como el viejo Arthur Kirkland, aquel al cual solían llamar capitán, terror de los siete mares, no se habría sentido tan confundido, simplemente se habría lanzado a la batalla mientras su corazón latía excitado por la emoción.
Lejos de esos días, Arthur se preparó para lo peor, un hombre que se consideraba viejo y cansado contra seis fortchones armados, ¿Y todo para qué? Para conseguir una pequeña caja la cual no comprendía su importancia.
Sin pensarlo mucho más, abandonó su escondite, de inmediatamente todo se tornó en una mala idea. Seis hombre contra él sólo, tal como lo imaginaba comenzaron a dispararle y los que no, comenzaron a perseguirle.
Arthur tuvo que recordar muy rápido como dar buenos golpes, aunque no le daría la ventaja, esos hombres no saldrían bien librados. Buscó con la mirada a Constantine, de la misma forma que le había visto aparecer y desaparecer, se había acercado a la caja; cuando la tuvo en las manos miró directamente a Arthur y desapareció.
Tendría que verlo imaginado, ¿Cómo había confiado en un sujeto tan sospechoso como Constantine?
-Bastardo...-las luces de la bodega se desvanecieron al mismo tiempo que recibía un golpe en la nuca, perdió la conciencia al instante.
Despertó con las luces del alba y el olor del Támesis, todo era tan brillante que a sus ojos le costó adaptarse.
-Te dije que no te desmayaras, Inglaterrra- el acento tan peculiar no podía engañarle, como impulsado por un resorte, se levantó y se lanzó contra Constantine, haciendole caer bajo su peso- ¡Bastardo, pensabas huir y dejarme ahí a que me mataran!
-Si...si fuerra así, ¿Me puedes decirr por qué estamos aquí?
¿Y donde era aquí? Arthur echó una mirada al lugar, seguían en los muelles, llenos de vida ya a esa hora. La gente que pasaba les miraba extrañamente, o esos dos estaban en medio de una pelea o de algo más.
Avergonzado por las miradas, Arthur se apartó, Constatine parecía mantener una indiferencia general, de tal forma que sólo se interesó en el estado de la caja.
-Gracias, supongo...¿Y cómo...?
-¿Salimos? Un pequeño trruco de magia- si Constantine no hubiera tenido colmillos, su sonrisa no le hubiera parecido tan escalofriante a Arthur.
Cansado de misterios, Arthur no quiso preguntar más, si bien aun se veía en el "deber civil" de hacer algo más, por ello le arrebató la caja a Constantine.
-Esto no te pertenece, aunque ese hombre esté muerto, la caja le corresponde a sus deudos- Arthur hizo caso omiso a las quejas y advertencia de Constantine, que tras esa noche de aventura ya le importaban muy poco; le dejó con la palabra en la boca y fue en búsqueda de un taxi.
Su cama y su descanso se veían tan cerca, pronto el hombre de los ojos rojos, Constantine, sería una simple mala experiencia del pasado. Con esa idea en mente, abordó su taxi, pero ni bien este se había puesto en marcha, Constantine ya estaba sentado a su lado.
-¡Esa forma de aparecerte me parece muy poco educada!
-No me irré sin mi caja.
-No me veo en obligación de dártela, puedes hacer lo que quieras, no me importa- le ignoraría, si, esto tenía que funcionar.
El taxi se llenó de un tenso silencio, cuando Arthur bajó, Constantine le siguió, nuevamente sin tomarse la consideración de pagar una parte del viaje.
Cómo le hubiera gustado a Arthur que Constantine no le siguiera hasta su apartamento.
-No te estoy invitando, si fuera tan amable de marcharte...
-Nu...
Las posibilidad de echarle lejos se vieron reducidas cuando Patrick abrió la puerta, el pelirrojos les miró con una mueca divertida, Arthur y su acompañante tenía un aspecto lamentable.
-¡Vaya que has estado siguiendo mi consejo, eh Arty!- a Arthur se le encendieron las mejillas a sabiendas de lo que insinuaba Patrick.
-¡Cállate Patrick!
Tal parecía que su anhelado descanso no llegaría pronto.
