Masquerade
Capítulo 2
La máscara
-Erwin, ¿Me estás tomando el pelo? No quiero saber nada de esa mierda- acabé soltándole a punto de cabrearme ante su insistencia.
-Levi, será un buen empujón para tu negocio. Lo altos comerciantes contactarán contigo cuando se enteren de que eres un hombre responsable con una familia de la que hacerse cargo.
-¡He dicho que no! Se acabó esta conversación.- terminé amenazándolo al levantarme de la silla en la que estaba acomodado. Quería que se marchara cuanto antes del despacho de mi oficina. Llevábamos más de media hora discutiendo nuevamente el tema de contraer matrimonio y estaba hasta los cojones de tener que aguantarlo. Jamás me había costado tanto deshacerme de alguien a quien no quería ver, Erwin era la excepción y de no ser por el gran afecto que le tenía lo habría echado a patadas hacía ya tiempo.
-Por cierto, aún no me has contado donde te metiste al final de la noche- preguntó con cierto retintín, a sabiendas de que me incomodaría. Empezó a caminar de un lado a otro de la oficina mirándome de reojo y aumentando mis nervios. Me sentí como una bomba con la mecha encendida que no tardaría en explotar y arrasar con todo a su alrededor.
Me había esforzado como nunca por evitar quedarme a solas con él desde la noche en la que regresamos del baile. Precisamente, con el único objetivo de evitar aquellas preguntas comprometidas de las que sabía que no podría escapar eternamente.
-Nada. No sé de qué mierda me hablas. Vete de una vez- le repetí.
-Eso no hay quien se lo crea, viejo amigo. A mi no me engañas- su pequeña risilla insistente estaba logrando sacarme de mis casillas como nunca antes. Sin embargo, traté de controlarme al tiempo que cogía una gran bocanada de aire. Tenía que solucionar aquello con tranquilidad y sin perder los estribos.
-Erwin, sea lo que sea, tengas razón o no, no es asunto tuyo.- contesté dirigiéndole una de mis miradas más amenazantes. Advirtiéndole que no siguiera indagando en aquello, ya que sería capaz de saltar sobre él para despedazarlo si no me dejaba en paz.
Asegurándome de que había puesto rumbo a la puerta del despacho, regresé mi atención al montón de documentos que minutos antes se encontraban a un lado de mi escritorio esperando a ser revisados.
-Está bien, como quieras. Pero me gustaría que tuvieras en cuenta mi propuesta.
-Y a mí que te largaras de mi vista- le corté. En cualquier otra situación me habría tragado que se había dado por vencido conmigo y que se marcharía de una vez por todas, pero algo me indicaba que no sería así. Cuando agarró la manilla de la puerta se giró una última vez, como si hubiera recordado algo importante que debía decir sin falta. –Ah, sí, esta noche asistiré a la cena, ¿tú qué harás? También has recibido una invitación, ¿verdad?
Suspiré una y otra vez, cansado y agotado de seguir aguantando sus diversas insistencias en diferentes temas que me importaban una mierda y que solo me quitaban tiempo de trabajo.
-No, no pienso ir a la cena de ese estúpido Kirschtein- respondí bruscamente.
-Lo suponía. Pero quizás te interese saber que también asistirán los Jaeger. Ya sabes, los anfitriones de la fiesta de la otra noche. Son muy agradables, aunque algo me dice que tú lo sabes mejor que yo- ahí estaban sus sospechas, el muy cabrón me había descubierto y ni siquiera comprendía cómo lo había hecho.
Aún así, la sola mención de los Jaeger me recordó lo obsesionado que estaba con su bella figura desde aquella noche. Ni siquiera en los momentos en los que más agotado estaba o aquellos en los que más necesitaba descansar el anhelo de volver a verla me perseguía.
-Maldito seas… no sé cómo mierdas lo haces- a aquellas alturas no merecía la pena ocultárselo, pues había averiguado algo realmente revelador que reducía sus opciones y tarde o temprano acabaría dando en el clavo aunque lo negara. De nuevo, me encontré con su amplia sonrisa cuando alcé un poco la cabeza para observarlo. Era tan astuto como siempre, capaz de juntar las piezas necesarias para sus divertidos juegos repletos de triquiñuelas. –Está bien. Iré.
Aquella misma noche fui yo quien me acerqué en uno de mis carruajes hasta la casa en la que vivía Erwin para recogerlo. Llevaba encima la invitación que me habían mandado, y aunque no daba demasiados detalles sobre la velada, Erwin se había encargado de informarme de que solamente habían invitado a los asistentes más destacados e importantes de la fiesta que celebraron los Jaeger. Aún así, aquello no me hacía sentir especial y mucho menos me emocionaba.
Cerca del centro de la ciudad pasamos por debajo de varios puentes de piedra que quedaban sobre nosotros y que eran utilizados como pasadizos por los pueblerinos. A pocos metros nos detuvimos ante una gran mansión rodeada de grandes jardines y una muralla de piedra en el exterior. También disponía de diversos guardias vigilando continuamente que todo estuviera en orden.
-Parece que ya hemos llegado- comentó Erwin divertido, seguramente leyéndome el pensamiento y adivinando lo mucho que me cabreaba aguantar a gente con poder a la que le encantaba jactarse de ello.
Caminamos atravesando el jardín hasta alcanzar finalmente la entrada al edificio de grandes dimensiones donde nos esperaban sirvientes, guardias y el mismísimo Kirschtein en persona para darnos la bienvenida al igual que al resto de invitados.
-Erwin Smith, Levi Ackerman, es un placer tenerlos en mi hogar. Sean bienvenidos.- nos saludó una vez nos desprendimos de nuestras chaquetas. Agradecía en parte no tener que llevar de nuevo aquella máscara cubriéndome la cara.
Jean Kirschtein no había escatimado en gastos, aunque era evidente que podía permitirse todos aquellos lujos y comodidades. Nos hallábamos en un gran recibidor dos veces más amplio que el de los Jaeger, con mucho más personal a cargo de atender a los pocos invitados y decoración exquisita.
-Estamos agradecidos por su invitación, señor Kirschtein- me adelanté a Erwin, no quería que ambos se alargaran conversando estupideces.
-Oh, por favor, llámenme Jean. Aquí estamos en confianza, amigos- llevaba el flequillo engominado hacia un lado, bien peinado. Su traje elegante y apropiado le sentaba bien dándole un toque distinguido, aunque aquel hombre era conocido por ser un presuntuoso y muy arrogante. Dejamos que nos guiara a ambos hacia el comedor donde la mayoría de invitados se encontraban en sus asientos esperando a que todos estuvieran presentes. Me aguanté las ganas de darle una buena patada al sentir como nos empujaba lentamente posando una mano en nuestras espaldas. –Tomad asiento. En unos instantes comenzaremos con la cena, ya que ustedes son los que faltaban por asistir.
Me senté junto a Erwin fijándome en los tres asientos vacíos que quedaban cerca de nosotros. Más concretamente dos ante mí y otro encabezando la mesa. Me arrepentí de inmediato de haber escogido ese lugar, pues parecía ser uno de los más próximos al que ocuparía Kirschtein. Pero aún así, tampoco es que los demás huéspedes nos hubieran dejado otra opción.
Miré con recato al resto de personas que nos acompañaban en la mesa rectangular, conté más de dieciséis invitados. A algunos de ellos me parecía haberlos visto antes en alguna parte, pero en general ninguno de ellos me llamaba la atención.
-Perdonen por el retraso, caballeros.- comentó de nuevo Kirschtein colocándose tras su silla junto a dos personas más. Levanté ligeramente mi cabeza para identificar a los nuevos invitados. Uno de ellos era Eren Jaeger, el hijo mayor de los Jaeger, aquel que vi en el baile. Y la otra persona… era la dueña de todos mis pensamientos. –En esta cena nos acompañarán los hermanos Jaeger, señores.
En el instante en el que nuestras miradas se cruzaron noté como algo en mi interior se removía y todo el nerviosismo que había estado conteniendo hasta ese instante pareció congelarse. De repente, se me olvidó cómo respirar, pues solo podía concentrarme en aquel dulce y pálido rostro que no había podido contemplar días atrás. Era más bello y perfecto de lo que me había imaginado. Una cara bien proporcionada, algo delgada y fina. Pestañas largas y bonitas decorando el contorno de sus ojos penetrantes e intensos. Acompañando a la mirada sorprendida que me mostró cuando se dio cuenta de mí presencia.
-Vaya descuido, ustedes no conocen a los Jaeger en persona, ¿verdad? Permitidme que os presente.- comentó Jean, refiriéndose a nosotros, quizás percatándose de la manera extraña en la que nos mirábamos. Erwin y yo nos levantamos automáticamente de la mesa para colocarnos junto a ellos y esperar a que Jean iniciara las presentaciones.
-Mikasa y Eren, ellos son Erwin Smith y Levi Ackerman.- Erwin se me adelantó saludando a ambos hermanos primero. Después, fui yo quien le dio un fuerte apretón de manos a Eren, y posteriormente sujeté con delicadeza la mano suave de Mikasa para depositar un leve beso en ella. Hasta yo mismo me di cuenta de que me había pasado más tiempo del debido sujetando aquella mano, sin ganas de dejarla ir. Aún me parecía casi increíble que nos hubiéramos vuelto a encontrar después de aquella noche cuando las posibilidades eran minúsculas.
-Es un placer conocerlos señor Smith y señor Ackerman- comentó Mikasa siguiendo los pasos de su hermano y tomando asiento en la mesa. Habían empezado a servir diferentes platos jugosos y guarniciones para acompañarlos. También nos sirvieron algo de vino.
-Oh, déjese de formalidades, señorita.- comentó Erwin dirigiéndoles una agradable sonrisa que no acababa de convencerme del todo. –puede llamarnos por nuestros nombres sin ningún problema- le dijo. En parte agradecía que lo hubiera propuesto, ya que escucharla dirigirse así a mí me transmitía demasiada frialdad.
Durante la velada solo me limité a mirarla todo cuanto se me permitía sin ser descarado. La mayor parte del tiempo éramos Erwin, Jean y yo quienes conversábamos de futuros proyectos. Mikasa y Eren compartían alguna que otra palabra entre ellos y también participaban en nuestras conversaciones cuando Jean los invitaba a hacerlo. A aquellas alturas no estaba muy convencido de que ella quisiera acordarse de mí o del pequeño momento que compartimos.
Ni siquiera su hermano aparentaba sentirse a gusto en aquel ambiente, y si mis intuiciones no me fallaban, sentía cierto recelo de Eren dirigido a Jean. Como si estuviera continuamente aguantándose las ganas de decirle algo grosero y fuera de lugar. Mikasa se comportaba como todas las damas hacían, no parecía la misma joven que me había mostrado su otra faceta bajo la luz de la luna. Sin embargo, seguía irradiando esa aura que tanto me cautivaba. Y solo por eso, estaba seguro de que todas sus falsas sonrisas y sus pequeñas carcajadas eran fingidas. Después de todo, era raro que una mujer acompañara a hombres de negocio en una de sus cenas, más aún, que se la dejara participar y aportar opiniones.
-Muy bien, ¿qué les parece si pasamos a la barra libre?- propuso Jean un rato después de que todos los invitados terminaran de comer. Asintieron satisfechos con la deliciosa cena y todos los que allí nos encontrábamos caminamos hacia el salón al que Jean nos guiaba.
-No tienes por qué venir, puedes ir a descansar, Mikasa- escuché como le decía Eren a la joven en voz baja tratando que nadie a su alrededor los escuchara. Para su desgracia, mi oído era lo suficientemente fino, sobre todo cuando se trataba de ella.
-No te preocupes por mí, será mejor que os acompañe un rato más- contestó ella con tranquilidad manteniendo una expresión seria e impasible. Sin embargo, su hermano no pareció satisfecho con esa respuesta y suspiró con fuerza.
La sala a la que pasamos era más pequeña que el salón. Disponía de una larga mesa estrecha decorada con un mantel blanco sobre el que encontramos diversas bebidas y algunos aperitivos. En el otro extremo del salón se situaba un sofá de dos plazas ancho y mullido frente a una chimenea apagada.
Los diferentes invitados no tardaron en servirse una copa y un puro antes de ponerse a charlar como no lo habían hecho durante la cena. Pronto, la sala se convirtió en una zona repleta de risas, ruidos y voces retumbantes. Erwin y yo nos alejamos un poco para servirnos algo.
-Es preciosa, ¿verdad?- se dirigió a mi sin mirarme mientras servía vino en tres copas de cristal. Yo me limité a soltar un breve pero audible quejido que le provocó una sonrisa. –Ahora entiendo que no quisieras regresar la otra noche- sus carcajadas se unieron al resto de risotadas en la sala.
-Déjalo ya- le amenacé. Lo último que quería en ese momento era que me hiciera un interrogatorio. Bastante me costaba no perder los nervios al ver como el capullo de Kirschtein merodeaba alrededor de Mikasa coqueteando con ella.
-Así que te interesa de verdad, ¿eh?- continuó al percatarse de cómo miraba con recelo la escena al otro lado de la sala. Jean le había ofrecido a Mikasa que tomara asiento en uno de los sillones, después se había acercado a escasos centímetros de su oído susurrándole algo entre sonrisas y para colmo había mandado a Eren a charlar con unos de sus invitados más ruidosos. –tu cara es todo un espectáculo, compañero. Está bien, te echaré una mano. No lo desperdicies.
Se adelantó dejándome atrás con las dos copas de vino sobre la mesa y con paso firme se dirigió a Jean excusándose cuando estuvo lo suficientemente cerca de ellos. Unas pocas palabras, varias sonrisas fingidas y Erwin consiguió llevarse de allí al maldito Kirschtein hasta casi la otra punta de la sala.
Tuve que esforzarme por no mostrar una amplia sonrisa ante la jugada que mi amigo acababa de hacer. Era tan jodidamente calculador que a veces daba miedo. Por suerte, parecía estar de mi lado. Sin perder ni un solo segundo tomé ambas copas de vino y me dirigí hasta ella esquivando a los invitados que me cruzaba por el camino.
Observé su espalda a medida que me acercaba, en esta ocasión llevaba un moño alto decorado en un precioso recogido que dejaba al descubierto su delgado y delicado cuello blanco. Me situé junto a ella como aquella noche y no tardó en percatarse de mi presencia, como si me hubiera estado esperando.
-¿Puedo?- pregunté, pidiéndole permiso para sentarme junto a ella. Mikasa asintió con la cabeza. Le tendí la copa que me sobraba y la cogió de inmediato para pegarle un pequeño trago.
-Veo que usted no pierde el tiempo, señor Ackerman- contestó con tono divertido. Me dio la sensación de que había descubierto desde un primer momento las intenciones de Erwin y así, también había previsto que yo me acercaría para charlar con ella.
-Vaya… no se le pasa nada por alto- admití. De nada me serviría tratar de ocultarlo. –por favor, llámame Levi.- le pedí. A pesar de que no parecía muy convencida con ello.
-No esperaba volver a verte, Levi. Me ha pillado por sorpresa- me admitió. Su tono había vuelto a cambiar dejando el formalismo de lado y dejando entrever nuevamente ese otro lado suyo que no parecía querer mostrar a nadie más, ni tan siquiera a su hermano. Parecía triste, como un pájaro enjaulado al que apenas se le permitía respirar aire fresco.
-Yo tampoco esperaba encontrarte aquí- mentí. Mi único motivo para asistir era la pequeña posibilidad que Erwin me había comentado aquella tarde. Pero no quería que se sintiera incómoda por ello. -¿Estás disfrutando de la maravillosa velada?- pregunté cuando pasó un rato en el que ninguno de los dos dijimos nada.
Su cara se giró de inmediato al escucharme y tuve que aguantarme las ganas de reír cuando reparé en la mirada que tenía. Estaba claro que aquella cena era algo a lo que le habrían obligado a asistir por algún motivo, y que se trataba del último lugar en el que le apetecería estar.
-Está usted de broma, ¿verdad?
-Por supuesto, esta velada no podría ser divertida a falta de una gran pista de baile- comenté obteniendo más miradas como aquella. Nos quedamos unos instantes observándonos compartiendo el mismo sentimiento de desacuerdo hacia aquellos eventos, y después su melodiosa y sencilla risilla me golpeó como agua fría. Era sencillamente perfecta, a pesar de que se estuviera conteniendo para no llamar demasiado la atención.
-Para serte sincera, lo único divertido e interesante de esta cena sois Erwin y tú- comentó añadiendo una nueva risotada. Sentí como toda la tensión desaparecía de su cuerpo, acomodándose en el lugar en el que estaba, sintiéndose bien con mi presencia y con la ausencia de Jean.
-Pues déjame advertirte que ese maldito Erwin jugará contigo como si fueras una pieza de ajedrez cuando le des la más mínima posibilidad. Así que no te dejes engañar por sus palabras- le advertí manteniendo mi usual seriedad, aunque mostrando de tanto en tanto alguna que otra sonrisilla.
Tanta cercanía me dejaba contemplarla en su totalidad. En esos instantes parecía ser inalcanzable para mi aunque apenas estuviéramos a pocos centímetros. Sentía que ella pertenecía a otro lugar al que únicamente unos pocos afortunados tenían acceso. Y yo estaba dispuesto a hacer todo lo posible por conseguir ser uno de ellos.
-Vaya, parece que os lleváis muy bien- nos interrumpió de golpe la voz de Jean tras el respaldo del sofá. Erwin se encontraba junto a él indicándome que no había podido hacer nada más por mantenerlo entretenido. –Cualquiera afirmaría que os conocéis de antes- ese comentario me descolocó bastante, ya que no era posible que nos hubiera visto aquella noche, sin embargo, me quedé aún más sorprendido cuando noté cómo el cuerpo de Mikasa se congelaba al instante. Al menos, hasta que Jean rió en voz alta dándonos a entender que se trataba simplemente de un comentario sin importancia. –siéntase afortunado, Levi, Mikasa no regala sonrisas a cualquiera, ni siquiera a mí.
Volví a mirarla para observar como bajaba la cabeza avergonzada quedándose muda. Me habría sentido eufórico ante aquella observación de no ser por el tono ligeramente amenazante que noté oculto en sus palabras aparentemente inofensivas.
-Seguro que no es para tanto- le quité importancia aunque en el fondo deseaba que así fuera. Si tenía el privilegio de que solo sonriera para mí, con eso era suficiente.
Me levanté del sofá para situarme junto a ambos y, al igual que Mikasa, me coloqué de nuevo una máscara invisible que ocultara mis emociones. Una máscara que estaba bastante acostumbrado a llevar a todas partes y que casi nunca me quitaba ante la presencia de nadie.
Jean se hizo con una cajetilla de puros que la mayoría de allí fumaban y nos ofreció uno a Erwin y a mí. Los dos lo aceptamos permitiéndole que los encendiera.
-Bien, creo que ya ha llegado el momento- ese comentario que soltó tras cerrar la cajetilla encendió una alarma en mi interior. Aunque en un principio estaba convencido de que el motivo de la cena era el de compartir proyectos con los invitados más selectos y crear nuevas alianzas en el mercado, en ningún momento se había indicado tal cosa en las tarjetas. Por eso mismo, cuando Jean se acercó hasta Mikasa invitándola a levantarse y a caminar junto a él hasta el centro de la sala, mi cuerpo se puso rígido.
Erwin miraba desconcertado mientras que yo casi podía anticiparme a lo que estaba por suceder.
Mikasa se dejó arrastrar con delicadeza y permaneció inmóvil junto a Jean cuando este llamó la atención de todos los presentes.
-Queridos compañeros, me gustaría desvelaros uno de los principales motivos de esta velada.- todos miraron curiosos esperando sus próximas palabras, escuchando con atención. Estiró su mano para estrechar la de Mikasa con cuidado. –Quiero anunciarles que Mikasa y yo contraeremos matrimonio muy pronto y esperamos que todos ustedes asistan a la boda.
El corazón se me detuvo. Mikasa no se inmutaba ante aquellas palabras, parecía conocer de antemano lo que haría Jean. Sin embargo, estaba seguro de que ella no quería ese matrimonio. Era imposible que estuviera de acuerdo, porque si así fuera, no tendría el aspecto de un muerto viviente. La conocía muy poco pero aún así, era suficientemente capaz de advertir que ella no amaba a Jean, era imposible.
Todos comenzaron a aplaudir estruendosamente al tiempo que se acercaban de uno en uno a la pareja dándoles la enhorabuena. Jean sonreía simulando estar avergonzado por semejante noticia, mientras que la cara de Mikasa era todo un poema. Sus ojos parecían dos enormes lagunas sin fin. Todas las ocasiones en las que me había sumergido en ellos, a pesar de percibir tristeza también podía ver pequeños rayos de luz reflejados en sus aguas. Sin embargo, en esta ocasión parecía el mismísimo fondo del mar; una zona inalcanzable para la luz.
Noté como Erwin colocaba su mano en mi hombro con intención de proporcionarme apoyo. Pero de poco me servía, lo único que me apetecía en ese momento era largarme de allí cuanto antes para no darle una paliza a aquel capullo. Tiré con fuerza deshaciéndome de su amarre de malas maneras, con intención de encaminarme a la salida. Sin embargo, Erwin me detuvo.
-Espera un poco, Levi. No es adecuado marcharnos así.
-¿Y qué cojones me importa a mí eso? Que se vaya al infierno ese maldito Kirschtein- sabía que no estaba siendo razonable, que podía estar equivocándome con mis suposiciones. Cabía la posibilidad de que realmente ellos quisieran estar juntos y se amaran. Que fuera yo el único que sobrara en aquella historia por haber caído hechizado ante las maravillas de una mujer como Mikasa. Pero mi interior me decía a gritos que no era así y la frustración de no poder evitar esa unión me desgarraba por dentro.
Vi en la cara de mi compañero lo agradecido que estaba de que todos los demás invitados se hubieran amontonado alrededor de la pareja para que no fueran capaces de escuchar lo que yo acababa de decir. Aunque a mí me traía sin cuidado.
-Vamos, Levi, no seas irracional. En cuanto les demos la enhorabuena nos marcharemos de aquí- trató de convencerme. Sin más remedio acepté su propuesta y haciendo uso de toda la fuerza de voluntad que me quedaba fingí alegrarme por aquello y les tendí la mano a ambos. En ningún momento me atreví a mirarla a los ojos, a pesar de que fui consciente de cómo ella buscaba mi mirada.
Las próximas horas se me hicieron cuesta arriba, más duras de lo que pensaba que podrían ser. Si los días anteriores al anuncio del matrimonio mi única preocupación había sido la joven que no me dejaba dormir por las noches, después, se le sumó la impotencia de impedir que se casaran. A pesar de todo, mi decisión había sido mantenerme al margen de aquello, dejar que cada cosa siguiera su curso y que ocurriera lo que tuviese que ocurrir. Por mucho que me jodiera no se me ocurría nada que pudiera hacer.
En la mañana fui antes de lo normal al trabajo, por mucho empeño que pusiera en concentrarme no dejaba de cometer errores y cagarla una y otra vez. Comenzaba a frustrarme.
-¡Creo que deberías tomarte un descanso, don gruñón!- levanté la vista para dar con la dueña de aquella voz tan irritante y cantarina que hacía tiempo no escuchaba. Una voz tremendamente familiar para mis oídos.
-¿Qué haces aquí, cuatro ojos?- pregunté poco amistoso. Esa era la manera usual de saludarnos entre nosotros. Hange, aparte de Mikasa, se había convertido en la única mujer con la que había desarrollado un lazo lo suficientemente estrecho y peculiar. Era una compañera más.
-No has cambiado nada durante mi ausencia, sigues siendo el mismo borde insufrible de siempre- se quejó fingiendo haberse ofendido con el trato que le daba. –en serio, necesitas descansar. A este paso esas terribles ojeras te llegarán hasta el suelo.
-Mira quién habla, la que se ausenta dos meses enteros para investigar cosas extrañas en medio del bosque- tomó asiento con total confianza frente a mí después de haberse servido un vaso de agua.
-¡Sí! ¡Y me ha ido genial! Pronto podré completar una guía de lo más detallada- comentó entusiasmada, a pesar de que yo no era capaz de compartir su alegría. –y dime, ¿a qué se debe tu mal humor?
-No estoy de mal humor y tampoco me ocurre nada- contesté tajante. Por desgracia, no recordaba lo pesada que llegaba a ser Hange con sus preguntas. Podía hacerle la competencia al mismísimo Erwin si se lo proponía, o incluso llegar a ser peor que él, ya que estaba como una cabra.
-Ya, tú no estás cabreado y yo odio experimentar e investigar cosas, ¿no?- suspiré cansado de sus tonterías. Seguramente no se habría enterado de nada si yo había sido la primera persona a la que visita desde su regreso. Pero tampoco estaba dispuesto a contarle lo ocurrido, primeramente porque me interesaba olvidar cuando antes todo aquel asunto de Mikasa que no tenía ningún futuro para mi, y además, porque tendría que estar loco para confiarle algo así a una mujer tan alocada como ella.
-Hange, será mejor que te vayas, tengo trabajo que hacer. Hablaremos en otro momento, mientras tanto vete a darle la brasa a Erwin- le propuse tratando de no sonar borde, pero nuevamente no funcionó. Empezaba a plantearme la idea de cerrar con llave mi oficina cada vez que estuviera trabajando dentro porque Erwin y Hange no se iban ni con lejía .
-¡Ya se! ¡Por fin ha ocurrido, damas y caballeros! ¡El insoportable de Levi Ackerman ha caído rendido a los pies de alguna bella dama!- gritó eufórica. No pude ocultar mi cara de asombro y me quedé con rostro desencajado sintiendo como el calor se acumulaba en mis mejillas. Y supe que se había percatado de mi estado cuando comenzó a señalarme con un dedo y reír a carcajada limpia. -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡He dado en el clavo!
Me levanté de sopetón golpeando con las palmas de las manos la mesa de madera ante mí. Hange se sobresaltó y comenzó a retroceder hasta la puerta. Me acerqué con lentitud hasta ella con intención de hacer que se callara de una maldita vez. Lo último que necesitaba era que vinieran a reírse de mí y mis asuntos personales a la oficina.
-Tranquilo, Levi, no era mi intención burlarme de ti- trató de calmarme agarrando la manilla de la puerta. Yo me hice con uno de los libros más gruesos que tenía junto al escritorio para amenazarla con lanzárselo si no se marchaba inmediatamente y en cuanto captó la señal sacó gran parte de su cuerpo al exterior de pasillo. –Oye, ¿entonces estás así porque te ha dado calabazas?- preguntó antes de cerrar la puerta tras ella con rapidez evitando que el libro que acababa de lanzarle la golpeara de lleno.
Suspiré rendido, aquella mujer me sacaba de mis cabales con una facilidad impresionante. Caminé de vuelta a mi silla sintiéndome algo más relajado y quizás más dispuesto a continuar con todo el papeleo. Al menos, hasta que me cercioré de un ruido extraño procedente de la puerta y observé un pequeño trozo de papel que habían introducido por la ranura de la parte inferior. Corrí de inmediato hasta la puerta para abrirla con fuerza y salir al pasillo, así, quizás podría pillar de una vez a esa maldita Hange.
Recogí el trozo de papel adivinando lo que habría escrito en él, ya que cada vez que volvía de alguno de sus viajes teníamos la costumbre de juntarnos para tomar algo y charlar.
"Esta noche a las diez en la taberna Aguardiente, ¡ven sin falta, don gruñón!"
Las horas transcurrían con lentitud al empezar la noche. Mike Zacharius y yo habíamos sido los primeros en llegar al local; un bar poco reconocido por la alta sociedad pero con muy buena calidad y con una higiene impecable al que solíamos asistir con frecuencia. Poco después, apareció Hange tan sonriente como siempre y más tarde Erwin.
Tras las tres primeras copas de whisky la noche comenzó a volverse más agradable para mí. Incluso podía decir que empezaba a pasármelo bien con la compañía a mí alrededor: Hange parloteaba sin cesar con un perchero repleto de chaquetas que tenía a su lado, creyendo que se trataba de un desconocido. Mike y yo hacíamos apuestas antes de echar unos pulsos, obligando al perdedor a beberse una copa del licor más fuerte de la casa. Y Erwin nos ofrecía un espectáculo de lo más divertido tratando de ser todo un caballero al apartar a dos grandes moscardones que no dejaban de revolotear a su alrededor reclamando su atención. Aunque los dos sabíamos que no era eso lo que le incomodaba, sino la reacción que Hange pudiera tener ante ello si se percataba.
-Levi, acompagñame a porg ogtra copa- me obligó Hange sin hacer ningún esfuerzo por vocalizar, levantándose de golpe dando tumbos hasta mi sitio. Mike y yo tuvimos que dejar el pulso a medias porque me arrastró con ella. Ni mis quejas ni mis maldiciones la detuvieron. Pidió cuatro cervezas y se excusó para ir al baño. Entonces, cuando desapareció por la puerta Erwin aprovechó para acercarse a mí con urgencia.
-Levi, saldré fuera a tomar el aire un rato, sino creo que no me dejarán tranquilo en toda la noche- me contó como si realmente estuviera molesto por ello, a pesar de que ambos sabíamos que acabaría sacando algún tipo de provecho de la situación en la que se encontraba.- necesito que me cubras durante mi ausencia- me pidió sin perder su tono firme característico. Yo asentí y acto seguido se marchó con las dos mujeres al exterior. Momento en el que Hange regresó del aseo entre tambaleos y palabras que ninguno de los dos entendíamos.
Nos tomamos con calma la cerveza que nos acababan de sacar entre carcajadas por las estupideces que contaba Hange, a diferencia de mi ella tenía una buena tontera y probablemente no sabría ni lo que hacía. Por desgracia, su estado no fue suficiente para que no se percatara de la ausencia de Erwin ya que ni siquiera a Mike le había faltado compañía desde que lo habíamos dejado un momento solo.
-¿Dongde está Ergwin?- me preguntó tratando de mantener ambos ojos bien abiertos, posiblemente para obtener una imagen clara de lo que había a su alrededor. Si seguía en aquel estado tendríamos que regresar antes de lo previsto a casa, no era para nada divertido tratar de controlar a una Hange fuera de control y podría resultar peligroso para todos.
-Y yo qué sé, estará por ahí- Hange asimiló lentamente mis palabras para después mirar bien a todos lados tratando de dar con él sin éxito, hasta que una nueva persona se introdujo en el establecimiento mostrando tras de sí la calle a sus espaldas. A pesar de tener el campo de visión bastante reducido por los efectos del alcohol y los pocos segundos en los que la puerta se había mantenido abierta, resultaron suficientes para que Hange fuera testigo de lo que hacía Erwin en aquellos instantes.
-¡Angda, migra!- señaló entusiasmada, se hizo con una nueva cerveza antes de empezar a caminar a toda prisa hasta donde él estaba con su acompañante. Era una suerte que aquel bar estuviera situado en una de las zonas más alejadas y poco pobladas de la ciudad, así nadie conocido podría ver como Erwin metía mano a la mujer sentada sobre su regazo. Asqueado por tener que hacer de niñera de Hange y cubrir a Erwin corrí hasta ella agarrándola de la muñeca y deteniéndola. -¡Eh!- se quejó.
-Es mejor que no vayas, Hange- le aconsejé con total seriedad.
-Peeero… Levi…- arrastró las palabras mientras me dedicaba una mirada de cachorrillo, y justo entonces, recordé las encerronas que mi fiel compañero me había hecho la noche del baile. Unas jugadas sucias y rastreras que prometí vengar en cuanto tuviera oportunidad y aquel era el momento.
-Está bien, puedes ir.- le dije soltándola de inmediato. Ella se volvió a mí dándome un fuerte abrazo y después corrió de manera extraña y poco usual hasta el exterior de la taberna plantándose ante Erwin con un brillo sospechoso en su mirada.
-¡ERRRWIIIIIN!- la escuché gritar apoyado en el marco de la puerta. Me provocó una leve sonrisa el ver como Erwin se asustaba y se caía hacia atrás del banco de piedra en el que se habían acomodado, y por supuesto, la mujer cayó junto a él siendo observados atentamente por Hange. A aquellas alturas, muchos de los clientes que antes estaban en el interior del bar habían decidido seguir bebiendo en la calle para airearse y tratar de zafarse del calor que el alcohol les infundía. Estaba seguro de que si Erwin recordaba lo ocurrido al día siguiente querría matarme, pero merecería la pena.
Pegué el último trago a la cerveza que tenía en la mano observando de fondo el amplio cielo repleto de estrellas, recordándola a ella. Reviviendo las inmensas ganas que tenía de verla y contemplarla hasta que amaneciera. Un sentimiento tan desgarrador como placentero del que debía desprenderme cuanto antes. Di un paso atrás con intención de volverme a la barra para pedir otra más cuando alguien me detuvo.
Tiré con fuerza para soltarme del brazo que me detenía y me sorprendió enormemente encontrarme con unos ojos verdes intensos que no dejaban paso a nada más que la preocupación y la desesperación.
-Eren… ¿qué haces tú aquí?- le pregunté automáticamente. Aquellos lugares no eran frecuentados por gente de la nobleza, era por eso que los escogíamos; para poder desfogarnos a nuestras anchas sin preocuparnos. Pero me inquietó aún más la angustia en su rostro y me temía que podría estar relacionado con su hermana.
-Señor Ackerman…- dijo tratando de recobrar el aliento. Debía haber estado un buen rato corriendo hasta haber dado conmigo. Su falta de información comenzaba a ponerme de los nervios y la cantidad de alcohol que había consumido no ayudaba a mantener mi paciencia. Por eso, sin pensarlo, mi cuerpo reaccionó agarrándolo del cuello de su camisa y golpeándolo levemente contra la pared de piedra del bar.
-¡¿Qué le ha pasado a Mikasa?! ¡Habla de una jodida vez, Eren!- le exigí fuera de mis cabales. Se sorprendió ante mi reacción pero también conseguí que se tranquilizara y comenzara a hablar.
-Mikasa no está en su habitación, ha escapado de casa.- explicó brevemente. Al principio, a excepción de que podría ser peligroso que deambulara ella sola en plena noche, no veía ningún otro inconveniente, no al menos hasta que siguió hablando. –creo que es culpa de ese malnacido de Jean, seguro que le ha hecho algo. No puedo avisar a los guardias ni a nadie porque si Jean se entera de que ha salido sin su consentimiento será todavía peor.- no acababa de comprender por qué le tenían tanto respeto a ese Kirschtein, hasta el punto en el que un joven impulsivo como Eren tuviera que controlarse cuando estaba en su presencia. Pero no había tiempo que perder, debíamos encontrarla cuanto antes.
Me acerqué hasta donde estaba Mike, quien parecía estar el más cuerdo de los tres, y el único capaz de entenderme en aquel momento. Le expliqué brevemente que tenía que marcharme y que no se preocuparan por mí, después, salí junto a Eren al frío de la noche.
El viento golpeándose contra mi cuerpo había logrado quitarme la leve tontera que tenía a causa de haber consumido tanto alcohol y la necesidad de encontrarla y saber que estaba bien me impulsaban a seguir corriendo con todas mis fuerzas.
-¿No se te ocurre algún lugar donde pueda estar?- pregunté con la respiración entrecortada. Eren me seguía el paso unos metros más atrás. Ni siquiera sabía cómo había logrado dar conmigo, pero en aquel instante era la menor de mis preocupaciones.
-No… quizás en algún lugar tranquilo donde nadie la encuentre- me dieron ganas de girarme para darle un buen puñetazo. Claramente se habría ocultado en una zona alejada para que no la molestaran, cualquiera lo habría adivinado. A menos que se hubiera visto envuelta en problemas mayores durante su huída. Mi pulso se aceleró con tan solo imaginármelo.
-Deja de decir estupideces, la encontraremos antes si nos separamos.- le indiqué con la mano que tomara el camino a mi izquierda mientras que yo seguiría recto para inspeccionar la zona. Aún nos situábamos al sur del pueblo, algo alejados del centro, pero no tan lejos de varias de las grandes casas de la nobleza como la de los Jaeger. –Nos encontraremos aquí en una hora.- le indiqué, y con un asentimiento de cabeza seguí adelante sin volver a preocuparme por él.
No alcanzaba a entender las razones que podría tener Mikasa para escapar en plena noche, a sabiendas de que todos se preocuparían por ella. Era una chica inteligente que sabía cómo comportarse ante los demás y cumplir con las expectativas de todo. Capaz de suprimir sus propias emociones para no mostrárselas a nadie.
El olor a agua en el ambiente me indicaba que no tardaría en empezar a llover. Los nubarrones espesos de tonos oscuros y grises amenazaban con ocultar la poca luz de luna que se filtraba en las calles que recorría. Al de poco rato me encontré caminando por la parte exterior de un pequeño jardín que pasaba desapercibido.
Me fijé en él, ya que no recordaba haberlo visto antes por allí. No parecía ser de la propiedad de nadie y su extraña tranquilidad me impulsó a adentrarme en él. Aligeré mi paso buscando con la mirada alguna pista de Mikasa, no podía entretenerme más de lo debido, pues aún me quedaban varias zonas por revisar.
Pasé por un pequeño puente de piedra que surcaba un arroyo rodeado de vegetación. No distinguí demasiadas flores en los alrededores, aunque si estaba repleto de árboles altos y fuertes. En el paseo que rodeaba el parque entero se encontraban varios bancos de piedra lisa preparados para el disfrute de los visitantes.
Escuché el replicar de mis zapatos negros contra el camino arenoso, hasta que unos leves sonidos llamaron mi atención. Agudicé los oídos poniéndome alerta ante cualquier imprevisto, por suerte para mi, sabía cómo defenderme ante ataques cuerpo a cuerpo.
Caminé despacio sin hacer ruido y mis pasos me llevaron hasta el pie de un árbol en medio del jardín. A simple vista era difícil ver nada en la oscuridad, pero cuando repasé atentamente cada elemento, distinguí un cuerpo encogido en el suelo. Después, también pude ver un amplio vestido elegante propio de la gente rica y unos mechones negros sueltos que indudablemente me dieron la pista que necesitaba para relacionarlos con la mujer a la que buscaba.
-Mikasa…- dije en un susurro provocando que se incorporara un poco observándome con miedo al no reconocer mi voz. Sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un gato asustado temiendo que lo dañaran. Me agaché poniéndome de rodillas junto a ella para agarrar su mano con delicadeza y llevarla hasta mi propio rostro. Noté como temblaba, no sabía si de frío o de temor, pero si su estado tenía que ver con Kirschtein, me aseguraría de que se arrepintiera hasta el último de sus días.
Pasaron segundos hasta que logró identificarme en medio de la oscuridad, probablemente preguntándose qué hacía allí en su busca, pero no se atrevió a decirme nada.
-Tu hermano y yo te hemos estado buscando- le expliqué al ver que se había relajado un poco y su respiración volvía a la normalidad.
-Lo… se- trató de sonar tranquila. Se mantuvo quieta, sin saber qué hacer o cómo reaccionar mientras que yo seguía sujetando su mano con fuerza. La luz de luna nos alumbró unos momentos permitiéndome percibir la máscara negra que llevaba sobre el rostro, al igual que aquella noche. Me tomó por sorpresa, era un hecho que escapaba totalmente a mi entendimiento y no se me ocurría razón alguna por la que Mikasa hubiera decidido escapar de su cuarto con una amplia máscara en la cara.
Decidido pero sin intención de asustarla me acerqué más a ella eliminando el gran abismo que se abría entre nosotros. Tan solo nos separaban unos pocos centímetros, nuestras respiraciones se entrelazaban en la fría noche. Odiaba ver el terror en sus ojos intensos, me frustraba pensar que algo o alguien había logrado provocar ese sentimiento tan cruel y doloroso en ella.
Alcé mi mano para tocar su mejilla y a duras penas se mantuvo en su posición cuando notó mi tacto. Parecía no ser capaz de ocultar el tembleque de su cuerpo. Algo que la delataba y me transmitía que sentía miedo e inseguridad ante mi presencia.
Aunque supe que lo mejor era dejarlo estar y no forzar la situación, quise ir más allá y averiguar sus motivos para reaccionar de aquella forma. Cerró los ojos con fuerza al sentir que mis dedos se deslizaban bajo su máscara. La levanté con cuidado tratando de quitársela con delicadeza, hasta que Mikasa giró el rostro a un lado acongojada.
Me eché atrás sintiendo el rechazo por su parte, temiendo que pudiera odiarme o sentir repudio hacia mi. Quizás me había pasado al forzar la situación más de lo debido. Sin embargo, ella pareció percatarse y aún con la cabeza gacha, estiró sus manos para agarrar las mías con fuerza e indicarme que no quería que me alejara.
-Levi… no eres tú, de verdad- me susurró con voz entrecortada, como si estuviera aguantándose las ganas de sollozar a pleno pulmón.
-¿Qué es lo que te ha pasado?- me atreví a preguntar. Ella suspiró tratando de contenerse y respirar de nuevo con tranquilidad. Unos segundos después guió mis manos hasta su cara de nuevo dándome permiso para que continuara con lo que había empezado antes.
-No te asustes, por favor.- dijo logrando que mi corazón se acelerara ante la incertidumbre y mis nervios aumentaran. Cerró los ojos hasta que me deshice del objeto en su cara.
¡Vaya capítulo! ¿Qué creéis que le habrá podido pasar a Mikasa? Siento haberlo dejado en el momento crucial jajaja pero no tardará en venir el siguiente capítulo, ¡Lo prometo!
Sé que he tardado un poco en actualizar, teniendo en cuenta que pretendía subir el segundo en el plazo de una semana, pero he tenido mis razones y ya vuelvo a estar libre, por eso, no os preocupéis que seguiré aportando mi granito de arena a este fandom. Tengo mil historias en mente jajaja.
Por cierto, me gustaría dar las gracias a quienes habéis comentado el primer capítulo, aunque ya os contesté por privado :P Sois un grandísimo apoyo y me dais las fuerzas necesarias para continuar escribiendo. Os doy las gracias de corazón :) Por eso, os quería hacer una pequeña mención a: Littner-Yoko, Beautiful Joe, Shulii (gracias por tus esfuerzos a la hora de tratar de poner bien los comentarios jajaja), SakuHarunoSS y Renkouen (es una pena que no pueda contestarte por privado, así que te doy las gracias en esta nota de autora ^^ agradezco también el comentario que me dejaste en Diezmo de Sangre y me alegra saber que también te gusta esta pareja y que seguirás leyendo.)
Espero que este capítulo os haya gustado y ya solo queda el desenlace de la historia, ¿alguna idea de lo que podría pasar? jajajaja hay infinitas posibilidades.
Gracias a quienes habéis añadido a favoritos el fic o lo habéis seguido. ¡Un saludo y hasta pronto! :D
