El Diario de una Máscara

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2.- Bajo Sospecha.

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Esa noche, Hermione Granger prácticamente no durmió. Se quedó repasando las hojas, observando la caligrafía, y luchando contra su conciencia para poder seguir con su lectura, ya que por primera vez en su vida, no quería hacer lo correcto.

Al llegar la medianoche, la curiosidad prácticamente la estaba matando, pues se dio cuenta de dos detalles que saltaron a la vista para una mente privilegiada como la que poseía, aumentando su necesidad por saber, por conocer, por desentrañar el misterio que era esa serpiente de papel.

Primero, Hermione notó que ninguna de esas hojas estaba fechada, por lo tanto, no podría saber cuándo él había escrito esas palabras. Y segundo, no había correlación de tintas, más bien, parecía que Malfoy escribía en cualquier hoja en blanco, la primera que se le cruzara, sin orden cronológico establecido, simplemente "al azar", lo que se adivinaba sobretodo al ver que entre las páginas habían hojas sin rayón alguno, que en algún momento, esperaban ser llenadas.

El azar.

El caos.

El destino.

La coincidencia.

Parecía que el rubio tenía una enfermiza obsesión por esos cuatro conceptos, y los aplicaba indistintamente, incluso en la forma de vivir o cómo veía su propia vida y la del resto. Por ello, Hermione Granger supo que si quería entender el alma que estaba volcada en ese cuaderno, tendría que hacerlo siguiendo los mismos parámetros, es decir, dejando de lado los prejuicios, los órdenes establecidos, y sencillamente, leer en una hoja cualquiera, que podía ser la primera o la última que escribió Draco Malfoy antes de que su diario se perdiera en las manos de la persona menos esperada.

–Aquí vamos –susurró para sí misma, abriendo una página cualquiera.

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"Dicen que el universo tiene apróximadamente 13.700 millones de años , y que mientras estoy escribiendo estas palabras, se expande en el tiempo y el espacio. Cuando pienso en esto, calculo inmediatamente la importancia que tiene la Tierra dentro de todo el cosmos, y me doy cuenta con facilidad que al ser un cuerpo más dentro de "una" galaxia de entre "muchas" galaxias, su importancia es prácticamente nula.

Luego, mi mente masoquista hace el mismo cálculo en proporción a los que habítan este planeta, y al hacerlo, los resultados son patéticos.

Si un planeta de 12.700 km de diámetro es insignificante dentro del universo, ¿qué vendría a ser una vida humana? Con mucha bondad podríamos asimilarla a nuestra relación con las hormigas. Es decir, las pisamos a diario y nadie nota como la vida de ellas que se estrellan contra nuestros zapatos, se esfuman y no dejan más huella que la de sus cuerpos color café machacados contra el pavimento.

Quizás por eso, ahora que he tenido motivos y tiempo para pensar en esas banalidades y cálculos innecesarios, ya no me interesa esta guerra, que es insignificante en el orden del universo. No es mía y no pretendo morir en ella ni por ella. No pretendo trascender como un héroe que no soy, pero tampoco terminaré aplastado como un vil insecto, destinado a ser olvidado y a desaparecer.

Así que haré lo que sea necesario para sobrevivir; porque la respiración es lo único que poseo.

Y por proteger a los pocos que puedo considerar como los "míos"; que son lo único que me importa."

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Hermione frunció el ceño.

Al parecer, Malfoy tenía una visión demasiado práctica de las cosas, y no poseía un sentido espiritual, que le permitiera reconocer que a pesar de estar perdidos en un rincón del universo, cada vida humana era importante. Cada persona era única y especial. Quizás, no todos pasarían a la historia como, en el caso muggle, Albert Einstein, Leonardo Da Vinci, Marie Curie, Charles Darwin, Sócrates o Martin Luther King, pero eso no quería decir que una vida común y corriente fuera insignificante. Es más, Hermione Granger creía con convicción que si uno tenía la suficiente fuerza de voluntad, podía hacer algo importante y por lo cual ser recordados.

Por eso había que luchar en la guerra.

Por eso ella lucharía codo a codo junto a Harry cuando llegara el momento, arriesgando incluso su propia vida sin pensarlo dos veces.

Por una cuestión de principios.

Por la libertad, la igualdad y la paz.

Porque a nadie se le puede arrebatar la posibilidad de luchar por ser recordados, por alcanzar la felicidad, y por aportar un granito de arena al mundo.

Porque...

–¡Bah! –exclamó cortando la línea de sus pensamientos, a la vez que sacudía la cabeza y pasaba las páginas para encontrar otro texto.

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"Extraño. Muy extraño.

Hoy me he formulado una pregunta demasiado trillada, pero que jamás había pensado en serio hasta ahora...

¿Qué es el amor?

Hoy la encontré llorando en la sala común. Estaba con las rodillas flexionadas sobre el sofá, abrazando sus piernas y escondiendo la cabeza en el regazo. Seguramente creía que nadie la encontraría a esas horas de la noche, mas se le había olvidado que yo había dejado de dormir hace un par de semanas, y que mi buen oído captaría ese sollozo ahogado en todo el silencio que la rodeaba.

Me mantuve a una distancia prudente y esperé que notara mi presencia. No se demoró mucho. Se incorporó a los cinco segundos de su asiento y se secó las lágrimas con la palma de las manos, esbozándome una sonrisa nerviosa. Yo sabía que llevaba muchos días en ese estado, pero sólo era la segunda vez que la veía con mis propios ojos. Sus párpados estaban enrojecidos y habían rastros de sal por sus mejillas.

Se acercó lentamente hasta donde me encontraba y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro. No quise preguntar nada, me podía imaginar lo que pasaba en su cabeza.

A principios de año la había notado con una actitud peculiar. Sus ojos azules brillaban como nunca y en ocasiones tomaba unas reacciones bastantes nerviosas para una mujer segura como ella. Bastó con ponerle un poco de atención para darme cuenta que le ocurría. Se había enamorado de un compañero de clase de Herbología, un Ravenclaw, que solía mirar a la distancia sin atreverse a cruzar más de dos palabras.

No sé porqué lo hice, pero hace dos meses la alenté a que se le acercara, y hace un mes se le veía radiante, al parecer, las cosas habían tomado un buen rumbo.

Sin embargo, no calculé la mala estrategia que fue hacerlo, pues hace diez días atrás nos dieron una noticia que ya presupuestábamos, pero que no esperábamos tan pronto.

Los matrimonios arreglados aún son muy frecuentes en la alta sociedad mágica para sellar alianzas, y mis padres y los de ella consideraron que no había mejor compañero de negocios que el otro, después de todo, nos conocíamos desde pequeños y suponían que no habría problema alguno.

Cuando nos citaron a aquella comida, recibí la noticia con indiferencia, pues ya me imaginaba que algo así sucedería. La miré de inmediato y noté que ella también se reflejaba imperturbable con el veredicto, sin embargo, cuando volvimos al castillo, ella literalmente se derrumbó. Nunca había visto llorar a alguien así.

Tuve que llevármela en brazos a su habitación porque no podía caminar, y acostarla en su cama, escuchándola pedir disculpas entre espasmos una y otra vez. La arropé y le pedí que se callara.

Ella trató de explicarme que estaba así porque no se esperaba esa noticia tan joven, y que dentro de todo, estaba contenta porque era yo y no otro. Pero yo sabía que mentía. Ella es como un ave, demasiado libre para esa clase de compromisos sociales, y hubiera preferído que no la obligaran a unirse con nadie. Menos ahora que había desarrollado sentimientos por alguien que jamás podría tener. Pero, a pesar de que estaba genuinamente enamorada de ese tipo, aún así se preocupaba de no herir mis sentimientos con su reacción.

Fue mi error. Nunca debí alentarla a acercarse a ese sujeto a sabiendas que un día pasaría esto.

Nunca pude preveer la gran equivocación que sería hacerlo.

Y fue entonces, esa noche, mientras me abrazaba entre hipidos, que me surgió la duda...

¿Qué es el amor? ¿Cómo será sentirlo? ¿Valdrá la pena?

Y después de darle una vuelta, creo que he llegado a la convicción de que existen personas que nacen con esa capacidad de amar, como ella.

Otros no. Como yo.

Y mi convencimiento se agudizaba ahora, que había presenciado algo que mereciera ese calificativo. Pues cariño, sí, había visto el cariño, sé lo que se siente. Pero ser testigo de alguien que realmente amara, jamás, hasta ese momento, al verla destrozada, pequeña y débil.

Antes, cuando miraba a los que se decían "sinceramente enamorados" , no les creía, y podía calificarlos en dos grupos; los que estaban subyugados a sus hormonas y actuaban por mera calentura; y los que estaban tan cegados por la idea del amor que se auto-convencían de que lo experimentaban.

Pero ella... ella de verdad lo sentía, de verdad lo sufría, y lamentablemente, estaba atada a mí de por vida.

A mi no me importaba casarme sin amor.

A ella sí.

Yo debía disculparme, no ella, porque jamás podría hacerla feliz.

Pero no lo hice.

No tuve el coraje para hacerlo.

Pero sí le mentí.

"Todo va a estar bien" le susurré".

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Hermione respiró hondo y dirigió la vista a la ventana. Ya estaba amaneciendo y ella no había pegado un ojo en toda la noche. Suspiró. Tendría que ir a clases en ese estado, que no era precisamente somnoliento, sino más bien, cavilante. Leer a su enemigo la había dejado sumergida en una vorágine de pensamientos dispersos. No estaba acostumbrada a esa actividad mental profunda tan temprano.

Se duchó y se quedó más de lo habitual bajo el agua tibia, por lo que no notó que ya iba atrasada para su clase de encantamientos. Echó una maldición al aire y se vistió con rapidez, mas no alcanzó a llegar a tiempo. El puesto al lado de Neville ya estaba ocupado, y el único que quedaba disponible era precisamente el menos esperado.

–Señorita Granger, ¿qué le pasó hoy que llegó atrasada? ¡Bah! No importa, siéntese al lado del joven Malfoy para que pueda comenzar la clase de una buena vez –la regañó el profesor.

"Karma" pensó ella para sus adentros, y les sonrió tranquila a Harry y a Ron, que la miraron con alarma pintada en sus ojos al escuchar la orden.

Hermione retrocedió hasta el final de los puestos y se dejó caer en la silla que estaba al lado de Malfoy, con el estómago retorcido y la respiración entrecortada. Aunque él no lo supiera, ella sentía que algo había cambiado entre los dos y, sin darse cuenta, lo miró con atención por primera vez.

Nunca se había fijado en lo pálida que era su piel, ni que el rubio de su cabello era tan claro que en cualquier momento se tornaría blanco. Tampoco había reparado en lo finas y, a la vez, duras que eran sus facciones. Especialmente ahora, pues sus músculos estaban tensos y demostraban preocupación. De seguro, ya se había dado cuenta que su diario estaba perdido. Hermione tragó espeso. Eso le daba a lo más un día para poder terminarlo y devolverlo sin que lo notara.

–¿Qué miras? –espetó él de pronto, sacándola de su examen visual–. No te he dado permiso para mirarme de esa forma, sangre sucia. Y para la próxima, trata de llegar a tiempo, mira que o sino me cargan tu inmundicia al lado como hoy.

Hermione arrugó la nariz, pero increiblemente, no se molestó con el insulto.

–No es mi culpa que logres fingir ser desagradable tan bien como para que nadie quiera sentarse contigo, Malfoy –contestó, cruzando los brazos arriba de la mesa.

No obstante, supo que había cometido un grave error cuando los ojos del slytherin brillaron con astucia. Había hablado de más.

–¿Crees que finjo ser desagradable, Granger? –siseó.

Hermione casi se atoró con su propia saliva. Tenía que decir algo, ¡tenía! Pero no se le ocurría nada para salir de ese embrollo. Afortunadamente, en ese instante el profesor los notó hablando y les ordenó poner atención, lo cual ella acató gustósamente, tratando de lucir despreocupada mientras él la fulminaba con suspicacia.

Así, la clase continuó unos minutos y ella creyó estar a salvo, sin embargo, de pronto sintió una fría mano apretar con fuerza su pierna derecha. Perdió la respiración. No se atrevió a mirarlo, pero sabía que era él.

–Tendremos una "agradable" conversación a la salida, Granger –le susurró, sin dejar de enterrarle sus dedos en la piel–. Y si eres tú quien creo, estás en un grave problema.

–Suéltame, Malfoy. No sé de qué me hablas –murmuró ella, tratando de ignorar los temblores que le producía su tono amenazante.

Por el rabillo del ojo, vio como él sonreía de forma macabra.

–Más te vale, sangre sucia. O sino, sabrás qué tan desagradable puedo llegar a ser...

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Continuará...