Por supuesto nada de esto me pertenece la trama es de la esritora Nora Roberts y los personajes de stephenie Meyer. Si fuesen mios todos tendriamos un Emmet, por ahora nos contentamos con leer...
CAPITULO II
Había ocho mesas de blackjack diseminadas por el casino. Rosalie y los otros siete croupiers rotarían de una a otra el resto de la tarde y noche, con un único y breve descanso para cenar. Si el juego era ligero, el casino permanecería abierto hasta las dos. Si era fuerte, mantendrían algunas mesas abiertas hasta las tres. La primera regla era darles a los pasajeros lo que querían. Otros hombres y mujeres de esmoquin se dirigieron a sus mesas. Junto a Rosalie, el joven italiano que acababa de ser ascendido a croupier se hallaba de pie ante la mesa dos. Rosalie le sonrió y recordó que Dale le había pedido que lo supervisara.
-Disfruta, Tony -sugirió, observando a la multitud que ya esperaba al otro lado del cristal-. Va a ser una noche larga -«y toda de pie», añadió en silencio
Mientras Dale daba la señal para que abrieran las puertas. Los pasajeros entraron casi en tropel, algo normal el primer día del crucero. La sala prácticamente se vaciaría durante las horas de la cena, luego volvería a llenarse hasta pasada la medianoche. El atuendo era informal, pantalones cortos, vaqueros, muchos descalzos. Con la apertura, Rosalie oyó los efectos sonoros musicales de las máquinas recreativas que había en la cubierta de pasco. A los pocos minutos el sonido quedó ahogado por el ruido constante de las monedas en las tragaperras. Rosalie podía separar a los «Jugadores» de los «observadores». Siempre se encontraba a ambos entre cualquier grupo de pasajeros. Habría un porcentaje de personas que jamás había entrado en un casino. Simplemente darían vueltas, atraídas por el ruido y el colorido antes de pedir monedas para probar las máquinas. Había otros que iban por diversión, sin importarles si ganaban o perdían, y que solo asistían por el juego. Gritarían al ganar y gemirían al perder, de un modo similar al de los adictos a las máquinas recreativas, Pero siempre estaban los Jugadores. Durante el viaje pasarían casi todo el tiempo en el casino, convirtiendo el juego de ganar y perder en un arte... o una obsesión. No mostraban características específicas, ningún modo especial de vestir. La mística del jugador de barco fluvial se podía encontrar tanto en la pequeña abuela de Peoría como en el ejecutivo de la Avenida Madison. A medida que las mesas empezaban a llenarse, Rosalie los catalogó en categorías, Sonrió a las cinco personas que habían elegido la suya, luego rompió el sello de cuatro barajas,
-Bienvenidos a bordo -dijo y comenzó a mezclarlas.
Solo hizo falta una hora para que la atmósfera del juego comenzara a crecer. Impregnaba el humo y el leve sudor que flotaba por el casino. Era una fragancia embriagadora, tentadora. Rosalie siempre se había preguntado si era eso lo que atraía a la gente, más que las luces y el tapete verde. Sumado al ruido de las monedas en los cuencos de las máquinas tragaperras. Ella nunca participaba, porque reconocía a la jugadora que llevaba dentro. Hacía tiempo que había decidido no arriesgar nada a menos que las probabilidades estuvieran a su favor, Durante su primer turno cambió de mesa cada treinta minutos, haciendo un recorrido lento por la sala. Después del descanso para cenar comenzó otra vez. Cuando su puso el sol, el casino se llenó más. Las mesas se hallaban a rebosar y la bola de la ruleta giraba sin cesar. Los atuendos se hicieron más elegantes, como si jugar por la noche requiriera encanto. Como las cartas y las personas cambiaban siempre, jamás se sentía aburrida. Había elegido el trabajo para conocer a gente variada, no la típicamente rica de la universidad. En eso había logrado la meta que se había propuesto. En ese momento a su mesa tenía a un tejano, a dos neoyorquinos, a un coreano y a un georgiano, a todos los cuales había identificado por sus acentos. Para ella eso formaba parte del juego, igual que repartir las cartas sobre el tapete. Algo de lo que jamás se cansaba.
Repartió la segunda carta, descubrió la suya y quedó satisfecha con los dieciocho que sumaba. El primer neoyorquino pidió una carta, sumó los puntos y emitió un gruñido disgustado. Con un movimiento de la cabeza indicó que se plantaba. El coreano se pasó con veintidós, luego se levantó de la mesa farfullando algo. La segunda neoyorquina, una rubia esbelta con un ceñido vestido negro de noche, se plantó con un nueve y una reina.
-Quiero una -pidió el hombre de Georgia. Sumó dieciocho, observó a Serena con gesto pensativo y se plantó.
El hombre de Texas se tomó su tiempo. Tenía catorce y no le gustaba el ocho que mostraba Rosalie.
Considerando las posibilidades, se frotó el mentón, bebió un trago de whisky y le indicó que le diera una carta. Ella lo hizo, y se pasó con un nueve.
-Encanto -comentó apoyado en la mesa-, eres demasiado dulce para llevarte el dinero de un hombre de esa manera.
-Lo siento -con una sonrisa descubrió su -anunció antes de encargarse de las
Apuestas. Rosalie vio el billete de cien dólares en la mesa antes de darse cuenta de que alguien había ocupado el lugar vacío del coreano. Alzó la vista y se encontró con un par de ojos verdes, fríos, insondables, directos. Se vio atrapada en ese momento de contacto, sin poder ver nada más. Eran de un verde fresco, con ámbar en el reborde del iris. Algo parecido al hielo bajó por su espalda. Se obligó a parpadear y a mirarlo. Aunque tenía el rostro delgado de un aristócrata, no se trataba de ningún príncipe; lo percibió en el acto. Quizá fuera por la boca larga que no sonreía, o por el arco irregular de unas cejas negras. O quizá solo se debía a la advertencia interior que se activó en su cerebro. Alguien acostumbrado a mandar, sí, pero no de la realeza. Se trataba del tipo de hombre que planeaba negocios despiadados y tenía éxito. El pelo tupido y negro le caía por encima de las orejas y sobre el cuello de una camisa blanca de seda. La piel se estiraba tensa sobre los huesos largos de una cara tan bronceada como la de Dale, pero no creyó que se lo cuidara como su supervisor. Ese hombre se enfrentaba a los elementos sin dedicar un solo pensamiento a la moda.
No adoptó una postura desgarbada como el texano ni se sentó con indolencia como el hombre de Georgia, sino como un felino ágil y paciente, siempre listo para saltar. No fue hasta que él enarcó levemente una ceja cuando Rosalie se dio cuenta de que lo había estado mirando fijamente.
-Cambio de cien -anunció con firmeza, irritada consigo misma.
Con movimientos diestros introdujo el billete en la ranura de la mesa y luego contó las fichas. Cuando se realizaron las apuestas, repartió las cartas. El hombre de Nueva York contempló el diez que mostraba Rosalie y pidió con catorce. Se pasó. El jugador nuevo se plantó con quince con un gesto de la mano. La neoyorquina y el georgiano se pasaron antes de que el texano se plantara con diecinueve. Rosalie descubrió un tres para acompañar a su diez, sacó un dos y luego se pasó con veintitrés. El hombre del rostro peligroso extrajo un cigarro fino y continuó Jugando en silencio. Ella ya sabía que se trataba de un jugador. Se llamaba Emmet Mccarty. Sus antepasados habían cabalgado sobre caballos veloces y cazados con flechas y arcos. Rosalie había tenido razón acerca de la aristocracia, aunque su sangre no era real. Parte de su herencia procedía de simples inmigrantes franceses con un toque de mineros galeses. El resto era comanche. No había conocido una reserva, y aunque en su juventud había rozado la pobreza, estaba acostumbrado a sentir la seda sobre su piel. Tanto que, como los muy ricos, rara vez la notaba. Su primera apuesta la había ganado en una sala de billar con quince años. En los veinte años transcurridos desde entonces, se había entregado a juegos más elegantes. Era, tal como había percibido, Rosalie un jugador. Y ya había empezado a calcular las probabilidades. Emmet había entrado en el casino con la idea de pasar unas horas en un juego tranquilo. Un hombre podía relajarse con apuestas pequeñas cuando era capaz de permitirse el lujo de perder. Entonces la había visto. Después de recorrer con los ojos a otras mujeres con vestidos de noche, brillo de oro y fulgor de joyas, posó la vista sobre la rubia con el esmoquin masculino. Tenía un cuello esbelto que el pelo recogido y la camisa con volantes acentuaban, y un porte que gritaba buena cuna. Pero lo que había sentido en la entrepierna era su abierta sexualidad, que no necesitaba ni movimientos ni palabras por parte de ella. Era una mujer por la que un hombre suplicaría, Emmet contempló sus manos mientras repartía, Eran exquisitas, estrechas, de dedos largos y con delicadas venas azules por debajo de la superficie de una piel cremosa. Sus uñas eran ovaladas y perfectas, con el brillo de laca de uñas incolora. Eran manos apropiadas para tazas de té y pastas. El tipo de manos que un hombre ardía por sentir en la piel. Levantó la vista y la miró directamente a los ojos. Con un ligero fruncimiento de cejas, ella le devolvió la mirada y se preguntó por qué ese hombre sombrío y silencioso le provocaba incomodidad y curiosidad. No había pronunciado una palabra desde que se sentó... ni con ella ni con los demás jugadores, Aunque llevaba ganando con consistencia profesional, no daba la impresión de obtener placer alguno de ello. De hecho, parecía no prestarle ninguna atención al juego. Lo único que hacía era mirarla con la misma expresión calmada y atenta.
-Quince -anunció ella con frialdad, indicando las cartas delante de él. Emmet pidió una carta con un movimiento de la cabeza y recibió un seis sin alterar para nada la expresión,
-Maldita sea si no tienes suerte, hijo -comentó con tono jovial el texano. Al observar su decreciente montón de fichas, esbozó una mueca-. Me alegro de que alguien la tenga -bufó cuando Rosalie le entregó la carta que lo eliminaba con veintidós,
Al sacar un veinte para la banca, recogió fichas antes de deslizar dos de veinticinco dólares cada una en dirección a Emmet. Sus dedos se rozaron en un contacto leve, pero lo suficientemente poderoso como para que ella alzara los ojos. Observándola, él no hizo movimiento alguno para retirar la mano. No había presión ni coqueteo, pero Rosalie sintió que la reacción la recorría como si hubieran sido sus cuerpos los que se hubieran unido y no los dedos. Haciendo acopio de todo su control, con lentitud volvió a llevarse la mano al costado.
-Croupier nuevo -dijo con calma, notando con alivio que su turno en esa mesa había tengan una velada agradable -pasó a la siguiente mesa, maldiciéndose para no mirar atrás.
Por supuesto, lo hizo, para clavar los ojos en los de él. Furiosa, se permitió mover un poco la cabeza. Adoptó una expresión de desafío. Por primera vez aquella noche vio que la boca larga se curvaba en una sonrisa lenta, que apenas modificaba los ángulos de la cara. Emmet inclinó la cabeza, como si aceptara el reto. Rosalie le dio la espalda.
-Buenas noches -saludó con voz clara al nuevo grupo de jugadores.
La luna seguía alta y proyectaba un haz de luz sobre las aguas oscuras. Desde la barandilla. Rosalie podía ver las crestas blancas de las olas mientras el barco navegaba por un mar encrespado. Eran las dos de la mañana y la cubierta se hallaba desierta. Le gustaba esa hora de la noche, mientras los pasajeros dormían, antes de que la tripulación comenzara su primer turno. Se encontraba a solas con el mar y el viento y podía imaginarse en cualquier época que eligiera.
Respiró hondo e inhaló la fragancia de la espuma salada y de la noche. Llegarían a Nassau poco después del amanecer, y mientras estuvieran atracados en el puerto el casino permanecería cerrado. Tendría la mañana libre para hacer lo que quisiera. Pero prefería la noche, Su mente regresó a las horas de trabajo, al jugador silencioso que se había sentado a su mesa, ganando y observando. Pensó que era un hombre por el cual las mujeres se sentirían atraídas, pero no le sorprendió que hubiera estado solo. «Un hombre solitario», musitó, «y extrañamente magnético, Atractivo», reconoció mientras se adelantaba para dejar que el viento le azotara la cara. Atractivo de una manera peligrosa. Pero tuvo que reconocer que llevaba en la sangre considerar el peligro como un desafío. Los riesgos se podían calcular, los porcentaJes medir, y, sin embargo... Sin embargo, Serena no pensó que el hombre siguiera el camino preciso de la teoría.
-La noche te sienta bien.
Ella apretó las manos sobre la barandilla. Aunque jamás lo había oído hablar, ni siquiera notado su llegada, supo a quién tenía a la espalda. Necesitó esforzarse para no jadear y dar media vuelta con celeridad. Mientras el corazón le martilleaba, giró despacio para verlo salir de las sombras. Dedicó un momento a recobrarse mientras él se detenía a su lado.
-¿Continuó su suerte? -preguntó.
-Eso parece -repuso sin apartar los ojos de la cara de ella.
Rosalie intentó localizar su acento, pero sin éxito, Su voz era profunda y sin inflexión.
-Es muy bueno -afirmó-. Pocas veces recibimos aun profesional en el casino -pareció captar un haz veloz de humor en los ojos de él antes de que sacara un cigarro fino y lo encendiera. El humo impregnó el aire, para desvanecerse con el viento. Uno a uno. Rosalie relajó los dedos sobre la barandilla-.
-¿Disfruta del viaje?
-Más de lo que había esperado -dio otra calada al cigarro-. ¿Y tú?
-Es mi trabajo -sonrió.
Emmet se apoyó en la barandilla y posó la mano cerca de la de ella.
-Esa no es una respuesta, Rosalie -señaló.
Solo enarcó una ceja al ver que él había leído su nombre en la placa de identificación que llevaba en la solapa.
-Me gusta, señor...
-McCarthy -musitó mientras pasaba un dedo por la línea de su mandíbula-. Emmet McCarthy. Recuérdalo.
Ella se negó a retroceder, a pesar de que la reacción veloz de su cuerpo ante el contacto la sorprendió. A cambio, lo observó con fijeza.
-Tengo una buena memoria.
-Sí -esbozó una sonrisa imperceptible-, por eso eres una buena croupier. ¿Cuánto tiempo llevas en ello?
-Un año -aunque él quitó el dedo, la sangre de Rosalie no se enfrió.
Asombrado, Emmet dio una última calada al cigarro antes de aplastarlo bajo el pie.
-Habría pensado que llevabas más, debido a tu manejo de las cartas -le levantó la mano de la barandilla para estudiar la palma. «Suave», pensó, «y firme». Una combinación interesante
-. ¿Qué hacías antes?
Aunque su cerebro le decía que lo más inteligente sería una retirada, no movió la mano. Percibió tuerza y habilidad en el contacto, aunque no estaba segura del aspecto de cada cosa.
-Estudiaba.
-¿Qué?
-Lo que me interesaba. ¿Qué hace usted?
-Lo que me interesa,
Ella rio, y el sonido bajo y ronco susurró sobre la piel de Emmet.
-No sé por qué creo que habla literalmente -fue a quitar la mano, pero los dedos de él se cerraron sobre los suyos.
-Así es -murmuró-. Es Emmet, Rosalie -sus ojos recorrieron la cubierta desierta, luego el mar oscuro e interminable-. Este no es sitio para la formalidad. El sentido común le indicó que fuera con cuidado; el instinto la impulsó a provocar,
-Hay reglas para la tripulación en su trato con los pasajeros, señor McCarthy-explicó con frialdad-. Necesito mi mano.
Cuando él sonrió, la luz de la luna brilló en sus ojos, como en los de un gato.
-Y yo también -la alzó y apoyó los labios en el centro de la palma. Rosalie sintió el impacto del beso en todos los poros de su cuerpo-. Tomo lo que necesito -musitó sobre la piel.
La respiración de ella se había acelerado sin que se diera cuenta. En la cubierta oscura y vacía él no era más que una sombra con una voz que podría haberse filtrado por la miel, y con ojos peligrosos. Sintiendo que el cuerpo anhelaba acercarse, se contuvo con una reacción veloz de su temperamento,
-No en esta ocasión. Voy a entrar, es tarde,
Manteniendo la mano con firmeza en la suya, Emmet la alzó para quitarle las horquillas del cabello. Al caerle sobre los hombros, las arrojó al mar. Aturdida por su audacia, lo observó con ojos centelleantes. "Es tarde -convino él, pasándole los dedos por el pelo-. Pero tú eres una mujer para las horas oscuras.
Lo pensé en cuanto te vi -con un movimiento demasiado veloz y fluido para ser medido, atrapó a Rosalie entre la barandilla y su cuerpo. El viento le agitó el pelo y la piel pura como el mármol bajo la luna. Emmet descubrió que la necesidad era más fuerte de lo que había imaginado.
-¿Sabe lo que pensé yo? -exigió Rosalie, luchando porque las palabras no salieran entrecortadas-. Pensé que era rudo y grosero.
El rió divertido.
-Parece que ambos acertamos. No sé si decirte que llegué preguntarme qué sabor tendrías y eso estuvo a punto de distraerme del juego.
Rosalie se quedó muy quieta. El único movimiento era el de los mechones dorados que danzaban en torno a su cara. Luego alzó la barbilla y sus ojos se oscurecieron con desafío.
-Es una pena -repuso mientras cerraba la mano. Decidió que sin importar que fuera un pasajero, iba a darle un puñetazo, tal como le habían enseñado sus hermanos.
-Es raro que alguien o algo interfiera en mi concentración -al hablar se inclinó. Rosalie tensó los músculos-. Tienes los ojos de una hechicera. Soy un hombre supersticioso.
-Arrogante -corrigió con firmeza-. Pero dudo que supersticioso -vio la sonrisa en los ojos de él a medida que la cara dominaba su campo de visión.
-¿No crees en la suerte. Rosalie?
-Sí -«y también en un buen derechazo», añadió en silencio. Sintió que los dedos de Emmet se deslizaban por su nuca y bajaba la boca hacia la suya. De algún modo el aleteo cálido del aliento de ese hombre hizo que entreabriera los labios y su concentración vacilara. Una mano aún le sostenía la suya; con un dedo, trazó círculos en la palma como si quisiera recordarle la sensación de los labios en su piel. Luchando contra una creciente debilidad, Rosalie se retiró y apuntó al estómago vulnerable. .
A menos de un centímetro del blanco, su puño quedó capturado en una presa férrea. Frustrada, se debatió, y lo único que consiguió fue escuchar otra vez la risa de él.
-Tus ojos te delataron -informó, inmovilizándola-. Tendrás que trabajar en ello.
-Si no me suelta, voy a... -la amenaza se perdió al sentir el roce de su boca. No fue un beso, sino una tentación. Rosalie se humedeció los labios como si anticipara algo oscuramente dulce estrictamente prohibido.
-¿Qué? –susurró Emmet, volviendo a rozarle los labios con una ligereza que hizo que la sangre le hirviera. Quería aplastar y devorar casi tanto como saborear. La boca de ella estaba húmeda y olía levemente a mar y a verano. Cuando no respondió, siguió el contorno de los labios con la lengua, grabándolos en la memoria mientras absorbía el sabor y esperaba.
Rosalie sintió cómo el espeso placer penetraba en ella. Tenía los párpados pesados y los cerró; sus músculos se relajaron. El puño aún encerrado en la mano de él se quedó laxo. Por primera vez desde que tenía uso de razón, la mente se le quedó en blanco...
Un espacio vacío en el que él podría haber escrito lo que deseara. Experimentó el ínfimo y excitante dolor cuando le mordisqueó el labio inferior y la mente volvió a llenársele. Pero no con pensamientos.
El cuerpo duro y delgado estaba pegado al suyo. La boca era más suave de lo que habría imaginado en un hombre, como el contacto de una seda delicada sobre la piel. Percibía el leve aroma a tabaco, rico y extranjero, y la fragancia de él sin la Interferencia de colonia. Emmet susurró su nombre como Rosalie jamás lo había oído. El barco se escoró, pero él siguió el movimiento con la misma facilidad con que la había acercado. Olvidados los pensamientos de resistencia, le rodeó el cuello con los brazos y echó la cabeza atrás en gesto de invitación. Emmet experimentó el deseo salvaje de saquearla mientras le aferraba el pelo con la mano.
-Abre los ojos -exigió. Mientras observaba, los párpados pesados se alzaron para revelar ojos nublados por el placer-. Mírame cuando te bese -musitó.
Entonces le aplastó la boca con la suya, implacable y brutal. Al explorarla pudo oír los latidos del corazón martilleándole en el pecho. Descubrió sabores inagotables mientras la lengua de Rosalie respondía con igual urgencia. Los ojos de él eran como rendijas mientras contemplaba el placer brumoso en los de ella convertirse en una pasión opaca. Al gemir los cerró y también la visión de Emmet se volvió borrosa. Rosalie sintió que el deseo la aferraba como si tuviera garras. Anhelos, necesidades, secretos, todo quedó expuesto en una explosión tumultuosa. A pesar de que ansiaba satisfacerlos, comprendió que era un hombre que podía desnudarla hasta el alma. Y no sabía nada de él.
Asustada, luchó por liberarse, pero él la mantuvo pegada a su cuerpo, sin soltarle los labios hasta quedar saciado. En algún rincón cuerdo del cerebro comprendió que él siempre tomaría, ajeno a cualquier predisposición de la otra parte.
Al verse libre, se tomó tiempo para recuperar el aliento. Emmet volvió a observarla con esa extraña capacidad que tenía para la quietud y el silencio absolutos. Resultaba imposible leerle los ojos. En una defensa natural, Serena convirtió el miedo en ira.
-Si hubiera leído el folleto, habría visto que el precio del billete no incluye poder elegir entre la tripulación.
-Algunas cosas no tienen precio, Rosalie. Algo en su tono de voz la hizo temblar. Era como si ya la hubiera marcado de forma casi indeleble. Retrocedió a las sombras. -Manténgase alejado de mí -le advirtió. Emmet se apoyó en la barandilla sin apartar los ojos de la silueta.
-No -repuso con suavidad-. Ya he dado las cartas y las probabilidades están a favor de la banca.
-Bueno, pues no me interesa -siseó-. Descárteme del juego -dio media vuelta y bajó por las escaleras que conducían a la siguiente cubierta.
El metió las manos en los bolsillos y con una sonrisa Jugueteó con unas monedas. -Ni lo sueñes.
Hola!
en estos momentos tendria que etar preparando mi examen de sociales
pero bueno me apetecia subir otro capitulo más
espero que os guste y disfruteis leyendo
aqui ya vemos un poco más de la faceta de Emmet. Es un jugador y Rosalie es su trofeo
¿pero le dejará la rubia? ajjajaja seguid leyendo y lo descubrireis
bueno después de todo esto me despido
espero viestros comentarios
*CANDY OF RASPBERRY*
