Capítulo 1. Discusiones

Era el día perfecto para zarpar, el mar tranquilo y el viento a favor. Desde el puerto de una pequeña isla, se podía distinguir en el horizonte un barco con bandera pirata, el Thousan Sunny, que había dejado la ciudad unas horas antes. El sol brillaba intensamente reflejándose en las aguas de alta mar por lo que, tras las maniobras de rutina para ponerse en ruta, la navegante de la tripulación había decidido que hacía el día perfecto para relajarse, decisión secundada por su capitán.

En esos momentos, Luffy estaba acechando la puerta de la despensa para entrar en un descuido de Sanji y saciar su apetito ayudado por Usopp, que intentaba distraer al cocinero y dejar vía libre al capitán. Chopper se distraía en su cuarto leyendo un libro de medicina tras haber reorganizado su botiquín. Robin y Franky se habían quedado en cubierta charlando hasta que al carpintero se le ocurrió un nuevo artefacto para el barco y desapareció para plasmarlo en un plano, sin embargo a la mujer no le molestó el desplante, todo lo contrario, aprovechó el momento de soledad para terminar el libro que estaba leyendo, pero se quedó en un intento gracias a las contínuas discusiones entre los otros dos miembros de la tripilación, la navegante y el segundo de a bordo.

La pareja estaba a pocos metros de la arqueóloga. Nami intentaba hacer un mapa, había decidido hacerlo encubierta en vez de su habitación para disfrutar del sol y la suave brisa marina, pero no había contado con que cierto peliverde también había decidido que la cubierta era perfecta para entrenarse con sus pesas, justo al lado de ella.

Entre esos dos pasaba algo raro, de eso Robin estaba segura, ambos estaban demasiado susceptibles, en especial entre ellos, y las discusiones, que siempre eran habituales, se habían hecho aún más frecuentes, hasta tal punto que casi no toleraban la presencia del otro en el mismo espacio.

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– 344, 345, 346...

– Zoro, ¿te podrías callar? – preguntó la pelirroja, aunque por el tono, se parecía más a una orden que a una pregunta – ¡¿Es que no sabes contar para ti?

– ¿Y ahora qué tripa se te ha roto? – protestó su compañero – 353, 354...

– ¡Estoy intentando hacer un mapa, y no me salen las medidas porque me estás...!

– 359, 360, 361...

– liando – susurró – ¡PRÉSTAME ATENCIÓN, QUE TE ESTOY HABLANDO!

– pero si... 364... estoy... 365... escuchándote... 366... – y esa fue la gota que colmó el vaso.

– ¡O DEJAS DE CONTAR O TE VAS! – Nami se había cabreado otra vez.

– ¡ERES TÚ LA QUE ESTÁS MOLESTA! – y Zoro no tardó en seguirla, furioso soltó las pesas inconscientemente – ¡VETE TÚ! – añadió señalando los camarotes.

– Ya has terminado tu entrenamiento, ¿no? – lo miró con odio y señaló las pesas – entonces podrías perderte de vista y hacerme un favor por una vez en tu vida – añadió entre dientes.

Y fue entonces cuando Zoro se dio cuenta de que había dejado el entrenamiento a medias por culpa de Nami, otra vez.

– ¡ERES LA TÍA MÁS INSOPORTABLE DEL MUNDO!

– ¡Y TÚ ERES EL IMBÉCIL MÁS GRANDE DEL MUNDO!

Zoro cerró los ojos y se preparó para uno de los golpes de la pelirroja, pero se quedó esperándolo, porque no sólo no le pegó, sino que recogió sus cosas y se fue. Algo descolocado, la observó irse con el mapa a medio terminar arrugado en una mano, la pluma, el compás y demás útiles en la otra, la cabeza alta y dando pisotones al suelo como si éste la hubiese ofendido gravemente. "Y aún así está preciosa" le vino a la mente sin poder evitarlo, sacudió la cabeza y recogió las pesas para seguir con su entremamiento.

Estaba muy cabreada, hasta tal punto que se le saltaban las lágrimas, y la verdad es que no sabía exactamente el por qué, sólo sabía que no soportaba como el estúpido del espadachín la menospreciaba, era el único en toda la tripulación que no le hacía caso. Llegó a la puerta de su camarote, e iba a abrirla cuando la voz de Robin la interrumpió.

– ¿Ocurre algo, navegante-san?

– Absolutamente nada – contestó con tono seco, la miró, le sonrió hipócritamente y entró en su camarote cerrando la puerta de un portazo.

– Cualquiera lo diría – comentó en un suspiro la arqueóloga, la verdad es que ya resultaba incómoda la situación entre esos dos.

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El camarote, normalmete pulcramente ordenado, era un caos, fruto de un ataque de rabia de su dueña. En cuanto entró, cerrando la puerta con contundencia, había dejado lo que llevaba en las manos de mala manera en la mesa, le había propinado una patada a la pata de la silla – comprobando que no era buena idea emplear la violencia física contra los muebles si llevas sandalias – y se había empleado a fondo contra la almohada, que ahora descansaba en la otra esquina de la habiación.

Nami estaba apoyaba la cabeza en el marco de la ventana, tenía la mirada perdida en el mar, pero su mente estaba lejos de allí, recordando todo lo que había pasado desde que se había enrolado en la tripulación de los sombrero de paja. La relación con Zoro nunca había sido lo que se dice cordial, pero tampoco se odiaban, por lo menos ella no lo odiaba, simplemente como era de naturaleza mandona y él le protestaba demasiado, siempre terminaban discutiendo. Sin embargo, últimamente, las discusiones se sucedían sin descanso, casi no podían estar en una misma habitación sin que acabaran enfadados el uno con el otro. Suspiró, otra de las cosas a las que se estaba aficionando últimamente, volviendo al presente y observó el cuarto fijándose en el mapa por primera vez desde que entrara.

– Tendré que hacerlo de nuevo – se dijo mientras intentaba alisarlo, haciendo que la tinta se corriera dejando borrones por todos lados – pero será en otro momento, ahora no me apetece.

Dicho esto, se puso un bikini verde y sobre él un pareo rojo, cogió el primer libro que pilló de la estantería, y se lo llevó a la cubierta de popa, para tomar el sol en la tumbona mientras leía. Lejos de él.

– ¡Ah, esto es la gloria!

Empezó a leer, era la típica novela romántica con tintes cómicos, chico conoce a chica, la primera impresión, por cosas del destino, es horrible y terminan odiándose, se hacen pequeñas putadas entre ellos, pero al final – también por cosas del destino – llegan a una situación en la que se quedan encerrados juntos y terminan conociéndose de verdad – tras una acalorada discusión, claro – entonces se enamoran, pero son tan orgullosos que no lo quieren reconocer. Por lo menos era entretenido.

– Este tío es un gruñón – comentó para sí mientras leía una de las discusiones de la pareja – se parece a Zoro... – en ese momento dejó de leer – ¡Mierda!

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No había levantado las pesas del suelo cuando escuchó un tremendo golpe que hizo que volviera a soltar las pesas del susto. A los cinco segundos vio a Robin salir a cubierta.

– ¿La del portazo ha sido Nami? – preguntó.

– Ajá – el peliverde se la quedó mirando unos momentos con expresión de querer preguntarle algo, así que añadió – pero según sus palabras, no ocurre absolutamente nada – y continuó su camino.

– Como si me importara mucho lo que le pase – masculló, mientras volvía a su entrenamiento.

Alrededor de media hora después, vio salir de nuevo a Nami, en bikini y pareo, con un libro en la mano dirigiéndose a la cubierta trasera. Zoro siempre había sido bastante frío sobre todo en lo que se refiere a chicas, pero es que tenía 19 años, y la testosterona a esa edad causa estragos, así que cuando vio a la pelirroja con ese atuendo, no pudo evitar echar una ojeada al cuerpo de la chica, recreándose primero en los pechos y luego en el trasero hasta que la perdió de vista. Volvió en sí, había dejado el entrenamiento a la mitad, otra vez.

– Y ahora me estoy convirtiendo en el cocinero pervertido – se recriminó, dándose una bofetada mental al darse cuenta de los estragos del escrutinio en su propio cuerpo.

Fue al almacén a dejar las pesas y se dirigió al baño a darse una ducha bien fría. Al terminar volvió a cubierta sin saber qué hacer, probablemente se echaría una siesta, así que se dirigió sin rumbo fijo, hasta que se encontró de sopetón con Nami al subir a la cubierta de popa, estaba recostada en la tumbona tomando el sol mientras leía... se quedó paralizado sin saber muy bien qué hacer, últimamente estaban el tiempo mínimo en el mismo sitio debido a las discusiones por cualquier tontería que tenían, y la verdad es que, inexplicablemente, empezaba a echarla de menos. Quería hablar con ella e intentar solucionar lo que fuera que estuviese pasando, por esa misma razón se había puesto a entrenar junto a ella ese día con toda la intención de mantener la fiesta en paz, lo cual no había sido posible, pero es que le había sentado muy mal que lo echara después de que se acercara a ella para solucionar sus problemas. Vale, no había dicho nada para ello, pero por lo menos él había intentado un acercamiento amistoso.

En eso escuchó a Nami protestar algo y cerrar el libro de golpe, fue eso lo que le sacó de sus pensamientos.

– ¡Mierda!

– ¿No te gusta el libro? – preguntó, y para aliviar tensiones añadió en tono de broma, lo que le costó un enorme esfuerzo – menos mal que el escritor no está a tu alcance, así podrá vivir un poco más... En fin, me voy a dormir.

Nami lo fulminó con la mirada y se levantó indignada. "Soy un hacha aliviando tensiones" se recriminó el muchacho cerrando los ojos por acto reflejo, esperando un golpe, un librazo, un empujón... cualquier cosa que implicara dolor, pero sólo sintió cómo la muchacha pasaba a su lado sin mediar palabra y bajaba las escaleras.

"Y ya van dos veces que se marcha cabreada y sin pegarme, ¿qué coño le pasará?" Estaba intrigado, pero tampoco tanto como para saltarse su necesitada siesta, así que se sentó apoyado a la barandilla y se durmió.

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Nami abrió la puerta de la cocina violentamente, sobresaltando a los que estaban dentro, y entró.

– ¡Nami-swan! Qué bien que ya estés aquí, iba a ir a buscarte para almorzar, preciosa.

– Pues ya no hace falta – lo cortó.

Fue a sentarse en su sitio, pero estaba ocupado por Robin y los dos únicos asientos libres estaban juntos. "Tengo que terminar rápido de comer, antes de que llegue mister simpatía".

Sanji empezó a servir los platos, animado por los gritos de Luffy y Usopp que lo instaban a que fuera más rápido mientras Chopper pegaba folpes con los cubiertos en la mesa.

– ¡Aquí tenéis, a ver si os calláis de una vez! – dijo el cocinero – Falta alguien... ¿dónde está el marimo?

– Durmiendo – escupió Nami.

– Debería ir a llamarlo, navegante-san – dijo Robin.

– Que venga cuando tenga hambre – respondió la pelirroja con cara de pocos amigos.

– ¿Otra discusión? – si las miradas matasen, en ese momento estarían llorando a una compañera morena – iré yo a buscarlo – añadió, saliendo de la cocina lo más rápido que pudo.

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Zoro estaba recostado en la misma tumbona donde Nami había estado poco antes, no sabía si era real o los efectos del sopor, pero creía notar el suave y delicioso aroma que desprendía Nami, ¿desde cuándo le parecía agradable el olor de la chica? En realidad le importaba poco en esos momentos, sólo importaba la extraña sensación de bienestar que lo invadía en esos momentos.

Robin llegó donde estaba el peliverde, estaba con los ojos cerrados y sonriendo, algo extraño en él.

– ¿Y esa sonrisa, espadachín-kun?

– Estoy intentando dormir – dijo molesto por haber sido sacado abruptamente del estado de semiinconsciencia en que se hayaba – pero parece que en este barco es imposible.

– Qué susceptible... ¿es que ha tenido alguna discusión últimamente?

– Eso no es de tu incumbencia, ¿has venido sólo a molestar?

– No, la comida está lista, así que si no quiere quedarse sin almuerzo, le recomiendo que vaya rápido a la cocina.

Al entrar en la cocina, Robin fue rápidamente al asiento que ocupaba antes, Zoro echó un vistazo y se tensó al notar que el único asiento que quedaba libre estaba junto a cierta pelirroja, inspiró hondo, intentó relajarse y se hizo el firme propósito de no abrir la boca si no era para comer, ese día ya había rebasado el cupo de discusiones que podía aguantar.

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La comida transcurrió como de costumbre, Luffy metiéndose en la boca más comida de la que podía tragar y robándole a sus compañeros la comida del plato cuando se acabó el suyo (que fue en un abrir y cerrar de ojos), Usopp regañándole cada vez que intentaba quitarle la comida, y contando historias sobre los reyes marinos que había pescado y vencido, las cuales escuchaba embobado el renito Chopper, olvidándose de comer.

– ¡LUFFY, TE HAS COMIDO TODA MI COMIDA! – gritó cuando fue a coger algo del plato una vez terminada la cuarta historia de Usopp.

– Lo siento Chopper, como no cogías nada, creí que no querías comer – el renito estaba con las lágrimas saltadas.

– Pero tengo hambre...

– Aún queda algo en la olla – Sanji, que ya estaba acostumbrado a ese tipo de escenas, siempre dejaba algo como reserva de emergencia para que Chopper pudiera comer – aquí tienes, y ten más cuidado porque ya si que no queda más.

Franky comía rápico y en tensión, protegiendo su plato de posibles ataques.

– Una fleur – una mano salió de la mesa y agarró el brazo de Luffy, que en un acto de osadía y pese a las advertencias de Sanji, había intentado coger algo del plato de Robin – esa es mi comida, capitán-san – dijo con una sonrisa.

– Lo siento, Robin... Sanji, prepara más comida – ordenó el moreno.

– ¡ESA ES LA COMIDA QUE HAY Y TE AGUANTAS!

– Pero es que se me ha acabado – protestó en un puchero – ¡SOY TU CAPITÁN ASÍ QUE HAZME CASO!

La respuesta del cocinero vino dada por una patada que dejó al chico del sombrero de paja inconsciente en el suelo.

Robin callaba y sonreía, le gustaba observar a sus nakamas, sin embargo, había algo que no era como siempre, había dos personas que estaban más calladas que de costumbre, sumidos en sus pensamientos. No era normal que nami estuviese tan tranquila comiendo sin chillarle a Luffy, y menos aún que Zoro no respondiera a las provocaciones de Sanji que estaba al otro lado de Nami, para formar la escenita correspondiente.

– Yo ya he terminado... os dejo, tengo cosas que hacer.

– Pero, pelirroja mía, si no has probado bocado... – protestó el rubio, y añadió en tono melodramático – ¿es que acaso no te ha gustado?

– No es eso Sanji-kun, simplemente no tengo hambre.

– ¿Le ocurre algo navegante-san? – insistió Robin.

Absolutamente nada – siseó, ya harta de la situación, quería irse y punto.

– YUPIII, YO ME COMERÉ EL PLATO DE NAMI – Luffy acababa de recuperarse, y salbata de alegría ante la perspectiva de comer algo más.


Hasta aquí el primer capítulo, espero que os haya gustado.

Gracias por leer