Disclaimer: Harry Potter es de J.K. Rowling.

Pareja: Ginny/Harry.

Rating: K.

Género: Humor/Romance.

NA: Es una chorrada como un templo. Yo lo advierto, por si acaso :D


El puffskein, el mago y el armario

Ginny se revolvió en su cama. Se dio la vuelta y vio que su marido no estaba. "Habrá ido al baño", pensó, medio dormida. Pero justo entonces oyó un ruido en el piso de abajo. Un ruido que se asemejaba bastante a una voz humana exclamando "Ay". ¿Para qué iba a ir su marido al piso de abajo a las tres y ocho minutos de la madrugada?

A no ser que no fuera su marido.

Cogió la varita, que guardaba bajo la almohada (antigua costumbre que aún no había conseguido quitarse), se levantó y se tropezó con la pata de la cama, todo en un único, fluido y torpe movimiento. Comenzó a dar saltitos en círculo a la pata coja, agarrándose el pie, mientras vocalizaba maldiciones de toda índole lo más en silencio que le era posible. Una vez terminado su pintoresco pero poco efectivo ritual de curación pedia, salió de su habitación medio cojeando, pensando en dos cosas: la primera, que iba a matar al que le hubiese hecho levantarse de la cama, aunque fuera su propio marido; la segunda, que después de matar al intruso iba a matar al que hubiera inventado las malditas patas de las camas, incluso si para ello le fuera preciso volver atrás en el tiempo (no en vano se había ganado a pulso su apodo de "Miss Simpatía" en los años que llevaba jugando en las Arpías de Hollyhead).

Miró en el baño, pero no había nadie. Bajó las escaleras con cautela, tratando de no hacer ruido. No había acabado de poner su dañado pie en la moqueta de la entrada cuando lo vio: la puerta del armario bajo la escalera estaba abierta. El caso es que recordaba perfectamente haberla cerrado después de cenar, porque allí guardaban las escobas y odiaba que les entrase el polvo. No había luz en su interior, pero Ginny sabía que había alguien. El sexto sentido que la conectaba con su escoba se lo decía.

Sin miramiento alguno, cogió el picaporte y abrió la puerta de par en par, con la varita en ristre, esperando hallar allí a un feroz asaltante, o a un fan de las Arpías de Hollyhead demasiado enfervorecido (no hubiera sido la primera vez). En su lugar, encontró un bulto tendido en el suelo, bulto que no tenia ninguna pinta de ser una escoba. Más bien parecía un ser humano. Un ser humano bajo unas mantas.

Durmiendo.

–¿Harry? –exclamó, con patente incredulidad.

El aludido se revolvió entre las mantas, remoloneando, y seguidamente las apartó para mirar a su esposa, sin gafas, con el pelo alborotado y los ojos verdes empequeñecidos por el sueño.

–¿Ginny?

Se observaron durante unos instantes, ella todavía con la varita levantada y tratando de asimilar la singular situación, y él medio dormido.

–Dime, cariño –comenzó Ginny, poniendo especial énfasis en la última palabra–, ¿se puede saber qué demonios haces en el armario de las escobas a las tres de la mañana?

Harry entrecerró aún más los ojos, como si ella le estuviera hablando en un idioma desconocido, o quizás como si realmente se estuviera pensando la respuesta a la pregunta que acababa de hacerle. O quizás simplemente es que era miope y estaba tratando de decidir si lo que estaba hablándole era su mujer o un puffskein gigante con el pelo demasiado rojo.

–No podía dormir –repuso, pensando para sí que era una respuesta perfectamente factible dada la tesitura de los acontecimientos.

Su mujer no pareció pensar lo mismo. Alzó una ceja, medio divertida, medio irritada, medio sorprendida todavía.

–¿Y desde cuándo te gusta dormir en armarios?

–Emh... –Se aclaró la garganta–. Es una larga historia.

Ginny lo observó durante unos instantes, indecisa, y después se encogió de hombros. Estaba demasiado cansada para discutir.

–Agh, qué demonios. Hazme un hueco, anda.

Y dicho esto se tumbó al lado de Harry.

–Pues no es incómodo del todo –murmuró, y su marido sonrió, ya con los ojos cerrados de nuevo–. Antes te has tropezado, ¿verdad?

Harry emitió un murmullo de asentimiento.

–Yo también. Con la pata de la cama.

Ambos rieron. Ginny se puso de espaldas a él y Harry la abrazó por detrás.

–Ginny.

–Dime.

–Creo que te quiero.

–Por supuesto que me quieres. Estoy durmiendo en el armario de las escobas contigo en vez de llevarte a San Mungo. Si eso no es amor, entonces no sé lo que es.

–Con un "Yo también te quiero" hubiera bastado.

–Calla y duérmete, anda.

Y Harry la obedeció, en parte porque tenia sueño, y en parte porque cuando estás en un armario de escobas abrazado a un puffskein gigante que te dice que te calles, no tienes más remedio que hacerlo.


NA: ¡Si veis algún fallo decídmelo, por piedad!