Por quién doblan las campanas - Jim Mizuhara

Capítulo 2

Observaciones Generales: Hola! Estoooo... considerando los reviews que he recibido, directa o telepáticamente, jejeje!... además de peticiones personales, decidí alargar más un poco esta historia, estoy haciendo una excepción, ya que no suelo dar continuidad a historias que ya di por terminado. Aquí desarrollaré más sobre el asunto anterior, y tendrá lemon! (vaya cosas, es la parte que más personas interesadas hay xD). Bueno, espero que les guste este 'plus' que agregué al fic.


El peliplatinado llegó a su casa un poco decepcionado, no acostumbraba retornar antes de cumplir con sus misiones. No se daba por satisfecho al haber matado apenas a uno, su principal víctima había escapado y, para colmo, lo reconocería si le veía en el futuro. Aunque sus facciones no demostraban ninguna emoción, interiormente se sentía aterrado, sabía bien el destino de los asesinos contratados que no cumplían con sus deberes… no tenía más remedio que rastrear al pelirrojo por toda la ciudad antes que su cliente se percatara de su error, eso si Yuriy aún estaba en la ciudad.

Se desplomó en su cama muerto de cansancio, dejó su pistola sobre la mesita de noche y reposó su cabeza sobre las almohadas. Observaba fijamente el arma sin el cargador, el pelirrojo se había quedado con él; le parecía increíble que Yuriy lo engañó con tal maestría que fue desarmado sin usar ningún tipo de violencia, apenas palabras, nada más que palabras… eso era falso, se aprovechó también de la debilidad momentánea de Boris y no ahorró esfuerzos para seducirlo casi, por muy poco no se desvió de su cometido y, quizás, al final Yuriy terminaría matándolo a él. El peliplatinado deseaba creer, al menos por espíritu de diversión, que todas las palabras del pelirrojo no eran falsas, que en algún momento se sintió atraído por sus cualidades y que realmente deseaba pasar unos buenos momentos con él.

".¿Dejándote llevar por las sensaciones, Boris?. Si es así deberías retirarte prontamente del mercado", meditaba el peliplatinado, molesto. En efecto, no podía esperar pasar buenos ratos con Yuriy ya que él mismo había confesado que descubrió todo al echarle la mirada a Boris. Pero… .¿No había una partícula de verdad en el hecho que Yuriy era bien parecido?. Tenía una voz y un aspecto que rezumaban sensualidad, no un amor sentimental y meloso, más bien un atractivo rayano a la volupia, capaz de exhaurir las fuerzas a cualquiera que se entregara a sus brazos. Todo su cuerpo y su ser eran para ser disfrutados al máximo, para dejarse llevar por los impulsos y entregarse a todos los actos posibles, de todas las formas posibles, una y mil veces, hasta que el aliento faltase y sus corazones se detuvieran casi por el dulce y quebrantador cansancio que se apoderaría de ambos. Boris pensaba en esos términos y se movía en el lecho, incómodo porque algo lo molestaba entre las piernas. Cuanto más pensaba en Yuriy, menos sentía deseos de matarle.

Boris se durmió con cierto sobresalto esa noche. Nunca se había molestado por los trabajos que realizaba ni tampoco eran motivo para perturbar su sueño diario, pero en esa ocasión no eran los fantasmas de los muertos quienes visitaron su inconsciente, más bien pertenecía a alguien que andaba bien vivo y con el tiempo prestado, ya que hubiera estado frío si lo hubiera matado horas antes. La viscosidad de sus sueños inconsistentes se mezclaban con periodos de insomnio, momentos que utilizaba para mirar fijamente al techo y divagar sobre Yuriy. Desmenuzaba cada trozo de conversación que tuvo con el pelirrojo, intentando localizar alguna pista de su paradero; ciertamente que debería emboscar futuramente a Yuriy para atraparlo, un abordaje directo estaba fuera de cogitación.

En el otro extremo de la ciudad, Yuriy llegó a un edificio bastante viejo, cuya pintura se descascarillaba y las puertas se agrietaban por el tiempo y la intemperie. Jadeando por la falta de aire, dio un empellón a la puerta y entró, cerrando con brusquedad después; su rostro pálido y ojos vítreos daban la impresión de que un miedo espantoso lo paralizaba. Otro hombre, aparentando más edad que Yuriy y vestido de la misma forma que él se acercó a auxiliarlo, preocupado con el aspecto que exhibía.

– .¡¿Yuriy?!. .¿Qué te pasa, te sientes mal?. .¡Pareces un cadáver!.

– Tienes que… .¡Tienes que ayudarme, Fyodor!. – balbuceó el pelirrojo, sacudiendo con violencia al otro - .¡Debo esconderme!. .¡En el baño, el sótano, en el infierno, no importa!.

– .¿P-Por qué eso?. – replicó el otro, aturdido - .¿Alguien te sigue, qué sucede?.

– M-Más tarde te lo explicaré, yo… iré a mi habitación – dijo Yuriy, y dando tropezones marchó apresuradamente hasta el segundo piso.

El pelirrojo se encerró y aseguró la cerradura con dos vueltas. Tan nervioso venía que no se percató que apretaba aún entre sus manos el cargador de Boris, lo estrujaba con tal fuerza que el frío metal hizo profundas marcas en sus palmas. Lo arrojó con fuerza, haciéndolo rebotar diversas veces contra el granítico suelo hasta perderse de vista en su habitación escasamente iluminada. Se metió entre las sábanas, perturbado.

Amenazas sobre su cabeza pendían muchas, pero nunca antes se encontró tan cerca de la muerte como en aquella ocasión. La sensación inminente de que perdería la vida fue algo tan brutal y atroz que sus brazos aún se estremecían, no podía controlarlos; mismo sabiendo de las intenciones de Boris, mantuvo la sangre fría hasta las últimas circunstancias, tuvo el coraje necesario para hacer todo lo que hizo, aunque no tenía una explicación lógica para su proceder. Simplemente, el instinto de sobrevivencia le dictaba, paso a paso, la conducta que debía tomar para contornar la situación.

Nunca antes había manejado una pistola o arma parecida, y mismo después de sacarle el cargador no estaba seguro completamente de que eso evitaría la detonación del arma. Llegó mismo a pensar que Boris podía fingirse de distraído y colocar otro cargador en su pistola, haciéndole creer al pelirrojo que estaba sin munición. El momento crucial para Yuriy fue cuando el peliplatinado le apuntó la pistola en la sien, no conseguía ver si ahora estaba sin cargador o tenía otro puesto; no había oído en su vida un sonido más horrible que la detonación apagada de una pistola, era un débil cliqueo capaz de congelar inmediatamente la sangre, de transformar el estómago de un bloque de hielo y la mente en la película de la vida de cualquiera. Pocas experiencias eran tan aterradoras como aquella.

Decidido a evitar circunstancias propicias para que sucediera lo mismo, Yuriy optó por alejarse temporalmente de los sitios que frecuentaba, sería más fácil creer que se marchó de la ciudad para aquellos que le seguían los pasos. Lo que él no imaginaba era que sabían su paradero, y que prontamente se hallaría frente a frente con su asesino.

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"La tarjeta", fue la primera cosa que atravesó la mente de Boris a las seis de la mañana. Afuera seguía haciendo frío y no había amanecido aún, la llovizna parecía eternizarse en el panorama grisáceo de la ciudad; escuchaba los ladridos distantes de un perro y un camión pasando lentamente por su departamento, era probable ser el recolector de basura. El peliplatinado se incorporó de un salto, restregándose los ojos con cansancio.

El trozo rectangular de cartón, garabateado con una dirección algo ilegible, planteaba dudas en la mente del peliplatinado. Podría ser de la propia casa del pelirrojo, o de otro sitio cualquiera, era algo que urgía averiguar antes que sus contratantes lo descubrieran. Lastimosamente, la tarjeta no consignaba número telefónico o cualquier otro dato que pudiera indicar que pertenecía a Yuriy, aunque por experiencia propia Boris advirtió que el local estaba ubicado en los arrabales de la ciudad.

Diez minutos después estaba en las calles, pisando los charcos de agua mientras las gotas se escurrían por su sobretodo. .¿Qué haría al encontrarse con Yuriy, matarlo de una vez o esperar de nuevo el momento adecuado?. La primera opción entrañaba algo de riesgo, terminaría prontamente con su trabajo pero habría testigos, no cabía duda; en cuanto a esperar momento determinado, por alguna razón Boris no confiaba más en su instinto, le había fallado una vez y esta podría ser la siguiente. Se detuvo frente a un edificio de aspecto execrable, parecía que parte de su estructura fue devorada por un incendio ocurrido antaño y las ventanas estaban claveteadas con tablas; el sucio aspecto de la fachada transmitía la idea que aquél lugar estaba abandonado.

A punto de desistir y convicto de que aquella dirección era nada más un lugar donde Yuriy encontró a alguien, el peliplatinado dio media vuelta, decepcionado. Su aguda vista percibió, de pronto, un hilillo de luz que atravesaba una grieta en la puerta, formando un pequeño y tenue círculo amarillento en el suelo. Si tal edificio realmente estaba en ruínas, era imposible que saliera luz de su interior o que tuviera, al menos, instalación eléctrica funcionando. Intentó empujar la puerta para entrar, sin éxito.

Experimentando un abordaje más directo, Boris dio un empellón a la puerta, rompiendo así las cerraduras. Ciertamente no estaba preparado para ver lo que guardaba el interior de dicho edificio, ya que una impresionante y deslumbrante decoración, salido directamente de algún libro de historia feudal, cubría y tapizaba los salones; el exterior era nada más que un hábil disimulo para los curiosos que se aventuraban a caminar por esa zona. El dorado y la escarlata eran presencia constante en el recinto suntuosamente decorado, rematado con una araña de cristal de complejo diseño e impecablemente pulido. Boris comprendió al punto de qué se trataba el lugar.

Como no esperaba ser el único circunstante, el peliplatinado fue recibido por un sujeto alterado, sus mejillas tan rojas como sus propios cabellos parecían comunicar un cierto incómodo por el daño causado a las puertas de entrada. Boris deslizó su mano sobre la pistola, previniendo cualquier reacción violenta por parte del individuo.

– .¿Quién es usted?. .¿Y cómo llegó hasta aquí?. – exclamó el sujeto, gesticulando y señalando la puerta detrás de Kuznetzov.

– .¿Eres nuevo por aquí?. – replicó Boris con otra pregunta, haciendo uso de una naturalidad escalofriante. Por su tono parecía adivinarse que el peliplatinado conocía el sitio y hasta el último hilo de la alfombra hacía siglos.

– Bueno… sí – respondió el otro, bajando más la voz - .¡Pero hubiera tocado la puerta y esperado, como siempre!.

– Perdone mi indelicadeza – se disculpó Boris, caballerosamente – y agregue el reparo de la puerta en mi cuenta. Me gustaría hacer uso de los servicios de Yuriy, he venido aquí varias veces y ciertamente no pienso cambiarlo tan pronto.

– Ah… de modo que usted es cliente de la casa – replicó el segundo, abriendo una sonrisa comprensiva – bien, mi nombre es Fyodor… si por alguna eventualidad le gustaría probar algo nuevo, pues… no tiene más que solicitarlo… - murmuró, sugestivamente.

– Hmmm… propuesta interesante – replicó Boris, sonriéndole también a modo de respuesta y guiñándole un ojo – pero será otro día. Por el momento, Yuriy me entretiene bastante bien.

– .¡Hmpf!. Todos los clientes dicen la misma cosa – replicó Fyodor con desdén – no sé qué tanto tendrá… muéstreme la tarjeta, por favor.

– .¿Tarjeta?. – el peliplatinado sintió escalofríos.

– Sí, la tarjeta… aquella que recibe después del último servicio que ha solicitado. .¿O cómo cree que puede presentarse aquí sin esa tarjeta?. – inquirió Fyodor, desconfiado.

– Ah, sí, la tarjeta… si se refiere a esta, aquí está – respondió Boris, por un miserable segundo toda la frágil mentira que había montado amenazó derrumbarse.

El indivíduo que dijo llamarse Fyodor se retiró, escudriñando con atención la tarjeta que recibió de Kuznetzov. Un poco más calmo, el peliplatinado retiró su mano de la pistola, metiéndola en los bolsillos y examinando el salón detenidamente; si comprobaba que no había más personas, o mismo cámaras de seguridad embutidas en las paredes, procedería a eliminar a los dos de una vez. Era toda una suerte haber dado con Yuriy en el primer intento.

Fyodor entró en la habitación de Ivanov, encontrándolo aún en un estado poco recomendable para atender a terceros. Le extendió la tarjeta, la cual Yuriy tomó con un rostro inexpresivo.

– Ánimo, Yuriy, que tienes trabajo ahora. Lávate un poco ese rostro de cementerio que tienes porque haré subir tu cliente dentro de poco.

– Hum – asintió el pelirrojo, abstraído - .¿Quién es ahora?.

– No lo sé… es un cliente de la casa.

– .¿Cómo se llama?.

– Yo… no lo he preguntado.

– .¿Cómo no?. – cuestionó Yuriy, irritado – entonces dime cómo es, qué dijo, de dónde lo conozco.

– Bueno, es un hombre bien parecido, bastante serio, usa un sobretodo oscuro, los cabellos platinados y…

– .¿Qué?. .¿Y tú pretendes que yo atenderé a ese sujeto, maldito?. – interrumpió Yuriy, al borde de un colapso - .¡Si es el propio que quiere matarme!.

– .¿P-Pero cómo…?.

– Quédate aquí.

El pelirrojo se deslizó silenciosamente por las escaleras, hasta tener una vista del recinto abajo pero sin ser visto. Sus temores fueron confirmados al ver la temible silueta de Boris aguardando abajo, manoseando su pistola metida entre sus ropas. Yuriy subió atropelladamente las escaleras, metiéndose de nuevo en su habitación.

– .¡Es él!. – exclamó Ivanov, alterado - .¡Fyodor, dile que no estoy aquí, que he viajado, lo que sea, pero no le digas que voy a atenderlo!.

Fyodor asintió, comprensivo, aunque interiormente estaba casi muerto de miedo por tener que enfrentarse con un auténtico asesino allá abajo. La expresión de Boris no mudó nada cuando vio al pelirrojo bajando las escaleras, sin traer a Yuriy consigo.

– Lo siento, señor, pero Yuriy no se encuentra – anunció el sujeto, tratando de comportarse lo más neutral posible – tuvo que atender asuntos en otra ciudad… aunque supongo que usted no querrá desperdiciar su viaje, .¿No es así?. Talvez quiera pedir a alguno de los varios que disponemos aquí o…

– No, gracias – replicó Boris, secamente – estaba interesado apenas por Yuriy, pero si no se encuentra, entonces no se puede hacer nada.

El peliplatinado giró sobre sus talones y se retiró en silencio. Suspiró, aliviado, después de todo había varias otras personas en el local y matar a Fyodor sería una tontería mayúscula. Sin embargo, el indivíduo mintió tan pobremente que no logró convencer a Kuznetzov, tenía la convicción de que Yuriy estaba allí. No teniendo más opción que aguardar otro momento conveniente, Boris se alejó rápidamente del lugar.

Por una rendija de la sucia ventana, Ivanov contemplaba al peliplatinado marchándose. No estaba seguro, y ahora estaba menos aún.

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Los días fueron pasando, grises y monótonos para la mayoría de los habitantes de la gran ciudad, aunque no de la misma forma para dos personas. Uno de ellos rastreaba, incansablemente, por todos los oscuros callejones y todos los sórdidos bares y establecimientos a otra persona que se estaba hartando de permanecer oculta. Yuriy no creía, ciertamente, que después de quince días escondiéndose estaría a salvo de algún asesino por las calles, mucho menos de que Boris iba olvidarlo tan pronto.

Por su parte, el peliplatinado estaba en el límite de sus fuerzas, el edificio donde estuvo por última vez era el lugar donde reconocidamente Yuriy debía estar, pero .¿por qué no aparecía más?. Para responder esta interrogante dedicaba parte de su tiempo a vigilar la desvencijada estructura, y otra fracción a averiguar el nombre de su víctima en lista de pasajeros de trenes, aviones, buses, registros de hospitales e incluso actas de fallecimientos. Aún se aferraba a la idea que el pelirrojo no se había marchado de la ciudad, hecho que, si fuera cierto, echaría por tierra todo el trabajo que venía realizando hasta entonces.

En la tarde del decimosexto día de su improductiva vigilancia, Boris languidecía de puro cansancio. El tedio que conllevaba la tarea lo hacía más difícil de realizar, además que las estúpidas circunstancias lo llevaron a realizar esa tarea complementar, si lo mataba de buenas a primeras posiblemente estaría ocupado con otra víctima ahora. Decidido a darse una pausa de, por lo menos, un día, se dirigió a un supermercado cercano con intenciones de comprar algo para beber.

Sacó un paquete de cervezas heladas del refrigerador de la tienda, cuando su vista obviamente fatigada divisó unos mechones rojos de cabellos, del otro lado de un estante. El peliplatinado enarcó las cejas, las noches maldormidas, la pésima alimentación y el temor que sentía al ser descubierto en el error le estaban jugando malas pasadas con su vista y su mente. Aunque no estaría contento en marcharse sin verificar bien lo que había del otro lado, Boris se volteó para encontrarse con la materialización de lo imposible: Yuriy Ivanov estaba ahí, en su frente, a menos de cinco metros, observando precios y absolutamente distraído. Sus ojos se abrieron tan grande como los del pelirrojo al encontrarse frente a Boris, quien de un salto largó sus compras e iba salir en disparada del establecimiento, si no fuera porque el peliplatinado imitó sus movimientos y dejó caer su paquete, corriendo como poseído detrás de Ivanov hasta darle alcance y echarlo al suelo.

Kuznetzov se sentía casi enloquecido por haberlo atrapado. Yuriy cayó de bruces sobre el asfalto, momento que el peliplatinado aprovechó para arrojarse sobre él e inmovilizarlo; sentía unas ansias tan inmensas de matarlo, que no le importaba que fuera allí, a la vista de miles de personas que transitaban. Podían apresarlo, matarlo incluso después, pero todo lo que Boris anhelaba en aquellos segundos era dar un fin al pelirrojo. El momento no se mostraría oportuno en aquella ocasión, a pesar de todo el salvaje método utilizado por Boris, el gran final fue un verdadero anticlímax porque, al final de cuentas, el peliplatinado había dejado su pistola en casa.

El consternado Boris se palpó los dobleces de la ropa, buscando en vano su arma. Quería hacer dos cosas: gritar de odio e impotencia y matar a Yuriy estrangulándolo con las manos. Debajo de si, el pelirrojo se revolcaba frenéticamente, intentando zafarse de Boris, aunque a cierta altura percibió que no traía su pistola. Sucio de polvo, Yuriy se volteó, contemplando casi piadosamente el fútil intento de Kuznetzov por hallar su arma; el peliplatinado se detuvo, ambos se miraban fijamente, asesino y víctima, y en sus orbes no traslucían más el deseo que conlleva la muerte… repentinamente les pareció que jugaban un juego sin sentido, ahora se sentían como niños fastidiados por la excesiva repetitividad de sus actos. Boris percibió, ahora que la luz diurna tocaba las mejillas del pelirrojo, que era más bonito de lo que parecía en la mortecina iluminación del establecimiento donde por vez primera se encontraron. Sus extrañas orbes azules comunicaban sentimientos de miedo, aunque un incomprensible y diáfano manto de ternura parecían velarle el rencor que debía sentir del peliplatinado.

– Boris, yo… te amo… - murmuró el pelirrojo, quizás más para sí que para Kuznetzov.

– .¡Cállate, maldito, te mataré!. – exclamó el peliplatinado, propinándole una bofetada en pleno rostro.

Pero Boris no conseguía matarlo. El pelirrojo volteó la cabeza, sumisamente, cuando recibió el golpe en la cara, cerró con fuerza los ojos por el dolor y ahora los abría de nuevo, revelando las garzas orbes que no se doblegaban ante el maltrato que le propinaba el peliplatinado. Un hilillo de sangre escurría de la nariz de Ivanov, formando una delgada y brillante línea rubí que se escurría por su mejilla derecha.

Poco importaba a ellos que las personas circularan a su alrededor, más preocupadas por sus asuntos que por el destino de ambos, medio tumbados en el suelo. Boris se desesperaba más y más porque tenía la sensación de que, al final, no mataría a Yuriy; la gama de sentimientos que bullían en el interior del peliplatinado lo estremecían, por alguna razón desconocida para él sintió que las palabras del pelirrojo, dichas en un momento crucial como aquél, eran verdaderas. No podía matarlo. No podía amar a su propia víctima.

Con el borde de su sobretodo limpió con delicadeza la sangre casi coagulada del rostro de Ivanov, no consiguió eliminar del todo los rastros rojizos. Lentamente fue acercándose, como si en algún momento pudiera escapársele del firme agarre con el que lo tenía, sintió la ligera y cálida exhalación de la boca de Yuriy, y depositó sus labios sobre los de Ivanov. Un instantáneo y perturbador escalofrío se deslizó por todo el cuerpo de Boris al hacer contacto, la suavidad y ternura con que los labios del pelirrojo lo recibían era, por lo demás, bastante impactante como para alterarlo considerablemente.

A los pocos segundos Boris no estaba más sujetando a Yuriy, más bien lo abrazaba con un ansia descomunal. El pelirrojo, percibiendo la sed con que Boris lo buscaba, lo besaba cada vez más, acariciándole las mejillas y enredando sus dedos por los suaves cabellos platinados del otro, haciéndolo sentir deseado y permitiendo que Kuznetzov tomara la iniciativa, explorándolo tesoneramente con la lengua hasta casi asfixiar al pelirrojo. Boris se sentía prácticamente en la nubes, por fin daba libertad a su fogosa voluptuosidad que desde antaño tenía aprisionado en su interior. Terminaron separándose por la pura necesidad de tomarse unas bocanadas de aire, alterados, ruborizados, uno convicto de que no iba morir y el otro desolado porque no iba matar.

Ambos se pusieron de pie, limpiándose del polvo como si fueran dos desconocidos que accidentalmente hubieran tropezado entre sí; Yuriy simplemente miró al peliplatinado, esbozó una extraña sonrisa y se volteó, alejándose a paso vivo hasta desaparecer. Boris permaneció allí, estático, preguntándose por qué había dejado escapar a su víctima por segunda vez y de forma tan sencilla como había sido; meneó la cabeza, pensativo, volviendo a la tienda de nuevo para comprar unas cervezas y meditar cómo podría dar un fin a Yuriy… aunque sin matarlo, necesariamente.

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Ya había pasado casi un mes desde el primer contacto con el cliente, y Boris aún no acababa con el asunto de Yuriy. Una de esas mañanas recibió una llamada por su teléfono celular, temprano lo suficiente como para arrancar a Kuznetzov del sueño en que se encontraba sumergido.

– .¡Boris!. .¿Qué rayos está sucediendo?. – fue el alarido, a modo de saludo, que Kuznetzov oyó por el aparato.

– .¿Quién es usted?. – susurró el peliplatinado, soñoliento.

– .¡Hace semanas que debía dar un fin a Yuriy y no lo hizo!. .¿Qué especie de profesional es usted?. .¡Si no acaba ya con esto, serás el primero a morir!. – amenazó el hombre.

– Hmmm… esta semana terminaré con eso, le prometo – aseguró Boris, relegando la amenaza a segundo plano – sé perfectamente dónde hallarlo.

Como no esperaba oír más peroratas por la línea, Boris desconectó su aparato, poniéndolo sobre las mantas. Hundió su cara en las almohadas, sabía bastante bien que, para quienes ejercían profesiones como la suya, el error de no cumplir era una tarea era castigada con la propia muerte. De modo que necesitaba, realmente, liquidar ese asunto.

No tardó en ponerse discretamente presentable, echándose incluso algo de su fragancia favorita. Así vestido caminaba sin prisas por las calles, sintiéndose feliz por una solución que concibió en las horas nocturnas que permaneció despierto; no era exactamente lo ideal, pero le daría el tiempo suficiente para poner en marcha otro plan. Si jugaba bien las cartas, tendría entre quince a veinte días de ventaja, aunque no podía asegurar el éxito absoluto.

Llegó al local donde Yuriy habitaba, el edificio semi-destruído y oculto en un poco transitado callejón. Como pretendía llamar la atención, no golpeó la puerta ni esperó, más bien propinó una patada certera que destruyó las cerraduras. La escena con el iracundo pelirrojo Fyodor volvía a repetirse, aunque de esta vez Boris poseía argumentos distintos.

– Vine a requerir los servicios de Yuriy – solicitó, sonriendo casi con inocencia.

– .¡Ya le he dicho que él no se encuentra!. – replicó Fyodor, impaciente.

– .¿Y otras personas?. – atinó Kuznetzov.

– Lo siento… los demás sacaron el día libre hoy, solamente yo estoy disponible y…

– Fabuloso – interrumpió Boris, golpeando fuertemente la nuca del sujeto.

Fyodor perdió la consciencia instantáneamente, desplomándose en el suelo con algún estrépito. Verificando la respiración del otro, Kuznetzov concluyó que permanecería así por un buen rato, no sería un obstáculo para la búsqueda que se proponía hacer.

Rápidamente subió las escaleras y, abriendo las puertas individualmente, acabó sorprendiendo en una de las habitaciones a Yuriy, cuyas vestimentas eran las mínimas posibles y, mismo así, no era horario de recibir clientes. La ocasión más perfecta del mundo para matar a Yuriy se presentaba ahora, pero Kuznetzov sentía muchas ganas de descartarlo también. Haciendo como posiblemente actuaban los clientes del pelirrojo, Boris se recostó por el marco de la puerta, observando de hito en hito el cuerpo de Yuriy y admirando sus atributos con interés, dejándose llevar por la imaginación que le sugería indecentes ideas relacionadas a lo que pudiera haber escondido debajo de los bóxers del pelirrojo.

– .¿Me vas a matar?. – habló Yuriy, permaneciendo inmóvil y esperando cualquier reacción por parte de Boris, su cuerpo tenso estaba entre luchar o huir.

– Quizás… - aventuró el peliplatinado, como si fuera una opción cada vez más lejana.

El incómodo silencio que se siguió después dejó impaciente al pelirrojo, quien terminó por recostarse en su lecho, cruzándose los brazos.

– .¿Sabes que te ves más sexy cuando finges estar serio?. – inquirió sorpresivamente Boris, sonriendo.

– .¿Qué?. – retrucó el pelirrojo, perplejo.

– Decías la verdad cuando afirmabas amarme, .¿no es así?.

– Eso hace parte de mi trabajo.

– Pero tú sabías que yo no era parte de tu trabajo.

– .¡Hmpf!. Uno nunca sabe…

– .¿Y que tal si me dices ahora, antes de morir de una buena vez, si es verdad o no que me amas?.

– .¿Y cómo puedo amar a alguien que me matará?. – cuestionó Yuriy, molesto.

– Pero yo no quiero matarte… porque yo sí te amo – murmuró Boris, sorprendiendo a Ivanov.

El peliplatinado sacó su pistola, depositándola sobre una silla a la vista de Yuriy. Se aproximó del pelirrojo, quedando frente a él y, sin esperar que reaccionara, lo echó sobre las almohadas y lo besó ardientemente, haciendo que Yuriy recibiera la aplastante voracidad de sus ansiosos besos en su boca y cuello; recorriendo con algo de brusquedad terminó besando y lamiendo todo el extenso área de su tórax, haciendo a Ivanov suspirar de hondo placer mientras el pelirrojo, con un atrevimiento que siempre se permitía, metió las manos en el interior de los pantalones de Boris, acariciando y apretando con ansiedad sus bien formados y deseables glúteos.

Kuznetzov arrancó auténticos gemidos del pelirrojo al dirigirse a sus pezones, lamiéndolos con aspereza y dedicándoles mordisqueos que los sensibilizaban, seguidos de posteriores succiones que, por la humedad y la suavidad acariciante como los hacía, estremecía a Yuriy. Los crispados dedos del pelirrojo apenas conseguían asir las prendas del peliplatinado, aprovechó algunos segundos de quietud por parte de Boris para despojarle de sus prendas, no se ocupó en desabotonar cuidadosamente su camisa, más bien se lo arrancó casi, haciendo lo mismo con sus pantalones, los cuales el propio Kuznetzov insistió en sacárselos enteramente. Subió nuevamente en dirección al cuello de Yuriy, besándolo con insistencia mientras restregaba su miembro enteramente erecto contra el del pelirrojo, también en el mismo estado, aunque apenas separadas por sus delgados bóxers.

Las sometedoras manos de Boris recorrían el cuerpo de Ivanov, acariciando partes donde decididamente le proporcionaban sensaciones agradables, mientras el pelirrojo se aferraba estrechamente contra el cuerpo del peliplatinado, proporcionándole la tibieza de su cuerpo y los deleites que su aterciopelado cutis podría incitar a Kuznetzov. Sus hábiles dedos se dirigieron a las entrepiernas de Yuriy, estimulando primero su órgano para después buscar, más abajo, el sitio exacto donde acabó introduciendo sus dedos. Momentáneamente Ivanov tensó su cuerpo, adaptándose poco después a la intrusión de Boris.

Con cierta torpeza derivada de su excesiva ansiedad, el peliplatinado sacó totalmente los bóxers a Yuriy, separando un poco sus glúteos para dar acceso a su inflamado miembro. El incómodo del pelirrojo pasó a ser más intenso a medida que Boris lo sometía, el peliplatinado no esperaba lo suficiente para que Yuriy se acostumbrara mejor. Cuando finalmente Boris tuvo su órgano enteramente en el interior del pelirrojo, lo sujetó con fuerza por el torso y lo irguió un poco, obligándolo a que permaneciera sentado en su regazo; los gemidos del pelirrojo, que evidenciaban la relativa brusquedad con que Kuznetzov procedía, no lo conmovían mucho. Las manos de Boris sujetaron con firmeza el miembro expuesto de Yuriy, haciendo movimientos con él que terminaban influenciando en los movimientos de sus caderas, ejecutadas de manera involuntaria.

El juego al cual sometían sus cuerpos tensados por las sensaciones duró lo suficiente para que sus instintos más ocultos fueran saciados. El clímax de su unión sucedió conjuntamente, mientras el pelirrojo se descargaba plácidamente en las manos de Boris, el peliplatinado nunca antes había experimentado un orgasmo tan completo, intenso y vivificante como aquel. Sus exánimes cuerpos se desplomaron, casi inertes, sobre las sábanas manchadas por las pruebas de que las sensaciones que se proporcionaron mutuamente no eran apenas ficticios, pero sí reales, muy reales.

Sherahazade – murmuró quedamente Boris, con una sonrisa en el rostro.

– .¿Eh?.

– Así como Sherahazade tardó mil y una noches para convencer al sultán de que no debía matarla – replicó Kuznetzov, con voz lánguida – tendrás tú mil y una noches para convencerme a mí que no debo acabar contigo.

– Hmmm… quizás negociemos ese plazo más tarde – repuso Yuriy, deslizando sus dedos por las mejillas del peliplatinado - .¿Eso quiere decir que no me matarás más?.

– Por supuesto que te mataré – respondió Boris al instante – pásame tu identificación.

El extrañado pelirrojo accedió a la petición de Boris, quien luego de ponerse nuevamente los pantalones hurgó entre sus bolsillos y extrajo un pequeño y filoso estilete. Con una precisa incisión cortó uno de los bordes del documento y sacó la fotografía de Yuriy. Acto seguido, tomó de nuevo su pistola y, después de verificar la munición, bajó tranquilamente las escaleras, silbando una canción; no demoró cinco minutos para oírse un disparo, y nuevamente Boris subió las escaleras, con toda naturalidad. Yuriy observó, consternado, que su fotografía aparecía en un documento distinto al suyo.

– Muy bien – anunció Kuznetzov – a partir de ahora te llamarás 'Fyodor', como está ahí en tu documento.

La tranquilidad con que Boris había hecho aquello era asombrosa para Yuriy. Pero aún así seguía atrayéndolo por la astuta inteligencia que exhibía, ahora más que nunca.

– .¡Vamos, muévete!. – le reconvino amablemente el peliplatinado – el tren que nos llevará a la frontera del país sale en una hora, y los policías no tardarán para encontrar a 'Yuriy' allá abajo, tendido en un diván y muerto hace rato…

(FIN)


Y fiiiiiiiiiiiin! xD... fin, verdad? Ahora ya empaqué este fanfic para viaje y no pretendo más abrirlo para agregar nada, jejeje! Bien, ahora quiero saber sus opiniones, buenas o malas, en fin, lo que les ha parecido sinceramente. Saludos y hasta la próxima!