Gana la primera batalla, pero eso no le asegura ganar la guerra. Le toma menos de una semana volver a su lugar en la alineación. En parte es porque, aún salteándose la mitad de los entrenamientos, es la mejor para el puesto. Eso no le genera tanto orgullo como el meticuloso plan que ha montado, atacando la autoridad de Quinn por todos los frentes. Primero hizo correr el rumor de que habría más cambios al interior del equipo, y que estos nada tenían que ver con la dedicación y el talento, como había asegurado la capitana, sino con su idea de perpetuarse en el poder. Se tomó el trabajo de instalar en las cabecitas de sus compañeras que a la rubia no le interesaba ganar, sino continuar siendo la capitana más joven de la historia de las Cheerios. Finalmente, en la práctica del viernes la entrenadora Sylvester terminó anunciando que se suspendían los cambios. Se encargó de ello preguntándole cómo pensaba que se vería en su campaña política que la única morena estuviera al fondo.
El conflicto le sirvió para olvidarse definitivamente de Peyton y volver a poner su vida sobre ruedas. No iba a permitirse más distracciones. Alcanzaría la capitanía de las Cheerios, ganarían nuevamente las nacionales y, con la ayuda de alguna beca universitaria, se iría definitivamente de Lima. Para ello tenía que volver a convertirse en una referente al interior del grupo. Decidió intervenir en el único frente en el que Quinn no representaba una competencia: la fiesta. La rubia estaba demasiado desesperada haciendo méritos para entrar a Yale: salía con el capitán del equipo de fútbol, presidía el club del celibato (Santana sentía un consquilleo al preguntarse si ella de verdad era virgen), iba a misa todos los domingos, hacia caridad y tomaba clases particulares de canto, baile y "buenos modales". Quinn ni siquiera iba a saber qué la golpeó.
Sus padres estaban fuera por el fin de semana. Le propuso a todas las porristas hacer una fiesta en su casa para "fortalecer el espíritu de equipo". La capitana ni siquiera pudo negarse. Por supuesto, a la organización se sumaron los Mckinley Titans para hacer todo el trabajo sucio. A su amplio patio con piscina y parrilla le agregaron un potente sistema de sonido, con una consola, varios bafles e iluminación. También contrataron dos baños químicos, para que nadie tenga que entrar a la casa. Compraron barriles y barriles de cerveza, y se encargaron de hacer correr la voz. Por supuesto, sólo se podía acceder con invitación. A las dos de la mañana había alrededor de cien personas totalmente borrachas en el patio de los López, generaciones y generaciones de deportistas y porristas.
Nuevamente, una canción de Britney cambia todo. Comienza a sonar mientras bailaba con Brittany, y la holandesa se vuelve loca. Ya de por sí es una gran bailarina – mucho mejor que ella, aunque le cueste admitirlo – pero desde el instante en el que reconoce las notas se mimetiza con la música. No es que sea brillante, pero es bonita, y cómo se mueve. Por primera vez Santana fantasea con una compañera de equipo, aunque sabe que no es posible. Por supuesto, probablemente acabe besándola en algún festejo de campeonato o jugando a algún ridículo juego. Pero sabe que no llegará a nada serio. No va con las reglas de la popularidad. La rubia se le pega más. La marea. Es inocente (casi rozando la idiotez) las veinticuatro horas del día, pero suena esta canción y ¡zas! podría ser una prostituta de Amsterdam. Traga saliva. Necesita dejar de imaginarse qué lleva puesto.
La están mirando. Otra vez. Por supuesto, acapara toda la atención cuando está sola y ahora está bailando sugerentemente con una rubia que podría ser modelo. Tiene una idea. Toma a Brittany de la mano derecha – es terriblemente suave, y no puede evitar pensar en cómo se sentirá – y la arrastra cerca de Puck. Lo incluyen en su baile. Es un tiro largo, pero quizás tenga alguna posibilidad… dependiendo de cómo reaccione la rubia. Ella sabe que Puck está dispuesto a un trío (¿Quién no lo estaría?) y que ella haría cualquier cosa por tenerla desnuda. Solo queda esperar y ver.
Son las tres de la mañana y están en el cuarto de Santana. Puck está recostado sobre la cama de la latina, y ellas dos permanecen de pie. La rubia amaga con acercarse, pero el futbolista la detiene. "Hagamos las cosas más interesantes". En ese momento Santana sabe que la jugada no podría haberle salido mejor, y que le debe una al moreno. El corazón se le va a salir del pecho. "Saben, todos los hombres tienen fantasías sobre las porristas. Seguramente ustedes piensen que la más común es cogérnoslas. Por supuesto, esa es bastante recurrente. Pero también nos imaginamos qué es lo que hacen adentro del vestuario. Cómo se desvisten. Cómo festejan. Cómo se ayudan si alguna tiene un problema o una necesidad. ¿Me explico?"
No hizo falta más. Santana tomó las riendas de la situación. Besó a la rubia casi con desesperación. Se sorprendió por la brutalidad con la que le devolvió el beso. Enseguida sus cuerpos se pegaron. Profundizó el beso, jugueteando con su lengua y mordisqueando cada tanto. Sus manos rápidamente bajaron a su trasero. Continuó con el ya clásico beso en el cuello y trepó hasta el lóbulo de su oreja. Por el rabillo del ojo pudo observar como Puck, ya sin remera, comenzaba a masturbarse. Sabía que no podía cogérsela así nomás, sino en el marco de las órdenes del moreno. Cuando estuvo segura de que la rubia ya estaba lo suficientemente caliente, decidió poner las cosas más interesantes:
-¿Y cómo sigue normalmente tu fantasía, Puckerman?
-Normalmente primero se van sacando la ropa – dice, con la voz entrecortada por la respiración.
La rubia hace el gesto de sacarse la blusa, pero nuevamente el moreno la detiene. Santana entiende a la perfección y se encarga ella misma, dejando al descubierto un sostén violeta. Mira a su acompañante, que con un gesto de cabeza le pide que siga. Deja al descubierto dos tetas pequeñas, pero moldeadas, con unos pezones rosados preciosos. "Lámelos" se escucha desde la cama. La morena la mira, pidiendo permiso. La rubia le sonríe, un poco cohibida. Succiona. Mueve la lengua en círculos. Le da unos golpecitos en su parte superior. Muerde. Se ayuda con las manos y la rubia gime. Termina apartándola. Santana teme que se haya echado atrás, pero dirige sus manos a su vestido y rápidamente baja su cremallera. La despoja de los breteles y tira, dejándola en su ropa de encaje roja. Se deshace de su sostén y deja al descubierto los senos de la morena. Antes de que pueda dedicarles la atención que merece, Puck las interrumpe y demanda su compañía.
Disfruta más de lo usual la parte que sigue. Mamársela a un Titan no es algo que le quite el sueño, pero la ecuación cambia cuando tiene que hacerlo en conjunto con Britt. La calienta demasiado ver cómo la rubia lame, como si se tratara de un chupetín. Se suma al juego, se encarga de succionar sus bolas mientras la rubia se encarga del tronco. Cuando siente que se va a correr, juguetea con la lengua de la rubia a la altura del glande. El moreno no se pierde un solo detalle. Piensa en acabar muchas veces más.
Con Puck parcialmente satisfecho, puede volver a dedicar su atención a la rubia. Una vez más, el moreno le hace un favor. Mientras se repone, le pide a Santana que se encargue de Brittany, que yace acostada. La morena se coloca encima de ella y retoma la sesión de besos. Primero en la boca, después en su cuello, en su clavícula, en sus pechos, en todos lados. Puck todavía no se repone. Se coloca detrás de la morena y la obliga a bajar. Santana se encuentra frente a una tanga purpura. Puede sentir el olor del sexo de la rubia, y sabe que está completamente mojada. Se anima, y se la saca. Es hermosa. Usa la lengua para recorrerla. Primero los labios mayores, luego los menores, luego la mete toda en su entrada. Siente como los músculos de la rubia se tensan. Reemplaza su lengua por un dedo, y después por dos. Se concentra en su clítoris. La rubia empieza a gemir, y ella sabe que no va a apartarse hasta que llegue el orgasmo. Siente como Puck hace a un costado su tanga y se encarga de prepararla para la penetración, utilizando dos dedos llenos de saliva. No hace falta demasiado, y en seguida los reemplaza por su miembro. Se dedica a realizar círculos en su entrada hasta que Santana ruega. Luego bombea, no sin antes obligar a Britanny a mirar. Acaban casi al mismo tiempo.
Durante algún tiempo, la historia de los tríos se repite. Al principio en fiestas y con mucho alcohol encima. Se convierte en un gran rumor de pasillo. Todo Mckinley High lo ha oído, profesores y directivos incluidos. La mayoría no le da crédito. El hecho de que hasta los geeks del club de computación digan que se acostaron con ellas le quita bastante credibilidad, pero en los círculos más altos de la secundaria saben que es verdad. Todos las han visto bailar, de forma provocadora, en diferentes fiestas. Es como si estuvieran cazando. El afortunado no tiene nada que ver con la elección, y probablemente tampoco tendrá mucho que hacer en la habitación. Es sólo una excusa. Una excusa que todos quieren ser.
Santana y Brittany pasan mucho tiempo como amigas, sin siquiera besarse y fingiendo ignorar el hecho de que el fin de semana anterior estuvieron juntas y probablemente también lo estén el próximo. Paulatinamente, ni el alcohol ni las fiestas son necesarias. Simplemente eligen a un candidato de manera implícita, y lo invitan a cenar a Breadsticks. Allí cierran el trato. Normalmente Santana se encarga del asunto. La rubia nunca dice nada. Sólo le susurra cosas al oído, como si fuera una niña cohibida por la presencia de algún mayor. Así fue con Finn. Cuando la rubia le preguntó qué pasaría con Quinn, la morena respondió "no tiene por qué enterarse". Por supuesto, tarde o temprano iba a salir a la luz. Y eso la destruiría.
El día que Brittany por fin la besó sin presencia de un tercero fue uno de los más felices de su vida. Estaban en su cuarto, después de una doble jornada de entrenamiento. Se dejó caer en la cama y por error aplastó a Lord Tubbington, que maulló de una manera bastante chistosa. Santana lo persiguió por toda la habitación para disculparse – sabía que la rubia tenía una relación muy particular con esa bola de pelos – y para verificar que estuviera bien. Se ganó unos cuántos rasguñazos y acabó chocando contra el escritorio mientras maldecía. Brittany no dijo nada, simplemente se acercó y la besó en los labios. Fue un beso distinto, sin la lujuria y la necesidad de todos los anteriores. Ese día inauguraron la temporada de besuqueo, con largas sesiones de besos que a veces ni siquiera terminaban en sexo. Era lindo. Santana no podía evitar pensar que habían hecho todo al revés: primero habían tenido sexo, después se habían hecho amigas y por último se habían ¿enamorado?
Trataba de no pensar mucho en esto último. Le gustaba la persona que era cuando estaba con ella. Mucho menos diabólica, mucho más relajada. No había necesidad de mantener una pose. Era como llegar a casa de una fiesta y poder sacarse los zapatos de tacón. Sabía que era un imposible. Quería algo exclusivo – verla con otro la destruiría– pero al mismo tiempo sabía que no podría sostenerlo. Ella era Santana López. La rubia vivía en una dimensión paralela. No parecía regirse por las reglas del universo. O al menos no las de este universo. Algunas semanas después de que eliminaran a terceros de la ecuación, la rubia intentó besarla en un pasillo atestado de gente. Ni siquiera entendió por qué la morocha la rechazó.
-No en la escuela – la cortó, secamente.
-¿Las duchas del gimnasio no son parte de la escuela? – pregunta, inocentemente. No entiende. Tiene la cara de un niño al que se le ha negado el postre aún habiéndose comportado perfectamente.
-No con gente mirando.
La esencia de esta escena se repite varias veces. No necesariamente en la escuela, pero sí en algún restaurant, fiesta o hasta caminando en la calle. A veces la rubia no responde nada, otras veces desliza un comentario del estilo "no te molestaba que te vieran con Jason". Para Santana el problema era obvio. Por supuesto, no tenía forma de saber que para la rubia el motivo de vergüenza era ella. Después de todo, la gran mayoría de la escuela, empezando por sus amigos, la trataban de "lenta". Sólo no pensó que Santana estaría dentro de ese grupo.
Quinn toma nota de estas conversaciones, aunque se haga la distraída. Quizás allí esté la llave para sacar de una buena vez por todas a Santana de la lucha por la capitanía.
