La maldición del Duque

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 2


Los días se volvieron oscuros para el joven Duque, condenado a la mounstrocidad, sin esperanzas de encontrar el amor que lo liberara de su maldición. Había sido tan fácil cuando era bello, ahora... ¿quién amaría a una bestia? Y otra interrogativa, ¿podría una bestia amar?

Cuando fue humano nunca amó, ni siquiera a sus padres y hermanas con verdadera devoción, el joven amaba los lujos, la vanidad, se amaba a sí mismo, ahora, bajo el hechizo, ni siquiera eso.

—Su Gracia...— El mozo lo llamó con la voz titubeante, nunca lo miraba a los ojos luego de su desgracia.

—¿Qué quieres?—El pobre mozo delgaducho dio un salto y se puso pálido con su grito.

—Su Excelencia, el Duque...

El pobre chico ni se atrevía a darle la fatídica noticia, pero Terruce era intuitivo, y dado a la condición de salud de su padre no había que ser un genio para deducir lo que ocurría.

Por primera vez el joven sintió dolor ante una pérdida significativa. Lloró, como si de pronto se diera cuenta de que amaba a su padre, ahora que no había remedio.

Salió de las penumbras de su habitación, en la cual llevaba meses confinado y fue al encuentro de su madre.

—Madre...

—Terruce...

Ella lo abrazó, sin importarle como su hijo lucía, lo abrazó y lloró en sus brazos desconsoladamente.

—Ha llegado la hora, Terruce...

—Tu amor por mí te ciega, madre. ¿Crees que alguien respetaría a algo como yo?

—Es tu deber, era lo que tu padre más anhelaba, verte tomar su lugar y hacer el bien por tu gente...

—Tomar su lugar... ¡Mírame!

Sujetó a su pobre madre por los hombros, su tenebrosa voz podía romper los cristales de la ventana, aunque su desesperación lo hacía más humano, el momento en que sus ojos felinos volvían a ser azules por breves instantes, cuando se inundaban de lágrimas.

Llegó el día del sepelio, Terruce se había vestido con un traje negro un sombrero y un antifaz para poder pasearse entre la gente sin aterrorizarlos. Sus hermanas lloraban a mares, su pobre madre lucía devastada, a pesar de que el Duque le llevaba veinte años de diferencia, ella lo había amado y había sido una esposa dedicada, consagrada a él.

Todo Londres lo había venido a despedir, el Duque se había ganado el corazón de su nación por su generosidad, por sus influencias para mejoras en beneficio a los pobres, construyendo hospicios que él mismo patrocinaba, academias donde los mozos podían aprender algún oficio de provecho y no terminar delinquiendo en los barrios bajos de Londres.

Terruce lloraba, lloraba porque sabía que él jamás sería como su padre. Por corazón él siempre había tenido una piedra y jamás pensó en nadie más que no fuera en sí mismo.

La desgracia había caído sobre él, solo, sin aliados, sin amigos. El desplante a la princesa Sussana que terminó en tragedia lo hizo perder la amistad con el Rey, a duras penas había conservado al menos su cordialidad.

—Mi más sentido pésame, Excelencia.— Se inclinó ante ella Lady Catherine.

Eleanor y sus hijas recibían el pésame, pero nadie se acercaba a Terry, sin bien había ocultado su apariencia, el pueblo le guardaba rencor por la fallecida princesa a causa de su desamor.

Cansado de estar entre tanta multitud que solo lo hacían sentir miserable por su abierto rechazo, se retiró hacia un lugar aislado del panteón, cerca había una fuente estilo victoriana, se quitó el sombrero y el antifaz un momento, tenía calor. Quiso refrescarse la cara con el agua limpia y clara.

—Clint... ¿dónde te has metido?— Escuchó una voz cantarina y se escondió.

Vio a una joven menuda, delgada, con un vestido sencillo llamar a alguien con vehemencia mientras miraba hacia todas partes, sus ojos por poco se cruzan, pero él volvió a ocultarse con agilidad felina.

Era la voz más dulce que hubiera escuchado jamás, desde su rincón la observaba sin que ella se diera cuenta. Le llamó la atención el larguísimo cabello con esos rebeldes rizos dorados, unos picarones y curiosos ojos verdes y su rostro grácil, aniñado y delicado, la naricita espigada y cubierta de pequeños puntitos pardos captó su atención. Corría mientras llamaba a quien fuera que estuviera perdido y al hacerlo, sus pechos se movían sensualmente, su vestido los hacía resaltar, también el pecho blanco que contaba con los mismos puntitos pardos de su nariz, el cuello largo y delicado. Una doncella del pueblo, seguramente, pensó.

—¡Clint! ¿Qué haces aquí? Te he dicho que no puedes alejarte de mí, pequeño bribón.

Con falso enfado, la doncella cargó al su perrito de raza Pug y lo giró sonriente. Esa alegría, esa sonrisa llegó al alma del joven Duque. También el amor que le prodigaba al animal. Era capaz de amar hasta a lo más insignificante y él no había podido amar a quienes lo rodeaban.

Había quedado tan fascinado y prendado de la joven, que al salir de nuevo a unirse a su familia en el duelo, olvidó el antifaz y su sombrero.

—¡Oh!

—¡Dios mío!

—¡Cristo amado!— Expresaban todos con asombro y terror. Varias mujeres se desmayaron de la impresión.

Entre la multitud, de pronto el pobre joven se halló acorralado, la bestia que llevaba dentro salió.

—¡Grrraaarrggffff!

Rugía espantándolos a todos, lanzando fuertes manotazos que hacía que algunos hombres cayeran al suelo, así comenzó a espantarlos a todos. Fue a dar un fuerte manotazo a un hombre mayor, pero su hija lo rodeó con su cuerpo, aunque en ella también se veía el terror. La mano de la bestia se detuvo en seco, era la misma chica que había visto por la fuente, sus ojos felinos la miraban fijos, desesperados, queriendo que los de ella no lo miraran con ese horror.

Los dejó escapar y se retiró. En el castillo comenzó a tirar todo, a rabiar y llorar amargamente por su cruel destino.

Fue tanta la furia y el rencor del joven hombre, que ningún criado pudo soportarlo más, hasta su pobre madre se había ido a vivir con una de sus hijas. Terruce se había quedado completamente solo en un castillo abandonado.

—Tu desamor ha pagado con soledad, soledad, soledad...— Aquella voz de eco se volvió a escuchar.

—¡Déjame en paz! ¡Libérame ya de esta maldición!

—Sólo tú puedes deshacer el hechizo, cuando hayas amado, amado, amado...

—¿Quién me amará así?

—Quien descubra tu belleza interior, belleza interior, interior...

El eco era ensordecedor, se tapaba los oídos y cerraba los ojos mientra daba vueltas por el salón.

—Sólo lo que has amado te acompañará...

Todo se envolvió en magia, en la mesa se sirvió un banquete, una tetera cobró vida, lo mismo que la taza y la azucarera, el Duque pensó que se estaba volviendo loco.

Una escoba comenzó a quitar telarañas y a barrer por sí sola, el reloj de pared anunciaba la hora del almuerzo.

—Esto es lo que siempre has amado, los festines, las atenciones, jamás has caminado por tus propios pies...

—Libérame y te prometo que cambiaré... Haré lo que me pidas, pero por favor...

—Hasta que ames y seas amado...

—¡Espera!— La voz se hacía más distante cada vez hasta que se esfumó.

...

En modesto vecindario de clase media vivía una doncella, la más joven y bella de la zona, en edad casadera, sin embaro los hombres estaban muy lejos de su interés. Se llamaba Candy White, su padre la llamaba Bella, porque precisamente Candy era extremadamente bella, pero no era conciente de ello o no le daba importancia, para ella, el mundo entero era bello y no percibía en él maldad ni fealdad.

Era extremadamente dulce, confiada, despistada, generosa y comprensiva, siempre tenía una sonrisa a flor de labios, también era extremadamente curiosa y tenía una boca sincera que a veces rayaba en la imprudencia.

Era la hija de un humilde zapatero, cuya zapatería había visto mejores tiempos, ahora que no conservaba el vigor de antes y que la vista le fallaba, más la competencia en las grandes compañías que se comenzaban a formar, estaban casi en quiebra.

—Buenas tardes, don Benedict.

—Buenas tardes, señor Leagan, ¿en qué puedo servirle?

Benedict, el padre de Candy se acomodó los lentes y se puso nervioso, pues sabía que Neil no estaba en su tienda porque le interesara comprar botas nuevas, aunque buena falta le harían.

—Me temo que usted no puede servirme de nada, Benedict. La luz de mis ojos nunca está aquí.

Neil era un hombre de treinta años, de cabello rojizo y ojos color miel, estatura promedio y buena figura, pero su personalidad petulante no le dejaba mucha ventaja, aunque no era difícil de ver. Era cazador y dueño de una próspera carnicería.

—Ya sabes que Bella es un potrillo salvaje, nunca se está quieta esa niña.

—¿Le has hablado sobre mi interés por cortejarla?

—Lo he intentado, pero ya sabes que mi Bella parece no darse cuenta de que ha crecido. Ha de estar por ahí cazando mariposas, alimentando algún perro realengo...

—Hablando de perros realengos, ¿le gustó el cachorro que le regalé?

—¿Gustarle? ¡Duerme con esa pequeña bestia!

—Benedict, sabes que tengo las mejores intenciones para Candy, no es que quiera ser ave de mal agüero, pero usted ya no está para el trabajo y Candy sólo lo tiene a usted, no tiene dote... soy su mejor oferta en estos momentos.

—Le comprendo, señor Leagan, pero es que Bella... Bella es igual que su madre, romántica, soñadora... tal vez si usted...

—Ya entendí. De modo que tengo que conquistarla...

—¡Padre! Padre, no me lo va a creer pero... ¡mire! Me acabo de encontrar una mariposa traslúcida que...— Se detuvo en seco con el frasquito en la mano al percatarse de la presencia de ese hombre que siempre le había dado mala espina.

—Buenas tardes, señorita Candy.— Neil se inclinó y tomó su pequeña y delicada mano para plantar en ella sus pegajosos y fofos labios.

—Buenas tardes, señor Leagan...

—¿Disfrutó su paseo?

—Sí... Yo... quería agradecerle por el cachorro, es todo un encanto.— El perrito no se apartaba de su lado.

—Entonces me siento dichoso de haber acertado, señorita.

—Bella, el señor Leagan cenarará con nosotros esta noche...

—Pero padre a penas nos queda algo de leche y dos piezas de...

—Bella.— Le advirtió su padre.

—No se preocupe, señorita Candy, la comida no faltará más en vuestra mesa. Estaré aquí a las siete, buenas tardes.— Se inclinó ante Candy y se quitó el sombrero.

—Vamos, Clint, busquemos un lugar para Maggie...

—Bella, hija, me gustaría hablar contigo un momento.

—Claro, padre. Soy toda oídos.

Por otra puerta, entraron a lo que era la casa, que se separaba de la zapatería. Todo era sencillo, pero estaba muy limpio y ordenado, Candy tenía buen sentido de la limpieza y la diligencia.

—Siéntate.— Le dijo Benedict luego de acomodar su cansado cuerpo en un sillón, tenía el pelo blanco, había ganado cierto peso con la edad.

—Diga usted, padre.

—Tú sabes que eres lo más valioso que tengo...

—Eso no tiene ni qué decirlo, padre, yo...

—Siempre quise dejarte segura, en caso de que yo faltara...

—No diga esas cosas padre, usted aún está como un roble.— Le besó en la mejilla y el bonachón señor sonrió.

—Me ves con los ojos del alma, Bella mía, como tu madre.— Le acarició un bucle sonriendo con nostalgia.

—Lo veo como una hija debe ver a su padre.

—No podemos tapar el sol con un dedo, luz de mi alma. La zapatería y la casa se nos están cayendo encima, a penas viene uno que otro cliente antiguo...

—Yo puedo ayudarlo, padre. Sé coser, bordar, sé limpiar, bien podría trabajar para una familia...

—Eso no garantiza tu protección, Candy... Yo ya estoy viejo, mis manos ya no tienen la fuerza de antes y no quisiera morirme sin... sin saber que tú estarás segura...

—¿A dónde quiere llegar padre? No le sigo...

—Creo que deberías hacer un esfuerzo y tratar más al señor Leagan. ¿Crees que no me he dado cuenta de que eres grosera a propósito?

—¿Grosera yo?— Se hizo la inocente.

—Parece un tipo rudo, pero te quiere bien, hija. Piénsalo, la vida no es fácil para una mujer sola...

—Y sin dote.— Completó ella con angustia y sus preciosos ojos aguados.

—No te obligo a nada, pequeña, sabes que siempre te he dejado ser libre, es tu decisión, pero entiende que este pobre viejo no podrá descansar en paz si...

—Está bien, padre, no se preocupe, haré un esfuerzo...

Disimulando sus ganas de llorar, se fue a su pequeña habitación junto a Clint.

—Dios conoce mis deseos de honrar y obedecer a mi padre, pero es que no hay forma de que me guste ese odioso señor, Clint.— Abrazó a su cachorro.

Se quedó un rato perdida en sus pensamientos y miró por la ventana, observaba el verdor de los árboles, el pastizal, el bosque, podía ver conejos saltando sigilosos por las sabanas. Esa era la vida libre que a ella le gustaba. Si se casaba con Neil Leagan, tendría que renunciar a todo eso.

—Ven, Clint, vamos al bosque por arándanos, hornearé el pastel favorito de papá.

Cantando, para olvidar su angustia, Candy se fue al bosque con su fiel compañero Clint y su cesta. Muy pronto olvidó el verdadero propósito de su salida mientras perseguía conejos y se ocultaba para ver a una familia de venados convivir. Más lejos se divisaba el castillo Grandchester y sus inmensos terrenos. Notó que las mejores y más apetitosas bayas estaban cerca de los pastos que rodeaban el castillo, donde vivía el Duque Hechizado según se hablaba en el pueblo.

—¡Están sabrosas! ¿Quieres, Clint?— le dio al perrito un par de arándanos los cuales degustó muy contento.

Seguía echando bayas en la cesta y una que otra flor silvestre, pero el clima no estaba a su favor esa tarde que ya apuntaba hacia la noche.

—¡Oh no!— Exclamó Candy cuando la repentina lluvia comenzó a azotar, caían rayos y relámpagos, recogió al pobre cachorrito aterrado.

—¿Qué vamos a hacer, Clint?

Comenzó a correr para resguardarse de la lluvia, corría por alguna razón cerca del castillo, el portón de este se abrió por las fuertes ráfagas, ella se adentró, tal vez un sirviente les diera asilo mientras pasaba la tormenta. Caminó hasta llegar a la puerta principal, la cual también se abrió de súbito, como por arte de magia.

—Buenas tardes...— Preguntó tiritando de frío, ensopada, pero no veía ni oía a nadie.

—Buenas tardes, señorita. Pasen, la cena ya está por servirse.

—¿Quién habla?— Preguntó al escuchar una voz tan cercana, pero sin cuerpo presente.

La mesa estaba llena, un festín, panes frescos, frutas, pavo, verduras, vino...

—¡Dije que no quería visitas!— Gruñó el Duque apareciendo de pronto, asustando a Candy y al cachorro.

Cuando Terruce supo de quién se trataba, sus ojos amarillos se volvieron azules nuevamente, humanos.

—Sólo buscábamos un lugar para resguardarnos de la lluvia, le prometo que tan pronto como la tormenta se apacigüe nos iremos...— Dijo alejándose de él con pavor.

—Pero si quiere nos marchamos ahora mismo...— Se dirigía hacia la puerta.

Con un rugido fuerte, Terruce hizo que la puerta se cerrara de golpe y se asegurara, la pobre Candy ya no temblaba de frío, sino de terror.

Continuará...


¡Hola!

Muchas gracias por el respaldo y apoyo, mis niñas.

Comoaguaparachoc: Te envié un mensaje privado y un review en tu fic, espero puedas leerlos.

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Hasta la próxima!

Wendy