Muchas gracias a todos los que me habéis leído, y en especial a los que habéis dejado comentario: Snape's Snake, BlackCherryBlood, Azrasel, Sely Kat, VeyitaSnape, Soloemma y AnHi.

Y gracias muy especiales a mi beta, R.


Noviembre

Después del incidente del roble junto al lago, Sherlock había intentado acercarse a Severus para hablar en varias ocasiones, pero éste había rechazado todo intento de aproximación por su parte y no se había dignado siquiera a mirarle ni una sola vez.

De todos modos, ya tenía suficientes problemas por sí mismo. Potter y su camarilla no dejaban de revolotear constantemente alrededor de Lily, y a Severus eso le ponía los nervios de punta.

Parecía bastante claro que Lily no estaba interesada en hablar con aquellos cuatro cretinos, pero Severus temía que a fuerza de desgaste consiguieran llegar hasta ella. Si eso ocurría, si Lily se hacía amiga de aquel grupito de fanfarrones descerebrados, no creía poder soportarlo.

Además, los Merodeadores, como se hacían llamar Potter y Black desde que habían acogido en su flamante grupo al lameculos de Pettigrew y al patético de Lupin, habían adoptado como pasatiempo favorito el perseguirle y molestarle a él, y Severus, que lo que más hubiera deseado en el mundo era perderlos de vista, tropezaba con los cuatro a cada paso que daba.

Un día, a principios de noviembre, le hicieron perder los estribos de tal manera que se lió a golpes con Sirius Black, que en opinión de Severus se creía el rey del mundo y consideraba que todos debían rendirle pleitesía. Pero lo que Severus le rindió fue un puñetazo en toda la nariz que le hizo tambalearse hacia atrás y perder esa sonrisa arrogante que tanto le sacaba de quicio. Sin embargo, en cuanto se recuperó de la sorpresa, Black contraatacó y empezó a golpearle de vuelta, ayudado por Potter, que inmovilizó los brazos de Severus a su espalda para que no pudiera defenderse, mientras era jaleado por los otros dos.

Severus aguantó los golpes sin soltar ni un quejido, bullendo de rabia por dentro y deseando saber mucha más magia de la que sabía para poder maldecirles tal como se merecían.

Cuando se cansaron de él, los cuatro Gryffindors se alejaron riendo pasillo abajo. Severus se agarró el estómago –que era lo que había sufrido la peor parte– con los dos brazos y, todavía encogido sobre sí mismo, escuchó a Pettigrew gritar:

—¡Mirad, ahí está el otro rarito! Harían buena pareja juntos —los demás rieron la gracia como hienas, con unas carcajadas estridentes que se clavaron en sus oídos, pero entonces Severus escuchó una voz apacible responder al comentario con una serenidad que parecía fuera de lugar en aquella situación.

—¿Ya sabe tu madre que has abandonado la dieta que te impuso, Pettigrew? Se va a llevar un disgusto cuando le llegue la lechuza que le enviaré comunicándoselo. Seguro que te castigará con bastante severidad, no me parece una mujer que tolere muy bien la desobediencia.

—¡No te atreverás, listillo de mierda! —chilló el otro niño, pero no pudo esconder un deje de miedo en su voz.

—Lo sabrás cuando recibas el howler que te envíe ella —respondió Sherlock, inalterable.

Pettigrew le gritó algunos insultos al chico, pero éste había seguido caminando por el pasillo sin hacerle caso y, cuando llegó a la altura de Severus, se detuvo ante él.

Severus alzó la mirada y se irguió cuanto pudo ocultando su dolor tras una esforzada expresión de desdén.

—¿Qué estás mirando? —escupió.

—Te han atacado —no era una pregunta.

—No —replicó Severus con aspereza—. Y además, no es asunto tuyo.

—Cuatro contra uno no es una proporción muy heroica por su parte. Esos Gryffindors son unos cobardes. ¿No se suponía que su Casa era la de los leones, los valientes y todo eso?

—No quiero hablar contigo.

Sherlock cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro, evidentemente incómodo.

—Escucha… respecto a lo que ocurrió en el árbol… Mycroft dice que debería disculparme, aunque no sé muy bien por qué. No acostumbro a estar de acuerdo con él en muchas cosas, pero en cuanto a relacionarse con los demás él suele saber más que yo sobre el tema, y me ha asegurado que debo pedirte perdó sólo dije la verdad, pero parece ser que a veces no es conveniente decirla. O eso opina Mycroft.

—Oh, en eso te equivocas —repuso Severus, con malicia—; es muy conveniente decir la verdad, así que te la voy a decir yo también a ti, y gratis, además: eres un imbécil sabelotodo.

—Los puñetazos se curan muy fácilmente —comentó Sherlock, sin prestar atención al insulto del chico—, y más aún con magia. Si se lo dices a la señora Pomfrey seguro que…

—¡No! ¿Es que te has vuelto loco? ¿Quieres que me tomen por un chivato? No necesito que nadie me cure, gracias, he pasado por cosas peores yo solo.

—Ah, sí, claro. Tu padre —afirmó Sherlock, con rostro impasible. Severus le miró con odio y echó a andar por el pasillo para alejarse de él—. Lo siento —se disculpó el otro, corriendo un poco para ponerse a su lado—, creo que quizá no debería haber mencionado a tu padre…

—No, quizá no deberías haberlo hecho.

—De acuerdo, ahora lo sé, no volverá a pasar. ¿Me dejas que te ayude?

Severus se detuvo en mitad del pasillo y le miró con desconfianza. Si le hubiera ofrecido su ayuda directamente le habría dicho que no le necesitaba para nada y se hubiera olvidado de él, pero la dubitativa pregunta le dejó algo desconcertado.

—¿Cómo pretendes ayudarme?

—Tengo una pomada para los golpes. Mycroft me la coló en el equipaje cuando no miraba, creo que no se fiaba mucho de dejarme ir a una escuela donde se aprende a volar en escoba.

—¿Una pomada muggle? —preguntó Severus, con tono reprobatorio.

—Mejor eso que nada, ¿no? —contestó el otro, encogiéndose de hombros.

Severus meditó unos segundos sobre esto y luego dijo:

—Está bien.

Fueron a la habitación que Sherlock compartía con tres compañeros y que en ese momento estaba vacía, y el niño le aplicó con cuidado la pomada en las marcas que los puños de Black habían dejado sobre su piel. Severus miró con curiosidad las pertenencias del chico.

—Tienes una calavera —observó, mirando a su mesita de noche, donde había una calavera con un bigote postizo adherido.

—Sí, me ayuda a pensar —dijo Sherlock, dejándole pasmado—. Pero a algún gracioso se le ha ocurrido ponerle un bigote con un hechizo de permanencia y todavía no sé cómo quitarlo —a su pesar, Severus soltó una risita al oír esto—. Vaya, me alegro de que mis desdichas te hagan gracia —le reprendió el niño, pero Severus pudo ver que no había verdadero enfado en sus palabras, si acaso un fondo de diversión en sus clarísimos ojos azules.

—Siento informarte de que dudo mucho que este año ganes el concurso al alumno más popular del colegio. Ninguno de los dos tenemos posibilidades —dijo Severus, con una expresión conciliadora en el rostro.

Sherlock sonrió abiertamente.

—Parece muy improbable, sí —dijo, y añadió—. Por suerte. No quiero ni imaginar lo espantoso que sería pasar todo el día rodeado de moscardones estúpidos que intentan ganarse tu amistad a toda costa, se te pegan como lapas y te hablan constantemente de sus tonterías, como si me interesara en lo más mínimo lo que piensen sus diminutos cerebros de pacotilla. Es una maravilla que hayan conseguido aprender a atarse los zapatos, son poco más que neandertales. ¿Has visto a ese Goyle y a su gemelo Crabbe? —A Severus se le escapó la risa, pero tuvo que contenerse porque le dolían los músculos del estómago allí donde había recibido los golpes— En cambio, tú… —Sherlock le apuntó con un dedo— tú eres diferente a los demás. Te he estado observando.

Severus se puso de mal humor de repente.

—Sí, ya, ya lo sé. Lo sabes todo de mí, pura labor de deducción.

—No, no, me refiero a que te he observado y me he dado cuenta de que eres mucho más inteligente que el resto. Casi podría decir que estás a mi altura.

Severus no supo cómo tomarse eso. Ciertamente, no parecía un insulto, pero tampoco se podía decir que fuese un comentario del todo elogioso:

—Ehm… ¿gracias? —contestó, enarcando las cejas con ironía— ¿Sabes? Creo que no me gusta demasiado lo que acabas de decir. Aunque es bueno ver que coincidimos en algo por fin: yo también considero que los demás son estúpidos.

Se miraron durante un segundo en silencio y, de pronto, los dos estallaron en unas sonoras carcajadas. Severus se agarró el estómago con fuerza, debatiéndose entre la hilaridad y el dolor, pero el reírse de aquella manera le sentaba tan bien, que pronto se dejó caer bocabajo sobre la cama del otro chico, aporreando el colchón con los puños sin cesar en sus carcajadas. No recordaba haberse reído nunca tanto, y, siendo sinceros, el comentario tampoco había sido tan gracioso, pero por Merlín que se sentía eufórico compartiendo una broma con alguien, riendo con alguien, para variar, en lugar de ser el objeto de las risas de los demás.

Sherlock se sentó a su lado, secándose unas lágrimas de diversión que habían escapado de sus ojos, incontenibles, y mientras él seguía riendo el otro le observó con aquella mirada suya que Severus ya había clasificado como habitual en él. Una mirada que parecía ver mucho más allá que la de cualquier otro ser humano, como si además de escrutarlo todo a fondo, sus ojos también fueran capaces de analizar hasta el más mínimo detalle y sacar sus propias conclusiones con una simple ojeada.

—No me había reído con tantas ganas desde que le escondí a Mycroft su libro preferido —aseguró Sherlock, rascándose la nuca con una sonrisa traviesa prendida de los labios y expresión soñadora—. ¡Tardó dos días enteros en encontrarlo! Estaba tan enfadado conmigo… cada vez que veía aquel brillo colérico en sus ojos se me escapaba una carcajada. Creía que jamás podría parar de reír.

Severus se aupó con los brazos y se sentó en la cama.

—¿Quién es Mycroft? —preguntó—. Siempre hablas de él.

—Es mi hermano mayor. Le gusta creerse responsable de mí y yo se lo pongo tan difícil como puedo.

Severus se quedó pensativo unos instantes.

—Me hubiera gustado tener un hermano, creo —dijo al fin.

—¿De verdad? Te vendo el mío. Aunque te advierto que es un auténtico grano en el culo…

—No puedes venderme a tu hermano.

—¿Ah, no? ¿Está prohibido por las leyes mágicas? Qué pena. Descubro todo un mundo que es virtualmente imposible y aún así hay cosas que todavía no puedo hacer. Llegar a este lugar ha sido como entrar en el País de las Maravillas, y cuando empiezo a pensar que aquí puede ocurrir cualquier cosa, vas tú y me dices que no es así.

—¿Qué es el País de las Maravillas?

—Un lugar horrendo en el que nada tiene lógica y es inútil intentar usar la razón, igual que este colegio. Mami me contó ese cuento cuando era pequeño. Le rogué que no volviera a explicármelo nunca más, pero fue inútil, el recuerdo ya se me había quedado incrustado aquí —dijo, dándose unos golpecitos en la sien—, ¡menudas pesadillas me provocó! Fue muy traumático.

Por unos segundos, Severus miró a su nuevo amigo con expresión de asombro. ¿Cómo podía hablar de aquella manera, casi como si fuera un adulto, y aún así referirse a su madre con un nombre tan infantil como "mami"?

Sherlock alargó el brazo hasta la mesita de noche y empezó a tironear del bigote de su calavera, como si intentara arrancárselo, pero sin muchas ganas.

—¿Y por qué comparas Hogwarts con ese sitio que dices que es tan horrible? —preguntó Severus al fin, sintiéndose vagamente ofendido— Yo siempre he soñado con venir a estudiar aquí.

—¿Qué por qué lo comparo? —preguntó el otro, exaltado, y se puso en pie para dar vueltas por la habitación, agitando mucho los brazos—. Este lugar es igual a aquel. Aquí nada tiene lógica ni fundamento: si una pluma puede volar y una taza se puede convertir en un ratón, ¿dónde queda la lógica? ¿Cómo se puede deducir nada de manera fiable o encontrarle sentido a lo que nos rodea? ¡La razón queda hecha trizas! ¡Magia! —pronunció con desdén—. No tiene ninguna justificación. Aquí puede ocurrir cualquier cosa, es una auténtica pesadilla para una mente analítica, lógica y racional como la mía. No debería haber venido nunca a estudiar aquí.

Severus estaba escandalizado.

—¿Estás diciendo que prefieres el mundo muggle al mágico?

—¡Desde luego! Allí todo es cabal, la razón predomina sobre todas las cosas, aquí todo es absurdo.

—Si dices eso es que no tienes ni idea. Seguro que eres hijo de muggles, ningún sangre pura hablaría así.

—¿Qué me ha delatado? —dijo Sherlock, con sorna.

—Eres muy raro, ¿lo sabías?

—Tampoco se puede decir que tú seas el más común de los mortales.

Severus sonrió.

—Creo que no me caes mal del todo, aunque cuando hablas pareces un adulto con cuerpo de niño.

—Y yo creo que tu compañía no me molesta del todo, aunque normalmente evite a la gente porque interfiere en mis procesos mentales.

Severus sacudió la cabeza, divertido.

—Debo estar loco por pedirte esto pero… ¿quieres que seamos amigos?

Sherlock vaciló, pillado por sorpresa.

—Nunca he tenido un amigo…

—Me pregunto por qué será —se mofó Severus.

Sin dejarse abatir por el comentario, Sherlock sonrió de oreja a oreja y contestó:

—Sí, creo que será interesante tener un amigo.

—¿Interesante? Vaya, no des tantas muestras de entusiasmo, que me atosigas —se burló Severus—. Es estupendo tener un amigo, créeme. Yo ya tengo una y sé de lo que hablo —afirmó a continuación, elevando la barbilla con orgullo.

—Lo sé.

—Se llama Lily y es genial.

El otro chico hizo un vago ademán con la mano que podía significar cualquier cosa, pero su rostro mostraba una expresión de desinterés que decepcionó un tanto a Severus.

Se encogió de hombros y le restó importancia al asunto, pensando que si no le interesaba Lily mejor para él, ya que en realidad no quería compartirla nunca con nadie.

—¿Qué es aquello que dijiste que había usado contigo en el árbol? —preguntó Sherlock de pronto, sus ojos azules brillantes de curiosidad—. Legeremancia, creo que lo llamaste.

—Es una clase de magia muy útil que un día pienso aprender a la perfección, así como también tengo intención de ser un experto oclumante —un pensamiento insidioso cruzó su mente y frunció el ceño, molesto—. Si sólo pudiera colarme en la sección prohibida de la biblioteca podría empezar a aprender ya cómo se hace. No sé por qué nos prohíben acceder a determinados libros, todo conocimiento es beneficioso, ¿no?

—Yo sé cómo puedes acceder a la sección prohibida —comentó Sherlock, con tono indiferente.

Severus le miró con interés.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo?

—Muy simple: entre las siete y las siete y media de la mañana, justo después de abrir la biblioteca, la señora Pince, que es evidente que tiene un despertar horrible porque debe sufrir algún tipo de trastorno del sueño, acostumbra a sentarse en su sitio con expresión ausente y mirada perdida. Ése es un buen momento para acercarse a la sección prohibida, ya que nunca se levanta de su silla durante esos treinta minutos en los que está en estado semiletárgico. A las siete y media en punto se va a buscar un café, y cuando vuelve, cinco minutos más tarde, ya parece haberse recompuesto como persona y empieza a recorrer la biblioteca en busca de alguna infracción que castigar, su mente se encuentra alerta y toda su atención se halla puesta en lo que ocurre en sus dominios, como si fuera un halcón controlando el territorio en busca de una presa lo suficientemente apetitosa.

—Interesante… —murmuró Severus.

—Y entonces… —preguntó Sherlock, todavía intrigado— ¿qué es la legeremancia?

Severus entornó los ojos con gesto calculador.

—Te lo diré si me explicas de nuevo paso a paso cómo supiste todas aquellas cosas sobre mí. Lo que dijiste en el árbol. ¿De verdad lo deduciste todo observando?

—Sí, claro que sí. No es nada difícil, en realidad, sólo hace falta saber ver. La mayoría de la gente mira pero no observa, ¿sabes?

El niño empezó a explicarle la diferencia entre ambos conceptos y los dos chicos se enfrascaron en una larga y amena conversación que duró hasta la hora de cenar. Entonces, juntos, se fueron al Gran Comedor y se sentaron en la mesa de Slytherin para seguir charlando todavía un poco más.