Capítulo 2: Portazo
Habían pasado quince minutos desde que había dejado al muchacho en el sofá grande del salón. Me senté en el sillón orejero, observando la respiración pausada del extraño mientras pensaba en alguna manera posible de ayudarlo.
Descartado lo de dejarlo tal como estaba, por supuesto, tenía que hacer algo y rápido. No podía llegar al hospital y aparcarlo allí, no sabía si había estado huyendo de alguien,… ¿y si le buscaban allí? No estábamos tan lejos de donde lo había encontrado, y el único sitio de urgencias cercano era aquel, así que si alguien lo buscaba, lo encontraría fácilmente. No, descartado. Aquella mirada dócil me había enternecido y aunque no sabía ni siquiera su nombre, no podía abandonarlo allí a su suerte. Quizás fue mi culpa que estuviera así. Si no podía llevarlo a urgencias, ¿qué podía hacer?
Encendí mi portátil y busqué en la guía telefónica de Manhattan. De entre todos, lo mejor para aquella situación consistía en llamar a un número de un médico privado a domicilio. Algo inusual, pero bastante factible. La mayoría lo utilizaba para personas de tercera edad que no podían moverse demasiado, pero parecían ser rápidos y no muy entrometidos, o eso es lo que las opiniones de aquella web decían. Bien, eso sería un gran paso.
Era privado, por lo que me llevaría una buena dosis de mi presupuesto semanal. Con nerviosismo, introduje todos los números en el orden correcto, y al segundo tono, una voz femenina me anunció el nombre del negocio. Después de un par de preguntas específicas, di mi dirección, y en pocos minutos alguien estaba picando a la puerta.
Una chica esbelta y con un recogido discreto entró y siguiendo mis indicaciones, se fue derecha para el salón, donde el muchacho seguía descansando. No preguntó mucho, solo si sabía que había pasado. Le contesté que me lo había encontrado así en la carretera y que todo estaba un poco confuso. Asintió.
- ¿Sabes si venía de la convención? – Preguntó después de haberle sacado la manta que le había puesto yo encima.
- La verdad es que no lo se… - Dije encogiéndome de hombros.
- Lo decía por el atuendo. Me va a costar un poco saber si se ha fracturado alguna costilla. – Resumió. ¿Estaba disfrazado entonces? – Necesito que me ayudes.
Seguí las instrucciones de la chica y entre las dos pudimos deshacernos de las piezas de metal que cubrían sus hombros y sus brazos. Lo demás fue algo más fácil. Mientras yo me ponía nerviosa con solo pensar que pasaría si ese extraño se despertaba y nos veía así, la chica a mi lado lo hacía todo con una naturalidad increíble. Aguardé la espera sentada en una silla próxima, alguna que otra vez me hacía una pregunta y yo contestaba como buenamente podía.
- No tiene ninguna costilla rota, las extremidades están bien. – Pronunció, mientras le colocaba bien la camiseta verde que el chico había llevado puesta debajo de todas aquellas capas. – Tiene bastante fiebre, y alguna que otra contusión y contractura. Dentro de unos días estará como nuevo.
Me alargó una receta con medicamento que se tenía que tomar para bajar la fiebre y una pomada para los moretones que tenía en uno de los brazos. Le di sus honorarios y con una sonrisa, se marchó.
La farmacia de urgencias más cercana estaba a unas dos o tres manzanas más allá de mi edificio, echándole un ojo al extraño, antes de poder pensármelo, bajé rápidamente las escaleras del edificio y arranqué el coche para ir más rápido.
Cuando volví, el muchacho estaba en el mismo sitio, sin haberse movido un solo ápice. Seguía sudando gotas frías, y sin saber muy bien que estaba haciendo y porqué, le cubrí la frente con un paño helado. Bien, esto es raro, María, es raro… ¿Que pensaría mamá si supiera que tengo a un extraño en mi casa?
Le contemplé, escudriñando sus magulladuras ahora que estaba desprovisto de aquella extraña armadura. Estaba bastante delgado, y tenía el brazo derecho muy golpeado y amoratado. Hice memoria; era aquel brazo el que estaba debajo de su cuerpo cuando lo encontré tirado en el suelo. ¿Se habría caído de algún sitio? Lo tenía posado encima del pecho, y ahora que me fijaba, su cuerpo se contraía en suaves temblores. La fiebre…
Lo cubrí de nuevo con la manta y me dirigí a la cocina. Tenía muchísima hambre, así que cociné lo que pude con lo que tenía. Hice de más, y cuando hube acabado, dejé el plato caliente en la mesita auxiliar, cerca del sillón. Me senté de nuevo en el sofá orejero, esperando algo, aunque no sabia bien qué.
Puesto que me era poco probable que se tomara aquella pastilla, y viendo que seguía teniendo el brazo a la altura del pecho, me armé de valor y temblando de los nervios, se lo cogí con ambas manos, para extenderlo y ponerle aquel ungüento que le habían recetado. Al verlo de cerca, comprendí porque la doctora no había dejado que sanaran solos, como la mayoría de los cardenales. Su ante brazo estaba bastante magullado y herido, amoratado por todos los lados posibles, con heridas aún sin cicatrizar.
El tacto era suave y glacial. Muy frío. Me asusté un poco, pero el muchacho seguía respirando con normalidad. Presioné los dedos contra su antebrazo y fui esparciendo la sustancia a lo largo de la extremidad. Esto estaba mal, estaba muy mal, debería echarlo de mi casa y ya esta,… pero me sentía terriblemente responsable. ¿Y si la culpa había sido mía? Bien podía haberle atropellado yo, y estropeado aquel brazo. Suspiré pesadamente. No sabia que estaba haciendo, pero lo estaba haciendo y punto. Sería mejor no pensar tanto en ello y acabar pronto. Cuando el extraño se despertara, simplemente podría invitarle a salir de mi ca…
Una mano.
Rodeando mi muñeca.
La muñeca del brazo que estaba restregando la medicina por la zona afectada.
La mano era del muchacho, era pálida, con los dedos largos y finos, estaba fría, muy fría. Paré en seco. Aparté la mano de su piel, como si me hubiera dando una terrible descarga eléctrica. Unos ojos calculadores me observaban íntimamente, buscando explicitaciones. Entornó los parpados, y deshaciéndome de su mano, me levanté de un bote del sofá, como repelida, y me dirigí dando unas zancadas enormes hacia mi habitación, cerrando la puerta con un sonoro portazo.
