Algunas veces, pensaba en él inconscientemente. No sabía si existía realmente, no sé si era parte del mundo imaginario que siempre arrastraba conmigo para salir del hastío de mi difícil rutina, o si sí había estado en el momento justo para salvarme.
Me gustaría decir que me gusta ser yo, que amo todo lo que tengo, mis estudios, mi trabajo, mi familia, incluso que me gusta alguien. Pero de repente me choco, porque me siento triste todos los días, porque no puedo decirlo.
En algún momento, y más allá de este día -Y uno tanto de los otros- aburrido y lleno de gritos, estoy pensando en él mientras llueve. Porque en un glorioso día lluvioso él me salvó la vida, y tengo una deuda infinita con él, y lo prometo, la saldaré a como dé lugar.
HOne : The Boy Under The Rain.
El horizonte se oscureció, de ese tono particular de gris, del que puedes oler antes de que empiece una tormenta difícil, dura e implacable.
Entonces todo Tokio corrió evitando caer en las trampas de la naturaleza, dando manotazos, y zancadas grandes. Y aquí es cuando paramos, cuando el cassette se nos atora, ella era ese punto triste en la historia, la que caminaba lento mientras agachaba la cabeza, la que pedía disculpas en cuanto la empujaban, ella, la del cabello que nadie entendía ni descifraba, la que arrastraba los pies al caminar, justamente esa, a la que todos preferían ignoran por su rareza, por su exoticidad.
Había salido de su trabajo, de su rutina, hacia su casa, el poco dinero que le sobraba lo había gastado en un croissant humeante que se estaba empezando a mojar con las gotitas de lluvia que caían del cielo. La gente aún le empujaba los hombros, ese cuerpo y aspecto frágil que siempre había tenido nunca había servido. En cuanto terminó de comer, aún caminando, ajustó mejor su mochila y sintió sobre su cuerpo las gotas más grandes de lluvia, y aunque ella estaba entre la multitud, su soledad se hizo más intensa en cuanto miró hacia al frente, no había nadie.
Suspiró, mientras agachaba de nuevo la cabeza y rogaba por llegar rápido a casa, no tenía tiempo de sobra como para llegar a escurrirse y resfriarse en su casa. Pero en ese momento, y justo cuando se sintió cómoda caminando con las gotas de lluvia pegándole en la piel, la lluvia se hizo más torrencial y ella ya no podía ver nada, su chaqueta de jean heredada se le despegaba con fiereza de los hombros.
Paró junto a un árbol, su cabello goteaba, y su piel pálida resplandecía hermosa por el cielo de luz blanca y nubes negras. Ya no podía respirar bien, era demasiado fuerte para ella, Se deslizó, no había nada qué hacer, no había donde escampar, ni una sola tienda, o un techo que sirviera de refugio. Ella todavía remilgaba porque no tenía tiempo.
Algo se recostó contra el árbol, ella dio un pequeño salto, pensando que el gran árbol que resguardaba su espalda se venía abajo, pero era alguien, era un ángel, o eso pensó de inmediato.
Sabía que no se notaría, pero los ojos se le llenaron de lágrimas, era tan hermoso, no su aspecto, y lanzaba lejos su hipnotizante aspecto, si no la hermosa coincidencia de haberse recostado en el árbol junto a ella.
Nunca nadie se había puesto junto a ella, nadie le había tomado la mano sinceramente dando apoyo.
Él también respiraba agitadamente, la lluvia era demasiado fuerte, y no podías ver a más de tres pasos de tí. Ella miraba fijamente hacia el perfil perfecto de él, sus cabellos mojados pegados a su rostro, a su cuello, su camiseta gris pegada a su torso y su jean negro profundo por el agua.
Ni si quiera la había mirado. Solo miraba hacia arriba, con los ojos cerrados mientras dejaba que la lluvia cayera sobre sus perfectas facciones.
-Yo...-susurró él, su voz era ronca, a contraste con su aspecto misterioso y angelical. Ese "Yo" la paralizó de inmediato, su coincidencia le estaba hablando-...No te dejaré sola esta vez.
Ella saltó de nuevo, buscando su mirada con desesperación, pero se mantuvo en silencio, mientras que la lluvia tapaba sus lágrimas. El nudo en la garganta más difícil de desatar que había tenido en su vida.
La memoria de la chica se elevó, a ese día, también llovía y con la misma fuerza. Su abuelo le gritaba con más fuerza que de costumbre, levantaba la voz sin importar que estuvieran en la calle, sin importar avergonzarla por gritar a los cuatro vientos que había sido su culpa que su hija hubiera muerto, que no era su nieta. Ese día ella se deslizó por el lodo, su abuelo volteó a verla bajo el paraguas, con una mirada fastidiada y cansada al tiempo, y siguió su camino mientras dejaba a su nieta sentada en el piso, sucia y miserable. Ese día ella se terminó de quebrar, no lloró en el momento en el que vio la espalda de su abuelo alejarse entre la niebla del torrencial aguacero, solamente se levantó firme intentando no caer de nuevo respirando lento. Lloró en el momento en el que giró su rostro perdido y encontró la mirada serena pero con un tinte de sorpresa, de un chico que parecía un ángel de cabellos negros. Ella lo miró fijamente mientras trataba de limpiarse el blue-jean que estaba usando ese día, él aún permanecía rígido, viéndola a cada acción, sin saber qué hacer. La lluvia lo golpeaba igual de fuerte que a ella, pero no igual que a ella.
Una voz la sacó de su distancia.
-Gracias...-susurró entre cortadamente el hombre, mientras sacaba de su mochila una chaqueta oscura, que se empezaba a empapar por la lluvia, se la puso en las manos y, se puede decir, indirectamente, ella pudo sentir el calor de él con toda la gratitud de alguien a quien se le ha salvado la vida.
Y aunque no lo a vuelto a ver más, ni a vuelto a llover, conserva el mismo sentimiento de felicidad al pensar en él, e intercambia día a día las memorias de una espalda alejándose entre la lluvia.
