Las Interacciones Con Shogunes Se Deben Discutir Con Previo Aviso.

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Érase una vez, un anarquista y un pirata que se encontraron, en algún lugar en la inmensidad del espacio. Uno era de un planeta de sol, azul y verde. El otro era de un planeta de lluvia, gris y aburrido. Esos dos eran un huracán de destrucción y violencia; eso es lo que todos decían.

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No esperaba que Kamui enviara al pronto por ser Shogun volando de un puñetazo. Pero, de nuevo, nunca sabía con qué mierda me iba a salir ese mocoso. No es que importara de todos modos, de esta manera era mejor. Y, como siempre, dejé las cosas así, sin hacer mucho alboroto. Mi kiseru estaba en la manga de mi kimono así que la saqué para fumar un poco; había adquirido un hábito muy malo durante este viaje mío.

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La hora de la cena llegó, y todos estaban felices como de costumbre, mi mente vagaba entre el ruido blanco de la charla sin sentido. El pelirrojo estaba ocupado hablando con Bansai sobre música, parece que se estaban llevando bien con el otro. Henpeita estaba hablando sobre su agenda "feminista", y Matako lo reprendía, como de costumbre. Nada fuera de lo ordinario ahí. Comí en silencio, disfrutando de la compañía ya que me gustaban las cosas de esa manera.

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Abrí la puerta de la habitación. La habitación asignada a Kamui. Y él estaba allí, vestido con su pijama, sentado con las piernas cruzadas en el futón, alisando su cabello con sus dedos, una visión común para mí en el poco tiempo que hemos estado haciendo esto. Me acerqué y me senté junto a él, extendiendo mi mano para tomar un pequeño mechón de pelo bermellón, girándolo entre mis dedos; me maravillaba lo suave que se sentía. Kamui era suave. Todo de él era suave. Y a él le gustaba la atención; así que se la daba. Me incliné para besar su mejilla, y luego coloqué un pequeño beso en sus labios. Sus manos abandonaron su cabello viajando hasta el mío, haciendo que sus dedos se enredaran con hebras de color púrpura oscuro. Esto se había convertido en un pequeño hábito; mirándonos a los ojos, respirando el mismo aire, sin prisa por nada, solo nos quedábamos cerca, acariciando al otro castamente. Entonces las luces se apagaban, y nos íbamos a la cama, acurrucados en los brazos del otro. Una dicha tranquila hasta que llega el momento de levantarse. Si las circunstancias fueran diferentes, me hubiera gustado seguir haciendo esto durante más tiempo, este hombre (aún tan joven) me hace sentir a gusto.

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