Capítulo Segundo— No toques...
"Intenta no tocar ningún espejo estando fuera. No querrás saber lo que sucede."
Milo observaba distraída las gotas de lluvia golpetear ligeramente el vidrio empañado del asiento trasero. A veces, cuando estaba muy aburrida, delineaba lo que predecía como el trayecto de dichas gotas. A veces acertaba a, veces no. Como sea, no viviría siendo adivina. O de las gotas de lluvia. O siquiera por trazar caminos.
Al menos, eso se decía hace diez años, contando los que estuvo "desaparecida" como a su madre le gustaba decir, en pos de no nombrar la posibilidad de una situación más allá de su comprensión. Incluso, se atrevería a decir, sólo pensaba en aquello como un secuestro y las palabras primordiales para comenzar una pregunta: qué, cómo, cuándo, dónde y por qué.
Aunque, entre más se lo pensaba, más se daba cuenta de que no había demasiada diferencia entre su yo de ocho años y su yo de (de acuerdo a su fecha de nacimiento y no a las horas que llevaba contando que vivía) dieciocho años. Estaba aburrida, medio adivinaba los trayectos de las gotas; obviamente, con el paso del tiempo y gracias a las clases de física que en su tiempo recibió en la escuela, sus predicciones comenzaban a ser casi tan precisas que daba la impresión de que era ella quien les dirigía el camino.
Repentinamente, la voz de Camus había llegado a su cabeza.
¿Espejos? ¿Para qué habría de…?
El último semáforo que tendrían que cruzar antes de llegar a la casa de su abuela no le dio mucho tiempo para pensar. El trayecto restante no era lo que se decía "largo" por lo que no tenía "tiempo" para pensar.
Sonia parloteaba sobre lo lindo que quedaría el arcoíris finalizando la tormenta y lo emocionada que estaba porque se terminasen las vacaciones de verano, ya que en el próximo año se volvería cada vez más inteligente. Milo rodó los ojos y le sonrió con dulzura.
Inmediatamente, su atención se desvió a su madre, quien parecía haberse vuelto una con el tapizado y tenía la vista perdida en el camino. Sus manos, temblando pero sosteniendo firme el volante, como si temieran que, al igual que su hija mayor, fueran a desaparecer durante dos años.
Kardia estaba hablando con su niña más pequeña. Era de los adultos, quien aparentaba que la situación era no del todo extraña e intentaba que la nena no se diera cuenta del encuadre completo de lo sucedido. Le había sonreído a Milo y reído un poco con Sonia. Aunque cuando la chica observó atentamente, pudo notar una especie de turbancia en los ojos de una de las personas más importantes de su vida.
Nuevamente, sus pensamientos se dirigieron a predecir el rumbo de las gotas. Esta drivaría un poco a la izquierda y luego aumentaría su velocidad en un 304% y después …
—Llegamos —anunció la voz temblorosa de su madre, deteniéndose frente a la casona que le pertenecía a su abuela.
Milo suspiró. Repentinamente, sentía como si mil agujas se clavaran en su pecho al no reconocer la calle.
—Mamá, ¿qué le sucedió a la casa? —preguntó dándose cuenta de que la construcción, a pesar de tener el viejo buzón con los números recientemente pintados no reconocía en lo absoluto el edificio detrás de él.
—La abuela se… fue a un mejor lugar un mes después de tu desaparición y nos la dejó en herencia —le contestó su padre—. Creo que de entre todos nosotros, ella fue la más afectada.
Por alguna extraña razón, Milo no sintió ninguna opresión dentro de ella frente a tal noticia. ¿Cómo pudo despegarse de ella, cuando no podía recordar un verano que no se la pasase todo el tiempo alrededor de ella?
— ¿Eso quiere decir que vivimos aquí? —la pregunta resecó su garganta. Su madre evitó mirarla mientras asentía, su padre le abrió los brazos, diciéndole que no estaba mal permitirse ser débil.
— ¡Milo, Milo! ¡La lluvia te empapó el rostro! —al darse cuenta de las palabras de su hermanita menor, se apresuró a quitarse lo que sea que estuviese en su rostro, pues ni una gota le había caído. Derrotada, dejó salir un sollozo ahogado y tanto su respiración como su ritmo cardiaco aumentaron de forma drástica.
—Yo… fue mi culpa —no supo en qué momento los bracitos de Sonia le habían rodeado la cadera, en un pobre intento de reconfortarle. Tampoco supo con exactitud decir la clase de sensación que la embargo ser rodeada por su padre, o ver a su madre desde el otro lado del auto, intentando ser fuerte para ella.
—Tranquila, cariño. No fue tu culpa, ella ya tenía una edad muy avanzada —le decía su padre suavemente en el oído, acariciándole el cabello e intentando tranquilizarla.
Milo seguía sin sentir el dichoso nudo en el estómago o el impacto en la garganta. La falta de oxígeno o inclusive el dolor en el pecho. Sólo raudales de lágrimas eran quienes interpretaban lo que ella no podía sentir.
Porque no quería creerlo real. Porque no podía ser real.
Pero cuando vio el nuevo color y la aparente remodelación de la casa, pudo permitirse perder la respiración. No se lo creyó del todo, hasta que tocó el buzón. Hasta que con su dedo índice delineó la fina caligrafía con la que habían sido grabados en cobre y luego recubridos en oro los números que representaron en su tiempo a la residencia heredada de varias generaciones de su abuela.
No hasta sentir aquél 1431 en su mano. No hasta asegurarse que ése era el buzón.
No hasta que las lágrimas parasen.
—
Horas después, cuando su madre hubo aceptado que ella era algo tangible y no una aparición inexplicable, se permitió sonreírle con dulzura y agradecerle a Dios por haberla traído de vuelta.
Milo se encontraba con una taza de chocolate caliente quemándole las palmas, mientras observaba al fuego crepitar. Sentía que la cabeza le explotaría aún después de las dos pastillas de ácido acetilsalicílico que había consumido hace una hora y las cantidades obcenas de agua que había bebido. Sentía el aíre nocturno rozarle las piernas e intentar meterse por la pequeña cobija que había en sus hombros, queriendo meterse dentro de su ropa y queriendo robarle el calor corporal.
Habrá pasado ya buen rato desde que sus padres mandasen a Sonia a dormir. A ella no le habían replicado nada por querer pasarse en vela admirando el fuego vivir. Observándole bailar, hablarle en un extraño y tranquilizante lenguaje. Uno que sólo ella parecía comprender, que la hacía sentirse relajada.
El reloj de su celular marcaba las dos menos cuarto. Contra el ventanal se estrelló la primera gota del día. Pero ella no le pudo dar menos importancia, estando tan exhausta, no encontraba la forma de sentir algo. Frío, calor, tristeza. Una especie de sensación de surrealismo, una en la que ella observaba una película, una vida que no le pertenecía y que no vivía, la subrogaba y sometía.
Denominarle como un cascarón vacío era la mejor forma de explicar su situación.
— ¿Qué…? —ni siquiera podía ingeniarse algo qué preguntarle al mundo. Y en el momento en el que pensó que se volvería un robot autómata, un pensamiento surcó su mente.
"Monachopsis."
El hotel. ¿Qué era exactamente…? Es más, ¿podía considerarse un "lugar"? ¿O sería… un ente inexplicable?
La idea no le aterraba. En alguna parte de su vida, comprendió que no todo se puede explicar y que tal vez y había algo más alrededor de ellos. Sin embargo, lo que le aterraba de todo ese plano era no tener la certeza de que tendría respuesta a la incógnita que se le abría cuando se decía a sí misma, que Monachopsis, no era de humanos.
¿Fantasmas? Lidió una vez con uno, tenía cinco años, y la sensación de frío interminable no había sido presenciada estando cerca de Camus, Mii o de sus amigos.
¿Entonces… qué?
El fuego no pudo responderle eso. Y una sensación de déja-vù le invadió al saber que eso sólo comenzaba su velada. Por más que el día que ella había abandonado, era muy reciente.
—
Sonia estaba desayunando unos "Cheerios" al tiempo que le contaba a su mamá lo bonito que estaba el arcoíris el día de hoy. Al menos, eso es lo que podía decir de la conversación Milo desde el piso superior mientras se ponía los Converse y se decidía por no peinarse el cabello. Total, que un día no hacía daño.
Cuando su vista se concentró en el espejo recordó la voz de Camus advirtiéndole sobre esto el día anterior. ¿Por qué no habría de tocarlo? ¿Qué daño causaría?
Su perplejidad no pudo maximizar al ver que en vez de sus ojos, los de Camus le devolvían la mirada. Su cabello comenzaba a cambiar de tonalidad y sus rasgos se endurecían conforme el reflejo se metamorfoseaba. No pasó ni un minuto antes de que Camus le hiciera una pequeña reverencia a modo de saludo.
— ¿Qué…? —como acción reflejo, dio un paso atrás, buscando alejarse de quien la tuvo muy encantada hace dos días.
Camus no le respondió de inmediato.
—Vine a advertirte, Milo, que suceda lo que suceda, no salgas después del anochecer.
— ¿Qué? ¿Por qué…?
—No te lo puedo explicar, pero será arriesgarse si lo haces.
Milo no estaba satisfecha con esa respuesta. — ¿Por qué yo y no otra persona?
Y por la mirada indecisa de Camus, supo que él sabía lo que ella quería decir.
—No fui yo quien lo decidió, creéme —Milo se debatía si observarle herida o no creerle como él se lo pedía—. Yo no soy quien lo decide todo, no hay nada que pueda hacer al respecto.
Milo se sintió llena de respuestas al instante.
—Entonces… la invitación, el juego, el quinto piso… todo eso… ¿fue un plan?
Camus pareció dubitarlo. No en el sentido de que no estuviese seguro de la respuesta, pero que lo estuviese de decírselo. —Eso no importa ahora, Milo. Sólo no salgas.
— ¿Tus…acercamientos hacia mí…lo eran? —no pudo evitar sentirse herida al pensar en la posibilidad de que sus pensamientos fuesen verdad.
—Milo, escúchame por favor.
La voz de Calvera se escuchó gritándole que bajara a desayunar y Milo se volteó a ver la puerta de su habitación por segundos, luego se giró a ver a Camus, aún herida por lo recién descubierto.
—No sé qué hora será en la que vives, o qué es lo que quieres, pero aquí ya amaneció y tengo otros asuntos por resolver. Con permiso.
Se levantó de su cama, dubitó unos segundos antes de dar zancadas hacia la puerta y cerrarla con un golpe seco.
Suspiró hondo un par de veces después de recargarse contra la madera. Aunque lo que habían pasado juntos, para ella equivalía a una noche, dos años fueron los que estuvieron viéndose, y el saber semejante traición de parte del otro… dolía. Y dolía demasiado.
El reflejo de Camus sólo suspiró y desapareció de ahí. Quizá, cuando Milo estuviese más tranquila, podría hacerla entrar en razón.
La chica, sin que hubiese podido evitarlo (o intentado evitarlo realmente), tenía un par de intrépidas lágrimas surcando sus mejillas, se las secó con el dorso de la mano apresuradamente y se apuró a bajar a desayunar.
—Perdonen la tardanza, estaba… buscando mi otro zapato —y señaló a su talón izquierdo, como si le hubieran preguntado que lo hiciera.
—
Mii organizaba unos documentos cuando escuchó a Camus acercarse, haciendo que su atención hacia los papeles se volviese nula.
— ¿Sucede algo?
Camus no la observó, casi parecía evadirla. —Dégel acaba de regresar de Europa. La reunión, aparentemente, duró menos de lo que nos había mencionado.
Mii, comprendiendo ahora la razón de la vibra extraña de su primo, asintió dubitante con la cabeza.
—Dijo que quería aquí a Milo antes del anochecer.
Mii no parecía lo suficientemente tomada por sorpresa como para satisfacer a Camus.
—Eso… ¿nos hará tomar medidas que no querías tomar?
Las palabras de Milo no abandonaban la cabeza de Camus.
— ¿Por qué ella?
Mii negó con la cabeza, en señal de que no sabía. Camus, enfadado, estrelló su puño contra la barra recibidora. Mii le fulminó con la mirada para que comprendiera que eso no se hacía. Aunque no trataba con un niño pequeño.
—
Su familia había decidido ir a cenar a un restaurante fuera, aunque Milo no lograba entender del todo la dinámica.
Como sea, había sido una linda cena: habían conversado, reído, rememorado viejas memorias y haciendo a Milo sentirse tal vez un poquito culpable por no estar ahí durante los dos últimos años.
Habían llegado a una parte de la cuidad en la que estaba una persona extrañamente vestida (encapuchada) fuera de un edificio público, sentado a los pies de una estatua a la que le faltaba brillo. Por el ángulo en el que estaba inclinada su cabeza, parecía estar muy interesado en lo que había en sus piernas: un enorme volumen de alguna clase de libro viejo, al menos eso podía deducir Milo por el color amarillento las hojas.
Se giró a su familia por si habían logrado ver lo mismo que ella… inútilmente, pues seguían enfrascados en la conversación, ajenos a la decoración.
Milo decidió darle otro vistazo a la estatua, y una pequeña parte de ella no se sintió sorprendida al ver que sobre el zócalo, donde debían colgar sus piernas, sólo estaba una inscripción aburrida.
Detuvo su paso. Sonia le miro y se le pegó a la cintura.
— ¡Milo, Milo! Ya casi llegamos a la casa, no te quedes parada o nunca llegaremos.
Cuando la más pequeña de sus hijas se hubo detenido, Calvera se detuvo a ver que todo estuviera bien con la mayor, pues parecía embargada por algo.
— ¿Todo está bien? —se apresuró a preguntar Kardia. Milo se congeló al verlo.
Detrás de él estaba el encapuchado. El pequeño escalofrío en el cuerpo de Kardia y el grito sofocado le dijeron todo a la chica.
— ¡Papá! —el encapuchado se había retirado caminando y comenzaba a alejarse de entre las sombras. Milo se adelantó a tapar los ojos de Sonia.
Calvera observaba impasible al lugar por el que se había retirado quien apuñalara a su esposo. Después de un minuto de duda, se giró a sus hijas.
—Regresen a la casa. Ahora.
Milo tuvo ganas de replicarlo, pero su madre se había quitado el tacón de sus zapatos despegándolo y había comenzado a correr. Milo se volvió a su hermana menor.
— ¿Tienes frío, Sonia? —la pequeña tembló en respuesta, a lo que Milo intentó sonreír con ternura y le entregó su chaqueta, mientras la cargaba y le contaba cosas al oído, con el fin de que se durmiera.
Y la niña se durmió en sus brazos en cuestión de segundos. A lo que Milo aprovechó y se fue al lugar donde su madre abandonara.
Sus ojos se abrieron enormes frente a lo que estaba frente a ellos:
Lo que separaba a su madre del encapuchado era un pequeño bebedero. Casi al momento en el que Milo apareció, el encapuchado dirigió su mirada a ella, y a Milo le dio un escalofrío al pensar en una idea no del todo disparatada; el encapuchado le sonreía.
Aunque no podía verla, supo que Calvera se había puesto pálida.
—Les dije que se fueran a la casa —fue el tono autoritario que les dirigió, Milo no respondió. No podía.
Frente a sus ojos, el encapuchado había puesto su mano en el recipiente cóncavo del bebedero, tensando a su madre.
Y después había desaparecido.
Calvera bajó la vista. Soltó un suspiro hondo. Al inicio Milo había creído que era de alivio pero, cuando sintió su vista en el mismo lugar de su madre, supo que era de resignación. Su pie pisaba un hilo que se perdía a cierta altura en la oscuridad. Y eso sólo podía significar una cosa. El sonido de un gatillo preparándose se lo confirmaba.
—Milo, no se los volveré a repetir —dijo Calvera mientras de un bolsillo sacaba las llaves y se las lanzaba al tanteo a su hija mayor, quien logró atraparlas dando un par de pasos a la izquierda.
—Pero…
—Milo, váyanse.
Milo se quedó donde estaba. Y deseó nunca hacerlo. Los sesos de su madre explotando en su rostro eran suficientes para cualquiera.
