Sansa miraba el vestido que tanto había deseado desde que era una niña. Una joya, una obra de arte, y ella lo iría a llevar. Era de color azul claro y blanco, las mangas por debajo de los hombros, con encaje de perlas y seda por todo el vestido. La parte final de la falda había cosidas unas rosas azules oscuro sujetando la capa final de la seda más blanca de Lys. Una corona de flores doradas adornarían su cabello rojizo.
Éste es el poder de las rosas. Y dentro de poco también seré como ellos. A pesar de lo ilusionada que estaba, Sansa no pudo evitar entristecerse. Ya no sería una Stark, sino Sansa Tyrell. Ya no llevaría un lobo en sus vestidos, sólo rosas doradas. Para toda su vida. Ellos serán mi nueva familia, debo de dejar atrás la mía.
Las doncellas entraron en su habitación y la lavaron, peinaron y vistieron. Sansa se miró en el espejo, sorprendida de lo hermosa que estaba. No era eso sólo, estaba más alegre, jovial, más colorida. En ese momento se dio cuenta que su pesadilla había acabado.
—My lady, está… hermosa—dijo una doncella—.
—Guapísima —exclamó otra con admiración—.
—Magnífica —dijo Lady Olenna—, Sansa, eres ahora una dama, pero serás Lady Tyrell al final del día y también mi nieta. Estás magnífica para la ocasión —ofreció un brazo a Sansa—. Ven, pequeña, ilumínanos el Septo con tu inocencia.
Sansa agarró del brazos a la bajita Lady Olenna. Será mi abuela, y la bisabuela de mis hijos. A Sansa le asustaba un poco la mujer que tenía al lado, impetuosa e indiscreta, esa mujer a la que secretamente tanto admiraba.
En la salida del septo, Margaery Tyrell y su hermano Loras estaban esperándola.
—¡Sansa! —a Margaery se le iluminó la cara al verla—. Estás muy guapa. Espero estar igual que vos en mi boda.
—Mi señora —saludó su hermano—, ni la flor más delicada podría eclipsarla.
Tantos piropos le hacían a Sansa nerviosa. Hacía tanto tiempo que no llamo la atención. En Desembarco del Rey, sólo me llamaban para burlarse de mí. Pero ya tenía que olvidarse de eso; ahora está en Altojardín, donde todo el mundo la sonríe sin ninguna trampa escondida.
—Mi hermano me ha confesado que está ansioso por la boda —le delató Margaery con una sonrisa pícara—. Le gustas mucho, Sansa.
Sansa se sonrojó tanto que temía ponerse aún más roja que se cabello. Debo de relajarme, se dijo a sí misma, ahora soy una mujer florecida y pronto, casada. No me puedo dejar llevar por chiquilladas de niña. Debo de demostrarle a Willas que soy una mujer.
—Yo también estoy emocionada —Sansa la cogió de las manos—. Seré esposa de tu hermano y nos convertiremos en hermanas.
Margaery sonrió y Loras ofreció su brazo.
—Lady Sansa, ¿tendría el placer de acompañarla al altar? —Loras iba discretamente elegante; su jubón verde era de una tela brillante que resaltaba el pequeño broche dorado de una rosa—.
—El placer es mío de estar con vos —Sansa asintió mientras que se agarraba del joven—.
El septo estaba lleno de personas, algo que Sansa no esperaba ya que no conocía a tantas personas. Niña idiota, han venido a ver el futuro señor de Altojardín casarse, no la hija y hermana de traidores. Aún así, Sansa se sentía importante y fuerte.
No había visto el septo anteriormente, pero era un desfile de flores y plantas; rosas doradas reinaban por mayoría en todas partes, desde los cojines hasta los estandartes, aunque también estaba el lobo huraño gris sobre el campo blanco. Stark. Mi lobo. Recordó a Lady. Willas jamás habría pensado en matarla, seguramente se hubieran llevado muy bien y sería aceptada y feliz aquí. Pensó en su padre, su madre, sus hermanos, incluso en Arya. Todos se han ido, eres la última Stark, y perderás el apellido por otro tan común. Se entristeció y apretó el brazo de Loras.
—Mi señora, ¿algo va mal? —preguntó Loras, preocupado—. Si se encuentra mal, dígamelo.
—No, estoy bien —fingió Sansa—. Sólo que… Estoy maravillada por el septo.
—Me alegro de ello —sonrió Loras—. Mi señora abuela pidió lunas por adelantado la decoración y los costes, algo que exclusivamente se ha encargado ella. Tenía que estar todo perfecto, dijo. 'No todos los días tu nieto se casa con una muchacha así' —había un tono triste en su voz que Sansa no comprendía—.
Ya, cerca del altar, Sansa podía ver a Willas. Iba bellísimo; iba blanco y verde, con encaje dorado en su jubón, con la capa de la rosa y el lobo unidos en una mano suya, en la otra el bastón. Con la luz y el septo, Sansa lo malentendió por un momento por Baelor el Santo.
Willas sonreía tímidamente al ver a Sansa, mirándola de arriba a abajo.
—Supongo que estará harta de tantos piropos —rió nerviosamente—.
—Un poco sí —dijo Sansa, mirando a sus ojos—. Pero no importa, ahora estamos tú y yo.
—Bajo los ojos de los Dioses… —empezó su futuro marido—.
—…Y los hombres —dijeron al unísono—.
La ceremonia no fue muy larga, para la opinión de Sansa. Estaba más cerca de él que nunca, y mientras juraban amor eterno, Sansa veía el amor de Willas en sus ojos, lo cual le hizo sentir más nerviosa a Sansa. Estoy más enamorada de Willas que jamás lo fui con Joffrey o Loras.
Finalmente, llegó el momento de la capa. Sansa se giró mientras Willas posaba delicadamente la capa a su esposa, prometiendo seguridad y protección. Cuando se dio la vuelta, el Septón los bendijo y llegó el momento del beso. Sus labios eran suaves y dulces, ni pegajosos ni cortos, y sabían a amor, inocencia, rosas, felicidad, sabiduría. Todo lo que buscaba Sansa y encontró.
En la cena no habían parado de hablar y de coquetear, riéndose por cada comentario inadecuado. Compartían comida, bebida e incluso algún que otro beso en la mejilla; hacía mucho tiempo que Sansa era tan feliz.
—Sansa, ¿podríamos dar un paseo? —preguntó con amabilidad Willas—.
Sansa se preocupó. Su cara se puso solemne repentinamente y se levantó con esfuerzo. Cogió se bastón y empezó a cojear. Sansa lo siguió, agarrando a Willas por el otro brazos que tenía libre.
Se fueron al exterior del castillo; el laberinto exótico. Los jardines de ahí eran complejos y maravillosos a la vez, y Margaery le enseñó el jardín del laberinto. Era leguas y leguas de caminos sin salida, torcidos o con trampas, preparado para cualquier juego. Lady Olenna le confesó que su nieta y su nieto jugaban a menudo de niños, y que en un futuro, jugarían los suyos también.
—Sansa, me temo que debo de decirle una precaución —se sentó en uno de los bancos de mármol tallados en un callejón sin salida—. ¿Sabe por qué nos han casado tan pronto, siendo vos tan joven?
A Sansa le pilló por sorpresa la pregunta. Ahora que lo pienso… Podían esperar un poco a que sea más mayor. Sansa sabía que por amor no podía ser; eso era ridículo, como algo sacado de una canción de caballeros y princesas. La vida no es una canción pequeña, dijo una voz alarmante atrás, en Desembarco del Rey, lo aprenderás por el mal camino.
—¿Para asegurar Invernalia? —Sansa se sentía estúpida y desesperada—.
—Podría ser una razón, pero no, querida mía.
Se le ocurrió una idea, pero no le gustaba para nada.
—Alguien no quiere que nos casemos.
—Exacto —Willas estaba medio orgulloso por su deducción—. Y ese alguien es…
—…Los Lannisters —terminó Sansa—.
—Margaery ha oído descontentos por parte de Tywin Lannister respecto al compromiso, y mi abuela quería casarnos cuanto antes para evitar alguna estupidez —miró a los ojos de Sansa, esos dulces ojos de miel—. Sansa, el primer día que la vi le prometí protegerla de todo mal, y lo haré. Pero debe de ser cauta. No todos los pájaros cantan la misma canción. Debe de tener cuidado.
—¿Y vos, Willas? —Sansa se sentó al lado suya—. ¿Quién lo protegerá de los Lannisters?—.
Willas sonrió.
—Algo me ha enseñado, dulce Sansa, el ser tullido; nunca estaré a salvo de nada.
La piel de Willas brillaba bajo la luna, endulzando sus rasgos del rostro. Sansa abrazó a su marido, culpable del problema, a lo que él la rodeó dulcemente con los brazos. Cuando se separaron, se quedaron cara a cara, con nada a que se toquen sus narices. Sansa podía escuchar su respiración. Sintió la mano de Willas recorrer sus mejillas, y acercó el rostro de Sansa al suya. Se fundieron en un beso, inocente y dulce al principio, apasionado y ambicioso al final. Estaban rojos y jadeando. Willas decidió parar para lo mejor para los dos.
—Nos esperan —cogió amablemente la mano de su esposa, y ésta le ayudó a levantarse—.
Al andar en silencio y despacio, podían escuchar el silencio de la noche, el canto de los grillos, el lamento de la fuente, pero algo más extraño; el jadeo del amor. En una de las calles del laberinto, Sansa y Willas vieron a dos amantes fundirse en uno. Eran altos y esbeltos, pero Sansa no podía ver nada más. Se sorprendió bastante cuando pudo ver que eran hombres, y para su horror, uno de ellos era Loras Tyrell, el caballero de las rosas. Sansa no sabía qué hacer o decir. Willas paró y carraspeó de forma indiscreta. Loras se molestó al ver que alguien le había interrumpido, e iba a decir algo al curioso, pero cuando vio a los novios, sus ojos se agrandaron y se asustó. Cogió a su amante, un chico joven del pelo de color arena, y desaparecieron entre las muchas trampas que el laberinto ofrecía.
—Loras es un poco… peculiar en cuanto a gustos amorosos —Willas explicó—. Siempre fue así, desde que era un niño. Estoy… Acostumbrado a ver este tipo de cosas.
Sansa no daba crédito a lo que veía. ¿Loras no le gustaba las mujeres? Eso es imperdonable según la Fe de los Siete, algo inaceptable en los Siete Reinos, tan irreal como el incesto. Sansa se sentía aún más estúpida por todas las fantasías que tuvo con él. Pero eso explica muchas cosas: miembro de la Guardia Real, no tener esposa aún por ser uno de los hombres más guapos de Poniente, su lamento por Renly Baratheon… ¡Renly! Él no consumó el matrimonio con Margaery. A lo mejor él y Loras… No importa. Es tu cuñado, y debes de aceptarlo tal y como es. Todo el mundo lo ha hecho, y no se espera menos de ti.
Volvieron de nuevo al banquete, ya que sólo quedaba la última ceremonia de la boda: el encamamiento. Las mujeres tuvieron delicadeza con Willas por su pierna, pero con Sansa fueron despiadados. La cogieron, hombres que ella no conocía, suponiendo que son los vasallos de los Tyrell, y arruinaron su vestido a tirones; su corsé desapareció en menos de un latido y tuvo que taparse el pecho con las manos. Para ella fue muy vergonzoso, pero a los demás les parecía normal. Las mujeres la miraban con pena. Ellas sufrieron lo mismo en sus bodas.
Al llegar a la gran puerta donde detrás estaba su habitación, se encontró con sólo las mujeres, mirando y juzgando su joven cuerpo.
—Willas está dentro. Sus piernas no podían permitirse estar más de pie —dijo Margaery con una sonrisa piadosa—.
Sansa asintió y se metió en la habitación. Una ola de ligero calor la abarcó desde un primer momento, relajándose por completo. A su derecha había una enorme chimenea que a un par de varas se encontraba una mesa y dos sillas, con una alfombra suave y roja debajo suya. Al frente había una puerta de cristal que daba a una enorme terraza a la luz de la noche, y a la derecha una enorme cama que parecía cómoda y donde estaba Willas. Estaba sentado, desnudo como el día en que nació, moreno también es su hombría. Esperaba con paciencia a Sansa, y la miraba de arriba a abajo, como si estuviera contemplando una estatua. Sansa miró a su cuerpo; estaba delgada, con caderas y bastante pecho para su edad. Podía decirse que estaba orgullosa.
Se acercó hasta él, y de ahí ya no sabía que hacer. Nadie la había enseñado o dicho nada de este momento. Ninguna lección, ninguna guía. Pero estoy preparada para el momento, o eso se hacía creer a sí misma. Miró a los ojos de Willas; a pesar de su paciencia, estaba hambriento de amor y lujuria, deseando cogerla en ese momento y no soltarla jamás.
Se sentó a su lado y Willas cogió su rostro con la mano y se besaron de nuevo, como en el jardín. Sus lenguas bailaron a la vez que Sansa sentía la sangre correr por todas las partes de su cuerpo, y unos ligeros pinchazos por la zona de sus partes. Willa fue bajando las manos poco a poco, hasta encontrarse con el trasero de Sansa. Sansa sobresaltó levemente, recordando el revuelo cuando Myrcella se fue a Dorne, la violación que por poco sufrió. Willas notó su malestar.
—Entiendo. Si no… Quieres hoy —dijo, jadeante—. Podemos intentarlo otra vez.
No, ahora creerá que soy una niña de nuevo. Sansa debía de mostrar que era capaz de todo. Observó a Willas; estaba más rojo que ella, jadeaba con lujuria, su hombría alta y dura como una piedra. Sansa cogió las manos de Willas y las puso en sus pechos.
—Quiero hacerlo ahora —dijo Sansa, y cogió el hombro de Willas y lo acostó con delicadeza, decisiva y fuerte a la vez.
Se puso encima de Willas y estuvieron jugando con el deseo un poco más. Ella acariciaba todas las partes de su cuerpo mientras Willas decidió acariciar sus partes. Sansa se excitaba cada vez más, sintiendo lo mojada que estaba. Sansa se puso de rodillas sobre la cama, mientras Willas miraba satisfecho a su cuerpo, su hombría resaltando. Sansa lo cogió y tras menearlo un poco, decidió hacer la parte más importante. Se puso recta y lo fue introduciendo poco a poco dentro de ella. Willas suspiró fuertemente y Sansa, al dolerle un poco, gimió. ¿Cómo algo puede doler y a la vez dar placer? Sansa, dolorida del placer, empezó a moverse de arriba a abajo suavemente, montándolo como un caballo. Los gemidos de ella parecía excitar más a Willas; tenía ambas manos en sus caderas mientras iba suspirando con más fuerza. Las manos ayudaban a Sansa a moverse cada vez con más rapidez. El placer inundaba las sensaciones de Sansa, gimiendo cada vez más, y parecía que en cualquier momento iba a explotar. Y lo hizo. Sintió el mejor de los placeres y se relajó, aunque Willas seguía. Él no ha llegado aún. Willas, finalmente, la agarró fuertemente a sus caderas y la impulsó hacia abajo, con fuerza, metiéndose aún más. Willas dejó un grito silencioso a la vez que Sansa sentía un líquido correr dentro de ella. Había llegado.
Sansa se retiró para ponerse al lado de él. Estaban los dos, tumbados, desnudos y jadeando. La respiración era fuerte mientras se miraban el uno al otro.
—Ha sido… —empezó Willas—.
—¿Magnífico? —Sansa reía—.
Willas la besó. Esta vez fue un beso tierno, ingenuo, como de dos niños.
—Te amo.
