Scheherazada
Leon Orcot jamás huía de un reto, y él se enorgullecía de eso.
Aún así, su estupidez, porque no había otra manera de llamarla, había llegado muy lejos esta vez, como el anillo dorado alrededor del dedo de su mano izquierda se complacía en recordarle con su mera presencia, pesado y brillante.
Un anillo idéntico lo llevaba el mismísimo D…
Se habían casado aquella tarde, y en esos momentos se encontraban en la casa del padre de D, ya que los había invitado para degustar "té y un poco de pastel." No había habido tiempo suficiente para organizar algo más digno, considerando la rápida manera en que todo había sucedido.
El abuelo también se encontraba ahí, mirándolo amenazadoramente sobre el borde de su taza de té, mientras el padre insistía que lo ignorara; de todas maneras, el de los ojos violetas lo veía como a un espécimen de laboratorio bastante interesante, y tampoco le gustaba esa mirada.
O la de D, estando en eso; tenía esa sonrisita suya en sus labios oscuros, y sus ojos se burlaban de él… pero no había crueldad ni frialdad en su comportamiento. Incluso se podría decir que estaba tratándolo como haría con una mascota algo tonta de su tienda.
¡Maldito él y toda su familia!
…¿ahora su cónyuge y familia política?
Demonios…
–¡Oh, es demasiado tarde ya! –el padre de D suspiró dramáticamente, dejando su asiento y yendo a pararse detrás del de su padre–. Ustedes dos deberían irse ya, creo yo… Todavía les queda tanto por hacer, ¿no es así?
El abuelo murmuró algo como: –Más le vale que sepa qué es lo que va a hacer…
D tuvo la decencia de sonrojarse tímidamente, y actuar bellamente como un virgen inocente mientras les hablaba a sus parientes en chino. Leon sólo miró a cada uno, la idea de lo que seguía asentándose lentamente en su mente ya bastante perturbada.
La boda… La noche de bodas… Y el sexo.
Maldición. ¡Tenía que encontrar una manera de salir de ese embrollo!
Había estado tomando lo último de su té cuando el pánico lo poseyó, y terminó empapando a D cuando lo escupió.
Un silencio espectral se cernió sobre ellos, nadie parpadeó, nadie respiró…
Entonces D abrió sus ojos para fijar su mirada en él, mientras se secaba con un pañuelo de seda, su padre se reía y su abuelo parecía suspirar de alivio. Leon y el de los ojos dorados sabían lo que esto implicaba; él no recibiría nada esta noche.
Sin embargo, todavía le quedaba pensar en una estrategia para mañana.
Notas: Scheherazada es la cuenta-cuentos de Las Mil Noches y una Noche, que se salvó de la muerte contando una historia a su marido cada noche y dejándola inconclusa, para que su curiosidad evitara que se precipitara a matarla como a las demás; le funcionó la estrategia por mil y una noches, tras lo cual su esposo finalmente la aceptó. En este caso, ¡nuestra Scheherazada es Leon Orcot!
