Notas iniciales: Los tres puntos suspensivos indican espacio para que no estén amontonados los parrafos. Las líneas indican cambio de lugar.

Gracias por los lindos reviews que han llegado.

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Capítulo 2: El teléfono en el mercado libre.

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San Petersburgo. Tarde.

Aun sin ser día de entrenamiento, Viktor decidió ir a patinar un poco. Estuvo a lo mucho media hora, los demás patinadores rusos no paraban de preguntar por Yuuri. No quería escuchar nada de su, ahora, exprometido. Pensó que vería a Yuri, iría a recriminarle. Él sabía que Yuri no veía a Yuuri como un amigo, para él era algo más. Por eso lo manipuló en el GPF antes del programa libre para que Yuri no se retirara y por eso entendía el enojo que le tenía luego de los anillos. Pero Yuri no había ido, ¿acaso estará esperando a Yuuri? Qué rabia sentía, ¿cómo le había contado todo? Él no era mala persona… solo se descontroló… y pagaría muy caro su error.

Pasó a una tienda a comprar algunos ingredientes para hacer la cena, extrañaría tanto la comida que él preparaba.

–¿Estarás bien? ¿Yurio te habrá recibido? Me encantaría que no te fueras… traté de cuidarte, para no perderte, pero creo que fue demasiado –pensaba, mientras intentaba no llorar.

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Llegó al departamento, estaba todo en silencio. Makkachin dormía en su cama, todo estaba limpio, ordenado, como sin usar. Tal cual como era su vida antes de que Yuuri llegara a llenarla de color. No podía dejar las cosas así, iría a buscarlo y lo traería de vuelta a como dé lugar.

-¡ Yurio!

–¿Qué quieres ahora?

–Ábreme la puerta.

–¿En serio estás afuera?

–Sí, mira –tocó el timbre y el adolescente lo escuchó dentro de su casa.

–¿Qué quieres?

–Quiero hablar con Yuuri.

–El cerdo no está aquí.

–No seas mentiroso niño malcriado y ábreme la puerta.

–Te estoy hablando en serio, idiota, katsudon no está aquí.

–¡Ábreme la puerta!

–¡Aghh qué fastidias!

A los pocos minutos la joven promesa del patinaje ruso, Yuri Plisetsky abrió la puerta. Vestía un pantalón deportivo y su chaqueta de leopardo.

–Déjame pasar –Yurio le dio la pasada con desgano, Viktor recorrió toda la casa del menor.

–¿Ves? No está.

–Pero me dijo que vendría a quedarse aquí, ya que mañana se iría a Japón.

–Se suponía que sí –le respondió de brazos cruzados, apoyado en la pared del dormitorio.

–¿Y dónde está?

–No lo sé.

–¡No seas mentiroso!

–Es verdad, idiota, no sé dónde está. Lo he llamado toda la mañana y no me contesta.

La expresión de Viktor fue de terror total, sus peores pesadillas se hicieron realidad.

–¿Por qué te interesa tanto saber dónde o cómo está después de todos los malos tratos que le has dado?

–No es tu incumbencia.

–Mira, anciano, sé perfectamente lo que pasa entre ustedes dos. Si al cerdo le pasa algo, te denunciaré a la policía.

–Y lo mismo haré yo contigo, pero por acoso.

–Yo no lo acosaba.

–¿Ah no? ¿Y todas esas veces que te vi afuera de mi departamento?

–La demencia senil te pega fuerte –mencionó pero con la voz temblorosa.

–¡Llámalo!

–No me contesta.

–¡Qué lo llames!

Llamaron 6 veces, nadie contestó. Viktor se estaba preocupando, lo cual llamaba la atención de Yuri.

–¿Qué haremos?

–¿Y si llamamos a la policía?

–¡No! –espetó Viktor al instante.

-¿Eh?

–No, hay que buscarlo. Debió pasarle algo, iba con todas sus cosas, quizás le robaron.

–Entonces llamemos a la policía.

–No confío en la policía… es decir, ni siquiera llegaron cuando te denuncié por acoso –Yuri lo miró extrañado.

–¿Qué?

–Fue una vez que te quedaste 1 hora afuera del departamento.

–Viktor… agh, no tiene sentido discutir contigo, ¿y qué planeas?

–Salir a buscarlo.

–¿En serio? ¿En esta ciudad de más de 5 millones de habitantes planeas ir a buscarlo?

–Sí… y tú vienes conmigo.

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Recorrieron todo el centro de la ciudad buscando al joven japonés, pero nada encontraron. Recorrieron tiendas, museos, parques, plazas públicas, centros turísticos, incluso fueron al hospital por si estaba ahí… y nada. Luego se adentraron en la periferia, pero se les hizo de noche y desistieron de la misión. No había rastro del pelinegro, nadie había visto a algún japonés, ya que no era la mejor época de turistas. Y para empeorar las cosas, Yuuri no contestaba el teléfono.

–¿Aún no quieres ir a la policía? –le preguntó Yurio luego de horas de búsqueda.

–Hay que ir –murmuró mirando al frente.

Llegaron a la comisaría más cercana y Viktor le explicó al policía la situación. Tomaron la denuncia por presunta desgracia, activándose el protocolo específico.

–¿Hay alguna razón que ustedes piensen por la cual el muchacho pudo desaparecer? –les preguntó el policía con desgano a ambos patinadores. Se miraron de reojo, Yuri vio que Viktor se colocó un poco nervioso y sonrió débilmente para pasar desapercibido.

–Él es mi prometido, pero ayer tuvimos una discusión y quería irse de la casa. Yo tengo un problema con una ex pareja y la verdad tengo miedo que le haga algo. Él no conoce el idioma, hace poco llegó a Rusia así que se desorienta fácilmente. Quiero creer que solo se perdió pero que está bien.

–Queremos más detalles de su ex pareja –Viktor miró a Yuri, quién chasqueó la lengua y se retiró del cubículo.

El policía interrogó un poco a los patinadores, aunque no consideró a ninguno como sospechoso.

–Bien, cuando tengamos noticias les avisaremos.


Al principio la búsqueda fue bastante liviana, pero luego de que pasaran cinco días y no hubiera luces del japonés comenzó a preocupación. Del aeropuerto no habían tenido reportes de que hubiera viajado a Japón, incluso el boleto no se utilizó, ya que el asiento no fue ocupado. Tampoco estaba el nombre del chico en los registros de la policía internacional. Consultaron con todas las fronteras y el nombre de Yuuri Katsuki no aparecía en ningún lado. Luego vieron el transporte terrestre, pero tampoco había señales, como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Viktor no quería que la noticia traspasara las fronteras, temía que sus suegros se enteraran de la noticia, pero fue inevitable cuando el chico llevaba 2 semanas desaparecido.

–¿Eh? un mensaje de texto… este número… –abrió los ojos de par en par al notar que era de origen japonés. Era Minako, la maestra de ballet de Yuuri.

Viktor, ¿cuándo pensabas contarnos que Yuuri lleva desaparecido dos semanas? Los padres de él están desesperados y nadie les había dicho nada. Me parece horrible tu actuar. Quiero que me digas que sucede para poder decirles que pasó con su hijo.

–¿Qué le voy a decir? –sus manos temblaban del miedo. Le contó lo que sabía, pero omitiendo el detalle de porqué se iba a la casa de Yuri.

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Al día siguiente, a las afueras de su departamento se llenó de periodistas de diversas partes del mundo, especialmente japoneses. Todos querían saber sobre la noticia de la desaparición del as japonés, además que la investigación había arrojado que él era el principal sospechoso.

–¿Qué? ¿Qué yo qué? –preguntó incrédulo a la prensa japonesa.

–Las investigaciones de la policía rusa indican que usted es el principal sospechoso puesto que fue el último en ver a Katsuki antes de su desaparición.

–Yuuri iba a la casa de Yuri Plisetsky pero nunca llegó, no sé qué pudo pasarle en el camino.

–¿Por qué Katsuki se iba con todos sus enceres? La policía habla de un crimen pasional.

–¿Crimen pasional? Pero qué demonios.

–La policía rusa señala que usted les dijo que habían tenido una discusión muy fuerte y que por eso Yuuri Katsuki se había ido del inmueble, ¿es cierto eso? –le preguntó una periodista inglesa.

–Hay versiones de un testigo que había violencia intrafamiliar en…

–¡Eso es mentira! –gritó el patinador ante la acusación del periodista ruso–. Yo jamás le toqué un pelo a Yuri sin su consentimiento–. ¿Quién te dijo eso? ¿Yurio acaso?

–¿Quién es Yurio?

-Yuri Plisetsky.

–Los testigos mantienen su identidad protegida –le explicó otro periodista ruso.

–Bueno, ¿quieren detalles? Yurio se quedaba horas fuera del departamento, seguía a Yuuri a todos lados, le mandaba mensajes de texto hasta en la noche, si alguien tiene un grado de sospecha ese es él.

–¿Está afirmando que Yuri Plisetsky es el responsable de la desaparición de Katsuki Yuuri? –le preguntó el periodista japonés.

–Yo solo digo que soy inocente, que no tengo nada que ver en lo que está pasando. Yo estoy preocupadísimo por mi prometido, quiero creer que él está bien. Ahora déjenme pasar –sin embargo, los periodistas lo siguieron hasta su auto.

–Señor Nikiforov no ha confirmado nada acerca de la denominación de "crimen pasional" para este caso.

–¿Si ustedes estaban tan bien, por qué Katsuki quería regresar a Japón?

–¿Es cierto que usted lo tenía controlado todo el tiempo?

–¡Déjenme en paz o los atropello! –gritó desesperando subiéndose al automóvil, los periodistas se apartaron y Viktor salió del barrio, sintiéndose completamente abatido.


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Bangkok, centro de entrenamiento. Dos semanas después de la desaparición de Yuuri

–Phichit, te encuentro distraído –mencionó Celestino al ver que su pupilo volvía a caerse al realizar un triple axel, acercándose hacia él por fuera de la pista.

–Lo siento, Ciao Ciao –se disculpó levantándose del hielo, para apoyarse en el borde de la pista–. Es que no dejo de pensar en Yuuri.

–¿No se ha sabido nada? –el tailandés negó con la cabeza–. ¿Qué le habrá sucedido?

–Estoy preocupado, tengo una corazonada de que algo no está bien.

–¿Has hablado con Viktor?

–No me responde los mensajes, todo es muy extraño.

Phichit miró a su entrenador, una idea ha circulado en su cabeza desde que se enteró de la desaparición de su mejor amigo, pero hacerlo implicaba un alto costo.

–Ciao Ciao –lo llamó.

–Dime.

–Quiero ir a Rusia a buscar a Yuuri.


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Hasetsu, Yutopia. Dos semanas después de la desaparición

–Minako-sensei, ¿no has sabido nada? –preguntó Hiroko con gran aflicción, ella negó con la cabeza.

–No, lo único que sé nuevo es lo que Viktor me respondió ayer.

–Mi pequeño Yuuri –susurró la mujer con un gran nudo en la garganta.

–No te preocupes, Hiroko, iré a Rusia a buscar a Yuuri.

–¿En serio? ¿Y la academia?

–Yuuri es lo más importante.


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San Petersburgo. Pista de entrenamiento de la Federación Rusa

Todos intentaban llevar una vida normal, a pesar de que la policía cada día iba a buscar nuevas pistas sobre la desaparición del joven patinador japonés. Todos los días alguno era interrogado, ya que la Federación pidió que no interrumpieran a la mayoría de los competidores. Uno de los más afectados era el entrenador de los patinadores sobre hielo, en estas dos semanas habían interrogado a Yakov dos veces, y hoy sería la tercera. ¿Qué más podría ofrecerles a los oficiales? Él no tenía mucha injerencia en Yuuri, pues su entrenador era Viktor. Él no podía entrenarlo por pertenecer a otra federación, él ya había hecho lo suficiente con mediar con la federación para permitirle a Yuuri patinar y entrenar ahí.

–Yuuri venía todos los días que Vitya venía a entrenar –comenzó a contarle al oficial–. No lo conozco mucho, es una persona muy introvertida.

–Usted lo entrenó una vez.

–Reemplacé a Vitya en la Copa Rostelecom por un problema personal, pero nada más.

–Usted dice que Viktor Nikiforov es muy cercano a Yuuri Katsuki.

–¿Cómo no? Son novios, en teoría iban a casarse este año.

–¿Usted sabía que tenían problemas de pareja?

–Acá no se veía nada de problemas. Vitya era muy empalagoso con él, siempre abrazándolo, besándolo, generando incomodidad en el resto de patinadores. A nadie le gusta ver a una pareja melosa. Lo que pasara puertas adentro ya es cosa de ellos dos. Pero acá, ninguna pelea.

–¿Nunca vio signos de que Katsuki fuera agredido?

–No sé de dónde sacan esa teoría, Vitya era lo más dulce con él. La única vez que vi que Yuuri tuvo una lesión fue una vez que se cayó en el hielo cuando vieron a practicar los dos solos y le quedó el ojo morado.

–¿Usted no estuvo cuando pasó eso?

–Como dije, estaban solos. Pero yo he visto a muchos patinadores lesionarse, son gajes del oficio. Una vez vi a Mila caerse al hacer un salto y le quedó el ojo morado, es algo que puede pasar.

–¿Qué cree usted que pudo pasarle a Yuuri?

–Al principio pensé que le habían robado sus cosas, ya sabe, esta no es una ciudad muy segura, pero ahora que han pasado dos semanas la verdad no sé qué pensar.

–¿Cómo es la relación entre Yuuri Katsuki y Yuri Plisetsky?

–De rivalidad, pero de rivalidad sana, de querer superarse. Muchos medios han dicho que Plisetsky odiaba a Katsuki, pero no, se ayudaban y animaban mutuamente.

–Nikiforov mencionó que el Yuri ruso acosaba al Yuuri japonés.

–Verá… Plisetsky no tiene familia como tal y su carácter agresivo le dificulta hacer amigos, él solo quería tener la amistad de Katsuki pero no sabía cómo.

–¿Le parece que es la manera de buscar la amistad de alguien quedándose afuera del departamento por horas?

–Yuri tiene 16 años solamente, todavía es un niño. Hay cosas que él cree que son geniales pero no lo son y no tiene quien lo guíe. He intentado suplir esa falencia paterna, pero a estas alturas es difícil. Yo no digo que mi Yuri sea un delincuente, pero no sería capaz de hacerle daño al Yuuri japonés.

–Eso es todo por hoy, gracias señor Feltsman.

–Espero que sea útil para la investigación, oficial.

–Quisiera saber si podríamos investigar su domicilio.

-¿Eh?

–Usted vivió un tiempo con Plisetsky, necesitamos saber la mayor cantidad de datos de él.

–Eh, sí, no hay problema.


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Aeropuerto internacional de San Petersburgo. Dos semanas desde la desaparición de Yuuri

Un joven moreno que cubría su rostro con una mascarilla no dejaba de revisar las redes sociales mientras esperaba en la fila del control aduanero. Estaba cansado, la diferencia horaria estaba pegando fuerte en conjunto con el largo viaje con escala desde su país hasta una de las tierras más frías del mundo. Revisaba las redes con gran ímpetu no para ver la cantidad de likes de sus selfies, sino para ver si había noticias sobre su amigo.

–Yuuri, ¿dónde estarás?, ¿qué te pasó?

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–¿Viajar a Rusia? ¿Y la Copa de China?

–No puedo entrenar sabiendo que mi mejor amigo puede estar en problemas, ¿puedes entender? –Celestino lo miró atentamente, Phichit se veía decidido a cualquier cosa–. Cuando yo tuve problemas con la beca deportiva, Yuuri me ayudó mucho. No puedo quedarme de brazos cruzados.

–Yo entiendo tus sentimientos, pero no puedes darte el lujo de desaparecer mucho tiempo. No eres un patinador de grandes triunfos como Nikiforov como para volver fácilmente a las pistas.

–Lo sé, pero es mi amigo. No puedo concentrarme, de seguro fracasaré por tener mi mente en otro lado. Por favor, Celestino… –el entrenador soltó un largo suspiro.

–Está bien, entiendo.

–Kop khun khrap –agradeció Phichit con una pequeña reverencia.

–Pero volverás apenas lo encuentren –el asiático asintió con una sonrisa.

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Una vez terminados los trámites migratorios, tomó un bus que lo llevaría al centro de la ciudad. Gracias a las buenas relaciones que mantiene en general con los patinadores, Mila accedió a acogerlo para su investigación. Mila vivía en un pequeño departamento muy central, así que le quedaba cerca de la parada de autobuses. Caminó unas pocas cuadras y, aunque había un camino más corto, una feria libre llamó su atención. Siempre le gustaron los mercados al aire libre como ese, le recordaban a Bangkok. Recorrió los puestos cuando dos jóvenes de un puesto improvisado le ofrecieron un Smartphone Samsung.

–Muy barato, muy barato –indicaron en un inglés muy básico y acentuado.

–No, gracias.

–Tenemos un iPhone, muy barato –se lo mostraron y llamó inmediatamente la atención del tailandés.

–¿Puedo verlo? –un ruso se lo entregó pero no le quitó el ojo de encima, Phichit lo giró para llevarse una sorpresa mayúscula. Tenía la carcasa azul con varios caniches.

–¿Dónde encontraron este teléfono? –les preguntó con las manos temblorosas.

–Pagar o no –intentaron quitárselo pero Phichit impidió.

–¡Este teléfono es de mi amigo! ¡¿Dónde lo encontraron?! –los gritos llamaron la atención del resto de feriantes.

–¡Extranjero está robando! –exclamaron en ruso los chicos, muy asustados. Una de las feriantes fue a buscar al guardia de seguridad.

–¡Se lo robaron a mi amigo! ¡¿Dónde está?!

–Nosotros no robar –explicaron asustados.

–¿Qué está pasando? –el guardia ruso, un gigante de 2 metros, miró amenazantemente a Phichit, quién no se dejó intimidar.

–Este teléfono es de Yuuri Katsuki, el japonés desaparecido.

–¿Cómo sabes eso?

–Yo soy su mejor amigo. La carcasa es de él y él le hizo esta marca en la tapa trasera por si lo perdía – le mostró un rasmillón que decía VN.

–Los tres me acompañarán a la estación de policía.

–Descuida, amigo, pronto te encontraremos –Phichit sostenía el teléfono de su amigo con mucha fuerza.

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Los dos jóvenes rusos no habían robado el celular, sino que más bien lo encontraron en una mochila de camping que habían encontrado cerca de la carretera regional, y por temas de dinero habían decidido venderlo. No se habían llevado nada más de la mochila. Los jóvenes guiaron al policía y al patinador tailandés hasta la mochila, la cual seguía en el mismo lugar. Estaba bajo una especie de canal, tapada con unas ramas. Phichit quiso tomarla pero el policía no lo dejó.

–Si efectivamente pertenece al japonés desaparecido, tocarla sería alterar las huellas.

–¡Nosotros no le hicimos nada! Solo encontramos la mochila.

–Debieron dar aviso, ahora son sospechosos –los dos jóvenes se miraron espantados.

–Te dije que era una mala idea –le reprochó uno al otro.

El policía llamó a un operativo para tomar las evidencias y, junto con Phichit, en la misma zona, hicieron el reconocimiento de objetos.

El tailandés no pudo evitar las lágrimas cuando encontraron una billetera, era igual a la billetera que él le había regalado antes de que se fuera de Detroit. Al abrirla, aparecieron los documentos del patinador y el dinero que tenía.

–Encontramos los documentos de Yuuri Katsuki, esta es su mochila. Muchachos, hay que revisar todo el sector.

La zona estaba llena de vegetación y era algo difícil de revisar, especialmente porque el clima no favorecía mucho al ser otoño. Phichit quería ayudar, pero los policías no querían que se perdiera –ya tenían suficiente con el japonés para que ahora otro asiático desapareciera–, pero le dieron la chance de revisar la mochila a gusto. Eso le pareció raro al tailandés, porque apenas la revisaron. Encontró dentro de la mochila el boleto de ida a Japón, un sándwich en estado de putrefacción, una libreta de apuntes, un estuche, fotos de Viktor, la medalla del GPF, el pasaporte y la caja donde guardaba los lentes, la que estaba vacía.

–¡Encontré algo! –se escuchó a la distancia. El capitán de policía se levantó para ir hacia allá y Phichit se sumó.

–Quédate aquí.

–No, ¿y si es mi amigo? Tengo que estar ahí –el oficial rodó los ojos y soltó un largo suspiro de desgano.

Por medio del walkies talkies encontraron una nueva pista. Ahora era la maleta. Estaba más adentro de la vegetación. Los policías comenzaron las pericias en el lugar, tomaron las muestras posibles y luego con guantes la abrieron. Estaba llena de ropa.

–¿Reconoces esta ropa? –Phichit asintió cubriéndose la boca y nariz con ambas manos.

–A este chico no le robaron nada, qué raro… entonces solo fue…

–Fue… ¿qué? –preguntó en un hilo de voz el tailandés.

–Nada, pensaba en voz alta.

–¿L-lo m-mataron? –preguntó en un hilo de voz.

–No sabemos, esperemos encontrar alguna pista.

Siguieron recorriendo el lugar, el tailandés no podía quitarle la mirada a la maleta. Era la maleta que Yuuri usaba en las competencias.

–¿Y si nunca más te veo competir? ¿Y si nunca más podremos hablar? Yuuri… ojalá no te hayan hecho nada. Manda una señal divina por favor –él creía mucho en la religión de su país, así que empezó a rezar, pidiendo por su amigo.

Mientras rezaba pudo percibir el ruido de un riachuelo, cosa extraña porque por las temperaturas no debería haber agua correr. Le pidió a una oficial que estaba tomando fotografías si podía acompañarlo hacia ese riachuelo, al principio no quiso pero ante la insistencia del extranjero aceptó con fastidio.

Al llegar lo recorrieron por todos lados, pero no vieron nada extraño.

–No creo que esté aquí, yo creo que él debe estar en otro lado.

–¿Otro lado?

–Creo que lanzaron las cosas por acá para distraer, es de tontos colocar las pistas cerca de la persona.

–¿Cómo podríamos encontrarlo?

–Con una buena cuota de sue….

–¡Encontré algo! –se escuchó a la lejanía.

Todos corrieron hacia donde estaba el oficial que habló. Estaba en una laguna, la cual no estaba congelada. En la orilla se encontraba un gorro que parecía ser gris, pero estaba muy sucio y húmedo.

–Llamaremos a la Marina para que nos ayuden, mientras tanto revisaremos los bordes.

–¿Cuánto tardarán? –preguntó el tailandés.

–Tendremos suerte si pueden venir dentro de la semana –esto lo desanimó, ya no podía seguir esperando. Necesitaba respuestas ya–. Ya enviamos las coordenadas, será mejor regresar.

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Regresaron a San Petersburgo y comenzaron los análisis a las evidencias. Desde la comisaría y, sin ubicarse mucho, Phichit tuvo que regresar a la casa de Mila. Ya en un lugar donde poder descansar, Phichit revisó el teléfono de su amigo. No tenía batería, así que decidió cargarlo.

–Espero poder encontrar algo aquí.


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Aeropuerto Internacional de San Petersburgo. Dos días después.

Una joven y delgada japonesa se encontraba esperando que su maleta apareciera por la cinta para poder pasar a los trámites migratorios. Había perdido todo contacto con el novio de su ex alumno, lo cual le hacía sospechar enormemente… ¿por qué?


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San Petersburgo. Pista de entrenamiento de la Federación Rusa

Estaban todos entrenando como cada día, preparándose para las clasificatorias al Gran Prix Final. Todos menos uno, la leyenda rusa.

–¿Cuándo volverá Viktor a entrenar? –le preguntó Georgi a Mila.

–Debe ser muy fuerte lo que está pasando –respondió Mila–. Imagínate si el año antepasado hubiera secuestrado a Anya.

–No me hables de esa perra –el ruso colocó una cara de asco–. No puedo creer que le dedicara mis programas a ella.

–Eso hace el amor, imagínate como debe estar Viktor.

–Debe ser muy doloroso y tan lindos que se veían. Mila, ¿sabes cómo está Yuri?

–Nunca fueron muy cercanos, así que debe estar como nosotros.


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San Petersburgo, casa de Viktor.

El platinado patinador estaba acostado en la cama matrimonial, tenía el cabello sucio y despeinado. Se sentía tan deprimido que no tenía ganas de hacer nada. Makkachin estaba a su lado, recién le había dejado su pelota favorita, pero Viktor simplemente lo ignoró. Su rostro perfecto lucía demacrado, dos profundas ojeras decoraban sus ojos, de los cuales salían gruesos surcos hasta las mejillas.


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San Petersburgo, casa de Mila.

Phichit estaba sentado en el comedor con la televisión de fondo, intentando ver como reparar el teléfono de su amigo. Se había bloqueado por tanta manipulación que le habían hecho los rusos, así que estaba pensando en llevarlo a un servicio técnico.

De pronto sonó el teléfono celular del tailandés. Inmediatamente lo tomó y contestó.

–Encontramos a tu amigo...

De milagro no se le resbaló el teléfono de las manos.

...


Notas finales: Agradezco mucho su apoyo! ❤️