MES 4, FRÍO FRÍO.

Cumplir doce años era la novedad. Ran sentía que llegar a esa edad era dejar atrás la dulce Infancia para entrar en la tan esperada adolescencia. Sonoko la había convencido de hacer una gran fiesta y, a diferencia de años anteriores, no había puesto ninguna queja. Aquel año tenía muchas ganas de celebrar su cumpleaños. Doce años no se cumplen todos los días. La simple idea la emocionaba y, en lo más profundo de su corazón, también quería saber qué le diría aquel por el que su corazón latía con fuerza. No podía engañarse, por mucho que se empeñara en negarlo sabía que llevaba toda la vida enamorada de su amigo Shinichi. Y también sabía que con los años aquel sentimiento se iba avivando. Cada vez más fuerte, más latente, más intenso. Por eso aquel dos de febrero no iba a ser como todos los demás. Recibiría sus ansiados doce con una serie de acontecimientos que jamás olvidaría. Cuando empezó la mañana su padre la había sorprendido con un gran desayuno de su restaurante preferido. También había recibido un precioso vestido que llevaría aquella misma noche y un ramo de flores por parte de su madre. En el instituto todos la recibieron con felicitaciones, halagos, abrazos y demás. Sonoko la estrujó en un gran abrazo y ella se sintió realmente querida y feliz. Pero no del todo, porque aún no había visto al maniático de Sherlock Holmes por el cuál suspiraba media población femenina. Y para su decepción, Shinichi no apareció por el instituto en toda la mañana. Tampoco había recibido ningún mensaje. Una punzada de dolor se instaló en su pecho. ¿Se habría olvidado Shinichi de su cumpleaños? El solo pensamiento le hacía temblar.

La tarde pasó rápida y Ran estaba cada vez más decepcionada. Realmente Shinichi no había dado señales de vida ese día. El estado de ánimo de Ran cayó y aunque quiso retenerla, una lágrima recorrió su rostro. En un momento las ganas de fiesta se esfumaron y maldijo haber dejado a Sonoko a cargo de ella. Ya no podía echarse atrás. Con un suspiro se arregló, no debía desanimarse, allá fuera él, ya no sé preocuparía más por ese tonto. Se puso el vestido más bonito que tenía y se dio un ligero toque de pintalabios, unas sandalias y listo. Salió de su casa a la hora acordada y llegó al recinto poco antes de que comenzara la fiesta. Sonoko había decorado todo su sótano, el cual era casi tan grande como una casa entera. Tenía varias salas y muy amplias. Simplemente fascinante.

Se le cortó la respiración al entrar en aquel inmenso lugar. Todo estaba decorado con varias fotos de ella, de pequeña, un poco más grande, con amigos… Había globos de todas las formas y colores, todo era sencillamente espectacular. Y de nuevo la horrible sensación de tristeza al saber que ÉL no estaba allí. Trató de borrar esos pensamientos de la cabeza y sonrió. Todos la recibieron eufóricamente. Había una larga mesa con al menos cincuenta asientos y en el centro de ésta, una gran tarta. Por alrededor había como cientos de pastelitos, diferentes golosinas, batidos y demás. Estaba todo planeado para ser la fiesta perfecta. Y lo era. O casi. Maldito Shinichi, siempre adueñándose de sus pensamientos en los momentos más oportunos. La noche se hizo bastante amena, y a medida que pasaba el tiempo la gente iba abandonando el lugar y el sentimiento de tristeza de Ran se iba incrementando. Cuando la fiesta acabó agradeció a su mejor amiga y marchó rumbo a casa. Habría sido un gran día si no hubiese sido por el engreído de Shinichi. La casa de éste le pillaba de camino y por un instante dudó si preguntarle por qué ni se había dignado ni a felicitarla. De inmediato desechó la idea, se pondría a llorar. De por sí tenía ganas. Al llegar al inicio de la calle aligeró el paso con intención de pasar de largo y ni mirar la puerta de la maldita casa. Sentía su vista nublarse a causa de las lágrimas pero no dejaría que cayeran. De ninguna manera.

-Ran.

Ésta se giró con lágrimas en los ojos para encontrarse con el profesor Agasa.

-¿Qué te ocurre? No tienes muy buena cara, ¿no era hoy tu cumpleaños?

Casi se echa allí a llorar solamente de pensar que incluso el profesor a su edad se acordaba de su cumpleaños y no el que decía ser su mejor amigo.

Hizo el intento de hablar pero las palabras se quedaron atoradas en su garganta.

-No te quedes ahí, entra en mi casa, te prepararé algo. Desahogate si quieres, te vendrá bien.

Y con una sonrisa el profesor Agasa recibió en su casa a Ran.

Mientras él se dirigía a la cocina ella se excusó y se fue al baño como alma que llevaba el diablo. Nada más encerrarse, se echó a llorar. No pudo más, simplemente explotó. Después de unos veinte minutos allí encerrada se dignó a salir y a tratar de ayudar al profesor.

-Profesor, ¿necesita ayuda en algo?

-En realidad, sí. He dejado la luz del laboratorio encendida, ¿podrías apagarla? La luz está por dentro.

-Claro, enseguida vuelvo.

Ir al laboratorio le daba nostalgia. De pequeña solía jugar allí a los escondites con Shinichi. Aquello le devolvía las ganas de llorar. Llegó al sitio y abrió la puerta.

Y entonces sus ojos observaron lo más bonito que podría haber visto nunca. Una pared entera llena de fotos de Shinichi y ella, un gran ramo de flores en el centro y un Shinichi Kudo sentado en su típica pose de egocéntrico sin causa que la volvía tonta. Quiso llorar y reír a la vez. Se tapó la cara y soltó un medio sollozo, medio carcajada. Shinichi se levantó y quitó las manos de su cara.

-¿De verdad pensabas que me olvidaría de tu cumpleaños?

Ran tan solo sonrió y un par de lágrimas se realizaron por sus mejillas.

-Realmente eres una tonta, ¿lo sabías?

Y tras esas palabras la estrechó entre sus brazos con todo el cariño del mundo. Ella lo abrazó de vuelta y comenzó a llorar de la misma emoción. Él la apresó un poco más hacia sí y dejó escapar un suave carcajada.

¿Y qué decir? Entre ellos dos nada era normal. Pero tampoco querían que lo fuera.