2. Cupón

No he tenido más remedio. Acudir al supermercado apremiaba. Urgentemente.

Conmigo ahora se arrastran un par de bolsas de plástico repletas de comida rápida, cervezas y algún que otro producto de higiene personal. Y ahora es tu turno. El de cada día, casi siempre a la misma hora, tú entras en acción en mi vida.

A veces me cuestiono si esperas mi llegada, o si te preguntas qué ha ocurrido el día que no me hallo con fuerzas de acudir a gruñirte.

Me reafirmo en mi convicción. Soy estúpido. Para ti sólo me presento como un cliente más. Como debe ser en realidad.

Tu perro yace al lado del garito que ostentas, el cuál permanece con la puerta abierta para manteneros cerca. El chucho aparentemente está dormido. Dócil y tranquilo hasta que las bolsas aterrizan a su lado, momento en que alza la vista, la que tú no tienes, y su hocico se arruga augurándome el gruñido de rigor. Debo admitir que es un ejemplar de labrador hermoso, que se presenta cuidado en extremo.

Amado...

Saco la cartera del bolsillo trasero de mis jeans y sin decir nada, planto el cupón de ayer bajo la obertura de cristal que nos permite en parte escucharnos las voces.

- ¿Tiene premio o reembolso?

Sueno descarado y maleducado. Jamás emito ningún saludo cuando llego a ti, aunque parece no importarte. Quizás porqué ya te has acostumbrado.

Tu cuidada mano tantea la superficie hasta dar con el pedazo de papel contenedor de las esperanzas de mucha gente. Ladeas tus finos labios en algo que pretende asemejarse a una sonrisa, y con este gesto aparece ese hoyuelo en tu mejilla, que no sé por qué, me fascina.

Tu diestra sostiene el boleto mientras tu zurda sitúa el aparato que deberá decirme si ayer la fortuna económica me bendijo.

- Lo siento. No hay nada.- Te fías de lo que te indica una máquina. Y yo también me fío de la confianza que tú dipositas en ella.- ¿Deseas algo más?

Pronuncias estas palabras protocolarias devolviéndome el cupón caducado y sin fortuna. Sonriéndome con una seguridad que me asquea.- No lo quiero para nada. Tíralo.

- Como quieras.

Lo recuperas, lo arrugas y lo lanzas dónde mi vista ya no alcanza. Supongo que a tus pies reside una papelera repleta de esperanzas aguadas.

- Dame otro. Para esta noche.

- ¿Terminado en Siete?

- ¿Por qué siempre preguntas lo mismo? - Me enfado e ignoro la razón de ello. No me gusta que te adelantes a mis intenciones, por muy rutinarias que éstas sean. Me jode que me conozcas, que te anticipes a mi petición...¡porqué simplemente no me ves para corroborar la faz que luzco!. No tendrías que saber quién está plantado frente a ti. ¡Eres ciego, joder!...Ciego.

- Lo pregunto porqué existe la posibilidad que algún día desees apostar a otra terminación. Éso es todo.

- Si algún día lo deseo, no te preocupes que te lo haré saber. Además, me molesta que juegues a creer que me conoces. ¡No me ves, maldita sea! ¡Podría ser cualquier persona!

Tu perro se ha alzado, éso sí, después de haberse estirado para desperezarse. Pero se ha alzado poniéndose alerta. No le ha gustado el tono que empleo contigo. Es obvio que no sólo te guía...también te defiende. Su mirada achicada y el tímido runrun que ya arranca en su garganta me lo dejan saber claramente.

Tú alargas el brazo y lo tomas del arnés, en un gesto tranquilizador. Le transmites calma y seguridad. Le dejas saber que no me temes, y que en consecuencia, él no debe temerme.

No deberías ser tan confiado. Menos aún en este barrio. Exarcheia no es amable. Y yo tampoco. Te convendría aprender a rebelarte, a endurecerte.

- Tienes razón...- Sigues hablándome con irritante serenidad, mostrándome una sonrisa autosuficiente y molesta.- No sé como eres, pero conozco tu voz. Así que para esta noche...otra terminación en Siete...

Gruño para mis adentros y dejo escapar un sonoro suspiro a través de mi nariz. Observo impaciente cómo tus dedos tantean las columnas de cupones que hay colgados a tu alrededor y das con él. Magistralmente. Sin apenas permitirte dudar en tu decisión.

- Son tres euros.

- ¡Ya lo sé! No hace falta que me lo repitas cada día.- Busco el dinero en mi cartera y estampo dos monedas casi en el límite de tus dominios.- Está justo.

Tomas las monedas de uno y dos euros respectivamente, las tanteas en acto de comprobación y las colocas en el casillero, tentación de ladrones y asaltadores que jamás se te acercan.

- Que tengas suerte. Hasta mañana.

Vuelves a sonreírme sin mirarme. ¡Maldita sea! ¡¿Por qué lo haces?! ¡¿Por qué me da la sensación que me ves más de lo puedes?! ¡¿Y de lo que yo desearía?!

Recojo el cupón de un tirón y lo meto sin cuidado dentro de mi billetera. La cierro con gestos toscos y la ensarto en su lugar, en el bolsillo trasero de mi pantalón. Las bolsas son rescatadas del suelo sin mucha delicadeza, todo ante la escrutadora e intimidante mirada de tu canina visión. Me voy a ir...ya he tenido suficiente charla por hoy. Ya me has regalado más amabilidad de la que me merezco.

Pero no lo soporto más.

Quiero hacerte enfadar. Necesito arrancarte algún atisbo de contrariedad, alguna defensa ante el trato que te profeso día sí y día también. Y lo intento una última vez.- Tu amabilidad es falsa y repugnante. Limítate a vender. No hace falta que sonrías a la gente con tanta estupidez.

Ya está. Lo he soltado a consciencia, pero no espero ninguna respuesta.

Aunque la obtengo, sintiéndome detenido en mi huida. Correspondido en mi absurda afrenta.

- Soy amable por protocolo. Una queja de un cliente podría hacerme perder el trabajo. Así que no te lo tomes como algo personal.

Por primera vez eres seco en tu tono. Me gusta que lo seas, que saques algo de carácter si es que lo tienes. Me gustaría recordarte que este barrio tampoco es amable. Y sus razones son aún menos personales.

- Pues ahórrate el protocolo. Conmigo no hace falta.

Reanudo mi marcha después que un reconfortante ladrido me invite a ello. Aunque tu voz vuelve a advertirme. Hiriéndome.

- Contigo más que con nadie.


Aclaración: Exarcheia es un barrio de Atenas.