De sobrinas chillonas y hermanas insoportables

[1]

Un jadeo indecoroso sale de su primorosa boca. Sonrojado y con la frente perlada de sudor, decide detenerse de la exhaustiva actividad.

No podía más.

Maldito profesor de mierda. ¿Quién carajos se creía como para hacerle esto?

Ah sí, era el maldito Eren Jaeger, el nuevo profesor de educación física que se caía de bueno y que además con una puta sonrisa ya le había aflojado las rodillas.

Joder, y eso que según él no estaba necesitado de sexo ni nada pero en cuanto Eren le sonrió, todo se fue a la maldita mierda. Y eso lo ponía de malas, realmente quería tirárselo, sólo porque estaba buenísimo. Levi no era de los que se alterara con presencias masculinas atractivas, empero, ese hombre era el más atractivo espécimen que había visto.

Aunque lo había hecho sudar como el infierno. Dios, parecía que había estado dentro de un jodido horno.

Normalmente, las actividades físicas y deportivas no las llevaban a cabo los maestros con los alumnos, pero el idiota del Jaeger le había sugerido con una deliciosa sonrisa para nada sana, que en la antigua primaria donde laboró, los profesores si se ejercitaban junto con los chiquillos. A lo que Levi no pudo evitar sonrojarse como manzana madura, y negarse en rotundo a hacerlo.

No les iba a demostrar a esos mocosos de mierda lo pésimo que era para él hacer piruetas, lagartijas y salto en cuerda, porque realmente nunca fue bueno en gimnasia ni en educación física. Sólo aprobaba porque hacia trabajos extracurriculares, prefería eso a matarse sudando como cerdo con el sol en su cenit.

Sin embargo, los mocosos indecentes corearon en son de burla que su maestro también debía participar con ellos y Eren se atrevió a deslizar con voz insinuante que quizá Levi tenía miedo de hacer ejercicio con los chiquillos porque no poseía buena condición física, en pocas palabras, le dijo gordo.

Y Levi podía soportar cualquier clase de insultos, es más, podía darse el lujo de dejarse llamar puta o zorra por alguna maldita niñata que se creía más buena o bonita que él, pero nunca de los nunca aceptarías que lo llamaran gordo, porque si bien no hacia rutinas extenuantes de ejercicio, sus maravillosos genes le habían heredado una silueta envidiable y durante parte de su adolescencia se dedicó a tonificar los músculos de su torso hasta lograr un decente y nada despreciable six-pack.

Eren podía creerse muy listo pero él lo era más.

Hasta que terminó derrotado después de la décima vuelta alrededor de las canchas. Jean y Connie con su espíritu competitivo seguían dando carrera y él ya sentía el peso de sus veintiséis años sobre sus hombros.

- No aguantas nada, Levi – ni siquiera profesor o maestro, el mocoso de mierda se había tomado el atrevimiento de tutearlo.

¿Desde cuándo las generaciones nuevas se tomaban dichas libertades?

- Bueno…, no es como…s-si lo ne-necesitara – bien, su voz salió jadeante y forzada.

- Respira por la nariz para que no sientas ardor en la garganta. Por eso te has cansado rápido. ¿Qué nunca te lo enseñaron?

Levi frunce el ceño.

Pues claro que se lo enseñaron, de hecho no tenía maldita idea de cómo había conseguido controlarse para no mentarle la madre a Eren, cuando ganas no le hacían falta.

Mira que obligarlo a hacer ese tipo de ridiculeces frente a los niños le había destazado el orgullo Ackerman.

Agradecía que Mikasa no estuviese presente para mofarse de él.

- Vete al diablo – apenas dice, ya más recompuesto.

Contrario a lo que Levi pensó, con Eren enojándose y dándole la espalda. Escucha una agradable risita sureña y no puede eludir el sonrojo que ataca sus pálidas mejillas.

- Tienes una piel tan blanca –dice Eren vagamente, sin pensarlo mucho al soltarlo -, lamento que te haya hecho esto, pero es que es una manera de motivar a los niños. Ellos consideran educación física como una materia sin importancia, creen que se trata de juegos y ya, pero quiero que amen el deporte tanto como yo, y que algún día se conviertan en lustrosos atletas.

Levi cree que Eren es demasiado soñador o que el joven ha perdido tres tornillos. No considera que ninguno de sus alumnos como un atleta en potencia, la mayoría de los mocosos son adictos a las redes sociales y a los dispositivos electrónicos.

Pero Eren tiene esa sonrisa larga y bobalicona que prefiere tragarse sus malas palabras porque no quiere que esa bonita sonrisa desaparezca.

- Supongo que podría suceder.

- Sí. Definitivamente estos chicos tienen potencial – y Eren mira a su alrededor. Todos los alumnos de segundo grado están completamente derrotados sobre el piso.

Jean se da aire con las manos y pesadas gotas de sudor perlan su frente.

- ¡Niños, es hora de volver a su salón! – grita Eren.

Levi contiene las arcadas que amenazan con evidenciar su pobre estado. El olor a sudor y sol sacuden sus fosas nasales con violencia.

No quería imaginar cómo olería el salón cuando entre, la mezcla de aromas herviría allí dentro y no estaba seguro de poder aguantarlo.

- Bueno, nos vemos profesor Levi – dice Eren viendo al último niño entrar a su aula correspondiente.

- Claro, Eren.

[2]

Isabel era nueva en esa enorme y bonita escuela. Su tío la había inscrito la semana antepasada y ese lunes era su primer día luego de afinar los detalles para su entrada.

Isabel Jaeger es hija de Zeke Jaeger, un importante abogado que pasa la mayor parte del tiempo dentro de un despacho. Su madre había muerto hace unos años y a consecuencia de eso, Zeke fue quien evocó todas sus atenciones a su primogénita. Empero, a pesar de lo buen padre que era, Zeke no tenía mucho tiempo para convivir con Isabel, pero Eren –su tío y medio hermano de Zeke si- y desde que tiene uso de razón, Eren ha sido su soporte y mejor amigo además de un excelente tío.

Y si había aceptado asistir a la primaria Trost, solo era porque Eren seria profesor allí. De hecho el joven castaño había pedido exclusivamente su cambio a ese instituto educacional porque él había estudiado ahí y quería que su sobrina favorita recibiera una excelente educación.

Pero los chicos estaban siendo crueles con ella.

Quinto grado no podía ser peor.

- Cabeza de tomate – dice uno de ellos, un grandulón de cabellera rubio y facciones duras.

Isabel se siente intimidada por su mirada burlona, ligeramente asustada se arrincona junto a unas jardineras en el patio principal, protegiendo su almuerzo. Su tío se había esforzado en cocinarle salchichas con forma de pulpo y vegetales. No quería que se los quitaran.

- No me llames así – alega con la voz tranquila aunque por dentro es un manojo de nervios.

Reiner sonríe malévolo. La verdad es que él suele intimidar a todos los niños que considera inútiles. La niña nueva resultó ser una buena manera de desahogar el estrés después de que el profesor Levi le había prohibido terminantemente acosar a alguno de sus alumnos. Y bueno, Reiner puede ser un bruto y estúpido niño de quinto grado pero es lo suficientemente listo como para no provocar la ira descomunal del hombre bajito. Levi es de temer cuando está enfadado.

- ¡Tú no puedes decirme lo que debo o no debo de hacer! – Reiner se acerca a Isabel dispuesto a tirarle su bonita lonchera.

Una fina y blanca mano lo detiene por la muñeca. Entonces, todos los vellos del cuerpo se le erizan automáticamente.

- No en mi presencia – dice la determinante voz de Mikasa Ackerman.

Sólo basta con echarle una mirada por el rabillo del ojo para darse cuenta que Mikasa tiene esa mirada taciturna pero que augura cosas muy malas si no se le hace caso. Y ella, es nada más y nada menos que la hermana menor de Levi.

- Mi-Mikasa… yo no iba a….

- No me interesa Reiner. Largo de aquí, ve con Bertolt y piérdanse. – Mikasa no tiene que repetirlo. Reiner sale disparado de la vista de la pelinegra.

Isabel que la mira con los ojos abiertos tanto como puede, no es capaz de pronunciar alguna palabra.

- ¿Qué miras? – finalmente pregunta Ackerman. Isabel se sonroja demasiado.

Mikasa era su compañera, la había notado desde el primer instante en el que puso un pie dentro del salón. La mirada de un gris obscuro se había enfocado en ella y fue inevitable no prestarle atención a la azabache.

- Yo… gracias, Mikasa – la dulce voz de Isabel inunda el corazón de Mikasa de algo que no puede explicar.

Sus pálidas mejillas adquieren el tono del cabello de Isabel. Gira su rostro levemente para que ese sonrojo no sea notado por la otra, aunque es demasiado tarde.

- No es nada.

- Sí que lo es. Me has defendido y ni siquiera me conoces. – Isabel luce su mejor sonrisa y deja su cómodo lugar sobre la jardinera para acercarse a Mikasa entre saltitos cortos.

- No me gusta que se pasen de listos con los nuevos, es una estupidez y Reiner no aprende – en realidad Mikasa había defendido a Isabel porque desde que la vio entrar a su salón y se presentó como la nueva alumna, un pensamiento nubló su cabeza; ella quería ser el centro de atención de la pelirroja bonita.

- Gracias de verdad – Isabel la mira con esos enormes ojos verdes que lucen tan resplandecientes a la luz del sol.

- De nada – trata de decir con la voz más fría que le es posible sacar en esos momentos.

- ¿Quieres compartir el almuerzo conmigo? – Isabel realmente quería hacer amigos y Mikasa la había defendido, eso significaba que la pelinegra tenia cierto interés en ella y si no, por lo menos haría lo posible por que así fuera.

Mikasa se hace la interesante al pensárselo nos breves segundos para luego esbozar una gran sonrisa, de esas que sólo son para Levi.

- Está bien.

[3]

- Quiero a Isabel Jaeger.

Levi escupe el café, y posteriormente un ataque de tos lo acecha. Mikasa acude a auxiliarlo. No sirve de mucho con sus fuertes palmadas sobre la espalda del mayor.

Mikasa había llegado a casa muy pensativa, y Levi no quiso preguntar porque su hermana era hermética como él, un gen activo en la sangre Ackerman.

En la cena fue cuando ella soltó la sopa. Por un momento quiso pretender que había escuchado mal, porque Mikasa suele ser una niña posesiva a tan corta edad y cuando se encapricha con algo o alguien nadie puede pararla por obtener lo que desea.

Nunca había mostrado un interés tan verdadero en otra persona que no fuera él y el resto de la pequeña familia Ackerman. Y ahora viene con una sonrisa estúpida y los ojos brillantes.

Pero algo anda mal, ese apellido le suena de algo…

- ¿Jaeger dices? – pregunta una vez recupera el aliento. Toma la servilleta que yace en su regazo y limpia los restos de café de su boca y de la pulcra camisa blanca.

Tuerce la boca al ver las medianas manchas cafés en la prenda.

- Sí, creo que es sobrina de Eren Jaeger, el nuevo profesor de educación física.

Y ahí empieza el tormento.