Inexplicable.
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Bajaron por una colina empinada, varios sauces secos adornaban el sendero. Los sonidos de las aves anidando se mezclaban con la puesta de sol que hacía sentir el ambiente como si fuera un recuerdo visto a través de una botella anaranjada de vidrio. Las ropas se pegaban a las pieles sudadas y el viento era tan seco que pareció nunca haber soplado, sin embargo, soplaba y mucho.
Taichi no paraba de comparar la brisa seca con la lengua espesa de un perro lamiéndole la cara. Se quejaba del calor insoportable que esponjaba su cabello y Yamato miraba con cuidado las indicaciones impresas en la hoja de papel que sostenía. En ella se revelaba la dirección del humano a quién debían de proteger, nombre, y cualquier tipo de datos que el caso requería para ser exitoso.
Varios niños jugaban con pelotas, corrían en bicicleta y saltaban la cuerda al frente de las casas de la zona habitacional y, al frente de una ellas, una chica de diecisiete años permanecía agazapada; jugaba a la jardinera con unas flores del jardín. Raíces y tierra seca descansaban cerca de sus pies vestidos con unas sandalias rosadas cruzadas hasta los tobillos que dejaban ver la descuidada pedicura en ellos.
Yamato se detuvo al frente de la casa, su frente perlada en sudor, sus manos húmedas mojaban el papel. Releyó la dirección y miró atento la imagen a un lado de ella que se movía sonriente. Sí, habían dado con la chica del caso.
—¿Es aquí? —preguntó Taichi quien miraba por sobre el hombro de Yamato la información y luego alternaba la mirada en la chica frente a sus ojos.
—¡Sora! —La aludida levantó el rostro en respuesta ante el llamado de su persona. Parpadeó, siendo cegada por los últimos rayos del sol que se ponía de frente a ella.
Taichi descubrió, cuando el viento removió el flequillo de su cara, a la muchacha que se escondía debajo del cabello anaranjado. Una extraña sensación le rondó por dentro. Era tan familiar como el balón de fútbol que le evocaba la sensación de añoranza. Se sintió nervioso cuando sus ojos miraron, sin comprender, sobre él.
Sora sonrió, dejando caer la pequeña pala sobre la tierra por poco árida y se puso de pie, caminando en dirección a los dos ángeles.
Taichi tragó pesado, escuchando los latidos de su corazón ir cada vez más de prisa. Yamato ni se inmutó.
—Mimi-chan —Su voz amable saludó. Sora había caminado a través del cuerpo de Taichi—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Era obvio, no podría haber podido verle. Siempre invisibles, héroes anónimos. Se sintió decepcionado y confundido, ¿por qué esperaba que la sonrisa de ella fuera dada como saludo para él?
—Te traje la tarea del día —le dijo la muchacha sobre la bicicleta—. Meiko-chan me pidió que te la entregara…
La plática de las muchachas no pasó a ser más que eso. Un simple saludo y formalidades; aunque quizás el desinterés por parte del joven moreno había hecho pensar que no hubo nada interesante que escuchar. Su falta de atención se debía al insistente golpeteo, como de tabores dentro de sus tímpanos, que casi zumbaban e iban en desincronización con el aleteo de su corazón; causándole más malestar y, como consecuencia, menos ganas de prestar cuidado a lo que las chicas decían.
—¿Te sucede algo? —Le preguntó su senpai a Taichi al notar su alejamiento, lo común sería que estuviera insistiendo en acabar cuanto antes las misiones.
Taichi negó con rapidez. Había sido como ver un fantasma un momento y al siguiente segundo nada, una ilusión causada por los juegos de luces y sombras. Apretó la camisa blanca al nivel de su pecho, el dolor de su corazón ansiaba ser arrancado. Se tranquilizaba o, al menos, maquillaba sus emociones.
—Luces pálido… —Comenzaba a preocuparse.
—Estoy muerto. —Cortó en seco—. ¿Debería de verme de otro modo? —Radicalmente Taichi hubo cambiado de actitud a una tajante, muy diferente a la amable y risueña que Yamato acostumbraba a ver.
Unir los cabos no fue difícil. Su cambio repentino sucedió en cuanto notó la presencia de las chicas. Estaba más que convencido que Taichi pudo sentir que las conocía sin estar del todo seguro de ello, por ello su rabieta.
Yamato puso una mano sobre su hombro lo que llamó a tierra al ensimismado Yagami. Taichi lo miró con los ojos abiertos, un tanto desorbitados, confundido. Se encontró con su senpai que le observaba, acentuando las cejas sobre sus propios ojos azules; siempre decían más de lo que su boca podía soltar.
Cierta intensidad se sumaba al ceño fruncido que acentuaba su mirar, la sonrisa de medio lado que pretendía ser amigable con la función de sosegar el acelerado corazón agitado de su Kouhai.
—Si necesitas hablar… —Taichi le dio la espalda.
Sora ya estaba regresando a su casa. La otra chica pedaleaba colina abajo lejos de su campo de visión.
Taichi emprendió el paso hacia la entrada del lugar y Yamato le pisaba los talones muy de cerca.
La primera parte de su misión sería el reconocimiento. Corroborar lo que en la información suministrada por el ángel de exploración exponía. Una rápida mirada que daría pie a la elaboración del plan.
Taichi tocó el timbre, Yamato tiró abajo el manto de invisibilidad que les protegía de la mirada de los humanos que vivían del otro lado.
—Buenos días —dijo el rubio cuando una mujer adulta abrió la puerta—. Somos compañeros de clases de Sora, le hemos venido a traerle la tarea, ¿se encuentre ella aquí?
La mujer les recibió con mucha educación. Les indicó que Sora estaba en el jardín, le bastó una rápida mirada hacia el lugar para darse cuenta de que no era ya cierto.
—Debió entrar a la casa y no me di cuenta —se disculpó, secando las manos contra el delantal pulcro que llevaba puesto—. Discúlpenme un momento, acabamos de mudarnos y la casa está echa un desastre.
En la información que Yamato recibió se mencionaba que las féminas se habían mudado un año atrás a esa región. Toshiko mentía. Taichi escrutó el pasillo y parte de la sala antes de que la mujer cerrara la puerta.
—Es un total desastre —avisó Taichi—. Hay cajas esparcidas por todo el pasillo, bolsas llenas de basura, ropa y el olor es muy desagradable.
De los dos, Taichi era el que mejor sentido del olfato tenía, un arma que solía usar para descubrir los mejores puestos de comida de la ciudad.
—Según el perfil de la madre —comentó Yamato citando las palabras en la hoja de información—. Toshiko, viuda de Haruiko Takenouchi, nació y creció en la mejor zona de Japón. De padres ricos, descendientes de empresarios dueños de una cadena de floristerías en Tokio, Hikarigaoka y de la prefectura de Shibuya. Usualmente es una mujer muy elegante, de refinados modales y muy ordenada. Desde la muerte de su esposo y el cambio de actitud de su única hija… no tanto. Ha caído en el vicio de la bebida, de dos a tres botellas de vino diarias y ha descuidado sus responsabilidades al punto de no importarle ni su familia, ni su negocio.
—Al menos no ha perdido la clase —se expresó sarcástico Taichi, haciendo referencia a su vicio con el alcohol—. ¿Es ella nuestro caso?
Yamato negó con mesura.
—No. La hija es a la que debemos ayudar.
Parpadeó, tenso una vez más. Apretó la mandíbula y desvió la mirada de Yamato. De nuevo aquella sensación de vacío y familiaridad le retorcía las entrañas.
La puerta frente suyo se abrió y mostró a la muchacha. Llevaba puesto un vestido amarillo, largo hasta las rodillas, de ruedo suelto y acampanado que caía grácilmente sobre su piel.
—¿En qué puedo ayudarles? —inquirió, cordial.
—Somos-…
—¿Compañeros de clases? —preguntó, retándolos a mentirle—. Por supuesto, sabía que no pudieron enviar dos alumnos diferentes para entregarme una tarea que ya me había sido enviada. ¿Qué quieren?
Hasta allí su apariencia amable.
—Debe haber una confusión —Yamato se mostraba afable, Taichi a penas y podía ver a la muchacha—. Nosotros sí venimos de parte de la escuela, pero no hemos venido a traerte los deberes. Pertenecemos al concejo estudiantil. Estamos aquí porque no has entregado tu planilla de carrera vocacional.
—Pueden irse ya. No optaré para ir a ninguna universidad. Ni siquiera sé si vaya a regresar a clases —hizo el ademan de cerrar la puerta, Yamato impidió que lo hiciera.
—¿Estás segura? La universidad de Tokio tiene un excelente programa de Diseño de modas, también-…
—¿Quién rayos son ustedes? —Su voz desafiante y desconfiada. ¿Por qué sabían sobre sus planes antes del declive que era su vida?—. ¿Quién los envió? ¿Mi madre? No importa, deben irse ya.
—Espe-… —Demasiado tarde, la puerta terminó por cerrarse.
Yamato expulsó aire, frustrado. Al menos habían corroborado la información. Se dio media vuelta para decirle a Taichi que ya podían ir al cine, como habían planeado, pero este ya estaba andando por el camino de la entrada de manos ocultas en los bolsillos de su pantalón.
—Ey… —Apresuró el paso para alcanzarlo.
Taichi parecía huir.
—¿Te diste cuenta? —inquirió, sombrío. Yamato lo miró enarcando una ceja sin comprender—. Sus manos, si las notaste… estaban… Tenía cicatrices alrededor de sus muñecas. Es una suicida.
—No es la primera con la que tratamos.
El gesto que hizo con su cabeza le hizo saber a Yamato que las palabras de Taichi iban más allá de las marcas vistas en las muñecas de la joven.
—Sé que está prohibido que me reveles información de mi pasado, ya sé que provocaría que alcanzara un nivel de locura que podría llevarme a convertirme en un ángel caído. Lo entiendo… —Se escuchaba dolido. Se escuchaba necesitado—. Si tengo que recordar, debería hacerlo por mi propia cuenta. Solo quiero saber si… ella, yo… ¿la conozco de alguna parte? Porque de ser así, no creo que pueda estar capacitado para esta misión.
—No te subestimes, no nos hubiesen enviado aquí si creyeran que no podrías con esto.
—No lo entiendes —sacudió las manos, frustrado. La rapidez de sus pasos se ralentizaba—. Es demasiado para mí.
Nunca antes lo hubo visto tan ansioso. Bastaba solo mirar cómo sus uñas rasgaban sobre la piel de su brazo para saber cuan afectado se encontraba. Yamato tuvo que detenerlo, lo cogió por la muñeca, invitándolo a que cesara con el daño físico a sí mismo; solo entonces se dio cuenta del daño que se infringía.
—¿Adónde querías ir?
Sorprendido no pudo más que parpadear.
—¿Me estás escuchando?
—Sí. También te estoy observando. Es cierto, estamos bajo mucha presión. ¿Quieres ir al bar o…?
Un plan desesperado para el guía arisco amante de las normas que difícilmente daba su brazo a torcer. Incluso bajo su ataque de ansiedad, Taichi supo qué tramaba. Y tenía dos opciones: Aprovechar la carta blanca pese a cómo se sentía o desplegar sus alas de ángel y huir al cielo donde los problemas no existían.
—Si soy sincero, Yamato, prefiero…
