CAPÍTULO 2: Pasado

Alice asistió incómoda a aquel extraño intercambio de miradas. Las caras de ambas estaban desencajadas por la sorpresa. Permanecieron de pie, sin moverse, estudiándose desde lejos, sin saber qué hacer o qué decir. Fue Rachel la primera en cortar aquel absurdo silencio.

- Cuánto tiempo…

Santana gruñó.

- Desde que nos graduamos, creo recordar –prosiguió Rachel.

Con los ojos aún fijos en ella, se quitó el abrigo y la boina y se acercó a la barra. Instintivamente, Santana dio un paso atrás. Rachel lo notó y se detuvo, dubitativa. Su cara expresaba mil emociones a la vez, pero ninguna la transformó en palabras. Finalmente, optó por sentarse en la silla que estaba más alejada de Santana, al final de la barra, sin apartar los ojos de su antigua compañera.

De haber podido, Santana hubiese salido corriendo en aquel preciso instante. ¿Por qué de entre toda la gente que vivía en la ciudad había tenido que encontrársela a ella precisamente? Manhattan era una ciudad enorme. Las posibilidades de que la estrella de Broadway Rachel Berry pisase aquel antro eran ínfimas. ¿Por qué había tenido que suceder aquello, maldita sea? ¿Por qué por más que intentaba huir de su pasado siempre había algo que la hacía retroceder en el tiempo?

Alice le sirvió a el café Rachel sin mediar palabra, más pendiente de su compañera que de otra cosa.

- Gracias –murmuró la morena.

Alice le dedicó una amplia sonrisa y se fue hacia el fregadero, de manera que nada más a parte de la barra se interponía ahora entre ambas chicas. Santana, al fondo de la barra, seguía completamente rígida, con los brazos cruzados y con la vista fija en el suelo. Parecía una estatua de mármol.

- ¿No piensas decir nada? –preguntó Rachel finalmente.

- ¿Qué quieres que te diga? –le escupió- ¿Lo mucho que me alegro de verte? Nunca se me ha dado bien mentir, lo siento.

El veneno que había en sus palabras hizo que hasta Alice desviara su atención de los vasos unos instantes para mirarlas, aunque tardó poco en volver a concentrarse en la ardua tarea de intentar quitar los resquicios de café seco de uno de las tazas. Rachel mantuvo su semblante serio en todo momento. Si las palabras de la latina le habían afectado, desde luego no lo demostró. Tantos años de interpretación le habían servido para algo, pensó Santana con amargura. Odiaba no saber lo que la gente estaba pensando.

- Te fuiste sin decirnos nada –no era un reproche, era una observación-. Rompiste el contacto con todos nosotros de un día para otro.

Con "nosotros" se refería al resto de miembros del Glee Club, estaba claro. Aquella situación estaba volviéndose cada vez más incómoda. Santana no quería hablar de eso. No con ella.

- Nunca he tenido ningún tipo de contacto contigo, enana, no te engañes. No tenía por qué empezar ahora.

Enana. La maldita fuerza de la costumbre. Rachel esbozó una sonrisa por primera vez desde que había cruzado la puerta.

- Eres Santana, ahora no me cabe la menor duda. Tu simpatía es inconfundible.

La latina emitió un sonido gutural extraño que perfectamente podría haberse confundido con el gruñido de un animal.

El silencio volvió a apoderarse de ellas. De no ser por los cuatro chavales que seguían armando jaleo en la mesa del fondo, la tensión habría podido cortarse con un cuchillo. De repente, uno de ellos se levantó y se acercó a Rachel, con expresión cohibida. Le tocó el hombro con delicadeza y la muchacha se dio la vuelta. El olor a cerveza se olía a quilómetros.

- Perdone, pero… ¿es usted Rachel Berry, la cantante de Sol de Noche? –tenía la lengua pastosa y le costaba hablar, seguramente por el alcohol.

Rachel dudó unos instantes, pero finalmente asintió con la cabeza.

- ¡Guau! –exclamó el muchacho emocionado-. ¡Soy un gran fan suyo! ¡Déjeme decirle que he ido a ver el musical cinco veces sólo por usted!

Rachel le regaló una sonrisa que perfectamente podría haber protagonizado un anuncio de dentífrico. Si no lo había hecho ya, pensó Santana. Últimamente la muchacha estaba consiguiendo mucho interés mediático, aunque la latina hacía todo lo posible y más para evitar encontrarse con su cara.

- ¿Le importaría hacerse una foto conmigo? –preguntó el chaval, emocionado, sacando el móvil del bolsillo. Rachel se quedó mirando el aparato con reticencia. El muchacho, que a pesar de ir como una cuba parecía bastante avispado, se dio cuenta y rápidamente lo guardó-. Bueno, no se preocupe, no pasa nada. Ahora no está en horario laboral, lo entiendo –dijo, dejando escapar una risilla nerviosa.

Rachel se apresuró a volver a componer su sonrisa y de un salto, se puso en pie.

- No, tranquilo, no me molestas en absoluto; todo lo contrario. Agradezco mucho tus palabras. Son cosas como estas las que hacen que me levante cada día con renovadas energías. Mil gracias –el chico podría perfectamente haberse desmayado en aquel instante-. Así que, ¿dónde está esa foto? –dijo, pasándole una mano por la cintura, lista para posar.

Santana observó la escena con los labios fruncidos. Cuando Rachel volvió a sentarse y el muchacho a su mesa, prácticamente reptando de pura emoción, no pudo evitar que su vena sarcástica hiciese acto de presencia. Otra vez.

- Qué simpática es la "señorita" Berry con sus fans.

Rachel se llevó la taza de café a los labios.

- Sin ellos no soy nada –dijo, simplemente.

No podía evitarlo. Rachel siempre había sido motivo de burla para ella. Era difícil cambiar eso, por muchos años que hubiesen pasado.

El silencio volvió a caer de nuevo entre ellas, pesado y doloroso como una piedra. Y más cuando los cuatro chicos que aún quedaban allí se marcharon también. Santana no entendía por qué narices no se iba de una vez. Aquella situación era incómoda para ambas. No había necesidad de prolongarlo más. Santana no iba a hablarle y, por extraño que pudiese parecer, Rachel tampoco parecía que fuese a preguntar o a decir más. En aquel momento, eran dos desconocidas compartiendo espacio. Y aquello estaba volviéndose verdaderamente insoportable. Vio como la muchacha apuraba el último trago de café, jugueteando con la taza entre las manos, con la mirada perdida y con los labios fruncidos.

- ¿Te importaría darte prisa? –dejó caer de malas maneras- Tenemos que cerrar.

No podía soportarlo más. No podía soportar verla allí sentada, exactamente igual que hace siete años. Como si el tiempo no hubiese pasado. Como si todo siguiera exactamente igual que cuando era una adolescente. Con los mismos temores y con las mismas dudas.

Todo lo que tuviese que ver con el McKinley dolía con la fuerza de mil agujas porque traían de vuelta los recuerdos de todo lo que vivió allí, de todo lo que alguna vez sintió entre aquellas paredes. Y mal que le pesase, el recuerdo del rechazo y la ruptura con Brittany era algo con lo que en siete años aún no había sido capaz de lidiar.

Rachel alzó la vista. Parecía querer decir mil cosas a la vez pero ninguna llegó a salir de su boca.

- ¿Cuánto es?

- Nada. A la estrella de Broadway Rachel Berry la invita la casa –su comentario cargado de mordacidad no hizo más que acentuar la incomodidad entre ellas.

- Pues muchas gracias –susurró Rachel, empleando el mismo tono mordaz.

Se colocó la boina y el abrigo ante la atenta mirada de Santana y se dirigió hacia la puerta. Cuando ya tenía una mano en el pomo, sus pasos se detuvieron. Su cuerpo entero se estremeció en un sonoro suspiro y finalmente, volvió de nuevo hacia la barra.

- ¿Tienes un boli? –inquirió.

- ¿Perdón?

- Que si tienes un boli.

Santana parpadeó un par de veces antes de sacarse uno del bolsillo y tendérselo. ¿Ahora para qué cojones quería un boli? Rachel cogió una servilleta de una de las mesas y escribió algo en ella. Nada más terminar, dejó ambas cosas en la barra, enfrente de Santana. La muchacha pudo ver que había apuntado un número de teléfono en la servilleta.

- No lo quiero –dijo sin ni siquiera pensarlo.

Mira, Santana, no sé por qué te fuiste hace siete años... Bueno, en realidad sí lo sé pero ése no es el kit de la cuestión. El caso es que ahí tienes mi número. Todos los chicos del Glee Club seguimos en contacto. Todos menos tú, y nadie entiende por qué. No voy a decirle a nadie que sé dónde estás o que te he visto porque te conozco y sé que me matarías si me atreviese a hacerlo pero aún así, siéntete libre de llamarme cuando quieras. Para preguntarme por cualquiera de los que antes eran tus amigos, para saber qué tal va todo por Lima o simplemente, para charlar un rato. Sé que nunca hemos sido amigas, ni pretendo que lo seamos ahora, pero sí hemos sido compañeras. Buenas compañeras. Y aunque no lo creas… las veces que hemos quedado todos, te hemos echado de menos. Nos gustaría volver a saber de ti. Piénsalo.

Todos los aires de chica fina y elegante de Broadway se disiparon. Por unos instantes, volvía a ser Rachel Berry; la Rachel Berry que hablaba por los codos sin pararse a respirar, en nombre de todos sin ni siquiera preguntar… y la jodida cabezota que no paraba hasta conseguir lo que quería. Ahora recordaba por qué no la soportaba. Ignorando aquel molesto escozor en los ojos y los pinchazos en la base del estómago, Santana alzó la barbilla con petulancia. Gracias a Dios, su voz sonó firme cuando habló.

- Sabes que no voy a llamarte.

Rachel sonrió. Con aquella maldita sonrisa suya que parecía que te estuviese perdonando la vida.

- Lo sé. Es sólo… por si acaso.

Y tras colocarse las gafas de sol y mirar a través de los cristales un par de veces, salió a la calle, dejando que el aire frío de la madrugada se colara en el bar. Santana se estremeció. No recordaba haber tenido tanto frío en toda su vida.