Disclaimer: Los personajes acá utilizados pertenecen a la comunidad de LiveJournal, solo el fic es de mi completa autoría.
No lo dije en el capítulo anterior: Este fic es la continuación de "Vidriera", el primer drabble que escribí de estos dos.
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Nuevos paraísos
2
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Al cabo del horario laboral, Coco llamó a su tía y dijo que no volvería hasta un par de horas después, a lo que recibió un interrogatorio efusivo y corto y finalmente un permitido, aunque no lo hubiese pedido.
Pedro no se había ido de la tienda desde el momento en que apareció, quedándose sentado en una esquina tras el mostrador mientras jugaba con su celular y tiraba conversación a la chica cuando volvía al lugar. Apenas estuvo todo hecho y salieron de la tienda, cruzaron la plaza que tenía el reloj.
No era la plaza la que tenía el reloj, era más bien un edificio al que el mexicano apenas prestaba atención entera: una iglesia. Él se había sentado bajo los árboles de los canteros ayer y ese mismo día y ¿no se había dado cuenta? Incluso la chica le había señalado el reloj…
—La iglesia de Nuestra Señora de las Nieves —enunció ella, cruzándose el bolso y mirando también el edificio, después a él—. Vamos por acá —dijo entretenida, dándose cuenta de que el moreno miraba todo como si acabara de pasar por ahí por primera vez—. Vamos hasta la plaza Simón Bolívar y ya habrás visto varias cosas, parce.
—No manches, es como si apenas viera todo —Se sentía idiota consigo mismo, caminando junto a la chica. Lo único que había notado era que las calles eran peatonales y la gente iba y venía como por todo sector comercial, que había arbolitos y sombra para sentarse.
Necesitaba ser un poco más observador…
—Estuviste un poco apretado, no te preocupes —animó ella, mientras avanzaban—. Esta es la calle séptima, frente a ti el Mercado y el corazón de Bogotá.
Había un grado de diversidad de gente llamativo.
Pedro se acordó de México: un abarrote de personas parecido, atestado hasta la madre de bullicio. También del departamentito que alquilaba en el centro y que había dejado desorganizada, con la guitarra sobre la cama (que se arrepentía horrores de no haber llevado) y a su perro Chihuahua, que estaba en manos de uno de sus conocidos.
Y, por un momento que le resultó efímero, se acordó de las tardes de sol, tequila y tacos bajo la sombras de los árboles en el campo de sus abuelos; donde tocaba y cantaba alguna cosa improvisada y escuchaba cantando a su hermana y abuela, sintiéndose hecho.
Recordarlo fue como meter el dedo y remover herida de la puñalada recibida hace algún tiempo.
Miró a la chica a su lado, que iba en una mezcla de silencio y charla trivial sobre algunos detalles de la ciudad. Diciendo que tuviera cuidado cuando se trataba de andar entre mucha gente, que los autos empezaban a cruzar, que tenía veinte años.
Tenía tres años menos, una madurez notable e envidiable y supo que estaba de vacaciones de la universidad sin que se lo dijera, no parecía ser de las chicas que trabajaban solamente.
Tuvo una mezcla entre tranquilidad y preocupación por los mismos motivos que lo venían atajando hasta entonces. Su hermana era una idiota desaparecida que se la tendría que aguantar lindo cuando la viera pero, al mismo tiempo y gracias a ello, iba caminando con una chica bonita y carismática…
—Este es el teatro Jorge Eliécer Gaitán —Casi que pareció recitarlo.
—¿Y qué estudias? —preguntó, tomándola por sorpresa.
—Voy a ser profesora de historia —respondió segura—. En dos años lo termino. Me gusta leer y estudiar…
Pedro asintió con interés, sonriendo ladino.
—¿Y te gusta la música?
—Pues claro, de clásico a cumbia y canto cuando creo que nadie me escucha —declaró, mientras pasaban el teatro e iban dejándolo atrás—. Me gusta mucho bailar y las fiestas —Sintió que las mejillas se le coloreaban de vergüenza, pero el muchacho sonrió más encantado y entretenido ante eso.
—¡Yo igual amo las fiestas! Y me gusta cantar —Se notó galante, lo que la hizo reír divertida.
—Sí, claro. ¿Y tu hermana cómo es?
—Mi hermana es mi melliza —aclaró—. Es la menor por dos minutos, pero parece la mayor por años, wey —Se burló—. Quiso venir a Colombia a estudiar porque quería ver qué tal y porque tenía una amiga, que tiene un nombre raro y no me lo acuerdo. Hace poco tuvo un problema de plata y me pidió socorro, así que acá estoy medio perdido y la pendeja a saber dónde.
Catalina se rió otra vez, por la forma de expresarse cada cierta cantidad de palabras generales.
—Me matas con tu acento, parce.
Pedro se sonrió nervioso. Ella siguió;
—Aquí la zona administrativa y más comercio. Allá adelante la plaza Simón Bolívar y llevamos caminando unos veinte minutos…
El muchacho asintió, mirando en todas direcciones cuando estuvieron en la plaza. Catalina levantó la palma de su mano, mostrándole los cinco dedos.
—Acá cinco cosas —dijo, señalando hacia uno de los lados—: Catedral privada de Bogotá —Movió un poco la mano al lado de ésta—, a su lado la iglesia San Francisco de Asís y, al lado, el respaldo de la casa de Nariño, allí supuestamente vive nuestro… —carraspeó un momento—… presidente —Él se acercó a su lado, poniéndose detrás e inclinándose para poder seguir la dirección de su mano.
Ella se giró hacia atrás, retrocediendo tres pasos de los nervios por topárselo tan cerca y a su altura.
Pedro le sacaba quizá más de diez centímetros, le llegaba a la barbilla más o menos y, definitivamente, no se lo esperaba tan cerca. Tragó saliva y jugó con sus manos un segundo, omitiendo la expresión sorprendida y con tinte de diversión en su acompañante. Lo tomó de los brazos y lo giró sobre sí mismo.
—Allá está el Palacio Liévano, donde funciona la alcaldía de la ciudad —terminó de explicar.
Bueno, veinte minutos de caminata, puntos a ver y el suficiente tiempo para charlar variedades. Aunque ella sentía que había hablado sin parar desde que salieron.
—Oye, ¿vamos a tomar café? —preguntó entonces el muchacho, señalando a una de las cafeterías que rodeaba la plaza, ella asintió sin dudar.
Tomaron lugar junto a la ventana del local, en lo que pedían sus infusiones y unas porciones de torta de chocolate. Pedro no estaba especialmente acostumbrado a lo dulce y más bien comenzaba a extrañar masticar algo que le hiciera picar, pero no se vio dispuesto a rechazar lo aconsejado por su compañía.
Charlaron cerca de treinta minutos entre café y chocolate. De la escuela, de paisajes, de otros lugares de Colombia que serían hermosos de visitar algún día, de viajar por más lugares que solo aquellos. Y fue Catalina quien más habló fue, no porque no dejara hablar a su compañero, sino porque éste se molestaba en que solo ella fuese la que más lo hiciera.
—Pero bueno, ya. ¿Tú qué tal? ¿Tu hermana vino hace mucho? —preguntó curiosa, mientras le volvían a llenar la taza de café. Ya comenzaba a notar que le dolía la cabeza de tanto escuchar su propia voz.
—Pues ella está aquí desde hace cuatro años —afirmó—. Acordamos que estaría esperando en el aeropuerto, pero estuve ahí rodando unas cuatro horas y no apareció —Se rió, incómodo.
—Oh, qué lástima. Pero ¿cómo es que no la encuentras? ¿No te dijo nada? —Pedro negó, encogiéndose de hombros, la chica optó mejor por cambiar de tema—. Entonces, ¿cómo es tu nombre completo?
—Juan Pedro Sánchez —recitó, con un tinte de molestia, ella se rió—. ¿Es chistoso?
—Es que los Juanes dominarán el mundo, parce —alegó divertida, haciéndolo reír también.
—Si son todos como el de la camisa negra, estaría chévere —El comentario la hizo carcajear más—. ¿Y el tuyo?
—Fácil: Catalina Gómez. Pero mejor me dices Coco —aclaró—. Y tu Sánchez, como una de las amigas de mi hermana…
—Es común —restó importancia, tomando tu tercer o cuarto café y sintiendo cómo empezaban a hacer efervescencia en su estómago. Cata dudó un segundo de preguntar algo, siendo interrumpida entonces—. Antes de venir, mi hermana me dijo que buscara a su amiga por cualquier cuestión, pero ella sí tenía un nombre difícil —Su compañera levantó una ceja, escuchándolo—. Era: María de la… algo… se me va.
Catalina pestañeó repetidas veces, reacomodándose en su silla y pensándolo un poco.
—¿Cómo se llama tu hermana?
—Itzel —dijo, fácil.
La muchacha sonrió divertida y consternada, nerviosa, como si fuera una broma.
—A poco y la amiga es María de la Coromoto Páez Miranda —Pedro fue abriendo los ojos a medida que decía el nombre.
—… ¿cómo sabes, wey? —En serio acababan de tomarlo por sorpresa.
—María es mi hermana, parce —Se rió de nervios, mientras sacudía la cabeza y rebuscaba su celular del bolso.
—¡No manches!
—Dame un segundo —alegó, llevándose el celular a la oreja y esperando a que contestaran, dos tonos después, se hizo oír su hermana del otro lado.
—¡Coquito hermosa! ¿Pasó algo?
—María, ¿estaba el hermano de Itzel por venir a Colombia, por casualidad?
—Ay, Coco, ¿cómo sabes?
La aludida miró al muchacho, que estaba pasmado y no despegaba los ojos del celular ni de ella.
—Es que me lo encontré y… —No pudo evitar cambiarse al modo regaño al seguir apreciando a su acompañante estupefacto y sin saber del todo qué estaba ocurriendo—. A ver, explícame una cosa, señorita: ¿cómo se van a Venezuela sin avisarle al pobre, eh? Está acá en Bogotá perdido y solo y ustedes muy de vacaciones por allá.
—¡¿Te encontraste al Pedro?!
—Pásame a Itzel, María.
—Un minuto.
Catalina repiqueteó los dedos sobre la mesa, seria y con cara molesta. Pedro pareció reaccionar ante el sonido y se inclinó hacia adelante.
—¿Está dónde? —preguntó.
—En Venezuela, con mi hermana —repitió al muchacho.
—¡Pinche pendeja!
—¿Hola, Coco?
—Hola, Itzel, aguarda —Le pasó el celular a Pedro, que casi se lo arrebata de las manos para plantárselo en la oreja.
—¡ITZEL! Tú me estás tirando puro choreo, ¡¿verdad?! ¡No manches, wey! ¡¿ESTÁS EN VENEZUELA?! ¡Te la mamaste, cabrona! —chilló al aparato, poniéndolo delante de su boca para hacerse oír mejor.
La chica miró alrededor, la gente se giró a verlos por el escándalo, a medio camino entre reírse por la sarta de insultos extranjeros que le sonaban cómicos o morirse de vergüenza por ser el centro de atención del local. Se tapó la boca para no reírse, porque era lo más predominante.
Pedro estaba a medio camino de tirar todo lo que tenía delante, imaginando que su hermana estaba donde los objetos caían. Él se hacía un viaje de horas y se tragaba la angustia de que podría pasarle algo y ella muy tranquila en otro país. ¿Qué clase de aire mental le pasaba por la cabeza a Itzel para no decirle "No vengas, me voy de vacaciones al país de al lado"?
—¿Qué pedo, Pedrito? —escuchó que le respondían, la rabia le subió los colores hasta las orejas—. ¿Te lo pasas bonito en Colombia con la Coco?
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Continúa
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