Unos peligrosos negros escrutaron el pálido rostro de Bulma.
-¡Te pierdo de vista un instante y te pones a llamar por teléfono! ¡Estabas filtrando la información! ¡Has traicionado mi confianza! -la condenó Vegeta Ouji sin disimular su ira.
A pesar de estar temblando y de tener el estómago agarrotado Bulma no pudo dejar de sentirse fascinada ante aquel temperamento mediterráneo explosivo, volátil y lleno de dramatismo. Le resultaba completamente extraño.
-Señor Ouji... -comenzó a decir tratando por todos los medios de hacerle comprender que no debía de suponer siempre lo peor.
-Has hecho tu elección, así sea. ¡Voy a destruirte por esto! -añadió Vegeta letal.
-Lo has malinterpretado -protestó ella febril-. ¡Sólo he podido llamar a la operadora!
Vegeta la miró despreciativo y se alejó a grandes pasos. La ira se expresaba en cada movimiento de su cuerpo.
Por un instante Bulma se quedó paralizada, desconcertada. Vegeta Ouji la había arrastrado hasta el aeropuerto, la había maltratado y de pronto la dejaba ahí, tirada y sin dinero. Sólo el miedo a lo que pudiera sucederle a Launch la hizo correr tras él.
-¡Apártate de mi camino! -gritó él al verla.
-¡No es lo que tú crees! -explicó Bulma acalorada. Vegeta continuó andando sin hacerle caso-. ¡Eres un cabezota! ¡Lo único que estaba haciendo era una llamada a cobro revertido a mi jefe de la librería, ¿vale?
-¿De qué librería estás hablando? -preguntó Vegeta de mal humor, volviéndose hacia ella de mala gana.
Bulma se quedó mirándolo con el ceño fruncido, notando de repente que faltaba algo.
-¿Qué diablos has hecho con las bolsas? ¡Por el amor de Dios, has salido corriendo y te las has dejado tiradas ahí en medio, ¿a que sí?
Bulma se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos. Vio las bolsas en el suelo y se apresuró a recogerlas para volver junto a él.
-¿Qué librería? -repitió Vegeta sin inmutarse al verla llegar cargada.
-Trabajo en una librería durante el día. Y además vivo justo encima... – Bulma hizo una pausa para recuperar el aliento-. Tengo que hablar con el señor Gero para avisarle que mañana no iré, si desaparezco de repente llamará a la policía...
-¡Tonterías! Pensará que te has escapado con tu novio. Los empleados de tu edad son de poco fiar -aseguro Vegeta sin dejarse impresionar.
Ofendida ante aquella respuesta, Bulma respiró hondo y trató de mantener la calma, pero no funcionó.
-¿Sabes? ¡Estoy hasta aquí de ti! -exclamó llevándose la mano a lo alto de la cabeza-. Yo no tengo ningún novio, y además soy una empleada de fiar. No me subestimes ni me hables en ese tono, yo nunca falto a mi trabajo. Llevo cuatro años en el mismo empleo, y durante los dos últimos se puede decir que casi he llevado sola el negocio...
-¿Y entonces qué estás haciendo fregando suelos por la noche? -preguntó él incisivo.
-Necesito el dinero, ¿vale? ¿Es que es asunto tuyo?
-Tu insolencia me pone de mal humor.
-Tú a mí tampoco me gustas... ¿qué esperabas? No he hecho nada malo, sólo he cometido un error, y me estás tratando como si fuera un criminal. Me haces chantaje para que haga cosas que no quiero y... además... no me gusta esa idea de que como soy pobre no debo de ser muy honesta.
-¿Has terminado ya? -Bulma se puso colorada y apretó los labios-. No estoy de humor para soportar estas tonterías, hoy menos que nunca. Vamos, ya hemos perdido suficiente tiempo.
-Entonces... ¿me crees? -preguntó Bulma unos segundos más tarde mientras trataba de caminar a su paso.
-Lo único que creo es que te he pillado antes de que pudieras desobedecer mi orden de no acercarte a un teléfono -dijo Vegeta-. Eres pequeña y escurridiza. ¿Por qué no me sorprende?
-¡Yo no soy escurridiza!
-Podías haberme dicho que tenías otro empleo, no soy una persona tan poco razonable -añadió Vegeta -. Pero has preferido hacerlo a escondidas.
Si volvía a pronunciar la palabra «escurridiza» lo abofetearía, se dijo Bulma con el rostro encendido. Se sentía incapaz de disculparse, pero más aún de pedirle permiso para hacer cualquier cosa y aquella llamada era necesaria. Por desgracia iba a tener que contarle al señor Gero una mentirijilla delante de él. Bulma no tenía por costumbre mentir. Por el contrario, era incluso demasiado directa y sincera. Conocía bien sus defectos, pero algunos de ellos eran su mejor defensa. Era una persona terriblemente independiente, no le gustaba trabajar en equipo y le encantaba disponer de libertad para decidir por sí misma. Por eso aquellos dos empleos encajaban bien con su personalidad.
Casi una hora más tarde, cuando el tenso silencio de Vegeta estaba a punto de acabar con los nervios de Bulma, un hombre mayor apareció con las llaves de su casa y el pasaporte. Los dos hombres se pusieron a hablar en griego ignorándola por completo.
-Espero que hayas dejado mi casa en orden -recalcó entonces Bulma en voz alta-. Y que la hayas dejado bien cerrada -añadió sin poder evitar que un gemido saliera de su boca-. ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo diablos has entrado con la alarma conectada? ¿Has vuelto a conectarla...?
-Mis empleados de seguridad no son estúpidos -alegó Vegeta ofendido-. Lo han dejado todo en orden.
-Debe de ser reconfortante saber que cuentas con empleados tan eficientes como ladrones -comentó Bulma. Vegeta le lanzó una mirada tormentosa-. Es de mala educación ignorar a las personas - añadió ella dándose la vuelta.
Lo cierto era que no era más que una mujer de la limpieza, se dijo Bulma exasperada. El escalafón más bajo de todo el personal. Y estaba tratando con un hombre acostumbrado a ser servido a todas horas. El hecho de que se comportara desde ese momento como si fuera invisible no abrumó a Vegeta, que evidentemente esperaba que se mantuviera en un respetuoso silencio y que no hablara a menos que le preguntaran. Sin embargo Bulma nunca había sido una persona callada.
De pronto sintió frío, así que sacó el abrigo de la bolsa, le quitó la etiqueta y se lo puso. Le llegaba hasta el suelo. Si se subía el cuello parecería un fantasma.
-Toma -dijo Vegeta tendiéndole su móvil. Bulma parpadeó confusa-. Tu historia encaja. Krilin, el que ha ido a tu casa a por el pasaporte, lo confirma. Puedes llamar al propietario de la librería.
Bulma marcó el teléfono. En cuanto escuchó la voz del señor Gero le explicó que faltaría al trabajo un par de días y se disculpó por no haber avisado con más tiempo. Puso de excusa la enfermedad de un amigo. Luego colgó el teléfono. Vegeta la miró de reojo.
-Eres una buena mentirosa, resultas muy convincente.
Unas cuantas horas más tarde Bulma había cambiado de estado de ánimo. Miraba a su alrededor con curiosidad. En el interior del jet los asientos eran de piel de color crema y la decoración elegante. El espacio destinado a los pasajeros parecía más un salón de lujo que un avión. ¿Acaso Vegeta Ouji se daba cuenta de la suerte que tenía? ¡En absoluto! Bulma observó a su anfitrión. Habían estado esperando a que el aeropuerto les concediera permiso para despegar, y mientras tanto él había recorrido la habitación de un lado a otro rebosante de frustración e impaciencia. Por fin habían despegado, pero él seguía exactamente igual.
Bulma estuvo contemplándolo. Tenía el pelo negro, perfectamente peinado, con un estilo que encajaba con la forma de su cabeza. Los ojos, espectaculares, estaban enmarcados por largas pestañas. Las pupilas eran de un negro profundo, capaces de brillar como las estrellas. Y los fuertes pómulos le añadían carácter. La nariz, arrogante, parecía advertir de ello. ¿Y aquella boca, generosa y perfecta? Inspiraba pasión y sensualidad. Bulma no pudo dejar de preguntarse cómo tal conjunto de rasgos podían dar lugar a un rostro tan devastador. Para cuando llegó a ese punto de la reflexión se dio cuenta de que estaba excitada, y tuvo que admitir algo que hubiera estado perfectamente dispuesta a negar. ¿A quién había querido engañar al decir que Vegeta Ouji le producía repulsión? Aquella revelación dejó atónita a Bulma, que hacía años que no se sentía atraída por ningún hombre. Pero tenía que tratarse simplemente de unas pocas hormonas que, mediante trampas, pretendían recordarle que podía ser tan estúpida como cualquier otra mujer.
Vegeta Ouji resultaba increíblemente sexy aún de mal humor, y si era ella quien se había dado cuenta entonces es que era verdaderamente sexy. Poseía esa extraña fluidez en los movimientos que tenían los hombres con perfecta conciencia de su propio cuerpo, se movía como un enorme gato sobre patas almohadilladas. Y su cuerpo era perfecto. Hombros anchos, estómago plano y tenso, caderas estrechas, muslos largos y poderosos... Serena iba tomando buena nota de todos los detalles. Un hombre de ensueño... hasta que abría la boca. O mientras no la dejara cargar con las bolsas o la mirara con aquel infinito desdén sin ocurrírsele preguntar siquiera si tenía hambre o sed. Vegeta Ouji no era un hombre de sentimientos. Era duro, egoísta, de mente cuadrada y por completo centrado en sus propios deseos...
De pronto Vegeta la pilló mirándolo y frunció el ceño. Bulma se encogió asustada. Los ojos de él la observaron, Bulma sintio de pronto que le faltaba el aliento. Sin embargo aquella era una sensación nueva para ella, como si estuviera al borde de la más pura excitación, incapaz de apartar los ojos de él. Era una excitación enfebrecida. El corazón le latía acelerado en los oídos mientras la boca se le quedaba de pronto seca. Una llama ardiente se retorció en su interior dándole color a su semblante.
-Son las tres de la madrugada en Grecia, deberías tratar de dormir -murmuró Vegeta con voz espesa.
El mero sonido de aquella voz profunda y masculina fue como miel para los oídos de Bulma, la hizo estremecerse. Parpadeó y se puso en pie.
-¿Dormir?
Vegeta alargó una mano y pulsó un botón. Sus alucinantes ojos estaban semiocultos por las espesas pestañas. Bulma se sintió intensamente violenta. Mientras se ponía en pie, mirando a todas partes menos a él, apareció una azafata que la guió hasta un compartimento con una cama. Bulma se dejó caer al borde de ella, desconcertada ante la poderosa reacción de sus pechos y de sus pezones, completamente tensos. Nunca en la vida la había mirado ningún hombre haciéndola sentir una excitación y una urgencia tan fuertes y poderosas. Pero Vegeta Ouji lo había conseguido.
Bulma estaba perpleja ante aquel descubrimiento, y tan avergonzada de su reacción física que había sido incapaz de controlarse. ¿Acaso se había dado cuenta él de lo sucedido? Cerró los ojos con fuerza. Estaba asustada ante la sospecha de que Vegeta no sólo lo había notado, sino que además había querido perderla de vista precisamente por eso.
Un par de horas más tarde una voz insistente y suave despertó a la joven de un sueño poco reparador.
-¿Señorita Brief...?
Bulma se incorporó y se apoyó lentamente sobre los codos. La azafata asomaba la cabeza por la puerta con expresión insegura y una bandeja en las manos. Bulma se incorporó otro poco más y sonrió aceptando el ofrecimiento.
-Gracias... ¿sí?
-Nosotros... bueno, el personal de vuelo y yo nos preguntábamos si querría usted quizá despertar al señor Ouji-señaló la azafata-. Aterrizaremos dentro de quince minutos, y naturalmente ninguno de nosotros quiere molestarlo...
-¿Molestarlo? -inquirió Bulma preguntándose por qué le hacía aquel extraño ruego.
-Alguien tiene que despertar al señor Ouji para que se vista para el funeral.
-¿El funeral? -repitió Bulma.
-Me temo que este vuelo va muy retrasado, señorita Brief. Entre el retraso sufrido en Londres y el de aquí, a la hora de aterrizar, no queda tiempo. El señor Ouji tendrá que asistir al funeral directamente desde el aeropuerto. Espero que no lo considere una intromisión, pero quería decirle que todos nos alegramos mucho de que el señor Ouji tenga a alguien en quien apoyarse en estos momentos -añadió volviendo a salir.
Bulma se quedó mirando al vacío, completamente despierta. De modo que Vegeta Ouji viajaba a Grecia para asistir a un funeral. Y ésa era la razón por la que le había comprado tanta ropa negra. El personal de vuelo debía de haber llegado a la conclusión de que ella era una persona importante para Vegeta simplemente por el hecho de que lo acompañaba y recordaba haberle oído decir que, precisamente en ese viaje, no deseaba tener compañía. Bulma no podía dejar de preguntarse de quién sería el funeral.
Tras dejar la bandeja del desayuno a un lado Pan se levantó y se apresuró a entrar en el baño. Le hubiera encantado tomar una ducha, pero no había tiempo. Sacó el traje sastre negro y se lo puso. El aspecto que adquirió con él la dejó atónita. La chaqueta se le ajustaba como un guante, marcándole la cintura, destacándole los pechos y la estrecha falda se le pegaba a cada curva. Estaba fantástica. Bulma se ruborizó mientras se miraba al espejo. Aquello era vanidad y superficialidad.
Volvió a la zona de pasajeros y vio a Vegeta dormido en una posición imposible en el sillón. Apenas cabía con aquellas largas piernas. Su corazón se enterneció. Él se había quitado la corbata y la chaqueta, y llevaba la camisa de seda abierta. El escote claro y el mentón, con la sombra de una barba naciente, le hacían parecer más joven, más accesible. Y además parecía exhausto. Le hubiera ido bien la cama de no haber estado ella. Bulma se puso tensa. Todo el personal de vuelo temía molestarlo e inmiscuirse en su dolor, y ella no había hecho otra cosa desde el momento de conocerlo. Se sentía culpable. Era natural que no hubiera estado de humor. Puso una mano sobre su hombro y lo sacudió. Sus largas pestañas se levantaron lentamente. Vegeta suspiró y miró el reloj. Se puso en pie y se dirigió al compartimento en el que estaba la cama.
-¿Señor Ouji? -lo llamó Bulma. Vegeta se quedó quieto, pero no contestó-. No sabía que ibas a un funeral.
-¿Es que no lees los periódicos? -preguntó él dándose la vuelta con el ceño fruncido.
-No, no tengo tiempo.
-Es el funeral de mi padre.
Bulma respiró hondo, pero eso no la hizo sentirse mejor. La circunstancia no podía ser peor. Era natural que hubiera deseado estar solo, pero entonces, ¿por qué había insistido en que lo acompañara? Hubiera deseado comprender por qué aquella información que había oído era tan importante. Vegeta había estado trabajando hasta la noche antes del funeral de su padre. ¿Acaso su muerte había sido repentina? ¿No hubiera debido de estar antes con él?
Eran más de las siete de la mañana cuando Vegeta y Bulma aterrizaron en el aeropuerto de Atenas. El sol lucía brillante. Los guardias los saludaron con gesto grave al pasar la aduana, y pronto una ola de periodistas con cámaras, gritando, se acercó a ellos. Sólo unos cuantos guardias los contenían.
Bulma se quedó helada al sentir los flashes de las cámaras. Vegeta puso un brazo alrededor de sus hombros y la guió por el aeropuerto imperturbable, sin contestar a una sola de las preguntas que le dirigían en todos los idiomas.
-¿Quién es la mujer que lo acompaña? -oyó Bulma que preguntaba un hombre en inglés.
Bulma estaba escandalizada ante el comportamiento de los paparazzi. ¿Qué había sido de la intimidad? Vegeta se dirigía al funeral de su padre, ¿acaso lo seguían fuera a donde fuera?
Con frecuencia en el trabajo, durante los descansos, Bulma había oído hablar a sus compañeras sobre la vida privada de Vegeta. Era la comidilla interminable de los titulares y de la prensa amarilla. Había tenido aventuras con las mujeres más atractivas, y se le consideraba todo un dios del sexo. Pero Bulma siempre se había considerado por encima de todo eso. No le inspiraba el menor interés un hombre al que ni conocía ni podía conocer, así que no había prestado atención. Vegeta y Bulma cambiaron de terminal y entraron en una pequeña sala de espera.
-¿Es siempre así con los periodistas? -preguntó ella.
-Sí, bueno, me temo que hoy tu presencia ha causado más excitación de lo habitual -contestó Vegeta encogiéndose de hombros.
-Pues espero que nadie me reconozca. ¿A qué estamos esperando?
-A un avión que nos llevará a la isla en la que se celebra el funeral.
Otro vuelo, pensó ella reprimiendo un suspiro. El viaje parecía interminable.
-¿Otra isla?
-Chindos. ¿Pero será posible que no sepas nada de mí? ¡Es que no sabes nada! -comentó Vegeta sorprendido-. No estoy acostumbrado.
-Pero apuesto a que es bueno para ti... es la prueba de que no eres el centro del universo - musitó Bulma haciendo una mueca-. Lo siento, lo siento, sólo estaba pensando en voz alta.
-Tienes una desastrosa falta de tacto que debe de causarte graves problemas -comentó Vegeta escrutándola con una sonrisa.
-La gente ya me conoce -contestó Bulma tragando, agradecida que él no hubiera explotado.
-¿Y por qué siempre buscas pelea? Pareces tan delicada y femenina... -continuó Vegeta sin dejar de observarla.
-¡No, por favor, delicada no...!
-¿Bonita?
-¡Eso es peor! -lo censuró ella-. Los hombres se niegan a tomarme en serio, es el problema de tener el pelo azul y bajita…. (Medir 1.60 m para ella es ser bajita)
-Pero si tú cabello no es azul, tienes un pelo muy llamativo -comentó Vegeta con desdén-. Si de verdad no quieres provocar esa actitud en los hombres no te tiñas de ese color.
-Es mi pelo, es natural. Mi abuela era de China, y su cabello era muy azul bellísimo y natural.-explicó Bulma acostumbrada a las sospechas.
-¿Natural? No te creo. Quítate el sombrero.
Tras unos segundos de vacilación Bulma lo hizo. El color de su pelo brillaba contrastando con el negro del abrigo.
-¿Lo ves? Es natural.
Vegeta miró fijamente aquel cabello. El silencio era tan espeso que podía cortarse. Bulma lo observó con los ojos entrecerrados. Vegeta era alto (mide 1.90) y reservado, y tan moreno que resultaba exótico. Y el elegante traje le sentaba de un modo impresionante. Pero no podía seguir así.
Serena se echó a temblar, se daba cuenta que era incapaz de mantener el control. Cada vez que miraba a Vegeta Ouji sentía una desesperada e inmensa excitación sexual. No podía soportar que le ocurriera eso con ningún hombre. Era una debilidad, algo irracional, humillante...
-¿Cómo es ser una mujer de la limpieza? –preguntó Vegeta de pronto, medio tartamudeando.
-Escucha, no hace falta que me des conversación.
-Ha sido una pregunta sincera.
-Bueno, bien, pues es... aburrido, repetitivo y además está mal pagado -explicó Bulma con insolencia-. Así que si esperabas otra cosa siento decepcionarte.
-Y entonces, ¿por qué lo haces?
-Tengo un buen horario, y además no tengo a ningún jefe pelmazo detrás. No me gusta que me controlen.
-Ya me he dado cuenta. Deberías de solucionar ese problema y tratar de buscar un empleo mejor. Aunque quizá no tengas ninguna preparación ni experiencia en ninguna otra cosa.
-Ya tengo planes, gracias. Soy una mujer ambiciosa, dentro de lo que cabe. No estaré abrillantando suelos mucho tiempo -explicó la chica burlona.
-No es muy buena idea contarme eso precisamente a mí -comentó Vegeta escrutándola con duros ojos negros-. Yo nunca bromeo con los negocios, Bulma.
-Ni yo. Los negocios son lo primero en mi vida. Y lo último. Lo son todo.
-¿En serio?
-Sí, y te advierto que ya me debes bastante dinero -informó Bulma amable-. ¿Te has dado cuenta de que espero que me pagues por cada una de las horas que he perdido?
-Naturalmente.
-Con horas extra incluidas -especificó Bulma dispuesta a luchar-. Me tomo muy en serio eso de que me hagan pasar hambre, no me den tiempo para descansar y me tengan despierta hasta las tres de la mañana.
-Eres tu peor enemigo, Bulma -murmuró Vegeta con ojos sonrientes-. Te hubiera pagado mil veces más si te hubieras quedado calladita.
-Bueno, no soy una avara y a propósito, cuando dije que no iba a seguir abrillantando suelos durante mucho tiempo no estaba pensando en lo que oí, eso ya lo he olvidado.
-¿Y cómo has podido olvidarlo? -preguntó él incrédulo.
-Aunque hubiera comprendido la importancia de ese comentario, cosa que no es así, soy una persona honesta. Nunca hubiera tratado de aprovecharme de esa información.
-Los peores son los que se pasan la vida diciéndote lo honestos que son.
-¡Es evidente que creerás lo que se te antoje, así que adelante! -exclamó Bulma ofendida.
-No puedes culparme por tomar precauciones.
Aquella confiada afirmación llenó a Bulma de resentimiento. ¿A quién se creía que estaba engañando? Él no había vacilado en utilizar su poder como arma, y el hecho de que ella hubiera tratado de ver el lado positivo de la situación no lo alteraba en nada.
-No te atrevas a justificarte, llama a las cosas por su nombre -advirtió Bulma-. Si tú y yo no fuéramos quienes somos yo no estaría aquí. Y si Launch y yo no necesitáramos nuestros empleos te habría mandado a donde te mereces.
-Me lo imagino -soltó él con voz de seda.
-Y sabes muy bien que arrastrarme de este modo... bueno, no es precisamente un trato de ensueño, ¿no crees? No quisiera ser irrespetuosa, pero no me gustan los funerales.
-¡Pues a mi padre le hubieras encantado! -exclamó Vegeta con un brillo en los ojos.
-¿Es que él era de los buenos?
Vegeta volvió a ponerse tenso. Toda la expresión divertida de su rostro desapareció. En silencio, asintió con gesto duro. Luego le dio la espalda a Bulma, que hubiera deseado mantener la boca cerrada. Entonces alguien llamó a la puerta. Era hora de marcharse. Ambos salieron al creciente calor del sol y caminaron hasta embarcar en un pequeño avión. ¿Cómo había podido tener tan poco tacto?
El avión sobrevoló las aguas del Adriático. Sólo el ruido del motor llenaba el silencio. Bulma sintió que los párpados le pesaban. Se hundió en el asiento y se durmió.
Le costó despertar y tardó en comprender dónde estaba. Abrió los ojos confusa. Estaba tumbada en el enorme asiento trasero de una limusina de lunas tintadas. De pronto, con un ruido metálico y caro, la puerta se abrió. Un joven moreno se quedó mirándola.
-Así que tú eres la última conquista de Vegeta... Tengo que decírselo a mi primo, tiene buen gusto. No es de extrañar que no hayas querido entrar en la iglesia, algunos de los parientes de su madre son de estrechas miras. Me llamo Num.17.
Bulma se incorporó, tensa ante la mirada de aquel joven, fija en sus piernas. Tiró de la falda y contestó:
-¡No soy la última conquista de Vegeta!
-Bien, ésa es una buena noticia -sonrió Num.17 deslizándose por el asiento y cerrando la puerta-. Entonces, si no eres de Vegeta, ¿qué estás haciendo aquí, esperándolo a las puertas del cementerio?
-Trabajo para él, ¿de acuerdo?
-Por mí de acuerdo... -contestó el joven imperturbable ante la helada mirada de ella, alargando un brazo confiado hasta el cabello azul y fino y murmurando contra su mejilla ruborizada -: Eres verdaderamente una muñeca...
La puerta del coche volvió a abrirse, pero en esa ocasión era Vegeta que, echando un vistazo a la escena, aparentemente íntima, rugió de ira. Alargó un poderoso brazo, agarró al joven del cuello y lo sacó de la limusina para echarle un rapapolvo en griego. Bulma, atónita e inmóvil, miró a Vegeta.
-Ella dijo que no era tu chica... ¿crees que me habría abalanzado sobre ella de no ser así? -gritó Num. 17 mientras se alejaba echando chispas.
Vegeta entró en el coche con expresión seria y rasgos endurecidos, como de bronce, sin decir palabra. Sus ojos brillaron de ira al exclamar con desprecio:
-¡No te he traído aquí para que vayas tendiendo trampas a los hombres!
Continuara…
