Fase Uno
Capítulo 1: Howard convence a un coronel de vender su alma
Enero, 1942
Con un suspiro aburrido, Meghan observó por la ventana del auto. Era un día nublado en Nueva York, pero la chica esperaba que no fuera a llover.
Sintió algo jalando de su mano, y bajó la mirada para encontrarse con su perro, James, quien parecía haber despertado de su siesta y miraba hacia arriba, todo lo que podía, a los edificios pasantes.
James no era el perro más agraciado: era blanco, con manchas marrones esparciéndose por su espalda y una de sus orejas, de las cuales tenía una y media; le faltaba un ojo y se iba hacia los costados al caminar. También era algo agresivo, gruñendo a todo aquel que se acercara a su dueña (incluyendo al propio hermano de esta, que pagaba por la comida de perro y los innecesarios juguetes). Para ella, era la criatura más adorable del planeta.
James la miró por un momento, luego de regreso a la puerta del auto, y como pudo levantó su pata, apoyándola contra esta, y cayendo de costado en el proceso. Afortunadamente, las piernas de su dueña lo mantuvieron de pie, a medias.
Sonriendo con ternura a la criatura, Meghan buscó los ojos de su conductor y mayordomo, Edwin Jarvis.
Cuando el hermano de Meghan se hizo rico de la noche a la mañana, decidió que necesitarían un mayordomo. En el momento, ambos vivían en un barrio de honra cuestionable, con un techo lleno de tantas goteras que re-construirlo sería más barato que arreglarlas una a una, una habitación pequeña que ambos tenían que compartir, y un pequeño baño fuera de la casa que compartían con la familia de seis que vivía al lado. Meghan recordaba el desfile de hombres que pasó por esa pequeña casa durante una semana, así como recordaba las miradas que recibía de sus vecinos, quienes debieron creer que ella se había rebajado a vender su cuerpo. Cada vez que uno entraba, salía ofendido, pero no tanto como Howard, quien se rehusaba a contratar a alguien quien sintiera desprecio por la gente de color.
El color de piel era lo que diferenciaba a los hermanos Stark. Meghan era hija del Señor Stark, pero la Señora Stark no fue su madre. Meghan no sabía mucho de su madre biológica, solo que fue una mujer egipcia con la que su padre tuvo un amorío corto durante un viaje por trabajo al Cairo. Howard tuvo que esconderla por unos pocos años, porque nadie le daría trabajo a un chico con una hermana mulatta; además, era muy probable que los separaran, que Meghan fuera enviada a un orfanato para gente de color, y una vez que eso sucediera, encontrarla sería casi imposible.
Meghan recordaba estar cuidando de los hijos de sus vecinos cuando Jarvis llegó. Confiando en que la mayor, Sugar, podía mantenerlos a raya por un minuto o dos, cruzó la calle de tierra hasta su modesto hogar, donde Howard interrogaba a Jarvis.
En cuanto la vio entrar, Jarvis no se levantó ofendido ante los pocos modales de la chica (¡entrar al hogar de un blanco como si fuera la dueña del lugar!), sino que la miró de arriba abajo una sola vez, sin desdén ni asco, se detuvo en su rostro y luego de un momento se levantó y le ofreció una mano.
-Usted debe ser la hermana, Meghan, si mi memoria no me falla.
La chica alzó una ceja oscura en dirección de su hermano, pero aceptó la mano del hombre, quien la sacudió con gentileza.
-¿Cómo lo supo?-le preguntó ella.
Jarvis le dio una pequeña sonrisa indulgente y se llevó un dedo al ojo.
-Sus ojos. Tienen la misma simetría y el mismo color. Sin mencionar, que se paran de la misma forma.
Meghan notó que era cierto, y sacó las manos de los bolsillos de su viejo pantalón, que estaba tan remendado que no podía recordar cuál era el color original.
Howard contrató a Jarvis de inmediato, y luego de Jarvis vino la mansión, con la que vino un grupo de empleados, los cuales fueron seleccionados por el mayordomo cuidadosamente, asegurándose de que ninguno se atrevería a despreciar a Meghan. En su mayor parte, contrataron a gente de color, pues los blancos que no tenían más remedio que limpiar las casas de los demás todavía conservaban el orgullo suficiente para no querer trabajar para una "negra".
Aunque Meghan no era negra. Su piel era algo oscura, no lo suficiente para clasificar como negra, pero si para caer bajo las mismas restricciones.
Los hermanos Stark respiraron tranquilos el día en que Jarvis también se convirtió en su chofer, pues significaba que podían transportarse juntos sin llenarse los pies de cayos. Antes de eso, sus únicas opciones eran tomar diferentes autobuses o caminar; el mayor casi siempre tendía a elegir la segunda opción, demasiado protector de su hermana.
El perro emitió un pequeño quejido, seguido por un ladrido aturdidor.
-Jarvis, ¿podrías parar por unos momentos?-pidió la chica, llevando una mano al pestillo.
El hombre encontró su oscura mirada a través del espejo retrovisor.
-No creo que sea buena idea, señorita. Este lugar no parece seguro a estas horas.
Meghan se abstuvo de rodar los ojos. Comparado con varios de sus antiguos hogares, Brooklyn podría pasar por una residencia privada.
-Muy bien. En ese caso dejaré que James haga del baño aquí.
-¡No se atreva!-le retó Jarvis, doblando a la esquina y deteniendo el auto contra la acera-La última vez que ese bicho asqueroso no aguantó tuve que cambiar el revestimiento.
-James no es un bicho asqueroso. El es el perro más guapo de Nueva York-le dijo, acariciándolo detrás de las orejas.
Abrió la puerta y dejó que James saliera primero, siguiéndolo de inmediato, su agarre sobre la correa siempre firme.
Dejó que James la guiára calle abajo, deteniéndose para olfatear algún papel en el suelo o algún poste de luz.
No caminaron mucho, cuando el canino se detuvo y levantó la pata contra el muro de un edificio.
Un ruido estridente la devolvió al planeta, y con rapidez volteó en todas direcciones, pero solo vio a un hombre sacando la basura de su pequeño comercio.
James ladró y corrió, tomando a su dueña por sorpresa. Perdió agarre de la correa y enseguida salió detrás del animal, sin importarle el hecho de que podía torcerse el tobillo por correr con tacones.
James saltó sobre un niño flacucho y lo derribó. Meghan apresuró el paso. En una situación así, debería alejarse, antes de que algún blanco viniera a causarle problemas, a culparla por el comportamiento de su mascota, pero quería a James demasiado, y si algo sucedía, confiaba en que Jarvis iría directo a Howard.
Meghan tomó a James del collar y lo jaló con fuerza, alejándolo del niño.
-Lo siento tanto. No suele hacer eso. ¿Se encuentra bien?
-Estoy bien, estoy bien. Creo que solo quería jugar.
Meghan se congeló al escuchar la voz, que definitivamente no pertenecía a un niño.
Un joven lánguido se levantó del suelo y se quitó el polvo de la ropa con las manos. Era de su altura, con prolijo cabello rubio, ojos azules y rostro amable. Era tan delgado que Meghan casi no podía creer que no se hubiera roto un hueso con la caída. Incluso Meghan, qué pasó varios años malnutrida, tenía más carne en el esqueleto.
El joven rascó a James detrás de las orejas, y el perro le lamió los dedos. Se quitó el cabello de la frente y le regaló una sonrisa brillante y contagiosa, y Meghan no pudo evitar devolvérsela, aunque el miedo a que el hombre fuera a llamar a la policía todavía permanecía en su mente.
-¿Está seguro que se encuentra bien?-volvió a preguntar.
Él hombre le quitó importancia al asunto asintiendo de manera casual.
-De verdad, señorita. No fue nada-hizo algo que la sorprendió, extendiendo una mano en su direcció Rogers, señorita. Un placer.
Luego de dudar un momento, Meghan le estrechó la mano.
-Meghan Stark, el placer es mío.
Steve soltó su mano y volvió a mirar al perro.
-¿Y a quién tenemos por aquí?
-¡Oh! Se llama James.
Steve rió por lo bajo al escuchar el nombre. Iba a decir algo, pero Meghan notó la gran mancha de aceite en la pernera de su pantalón y jadeó horrorizada al ver otra más grande en el suelo.
-Su ropa se arruinó. Permita que la lave, o que le compre otro par.
Steve se miró el pantalón y rápidamente ocultó su mirada de resignación.
-No es necesario, señorita.
-Sí lo es-Meghan tragó en seco, nerviosa. ¿Acaso quería dos pares en lugar de uno? Estaría bien, siempre y cuando no fuera a las autoridades diciendo que ella lo agredió lo menos que puedo hacer. Dígame el precio, no es problema.
Sus ojos azules encontraron los de ella, y pareció mirarla por primera vez. Se quedó en silencio por varios segundos, luego se rascó la nuca, nervioso.
-¿Qué le parece una película este viernes?
Meghan sintió como se le cerraba la garganta. ¿De qué estaba hablando? No podía ser enserio. Tenía que ser una trampa. Tal vez era parte del KKK y planeaba matarla. Miró atrás, a donde Jarvis permanecía estacionado y vigilante. Vio como enseguida encendió el auto.
Steve debió notarlo, porque dio un paso en su dirección y, aparentemente sin pensarlo, tomó una de sus manos entre las suyas.
-Está bien, de verdad-Meghan se volteó a verlo a tiempo, notando que parecía aún más era mi intención hacerla sentir incómoda. Le prometo que soy honesto.
El auto se detuvo a su lado, y Jarvis salió, pero se quedó junto a la puerta del conductor. Miró a Steve de forma calculadora, y sin despegar la mirada del muchacho preguntó:
-¿Está todo bien, señorita Stark?
Meghan vio que Steve la miraba apenado, y a pesar de la alarmas en su cabeza, que extrañamente sonaba como Howard gritando como loro, asintió.
-Me temo que ya tengo un compromiso previo ese día, señor Rogers-respondió de forma diplomática, ya que pensó que eso era mejor a comenzar a gritar y meterse en el auto. Abrió la puerta y dejó que James entrara primero-¿Está seguro de que no puedo hacer nada por eso?
Señaló la mancha de aceite en su pantalón, pero el muchacho sonrió indulgente y negó suavemente con la cabeza, quitándose el corto cabello de la frente.
Parecía decepcionado.
-Señor Rogers-se despidió ella, asintiendo en su dirección una vez.
Se metió dentro del auto, y Steve se le adelantó a cerrar la puerta.
La saludó con la mano, y Meghan se esforzó en devolver el gesto antes de que Jarvis emprendiera marcha.
A través del espejo retrovisor, vio como Steve permanecía en el mismo lugar, hasta que un hombre alto se le unió y le despeinó el cabello.
-¿Qué fue eso, señorita?-la voz del mayordomo atrajo su atención.
Meghan suspiró.
-No tengo idea.
-Obviamente.
-Es claro que Howard es el inteligente de la familia.
-Usted lo dijo.
Le dio una mirada, pero enseguida se entretuvo con con los edificios que podía admirar a través de su ventana.
-Supongo que le dirá al señor Stark usted misma.
-A menos que me quiera hacer el favor.
-No me pagan lo suficiente.
Unos pocos días después, Meghan se levantó inusualmente temprano.
La mansión estaba más fría de lo habitual, y asumió que los empleados no terminaban de encender todas las estufas.
Fantaseando sobre una buena bebida caliente, bajó las escaleras principales.
Saludó a una de las empleadas al cruzar camino rumbo al recibidor y se detuvo a observar.
La puerta del estudio de su hermano (sí, tenía un estudio, aunque casi nunca lo usaba) se abrió, y de ésta salió un hombre con uniforme militar, una mujer vestida con los mismos aires, y otro hombre con anteojos redondos y ropas sencillas. Detrás del par se encontraba su hermano, quien se veía como si acabara de ganar la lotería.
Guió al pequeño grupo hasta la elegante puerta y la abrió.
-Coronel, agente, ha sido un placer-dijo Howard, siendo lo suficientemente desvergonzado como para mostrarles una sonrisa de oreja a oreja.
El coronel se volteó para verlo un momento, su expresión característica a la de todo aquél que acababa de perder una batalla contra Howard.
-El gobierno espera que cumpla, Stark-le advirtió.
La sonrisa de su hermano sa amplió aún más, y a Meghan le sorprendió que no se le rompieran las esquinas de la boca.
-Cumpliré si ustedes cumplen-le dijo sin pestañear.
-Veré lo que puedo hacer.
-Estoy seguro de que hará un buen trabajo, coronel. Después de todo, mi tecnología es la más avanzada.
El coronel pareció mascullar algo por lo bajo,
El otro hombre, el que no vestía un uniforme, la vio parada bajo el marco e inclinó la cabeza en su dirección de manera respetuosa.
-Estoy deseoso de trabajar con usted, señor Stark-dijo ese mismo hombre, con un pesado acento, que Meghan no estaba segura de si era o no alemán, y estrechó su mano.
-Doctor.
El coronel salió primero, luego el doctor, mientras que la mujer esperó a ser la última y salió de la mansión sin decir nada.
Meghan se acercó a su hermano, el sonido de sus tacones resonando a cada paso, y se detuvo frente a una ventana cerca de la puerta. Movió la cortina y vio como los tres se subían a un auto negro con banderines oficiales en el. Howard cerró la puerta y prácticamente corrió hacia su lado, a tiempo de ver el auto alejándose por el camino adoquinado con un brillo maligno en los ojos.
Meghan le entrecerró los suyos y alzó una mano, gesticulando al rostro de Howard.
-¿Sabes que me dice esta expresión que tienes ahora?
-¿Uh?
-Que acabas de convencer a ese hombre de vender su alma al diablo.
Howard le dio una mirada de reojo y sonrió de costado.
-Por favor, ¿qué tan malo crees que soy?-luego de una pausa, añadió-Sólo el alma de su primogénito.
Su hermana rodó los ojos y continuó su camino rumbo a la cocina, dispuesta a dejarle saber al cocinero que ya estaba despierta y hambrienta.
Escuchó un ladrido, seguido de el suave sonido de patas contra el suelo (uno de los mejores sonidos de la tierra, en su humilde opinión).
-Ah, la bestia ya llegó a arruinar el día.
-Jesús, Howard. Es un perro, no un lobo.
-Es el Anticristo, eso es lo que es.
James volvió a ladrar, y Meghan no tuvo que darse vuelta para saber a quien estaba amenazando.
Entró a la amplia cocina, donde el cocinero francés que Howard había contratado menos de un año antes revisaba una lista.
-Bonjour, Henri-saludó, deteniéndose en la entrada.
James pasó por su lado, directo a su plato de comida.
-Señor, señorita-el hombre se paró derecho. A pesar del tiempo que llevaba trabajando para los hermanos, a la menor todavía le costaba entenderle de vez en cuando, así cómo a él le costaba darse a entender. El español del hombre era , pero no tenía idea de que se levantarían tan temprano.
-Está bien. Solo quería dejarle saber que ya me gustaría desayunar. Lo de siempre, por favor.
-¿Podrías añadir algo de whiskey a mi jugo?
-¡Howard!
-¿Qué?-preguntó el hombre, siguiéndola hacia el comedor.
-Todavía no son las nueve.
Se encogió de hombros.
-Es la hora feliz en algún lado.
Meghan no dijo nada, después de todo, Howard haría lo que quisiera sin importar cuánto le rezongara.
Se sentaron a la mesa. Howard tomó el periódico que la empleada le había dejado temprano y Meghan retomó su libro.
Luego de unos minutos, Henri envió a Lucy con el desayuno. La mujer saludó a los hermanos y enseguida comenzó a servirles. Té para ambos, y jugo de naranja para Howard. Frutas y tostadas para Meghan, y para su hermano huevos y tocinos.
Se colocaron una servilleta de tela en el regazo, y Howard enterró el rostro en su plato de la misma manera en que James había hecho solo unos minutos atrás.
Meghan le hizo cara.
-¿Sabes? Dudo que tanto tocino sea bueno para tu salud. Deberías probar algo más sano.
-Como digas, mamá.
Decidiendo que era demasiado temprano para frustrarse con las maneras de su hermano, untó su tostada con mermelada y dio una mordida.
Pasaron otros minutos en silencio, en los que Howard apenas se coordinó para comer y leer al mismo tiempo, y su hermana le enviaba miradas cada pocos segundos.
James entró, olfateó las piernas de Meghan, le gruñó un poco a Howard, y luego se echó bajo una ventana, donde los rayos del sol comenzaban a entrar.
-¿Me vas a hacer preguntar?
Howard levantó la mirada de su periódico.
-¿Qué?
Meghan simplemente lo miró sin parpadear.
-Bien-hizo los cubiertos a un lado y se limpió la boca con la servilleta, para luego dejarla sobre la gobierno quiere que ayude a un científico a construir una máquina.
-¿Una máquina para qué?-le preguntó, llevándose una uva a la boca.
-No me dijeron mucho, solo que es tecnología muy avanzada, y que los Aliados me necesitan-sonrió de forma inocente, pero su hermana solo alzó una ceja.
-Ajá. Imagino que aceptaste.
-Sí y no.
Meghan lo miró confusa.
-¿A qué te refieres? ¿Cómo puedes no aceptarlo? Esta guerra es terrible, Howard, y si puedes ayudar a acabarla…
Alzó una mano, y la joven se calló.
-No te preocupes, Meg. Todo es negocio-volvió a colocarse la servilleta y continuó casi seguro que el coronel Phillips cumpla con su palabra.
-¿Qué pediste?
No estaba segura de querer saberlo, pero tratándose de su hermano, podía ser algo pequeño o un completo disparate. Howard no hacía nada a medias.
-Solo preocúpate por conseguir un lindo vestido. Esta noche celebramos.
-¿Qué vamos a celebrar?
-No te puedo decir.
-Eres frustrante, ¿lo sabías?-alzó las manos en el aire-¿Cómo esperas que salga sin saber cual es la ocasión?
-¿Acaso necesitas razón para festejar?
-Sí-le dijo, como si fuera todos somos como tú.
Howard rió por lo bajó y masculló algo que ella no escuchó.
Meghan se levantó de la mesa y acomodó la silla.
-Voy a ir al centro, la modista dijo que mi vestido estaría listo hoy. También tenía pensado ir al cementerio, ¿quieres venir?
Howard se hizo el sordo. Los cementerios no le gustaban.
-¿Sabes? Este miedo es ridículo; algún día terminarás ahí.
-Qué tengas un lindo día-le deseó con aires distraí me dejes en bancarrota.
Meghan se detuvo delante de la lápida de sus padres y tiritó. Era un típico día de invierno, y solo agradecía que no estuviera nevando.
Llevaba puesto un caro abrigo de piel que su hermano le había obsequiado, y guantes gruesos hechos a la medida, pero sus pantorrillas se estaban congelando. Las medias de seda sintética la resguardaban un poco, pero aún así no podía esperar a volver a la mansión, donde sabía que le esperaba un gran fuego en su habitación. Las medias eran, todavía, una moda relativamente nueva, y estaban en gran demanda, por lo que tenía que resistir la tentación de quitarselas a lo bruto y romperlas, sabiendo que aunque no hicieran mucho por ella, aún así era mejor que nada.
El frío que sentía en esos momentos empalidecía ante los recuerdos de las innumerables noches que ella y Howard pasaron en la calle, acurrucados bajo alguna caja de cartón, manteniéndose tan cálidos como uno podía bajo tales circunstancias.
Meghan no recordaba mucho de su difunto padre y madrastra, pues murieron antes de que ella cumpliera los seis años, cuando Howard apenas tenía once. Incluso en vida, el matrimonio dio a sus hijos una vida simple y humilde, pero durante esos años, siempre hubo un techo sobre sus cabezas y tres comidas calientes a la mesa. Cuando fallecieron, los hermanos quedaron en la calle casi de inmediato, y Howard se puso a trabajar donde podía, su prioridad principal siendo Meghan. La pequeña aprendió a una edad temprana a esconderse y esperar en silencio, donde solo su hermano pudiera verla. A pesar de su temprana edad, entendía que sí las autoridades los encontraban, ambos serían enviados a orfanatos diferentes, y una vez separados no volverían a encontrarse.
Howard nunca pareció disgustado por la diferencia en sus tonos de piel, y tendía a decir que no veía cuál era el problema, pues dicha diferencia no era tan grande.
-Y aunque lo fuera, ¿qué?
Su hermano consideró abandonar los estudios para trabajar, pero cada vez que lo hacía, Meghan se largaba a llorar, sabiendo que eso sería suficiente para convencerlo de no hacerlo. No llevó mucho tiempo para que el mundo notara que la mente de Howard era especial, y pocos años después le fue otorgada una beca en MIT, y antes de graduarse ya tenía numerosas ofertas de trabajo.
Howard las rechazó, consiguió patrocinadores y abrió su propia empresa. En tres años, ya era reconocido en todo el país, y la verdad era que lo único que sorprendía a Meghan era que el gobierno no acudiera a él antes, pero la guerra los debió haber tomado por sorpresa.
Nadie esperaba el ataque en Pearl Harbour, y pasaría un largo tiempo antes de que la población siquiera considerara superarlo.
Un día todo era normal, y al siguiente, las calles estaban llenas de afiches de reclutamiento y camiones militares, llevándose a los hombres a pelear y a las mujeres a los hospitales.
El clima de Nueva York ya no era tan jovial, y lentamente, las calles se vaciaban.
Meghan suspiró y se agachó, haciendo a un lado el viejo ramo de claveles y reemplazandolo con uno nuevo. Al menos sus padres no tenían que ver esos horrores de nuevo.
Se preguntó qué pensarían de Howard de verlo, y llegó a la conclusión de que su madrastra estaría orgullosa, pero para su padre no sería suficiente. Nada fue suficiente para el Señor Stark, y Howard decía que por eso bebía tanto.
Meghan ya no extrañaba a sus padres, pero los visitaba por costumbre y cortesía. Era tan pequeña cuando murieron, y sus recuerdos eran tan vagos, que apenas se sentían como un corto sueño; no uno feliz, ni una pesadilla, solo un sueño.
Se levantó y colocó sus manos dentro de los bolsillos de su abrigo. Miró a un costado, sintiendo como si alguien le estuviera apretujando el corazón al ver la cantidad de hoyos que los trabajadores estaban cavando. Los soldados apenas se estaban yendo a Europa, pero esos trabajadores debían saber que pasarían unos años ajetreados.
Y a Howard se le antoja celebrar.
Dio una última mirada a la modesta lápida. No tenía nada que decir, pues nunca le vio el sentido a hablarle a los muertos.
Volvió a temblar y decidió que era hora de regresar, antes de que Howard decidiera beberse todo el licor de la mansión.
N/A: Henos aquí, de nuevo en el comienzo, pero uno muy diferente.
La verdad es que iba a seguir la historia original, pero entonces decidí que podía darles algo mejor. Me tomé mi tiempo y planee una versión 2.0, mucho más cruel.
Acá tenemos para rato, vamos a pasar por la primer peli de Cap, y a seguir hasta alcanzar el siglo 21. Todavía va a haber Clighan, pero la "pareja definitiva" de Meghan va a ser alguien más.
De a poco los voy a sumergir en la infancia de Meg y Howard, y luego voy a ir explicando los orígenes de los poderes de Meghan, pero para eso vamos a necesitar a cierto rubio que le gustan las pop-tarts y martillear alienígenas.
La verdad hace tiempo tenía esto planeado, pero estaba siendo consumida por el fandom de Harry Po-Potter y Lord Valdomero.
Voy a dividir mi tiempo, en su mayor parte, entre esta historia y la de Harry "El sucio" Potter...y mi vida, así no me vuelvo muy loca.
So,...si eres un lector con antigüedad, gracias por quedarte y espero que disfrutes esta versión, y por favor, intenten no spoilear cosas para los posibles nuevos lectores, ya que algunas cosas de la versión original se van a quedar.
Sobre todo, gracias por leer!
