Año dos
Empieza frenético y entusiasta: el segundo año con Furuya es también el segundo año en que son la battery principal. Está ansioso de recuperar el tiempo que pasó lejos del diamante por culpa de su lesión, y aunque insiste en que Kuramochi conserve el puesto de capitán, Miyuki tiene otra vez la batuta de ese equipo deseoso de victorias y de cuerpos cansados tras una práctica fructífera.
Sus predicciones se cumplen, el "monstruo" es ahora "el monstruo de Seidou"; las risas y las bromas continúan, pero ahora Furuya está allí también, en esa multitud de calor y felicidad. Él mismo también es feliz mientras los ve a una distancia prudente, siente que así puede apreciar mejor el gozo que experimentan y darse el lujo ocasional de contagiarse. A veces, Kuramochi trata de arrastrarlo hacia ellos con un golpe amigable, otras, tiene que acercarse por cuenta propia porque eso es lo que hace un capitán.
Le sigue costando, pero trata de hacerlo lo mejor que puede.
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De pronto, o quizás no tan repentinamente como quiere y necesita creer, Furuya comienza a salir de esa red de compañerismo para compartir sus bromas ácidas y su mala personalidad. Con el tiempo se acostumbra porque sí, porque el ser humano es animal de costumbres, porque después de un rato juntos le exige que
—Vamos al bullpen, quiero lanzar.
Y Miyuki ya no puede negarse ni sacarle en cara su falta de estamina porque
1) Se lo debe tras esos segundos que tuvo que lidiar con él, sobre todo cuando pudo disfrutar de la compañía de los demás (todos más simpáticos que Miyuki, en verdad).
2) Su estamina ha mejorado bastante.
3) Él también tiene ganas de atrapar
lo. O algo así siente a veces, cuando se da cuenta que su carácter es menos un misterio y su silencio más bien una cómoda charla entre ambos: entre guantes y pelotas que terminan estallando en la palma de su mano, entre miradas y señales, entre correcciones y
—Solo una más.
Que se repiten una y otra vez (una y otra vez) hasta que son los únicos despiertos y deciden que es hora de darse un baño, tomar algo y a la cama. Algunas noches Miyuki cocina.
—Que sea nuestro secreto.
Se siente bien, estar cerca de él así.
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Un día se encuentra pensando en que ahora tiene tres amigos cercanos: Rei, Kuramochi y, se arma de valor al llamarlo con el pensamiento, Furuya. No se los dice en voz alta nunca, pero espera que lo sepan de alguna manera, por medio de sus acciones en el campo de juego.
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En algún momento del segundo año las cosas cambian y se siente confundido, ya no sabe si Furuya es un amigo cercano.
—Vamos al bullpen—y ya no hay ningún "quiero lanzar", tampoco hay miradas directas. El espacio vacío que dejan esos segundos de cortesía es llenado con ojos esquivos, con manos que se tocan por casualidad en sesiones de elongación eterna, pestañeos y sonrisas que reemplazan a las señas cuando practican solos.
Furuya es ahora un amigo muy cercano. Sawamura se queja a veces (siempre), pero se calla cuando viene Chris a visitarlos; cruza el océano en avión para saludar (a Sawamura) y quedarse un par de días relajándose en Japón, caminando por Seidou.
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—¿A qué universidad vas a ir?
—Querrás decir, ¿de cuál universidad aceptaré la beca?.—Furuya hace como que no escuchó, pero hay una sonrisa en sus hombros relajados y cejas arqueadas.—Aún no lo sé, ¿por qué?, ¿vas a seguirme otra vez?
—Sí.
Por un segundo se le sale el alma del cuerpo y puede verse a sí mismo: su cara de estupefacción, la gota de transpiración que corre desde el mentón por el cuello hasta perderse en la camiseta rosa; también ve a Furuya, que no aparta la mirada de ese cuerpo que no sabe cómo encontrarse. Miyuki nunca ha sido bueno para reaccionar frente a estas situaciones, ¿ha pasado si quiera por algo así antes?. Está bien, el chico cuando iba en primero le dijo que había venido a Seidou por él, pero habían pasado dos años juntos y se sentía diferente
—Veremos si cuando terminas tercero sigues teniendo ganas de verme la cara—se ríe, bien fuerte, desesperado, ahogándose. Siguen practicando un buen rato, cuando cree que ha pasado el momento de crisis, Furuya vuelve a hablar (a dispararle)
—Me gusta que atrapes mis lanzamientos—y no sabe por qué esas palabras le dan tanta vergüenza, tanto calor. ¿Es normal decir cosas como esa?
—Gracias—quiere sonar burlesco, agregar algo más a su patético intento de sorna pero nada viene a su mente.
Se está haciendo viejo. O eso cree, pero más tarde le pone cinco apodos nuevos a Kuramochi, y dos a Sawamura. No ha perdido el toque, lo que sucede es que Furuya lo está desarmando.
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Los siguientes meses están llenos de práctica y béisbol, béisbol, béisbol. Como siempre, pero entre un día de béisbol y otro, aparece Furuya: primero con el béisbol y después por sí solo, y a Miyuki le asusta un poco porque su solo nombre es suficiente como para hacerlo transpirar y soñar; está ocupando una parte de ese templo sagrado que dejó solo para el guante. Teme que un día cierre los ojos y ahí (en su corazón-mente-cuerpo) esté solo él: con su metro ochenta y su cabello negro, con sus pláticas silenciosas y las prácticas en la oscuridad estrellada.
Vuelve una y otra vez (una y otra vez) a esa conversación donde Furuya le asegura que irá a su misma universidad, que seguirán siendo equipo. Se pregunta por qué no le dijo que no se molestara, que ya lo conocía demasiado y que quería un desafío; que le gustaba más la idea de jugar contra él alguna vez, que deseaba conocer más pitcher y hacer una nómina desde el más egoísta y molesto hasta el más dócil. Se pregunta por qué esa protopromesa lo hizo tan feliz.
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Toda su histeria es justificada una noche en que él (solo podría ser él a esa hora) le dice
—Vamos—y esta vez ese "vamos" queda flotando, sin ser acompañado de "al bullpen" o "quiero lanzar", no hay nada a lo que afirmarse.
Miyuki va.
Caminan un buen rato y terminan en el diamante, quizás por costumbre. Es verano y se siente bien estar afuera a esas horas, menos ese día, ese momento en que Furuya se detiene y pone una mano pesada y sudorosa en su hombro. Eso, solo eso y una mirada y comprende lo que pasará, tan claro que cree estar viendo el futuro.
—Me gustas.
Miyuki entra, literalmente, en pánico. Dice bromas que ya no recuerda y no puede reírse, no puede ser cortés, no puede con nada.
—Te quiero—vuelven a hablarle, ahora sus dos hombros se sienten pesados.
—Furuya, es mi último año y yo
—Te amo—le insisten.
—No creo que sea posible, tenemos que poner en primer lugar al
¿Al qué?
—¿Al Equipo?—ya no hay manos sujetándolo ni mirada intensa colgando de la suya. No es una pregunta, aunque viene disfrazada de una.
Hace frío, se da cuenta a medida que Furuya pone una distancia prudente entre ellos. El alivio de la aparente comprensión es nublado con la preocupación de que las cosas sean difíciles ahora: ¿seguirán practicando hasta tarde?, ¿se acabaron las noches de secretos culinarios en la cocina?. Alivio, preocupación y al final, una decepción amarga.
Él también se rinde sin darse cuenta, sin entender la sensación de pérdida que lo embarga.
Cuando se dicen buenas noches, Furuya lo besa. Corto, fugaz y nervioso, Miyuki desea una máquina del tiempo para alargarlo y memorizar los detalles. No se atreve a buscar otro, pero lo anhela.
—Te lo volveré a decir al final de la temporada.
Miyuki está eufórico y asustado, no puede dormir. Al otro día trata a Furuya como siempre, como si nada, sintiendo todo.
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En la ceremonia de graduación aparece su padre, de milagro, y es excusa suficiente para irse a casa temprano e ignorar los llamados de Furuya entre las voces de los de tercer año y sus familias.
El tiempo juntos tras ese beso y esa confesión trajo muchas cosas placenteras (no más besos, desgraciadamente), pero por sobretodo más inseguridad.
El segundo año con Furuya es también el segundo en que son battery de Seidou, y el último.
