Con este capítulo se entiende algo mejor de qué va a ir el fic, espero que os guste! ;)
Cuando Nikki por fin cruzó la puerta de su apartamento a las 2 de la madrugada, lo primero que hizo tras descalzarse fue tirarse en el sofá y marcar el número de Lyah. No le apetecía mucho contarle a su jefa que había perdido a uno de sus mejores clientes, pero era una conversación que no podía posponer. No es que tuviera miedo de su reacción, ni mucho menos. Aunque tenía fama de ser una de las madames más estrictas de la ciudad, las unía una relación muy especial y por eso la trataba diferente que a las otras chicas.
Dos tonos bastaron para que atendiera a su llamada:
-Nikki, ¿qué pasa?
No era habitual que la llamase cuando se suponía que estaba con un cliente, su voz sonaba alarmada.
-No te preocupes, estoy bien,... pero no sé si Garrot volverá a llamar. Hemos ido a su partida de póker, como otras veces, ya sabes, y todo iba bien hasta que ha aparecido el FBI. Me he escapado por los pelos, la verdad.
Nikki no podía seguir sentada, así que se levantó y fue hacia su habitación esperando la reacción de su jefa.
-¿Crees que podría traernos problemas?
-Lo dudo. Hay un par de agentes que podrían reconocerme, pero llevo la peluca y voy bastante maquillada - la tranquilizó mientras comenzaba a quitarse el vestido. - Además, habrán arrestado a bastantes, no creo que se preocupen por mí, a no ser que alguno tenga el orgullo herido, en cuyo caso podrían arrestarme por agresión a un agente, y evasión a la justi-
-¿Has agredido a uno? - la interrumpió Lyah, asustada, mientras Nikki se acordaba de que también le robó el arma.
-Solo un poquito... El caso es que estarán entretenidos y no creo que Garrot confiese que su "novia" es en realidad una prostituta.
-Por la cuenta que le trae.
-Por la cuenta que le trae - coincidió.
Nikki sonrió, nunca le había preguntado a Lyah cómo evita que los hombres incumplan sus reglas y la verdad es que no está segura de querer saberlo. Simplemente se alegra de poder confiar en ella y sentir su protección.
La voz al otro lado de la línea la sacó de sus pensamientos:
-Está bien, gracias por llamarme. ¿Vienes mañana a verme?
-De acuerdo. Oye, ¿tengo algún cliente nuevo esta semana?
-Mmm, espera que te lo miro.
Nikki aprovechó la espera para quitarse las últimas horquillas de la cabeza y deshacerse así de la peluca rubia que llevaba. Para cuando se levantó y se dirigió al baño a quitarse el maquillaje, Lyah ya había vuelto a coger el teléfono:
-Pues sí, como me dijiste que estabas empezando a aburrirte de los habituales te he apuntado a uno con muy buena pinta para el martes. ¿Te viene bien?
-En principio sí, pero ya sabes...
-Sí, ya sé. Y tú ya sabes que no logro entender por qué no dejas tu trabajo. O por qué no dejas esto.
-Ya lo hemos hablado, y no me vas a hacer cambiar de opinión.
-Lo sé. En fin... creo que te va a encantar, es guapo, tiene los ojos azules,... y no te voy a contar más. Me ha dejado un vestido que quiere que te pongas, por cierto.
-Vale, me paso mañana y lo hablamos, que ya me estoy metiendo en la cama.
-De acuerdo, que descanses.
-Buenas noches.
Nikki colgó el teléfono y comenzó a cepillarse los dientes. La carrera había agotado la escasa energía que le quedaba después de un duro día de trabajo en la comisaría, así que no perdió mucho más tiempo para deslizarse bajo las sábanas y poder dormir por primera vez más de 5 horas seguidas desde la semana pasada.
El cansancio acumulado hizo que la detective Katherine Beckett durmiera hasta bien entrada la mañana. Los gritos de sus vecinos de abajo fueron los que acabaron por despertarla, y cuando levantó la cabeza, todavía con los ojos medio cerrados para mirar el reloj de su mesilla de noche, se sobresaltó ante la hora. ¿Se había dormido?
Entonces los acontecimientos de la pasada madrugada volvieron a su mente, y al darse cuenta de que era domingo, volvió a hundirse entre las sábanas.
No tardó en levantarse a por un café, tomar una ducha caliente y elegir uno de sus vestidos. Cualquier otro día que hubiera despertado en su cama, habría ido a correr un poco, pero, ¿acaso no había tenido suficiente con la carrera de anoche?
Además, tenía asuntos más importantes a los que dedicar su tiempo. A pensar en qué hacer con el arma que aún estaba escondida en su bolso, por ejemplo.
Así que mientras la limpiaba, asegurándose de eliminar completamente sus huellas, decidió que lo mejor sería devolvérsela a su dueño. No podía tirarla en cualquier parte, ¿qué pasaría si alguien la encontraba y la utilizaba para cometer algún crimen? Ella era policía, y su deber era devolverla. Ya se le ocurriría cómo.
