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Irreplaceable


Para Cocolat


Primera Parte

• Unique •


Primer capítulo

• When she lived a normal life •


—¿Y? ¿Cómo está todo? —le preguntó la pelirroja, alzando las cejas sugestivamente. Por toda respuesta, Hermione sonrió tímidamente.

Estaban en una cafetería muggle, a pocas calles del Caldero Chorreante. Desde que Voldemort había muerto, sus nombres todavía eran nombrados con adoración, por la evidente relación con el Salvador del Mundo Mágico, a pesar de habían pasado tres años desde el final de la Guerra.

—Perfecto —respondió—. Nunca pensé que Ron iba a tomar tan bien lo de la mudanza. Ya sabes… La Madriguera siempre ha sido su hogar.

Ginny bufó.

—Todos nos criamos en La Madriguera, Hermione. No sabes lo que daría yo para que Harry me pida que me mude con él —le confesó, revolviendo su café—. De todos modos, estábamos hablando de ustedes…

La castaña siempre había sido la que llevaba los pantalones en la relación. Ron era demasiado tímido como para tomarse las cosas en serio y Hermione era tan mandona que funcionaba demasiado bien. Se había tomado unos días en el Ministerio —qué sufrimiento—, para aprovechar unos días con su novio y pasar al siguiente paso.

Mudarse juntos.

—…se quedó un tanto sorprendido por la propuesta —explicó—, pero luego me sonrió y me dijo que sí. Aunque... —Ginny alzó una ceja—, me hubiera gustado que hubiéramos hecho algo más antes de comprar una casa para los dos.

—Hermione, no esperes que Ronald tarde poco para procesar —La mayor rió— que ya es tiempo de sentar cabeza definitivamente, ¡tiene 21 años! Bueno, y si está planeándolo a escondidas no te lo diría yo, por supuesto.

La muchacha se irguió en la silla, abriendo los ojos un poco más de lo normal. La sonrisa de la otra chica le decía que, de hecho, el status de novia ya no le iba a encajar tan bien. Comprometida. Y ella misma no pudo evitar sonreír un poco; ¿realmente Ron iba a proponerle… casamiento?

—Sería la mujer más feliz del mundo.


Subió las escaleras rápidamente, haciendo sonar sus zapatos sobre el mármol y tomándose del pasamano. Jadeó cuando llegó y giró el picaporte, abrió la puerta y saludó a la mujer de la recepción. Siguió caminando por el pasillo hasta encontrar el Salón que buscaba. Se asomó, sosteniéndose del marco y buscó a alguien con la mirada.

—¡Hermione!

No había modo de que dejara su parte muggle, menos desde que había entrado a trabajar en el Ministerio de Magia y se enterara lo que era el verdadero estrés. Su madre le había dado la maravillosa idea de inscribirse en alguna actividad que fuera meramente ociosa y cuando le respondió que le dijera una sola que no considerara un trabajo, Jean Granger le sonrió y le dio la dirección de un taller de teatro.

Y allí estaba, otra vez.

La pequeña rubia corrió hasta ella y la abrazó con fuerza.

—Mary… —La adolescente la soltó, finalmente—. ¿Cómo has estado?

—Todo ha estado muy aburrido sin ti. Sophia no puede creer que no vayas a presentarte en la obra…

—Tengo trabajo que hacer… —La chica hizo un gesto de disgusto.

—No puede ser que estés tan ocupada, ¡eres demasiado joven!

La Gryffindor reprimió su risa. Para la comunidad no-mágica, era demasiado extraño que una joven de 21 años tuviera tantas obligaciones y un trabajo fijo, especialmente cuando no había explicaciones convincentes que hicieran que dejara de parecer raro a los ojos de los muggles. Mary siguió hablándole un rato más, hasta que la encargada de la clase, la señora Sophia, le pidió amablemente que se retirara para empezar con el grupo de la castaña.

Después de la hora y media, llena de ejercicios de relajación y la práctica de expresiones extrañas con el rostro, Hermione salió con una sonrisa del edificio, ni siquiera fijándose la hora. Caminó a un ritmo tranquilo hasta la parada del autobús, sin detenerse a pensar que podía aparecerse. Se sentó en el banco mirando sus pies y pensando en la conversación que había tenido con Ginny en la mañana. ¿Ron quiere pedirme matrimonio?, se preguntó, Oh, Merlín… Cuando le suden las manos y se le vuelvan rojas las orejas, sin mencionar que me llevará a cenar a un lugar bonito, sabré lo que está a punto de hacer y me desmayaré.

—¿Va a subir, señorita? —Saltó en su lugar, alzando la mirada. El chofer la observaba impacientemente, con una mueca molesta en el rostro. Murmuró unas disculpas, sonrojándose por su distracción y subió al autobús con apuro. Pagó su boleto y se dejó caer en uno de sus asientos, apoyando su cabeza en el vidrio empañado. Notó que las nubes comenzaban a juntarse y a tapar en descenso del sol, tiñéndolas de rosa. Se quedó observando el panorama un buen rato, con la mente en blanco. Cuando las primeras casas conocidas empezaron a tapar el crepúsculo, Hermione se obligó a despertarse.

Bajó del autobús unos minutos después y caminó unas calles hasta llegar a la casa de sus padres. Sacó las llaves de su bolso mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer y cuando corrió hasta la puerta, ya se había desatado la tormenta.

—Uf —murmuró, cerrando y quitándose el abrigo— ¿Papá?

Hermione, en la sala —escuchó la voz lejana de su padre. Colgó la chaqueta y… abrió los ojos con sorpresa. Rozó con sus dedos la túnica oscura que conocía muy bien. Caminó cautelosamente hasta la sala, llegó a ver la chimenea y luego a las personas sentadas en el living. Distinguió una cabellera pelirroja y después, el rostro pecoso de Ron.

—Uhm… hola, 'Mione.

Se recuperó de la sorpresa y caminó hacia él. Le sonrió y lo besó en los labios.

—¿Qué haces aquí, Ron? —Él abrió la boca y le devolvió la sonrisa.

—Te vine a buscar, pero tardaste bastante —Hizo una mueca interrogante.

—No quise aparecerme, tomé el autobús —le explicó. Miró a sus padres un segundo. Había algo que no encajaba, definitivamente—. ¿Todo está bien? —preguntó, aún con los brazos alrededor del cuello de su novio. Su madre miró a su esposo para luego volverla a mirar y asentir, sonriente.

—Claro, querida.

—¿Vamos a casa, cariño? Harry y Ginny vendrán a cenar… e incluso ya deben haber llegado, es tarde —Hermione asintió. Soltó a Ron y fue hacia sus padres. Después de abrazarlos y prometerles otra visita, tomaron sus cosas y se aparecieron en la nueva casa.


Estaba enfrente del espejo, intentando arreglar su pelo, pero pronto dejó el cepillo en la mesilla y se quedó mirando su propio reflejo. Sintió unas irremediables ganas de llorar; mordió sus labios y se tomó el rostro.

—Él no me ama, ¿verdad?

La Hermione del espejo la observó sólo un segundo y luego negó con la cabeza. Eso fue suficiente para echarse a llorar.

—¿Hermione? —Abrió los ojos bruscamente. Se encontró con los ojos azul brillante de Ron, mirándola con preocupación.

—¿Ron? —susurró—. Mal sueño— dijo rápidamente, e incorporándose en la cama.

—¿Estás bien? —le preguntó. Asintió velozmente e hizo el amago de levantarse de la cama. Pero se percató de su desnudez y se sonrojó violentamente. Ron también parecía haberlo notado, ya que volteó el rostro, con las mejillas rojas. Eso le permitió a Hermione envolverse con una sábana, mientras Ronald se cubría a toda velocidad con el cobertor y prácticamente corrió hasta el baño, obligándose a no destrozar la puerta al cerrarla. Suspiró una vez dentro, aún avergonzada.

La cena de la noche anterior había transcurrido entre risas, pastas y vino. Ellos sentados en cajas o lo que sea que encontraran, los platos en sus rodillas y el vino en vasos en lugar de copas. De todos modos, por lo desastroso que pudo haber sido todo, el alcohol los había dejado a todos un poquitín alegres, teniendo en cuenta que hasta la noche anterior, Hermione tenía totalmente prohibido beber. Como consecuencia de su descuido, había estrenado la cama. Y a Ron.

Soltó un gemido de nerviosismo y abrió el grifo de la ducha, dejando caer la sábana en el suelo y metiéndose rápidamente bajo el agua, temblando al notar que estaba helada. ¿No era eso lo que necesitaba?, pensó y al segundo siguiente censuró su pensamiento. Ni siquiera recordaba cuándo se habían ido Harry y Ginny. Y esa persistente punzada en las sienes no le agradaba ni un poco.

Nunca más volveré a beber. Nunca más —murmuró para sí misma.

No tardó más de diez minutos en terminar con la ducha y tampoco lo hizo para vestirse, aunque Ron ya no estaba en la habitación. Se apuró para desayunar, mientras escuchaba que su novio se metía en el baño. Reprimió el impulso de rodar los ojos por la evidente evasión.

Y definitivamente se tardó demasiado. Demasiado como para esperarlo, así que tomó su túnica, su varita y después de dejar una nota —Nos vemos luego, te amo—, echó polvos Floo a la chimenea y al grito de "¡Ministerio de Magia!" desapareció rumbo al trabajo.

Al instante notó el ajetreo. Chillidos, voces apuradas y el molesto clic de las cámaras mágicas a las que Hermione nunca terminaba de acostumbrarse. Alzó las cejas cuando ubicó a los causantes del escándalo.

A pesar de la declaración que Harry había hecho a favor de aquella familia, no había forma de que el nuevo ministerio aceptara la completa inocencia de los Malfoy. Narcissa y Draco Malfoy habían quedado absueltos, pero no así Lucius. Estaba comprobado que era un mortífago, también que había alojado al Dark Lord en su Mansión, a favor o en contra de su voluntad.

Además, estaba rechazo social.

La mejor demostración de ello era el barullo en el Atrio.

Hermione recordaba perfectamente el día en el que se metió en el Ministerio, la memorable —o tal vez no—, aventura donde habían recuperado el relicario y por lo que habían visto que pasó allí adentro después del asesinato de Scrimgeour. Ahora los Malfoy estaban ahí, después de que la cabeza de la familia cumpliera su condena de tres años en Azkaban.

Cuando distinguió su figura, hizo una mueca.

Lucius Malfoy, a pesar de que estaba visiblemente más delgado y sin su larga cabellera, seguía con ese porte altivo y excesiva elegancia la caminar. Su mujer lo acompañaba, aferrada a su brazo, pretendiendo no ver la cantidad de periodistas que le hacían preguntas indiscretas y personas que les gritaban insultos sin ningún tipo de vergüenza. Draco, un tanto más atrás, tenía un ceño fruncía más a medida que la vulgaridad y el volumen de las voces aumentaban.

Allí fue cuando Hermione se dio cuenta de la diferencia entre Draco y su padre.

Decidió no perder más tiempo y apuró el paso para entregar unos informes que le habían encargado. Corrió al ascensor y sin más, se aseguró de que estuviera bien ordenado. Bajó al Departamento de Aplicación de la Ley Mágica.

Después de saludar a algunos visitantes emocionados, registrar su ingreso en Ingresantes para que el imbécil encargado, un jovencito de 18 años recién entrado al Departamento escribiera mal su nombre unas ocho veces, Hermione había perdido suficiente tiempo. Buscó desesperadamente al asistente del jefe y lo vio desaparecer detrás de una puerta. Parecía estar listo para echarse una siesta en la oficina y era de conocimiento público que ese hombre no se despertaba ni tirándole una banshee encima. Velozmente, la castaña se metió dentro de la habitación, justo para ver al viejo hombre colgar su gorra en un perchero.

—¡Cooper, espera! —El anciano se giró y la observó, expectante.

—Señorita Granger —la saludó con una inclinación. Por su parte, Hermione le sonrió y le entregó los pergaminos que había terminado de acomodar en la carpeta. El hombre los tomó y afiló los ojos para ver de qué se trataba.

—¿Tiene algo para mí? —preguntó ella, en tono desinteresado. Cooper asintió, dejando la carpeta en el escritorio y rodeando el mueble, abrió uno de los cajones y sacó una pila desordenada de pergaminos. Extendiendo el brazo, se los dio. Hermione sonrió forzadamente, acomodándolos con la mano—. Gracias. Nos vemos luego.

No se detuvo a esperar que le devolviera el saludo, simplemente se apuró a tomar nuevamente el ascensor con una mueca de fastidio. Las rejas se cerraron detrás de ella y se puso a hojear el archivo.

Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, nivel… —Salió del ascensor a paso rápido.

"Dentro de los derechos del mago que ha sido afectado por la Maldición…" frunció el ceño cuando leyó lo siguiente, pero no tuvo más para pensar cuando recibió un golpe contra su hombro. No alcanzó a soltar un tiempo quejido, ya que al segundo siguiente todos sus pergaminos estaban volando por el aire. Se quedó con la abierta mientras descendían hacia el suelo. Alzó la mirada y, en el movimiento, vio a quién había chocado. Draco Malfoy estaba enfrente suyo, sin ninguna expresión en particular plasmada en el rostro. Reprimiendo un insulto, se mordió los labios y se agachó para recogerlo todo. Un instante después, o tal vez más, notó la figura del joven en cuclillas, juntando los pergaminos. Se quedó atontada ante el gesto, pero no se permitió mucho más y se levantó. Silenciosamente, Draco le extendió lo que le faltaba y se quedó parado allí, ligeramente dudoso.

—Gracias, Malfoy —Titubeó un poco al hablar, intentando sonar lo más educada posible. El muchacho dio un cabeceo.

—De nada, Granger.

Hermione lo vio alejarse hacia los ascensores, llena de sorpresa. Su mirada se cruzó con la de Lee, la secretaria, quien tenía las cejas alzadas. Se encogió de hombros.

—Guapo. Aunque si hubiera pensado en la posibilidad de que justamente él fuera amable con alguien, ese alguien no serías tú —murmuró, volviendo al trabajo sin más miramientos.

Hermione no supo qué pensar del comentario. Pero se sonrojó intensamente al notar que, de hecho, Malfoy, de hecho, era guapo. Y esa observación había nacido de que no la había tratado de manera desagradable. Merlín, que no me trate así si nos cruzamos de nuevo, ¡no puedo estar pensando en esto!

Draco era una bastante persona transparente, a diferencia de su padre. Nunca había tenido problemas para mostrar su ira ni su orgullo. En Hogwarts, era simplemente desagradable. Y ahora, amable. Con ella.

Desvió sus pensamientos a una sola pregunta.

¿Qué diablos estaba haciendo Malfoy allí?


•TBC•


02/05/10 (EDIT: 04/10/10) (EDIT II: 20/11/10) ~ ¿Review?