Disclaimer: El Potterverso es de Rowling, yo sólo lo estoy tomando prestado por un ratito.

"Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black"

Testigo

Capítulo 1

Cuando el infierno se desata

Londres. Finales de noviembre de 2003

El banco de los magos no era un mal lugar para trabajar. O sea, los goblins eran unos amargados, sí —eso era imposible de negar—, pero no estaban tan mal. Había que aprender a tratarlos de la manera correcta y Tracey Davis lo había hecho. Llevaba cuatro años trabajando ahí como rompedora de maldiciones y ya se sentía absolutamente cómoda con esos malas pulgas dando vueltas por ahí. A veces incluso le parecían simpáticos.

Le gustaba su trabajo. No le importaba que fuese peligroso, a pesar de las insistencias de su padre. El año anterior, cuando la chica se había pasado una semana completa en San Mungo tosiendo plumas de colores —las cosas que hacía la gente para proteger sus bóvedas—, su padre le había dicho que buscara otro trabajo. Uno sin tantos riesgos. Pero ella se había negado. Le gustaba eso de estar al borde del peligro. No sabía por qué, pero así era. La adrenalina que le causaba estar en peligro y saber que podía controlarlo era algo único en el mundo.

Sabía que a su padre no le gustaba eso. Después de la muerte de su mujer, el señor Davis se había volcado en sus dos hijas: Tracey y Sue, que en ese entonces eran muy pequeñas. Nada había sido poco para sus dos princesas. Quizás por eso le había dolido tanto cuando la mayor, cuando apenas contaba con diecinueve años, había anunciado que había arrendado un departamento en el Londres muggle, junto con su amiga Emma Vane.

Tracey suspiró e hizo una nota mental para ir a ver a su padre esa tarde. Intentaba ir a visitarlo una vez cada dos semanas, para que no se sintiera demasiado solo. Sue estaba estudiando sanación en Edimburgo, donde se acaba de abrir un pequeño hospital mágico, con la idea de descentralizar el tema de salud.

—¿Ya te vas? —Emma salió de su habitación en el departamento poniéndose los anteojos. Aún estaba en pijama, ya que era su día libre en San Mungo.

Tracey le sonrió a su compañera de departamento y apoyó su taza de té en el mesón de la cocina.

—Pues sí, flojonaza. Tengo que estar en el banco a las nueve de la mañana y ya son un cuarto para las ocho —contestó Tracey—. De hecho, me debería lavar los dientes y salir ahora-ya.

Emma no contestó. A diferencia de su amiga, la chica no era precisamente una persona mañanera. Por no decir que no funcionaba durante las mañana, en lo absoluto. Mucho menos cuando venía de un turno de veintiséis horas, como era el caso. Tracey sabía que su amiga no protestaría por ser llamada floja hasta que se tomara un café y se diera una ducha.

—Bueno, Em, te dejo —dijo antes de meterse al baño para lavarse los dientes. Por lo general, no se Aparecía directamente desde el departamento. Viviendo en un edificio muggle, no le haría ninguna gracia que alguno de los vecinos se preguntara qué pasaba con las ocupantes de ese departamento, que nunca salían por la puerta principal. Por eso, ella y Emma se Aparecían en un callejón cercano, siempre asegurándose de que no hubiera muggles en las cercanías.

—Ajá —respondió la chica, que había optado por usar el hervidor eléctrico en lugar de hervir agua con su varita. A esas horas de la mañana, era más probable que Emma hiciera estallar la cocina a que lograra preparar un café instantáneo.

—Adiosito —se despidió Tracey unos minutos después. Emma seguía parada en la cocina, observando el hervidor.

-o-

Gringotts, Callejón Diagon

Tracey le dirigió una mirada desesperada al reloj. Recién eran las tres de la tarde y aún faltaban dos horas para poder salir. Odiaba los días en los que no pasaba nada en lo absoluto. Normalmente tenía que asomarse a las bóvedas al menos una vez al día para controlar alguna maldición fuera de control, pero ese día, la alarma se había mantenido en silencio. Qué día más tedioso, por Merlín.

Giró la cabeza para ver a sus compañeros. En unos de los cubículos, Thomas Gregory estaba mostrándole a Ruth Horne algo en el Profeta y ella se reía con esa risita que tan irritante le había parecido a Tracey cuando estaba en el colegio y Pansy Parkinson hablaba sobre el insoportable de Draco Malfoy.

No pudo evitar una sonrisa al ver que Priscilla Adams, la mayor de todos los rompedores de maldiciones estaba tejiendo su bufanda kilométrica. Si Tracey se ponía a recordar, le parecía que siempre había estado tejiendo la misma, desde el primer día en que ella había llegado ahí —y seguro que desde el primer día de Priscilla en Gringotts—. De hecho, muchas veces se le había acabado la lana de un color y había continuado con otro color distinto. El resultado era algo que seguramente medía bastante más que una bufanda promedio y que seguramente nadie normal nunca podría usar. No combinaba con nada.

La joven suspiró. ¿Dos horas todavía? ¡Por Merlín! Era demasiado. Suspiró nuevamente y apoyó los codos en su escritorio. Sólo quería irse a casa —bueno, a la casa de su padre, que seguramente la invitaría a cenar, lo que la haría llegar algunas horas más tarde a su departamento— lo antes posible. ¿Era eso tan terrible? Sólo eso pedía: salir de ahí.

—Davis, ¿tienes un minuto?

Bill Weasley, el jefe del departamento, estaba frente a su escritorio, mirándola fijamente. Una vez más, Tracey se maravilló de que, a pesar de esas terribles cicatrices, seguía siendo un hombre guapísimo. Más de una vez, su amiga Emma había comentado que ella era una suertuda por tener un jefe tan guapo. Claro, es que el sanador Richardson con sus ochenta años a cuesta difícilmente podía parecerle atractivo a nadie.

—¿Qué crees, Weasley? —respondió señalando a su alrededor con una sonrisa sarcástica—.Claro que tengo un minuto.

—Estupendo. Necesito que alguien vaya a revisar los controladores de magia en el despacho del director —dijo Bill. La joven lo miró con una mueca de desagrado. El director de Gringotts, un goblin llamado Toffrir, era particularmente amargado y agresivo con los magos—. Lo sé, es un fastidio, pero hay que hacerlo.

—Vale, voy yo —contestó con una sonrisa resignada.

—Te lo agradezco un montón, Davis. Menudo día aburrido que nos ha tocado.

—Y que lo digas —replicó la chica con un suspiro mientras se incorporaba y salía de la Oficina.

-o-

Callejón Diagon, Londres mágico.

—¡Finnigan! ¿Podrías hacerme el favor de comportarte? —indicó el Auror Hamilton al ver que su joven compañero de patrulla se encaramaba sobre una muralla de piedra, no demasiado alta. A sus treinta y cinco años y con una larga carrera de Auror a sus espaldas, consideraba indigno que lo hubieran mandado de niñera de ese chiquillo que era incapaz de quedarse quieto.

—Relájate, Hamilton —respondió Seamus haciendo equilibrios arriba de la pared.

—Alerta permanente —masculló el Auror entre dientes. Recordaba el entrenamiento con Ojoloco Moody a la perfección. El viejo Auror nunca habría dejado que un mocosillo como Finnigan hiciera tonterías cuando estaban de patrulla. Seguramente, a esas alturas ya lo habría transformado en algún animalillo para castigarlo.

Pero hacía bastante que Ojoloco no estaba. Y tampoco se debía transformar a los compañeros para castigarlos, claro está. A saber qué diría Potter de algo así.

—Baja de una maldita vez, mocoso. —Se limitó a decir hoscamente. Seamus se encogió de hombros y dio un salto, aterrizando limpiamente frente al hombre.

—¿Hace cuánto tiempo que no tenemos ataques de Renegados? —preguntó metiéndose las manos en los bolsillos de la túnica—. ¿Dos, tres meses? Creo que es perfectamente lógico tomarnos las cosas con más calma. No va a pasar nada hoy, Hamilton. Ni hoy, ni mañana, ni la próxima semana.

El Auror no se dignó a responderle, sino que siguió caminando a grandes zancadas. Seamus lo siguió encogiéndose de hombros. No entendía a ese hombre. Siempre serio y obsesionado con cumplir las normas a rajatabla. Aunque podía entender su mal humor en ese día en particular: a nadie podía gustarle patrullar por el barrio mágico, la verdad. Nunca pasaba nada interesante y a los Aurores les gustaba la acción. No se habían unido al Cuerpo para quedarse parados en una esquina del Callejón Diagon mirando a la gente pasar con sus compras, por supuesto. Seamus no veía la hora de terminar con su turno de patrulla y partir con Dean a un partido de quidditch que habían preparado con un grupo de antiguos compañeros de colegio. Al menos tenía la perspectiva de algo de acción en su día, porque lo que era el Callejón, evidentemente no iba a proporcionarle nada de eso.

Se apresuró para alcanzar a Hamilton, que caminaba un par de cuadras delante de él a grandes zancadas. Iba a hacer un comentario sobre el último partido de las Arpías de Holyhead contra las Avispas deWimbourne, pero una explosión proveniente de Gringotts se lo impidió.

—¿¡Qué carajo fue eso!?

Hamilton no contestó, pero inmediatamente salió disparado hacia el banco. A Seamus no le quedó otra que hacer lo mismo, mientras conjuraba a un zorro plateado que fuera a avisar a la Oficina.

Intuía que necesitarían refuerzos.

-o-

Gringotts, Callejón Diagon.

No supo de dónde aparecieron, ni en qué momento lo hicieron. De lo único que Tracey fue consciente fue de lo rápido que sucedió todo. En un momento, ella estaba caminando por el Hall principal del banco y al instante siguiente, los hechizos volaban a su alrededor, los clientes y los empleados gritaban y la confusión reinaba por doquier. ¿Qué estaba sucediendo?

Por un segundo, la joven no pudo moverse. Eso tenía que ser un sueño. Un mal sueño. Pero cuando una maldición la golpeó en la pierna, el dolor le dijo que no lo era. Lo que la rodeaba era la pura realidad.

No supo cuánto se demoró en reaccionar, pero sí que logró moverse de donde sus pies la tenían clavada en el suelo. La punzada en su pierna desapareció mientras corría por el Hall del banco. No tenía tiempo para pensar en ello. Conjuró algunos hechizos protectores sobre algunos clientes que yacían en el suelo. No tuvo tiempo de comprobar si habían muerto o sólo estaban desmayados. Otros, más rápidos, habían sacado sus varitas y estaban apuntando a sus atacantes con distintos hechizos.

—¡Protego! ¡Protego! —exclamó la joven, saltando sobre algunas personas en el suelo y tratando de protegerlas como pudiera—. ¡Impedimenta! —añadió al ver que uno de los atacantes se acercaba a ella—. ¡Repulso! ¡Desmaius!

Los atacantes eran figuras encapuchadas. Verlos provocó que un escalofrío recorriera la espalda de Tracey. Podía recordarlos de sus años en Hogwarts. Vio a Weasley entrando en el Hall, lanzando hechizos a diestra y siniestra y seguido por los demás rompedores de maldiciones y algunos goblins.

—¡Crucio! —gritó una de las figuras encapuchadas apuntando a Tracey. El hechizo la golpeó en pleno pecho.

Era como si le estuvieran enterrando un millón de cuchillos al mismo tiempo. Lo suficiente como para que doliera, y no lo necesario para matarla. Tracey se escuchó a sí misma gritar, pero era como si su voz viniera de otro lugar. De un lugar muy lejano. O como si fueran de otra persona.

El dolor cesó y ella cayó al suelo pesadamente. Intentó moverse, pero no pudo hacerlo. Era casi como si sus extremidades fueran las de otra persona. Sentía la vista nublada y los párpados pesados. Otro hechizo la impactó y el suplicio volvió a ella. Que se detuviera. Sólo podía pensar en que quería que eso acabara. Como fuese.

La figura gritó algo más y la tortura dimitió. Se escuchaban chillidos por toda la sala, pero Tracey no podía entender lo que decían. O quizás no decían nada y sólo eran gritos inconexos. Quizás también les estaban haciendo lo que a ella.

¿Qué acababa de pasar? ¿Quiénes eran esas figuras?

Escuchó cómo las puertas del Hall se abrían y más voces y gritos. Intentó moverse, pero todo el cuerpo le pesaba horrores. No, tendría que quedarse ahí tirada. Pestañeó y trató de enfocar el mundo que la rodeaba, pero nada. Todo era una mancha borrosa a su alrededor.

De pronto, todo fue oscuridad.


Como soy mala de lo peor, los dejaré hasta aquí y no subiré nada nuevo por meses... Mentira, sí lo haré. Me siento inspirada con este fic y con mis dos queridos protagonistas. Es que los dos son geniales.

En fin, ¡hasta el próximo capítulo!

Muselina