¿La mansión Woodville?
Dover, Kent. 1 de Diciembre de 1987
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Lillian cerró los ojos mientras sentía como la fría brisa de invierno azotaba contra su rostro. El sonido que producían las olas del mar al chocar contra los blancos acantilados era relajante, más la niña podía percibir la tensión del momento al ir aproximándose hacia aquella vieja mansión que jamás en sus cortos ocho años había visitado.
—¿A quienes vamos a visitar? —preguntó a su padre quien caminaba un metro más adelante junto con Flavius, el hermano menor de Lillian. No muy lejos, al borde del acantilado y rodeada por un cerco de piedras de mediano tamaño revestidas con moho y enredaderas, se encontraba una mansión típicamente victoriana.
—A la casa de tus abuelos, Lillian —contestó la señora Woodville. Los cuatro personajes, vestidos con largas túnicas negras, caminaron unos cuantos metros más para finalmente pararse frente a la puerta de rejas color azabache que se abrieron con un molesto chirrido.
Lamentándose estar en aquel lugar, el señor Woodville ingresó primero dando largas zancadas para nuevamente deternerse en la puerta principal, donde dos gárgolas custodiaban la entrada. Nicholas Woodville posó su mano en la aldaba dorada y antes de tocar le dirigió una apesadumbrada mirada a su mujer. Nuevamente la puerta se abrió sola. Esta vez, la curiosa niña se adelantó unos pasos a sus progenitores y asomó la cabeza. Lillian tuvo que pestañear un par de veces para acostumbrar la vista a la oscuridad del circular hall. Cortinas cerradas tan solo permitía ver siluetas de algunos pocos muebles, innumerables cuadros colgados de las paredes y la forma de tres personas paradas silenciosamente frente a ellos. Hubo unos segundos de silencio absoluto antes que una de las figuras se acercara a los recién llegados.
—¿Madre? —la voz del padre de Lillian se escuchó fuerte y clara.
—¿Osas llamarme madre después de estos nueve años, Nicholas? —contestó una de las figuras aproximándose a la entrada hasta que por fin Lillian pudo verle el rostro. Era una mujer alta, de cabello castaño recogido en un alto moño que dejaba ver un buen número de canas. Unas arrugas marcadas en el rostro indicaban que la mujer rondaba los cincuenta años.
Nuevamente, un silencio incómodo se apoderó de la habitación. —Charlotte… —intentó intervenir Elizabeth.
—¡Tú, deshonra de la familia Rosier! —chilló la mujer apuntando a Elizabeth Woodville, haciendo saltar del susto a Lillian y al pequeño Flavius, quien se ocultó tras la túnica de su padre —¿¡Cómo te atreves a pisar esta casa luego de haber torcido el camino de mi único hijo!?
—¡Silencio! —se escuchó una segunda voz. Era una anciana mujer algo encorvada que a pesar de estar por los 80 años, aparentaba una menoría de edad y si no fuera por su severo semblante, podría afirmarse que en sus tiempos gozaba de una gran belleza—. No voy a permitir este alboroto en el velorio de mi amado, además —prosiguió—, estas asustando a los niños.
Desde que ambos hermanos Woodville tenían uso de razón, el tema de los abuelos se había convertido en tabú. Su padre y madre jamás hablaban ni de los abuelos Woodville ni de los Rosier, y cada vez que los niños preguntaban, sus progenitores cambiaban de tema sin disimular su disgusto por tener que hablar de los abuelos. Con el tiempo, ni Lillian ni Flavius volvieron a preguntar, por lo que les tomó por sorpresa aquella repentina visita a Dover.
La joven Lillian pronto descubriría que el principal motivo de la hostilidad entre ellos, era la opuesta forma de pensar. Sus abuelos eran puristas, mientras que sus padres no.
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En contra de todo pronóstico, aquel invierno de 1987 se hicieron las paces, o mejor dicho, se entrelazaron lazos de conveniencia por el bien de los niños, después de todo ellos eran el futuro de la familia Woodville según Richard, padre de Nicholas.
El abuelo Richard era un hombre robusto que pocas veces parecía sonreir. Su cabello era cano con algunos vestigios de cabellos marrones que años atrás habrían poblado toda su cabellera. A pesar de su aspecto reservado, el hombre era un hablador en potencia y uno de sus temas favoritos, luego de la importancia de la pureza de la sangre, era la historia de como la familia Nott se habían encargado de dejar en desgracia a los Woodville cuando Cantankerus Nott los eliminó del Directorio Sangre Pura. Nicholas y Elizabeth se negaban a dejar sus hijos a solas con el abuelo, pero él siempre se las ingeniaba para de alguna manera u otra llenar de historias la cabeza de los jovenes Woodville.
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—Y entonces, aquel buen hombre… —Richard Woodville relataba solemnemente sentado sobre su vieja silla mecedora hasta que una vocecita lo interrumpió.
—¿Era un buen hombre? —era Flavius, que contrario a todo lo que había escuchado hasta el momento, su abuelo afirmaba que Quien-no-debe-ser-nombrado era alguien excepcional.
—Sí, claro que lo era —aseveró el abuelo—. Como les decía, y entonces, aquel buen hombre que deseaba la prosperidad de todo mago y bruja de Gran Bretaña, se enteró del pronto nacimiento de un temible ser. Una temible criatura con forma humana que se encargaría de hundir en la oscuridad al mundo mágico —muy atentos, Lillian y Flavius escuchaban anonadados el relato de su abuelo.
—¿Y qué pasó? ¿Qué fue lo que hizo? —Lillian preguntaba con ansiedad por saber más.
—Decidido a salvar el mundo mágico, no tuvo otro remedio que ir a la casa donde habitaba el ser maligno…
—¡Pero tan solo tenía un año! —exclamó Lillian que conocía la versión de sus padres sobre la historia de Harry Potter.
—Eso mismo pensaba el Gran Lord —continuó el abuelo—. "Es solo un bebe, no puedo hacerlo", pero se equivocaba, era el mismísimo demonio. ¡El mal encarnado! —los dos niños dieron un brinco y se abrazaron entre ellos como protegiéndose de alguna presencia—. Aquel demonio, el Demonio Potter, tenía un inmenso poder. Sacrificó a sus propios padres ordenándoles atacar al Lord. Esa noche, mis estimados nietos, el Lord logró controlar a la bestia, pero tuvo que dar algo a cambio.
—¿Qué? —preguntaron al unísono.
—Tuvo que dar su vida por todos nosotros.
Noche tras noche, Richard Woodville se encargaba de contarles la misma historia una y otra vez con una que otra conveniente modificación. La versión del Demonio Potter que su abuelo le contaba ponía los pelos de Lillian en punta y todas las noches se debatía para convencerse a sí misma que era mentira. Sin embargo, el terror de que el "Demonio Potter" pueda estar juntando fuerzas para acabar con el mundo que toda bruja y mago conocen aún prevalecía.
