Editado: 21/02/2011. Me jodo por haber escrito capítulos tan largos xd
MOON GOSHT
Un pequeño defecto marco mi vida.
Un pequeño defecto me condeno a muerte.
Un pequeño defecto me dio unos minutos más de vida.
Un pequeño defecto trastorno mi realidad.
|Capitulo dos: Real e irreal.
Desperté pasado el atardecer; desorientada y con un sabor horrible a metal en la boca, ¿Cuánto había pasado desde que no había lavado mi boca? Me moví incomoda en la dura cama y abrí los ojos. La luz que me había enceguecido la primea vez que me desperté estaba apagada y la habitación estaba algo oscura y con tintes naranjas débiles que entraban por la ventana traspasando las cortinas blancas.
No había nadie. Mi madre no podía dejar votado su trabajo por cuidarme todo el día, yo lo entendía. Lo mismo se infringía en Gabriel, Ayumi y Kikyô. Todos ellos no podían estar cuidándome y quedar desempleados. Y ahora con lo sucedido ¿Yo estaba desempleada? Seria lo más seguro. Pero quizá el viejo Williams no me despediría para que nadie presentara cargos por la basura que tenia en la bodega.
Las imágenes del día anterior cruzaron por mi cabeza con rapidez: Mi pierna, el gruñido, la sangre, el golpe, el dolor, la gran mancha negra. ¿Habría sido otra criatura? ¿Por qué no me había comido? Daba la posibilidad que de Gabriel entrara con algunos testigos por los ruidos que se escuchaban, y éste escapara antes de ser descubierto, si era de ese modo ¿Aún no estaba segura? ¿Volvería a por mí?, ¿no seria este el mejor momento? Nadie en la habitación y no podía escuchar a nadie por el pasillo, perfecta situación para matar a alguien sin dejar testigos. Mire mis heridas, mi pierna estaba con un vendaje donde sufrí la más pequeñas de mi heridas, mi muñeca derecha estaba entablillada, mi cuerpo estaba cubierto por parches y vendas, y una manguera delgada colgaba a mi lado goteando sangre directamente a mi antebrazo. ¿Cuánta sangre había perdido? En esas condiciones, ni siquiera podría defenderme como lo había hecho anteriormente.
¿Se habrá despertado ya? La voz de Gabriel llego a mi cabeza y sentí sus pasos por el pasillo.
— ¿Kagome? —abrió la puerta y me miro por un segundo. Sonrío cuando volteé a minarlo y se acerco a la cama — ¿Cómo te sientes?
—Mejor que antes —contesté. Mi voz aun sonaba horrible pero no tanto como en la mañana. Y eso me recordaba…
— ¡Au! —me miró frunciendo el ceño. Aleje mi mano buena de su brazo — ¿Por qué me pellizcas?
—Por tus comentarios de esta mañana —lo recordaba claramente —, y espera que pueda ponerme de pie, y te pateare el culo.
— ¿Así me agradeces haberte sacado de debajo de esa estantería? —frunció los labios en una mueca graciosa.
Yo definitivamente no estaba bajo una estantería… o eso creía recordar, ¿Entonces todo había sido un sueño? O mejor dijo una pesadilla. Pero era tan real… tan real que aterraba, definitivamente no podía haber sido un sueño ¿Verdad? ¿Entonces la estantería por que estaba sobre mi?
¡Ash! ¡Que frustrante!
— ¿Qué tal me veo?
—Una Miss Universo —sonrío burlón.
—Estoy para patearles sus operados traseros ¿Verdad? —sonreí yo también volviendo a sentir la tirantes de mi piel. La idea de que todo aquello habría sido un sueño me causaba frustración y dolor de cabeza por no saber la verdad, pero también un alivio si ese fuera el caso, nadie querría comerme.
— ¿Y como fue que tu mala suerte llego hasta tal punto de dejar caer una estantería llena de cosas de vidrio encima?
—Ya vez, únicamente rara —sonreí aún mas mostrando mis dientes. Y eso también me recordaba —Tráeme un cepillo dental y dentrífico. Quiero lavar mis dientes.
—Tu mamá ya lo tenia preparado desde antes —tomó un bolso que estaba bajo la cama — ¿Te traigo agua y un basurero?
—Por favor, gracias.
Lavé mis dientes y enjuagué mi boca con el agua mineral que me había comprado Gabriel y escupí dentro de un basurero. Volví a recostar mi espalda sobre las sabanas blancas ya mas tranquila.
—Gabriel, ¿Qué dijo el viejo Williams?
— ¿Sobre que?
— ¿Me despidió, verdad? —bufé —. Genial, desempleada nuevamente.
—No, me dijo que te recuperaras pronto para volver al trabajo, y —metió la mano en su bolsillo y saco un sobre —, también, me mando tu paga. Van incluidos los días que no puedes ir a trabajar. Cortesía de el, supongo.
—Siento como si me estuvieran comprando —extendí mi mano y tome el sobre — ¿Podrás tú solo con el trabajo?
—No, claro que no —se sentó en el borde de la cama —, pero ya llegó el nuevo empleado. Y no se queja.
—Oh, bien. Supongo —cerré los ojos —. Así no me preocupare de que tengas la tienda patas arriba.
—Gracias por tu preocupación.
—Un placer. Para cuando quieras.
Mi respiración se volvió pausada y poco a poco todos mis sentidos fueron desapareciendo. Sentí la puerta de la habitación cerrar y supuse que Gabriel me quería dejar dormir. Luego ya no sentí nada más.
Recordé, o mejor dicho, volví a vivir el día interior. Viendo videos con rapidez cruzar mi cabeza, la vi, sus cabellos revueltos, su rostro sangrante, su cuerpo tan humano, sus grandes colmillos dispuestos a arrancarme pesados. Vi mis piernas despegarse del suelo y el viento soplar fuertemente en mi, luego el dolor punzante en mi espalda, su respiración asechadora y su lengua de felino tantear el lugar perfecto para morder, el aullido. Me sentí volar por los aires nuevamente y golpear mi cabeza, rodar una y otra vez y sentí el leve Crlick de mi muñeca, y luego mi cabeza nuevamente golpeándose. Desde ese puntos, todo se volvía confundo y borroso. Solo era consiente de las dos criaturas peleándose por comer mi carne.
No podía recordar nada más, no escuchaba ni sentía dolor, estaba como ida, pero consiente. Algo raro. Raro… yo era la rara. Nadie normal escuchaba lo que las personas escondían en sus cabezas, nadie más podía escuchar a esas cosas pensar quien será la cena, y no es que supiera que eran esas cosas, anteriormente pensaba que eran personas con graves problemas psicológicos, pero cada día me daba cuenta que no eran uno ni dos, eran muchos más. Cualquier personas lo bastante inteligente los aliaba a algo, y ese algo no eran exactamente personas. Una persona no te saborea con la lengua de un felino.
Y esa era la razón de que me hostigaba estar rodeada de personas, muchos parloteos me daban un dolor de cabeza terrible y me alejaba inconscientemente de la gente. Pero recuerdo una vez que todo exploto, iba en secundaria, el salón lleno de jóvenes que pensaban en cosas diferentes: chicos, chicas, fiestas, videojuegos, sexo. Agarre mi cabeza y me puse contra la pared, me era casi fácil soportar estar en el salón cuando daban la clase, todos tenían sus pensamientos en el mismo rumbo, y exactamente ese día el profeso había faltado. Mi cabeza estuvo a punto de explotar. Bankotsu Martínez hizo de mí tranquila vida alejada de todos, una mierda, molestándome cada día y diciendo cosas entupidas sobre mí, cuando, por mucho que lo odiara, sabia que el estaba perdidamente enamorado de mí. Hubiera hecho todo lo posible por no entrar en su cabeza. ¡Bah! Niñato mocoso.
—Uno, dos, tres… izquierda, derecha, izquierda —bufé mirando a mi madre que estaba agarrada de mi brazo y contando mis pasos.
—Mamá, por el amor de todo lo que es santo. ¡Mis pies no tienen nada! —grité. Mi madre se empeñaba en hacerme caminar —. Mi muñeca es la que esta mal, mis pies tan perfectamente. Observa —elevé un pie y lo moví en círculos. Hice lo mismo con el otro — ¿Ves?
—Pero… —intentó protestar. Yo sabia que estaba preocupada por mí, pero estaba exagerando.
— ¡OH, por favor! Solo quiero ir al baño, intentare no morir en el camino ¿Feliz? Vete, tienes que atender a los otros pobres pacientes —hice énfasis en la palabra "Pobres" al saber como eran los cuidados de mi madre.
—Bien. De acuerdo, pero me preocupa como iras al baño con una mano mala, quizá yo podría… —me sonrío —Ya sabes, como cuando eras pequeña.
— ¡Por favor! —rogué.
—Ya entendí. No te sulfures —Rió en voz baja —. Me iré, cualquier cosa llamas a la primera enfermera que veas.
—Ya, largo; vete.
Agitó su mano y se fue corriendo. Me recordó por un momento a aquellas películas de vaqueros cuando la mujer despedía a su hombre con un pañuelo en mano mientras este cabalgaba al atardecer, que misteriosamente, duraba toda la película.
Me dí media vuelta y camine por el pasillo. La herida de mi pierna me tiraba de vez en cuando, pero era algo soportable para el dolor que tenía en mi espalda. El doctor dijo que fue un milagro que el vidrio no dañara ninguna arteria importante, yo estuve de acuerdo con la palabra milagro tomando en cuenta que literalmente caí sobre el vidrio a una gran velocidad. Y eso me daba una razón más para pensar que todo había sido una tonta pesadilla.
Me preguntaba si quedaría alguna cicatriz en mi cuerpo, muchas heridas y arañazos no pasaban en balde la cuenta ¿Verdad? Y bien, no es que mostrara mi cuerpo a nadie más que no fuera a mi madre, pero nadie quería cicatrices en su cuerpo.
Abrí la puerta del baño y entre. Había dos mujeres (Por sus ropas podía decir que no eran pacientes) esperando seguramente a algún familiar o amigo que terminara de hacer sus necesidades. Me quede viéndolas por un momento. Sus ojos que me escrutaban con intensidad. Las había visto en algún lugar, y en realidad, no me importaba recordarlo.
¿Qué le paso? ¿Le paso un camión por encima? ¡Que pinta tienes, he! La rubia de tez bronceada me miraba inquisidoramente. Sin escrúpulos. Su labio se curvo en algo así como una sonrisa.
Fruncí el ceño, claro, ha ella jamás le había atacado un monstruo o le había caído una estantería encima —tomando en cuenta las dos posibilidades— ¡Que fácil era llenarse la boca —Literalmente— hablando de las apariencias de los demás! Ya quiero verte en mi situación, querida ¡Ja!
Deslice la mirada a la otra chica, esta de cabellos negros y tez mas clara. Me miraba disimuladamente.
Que mal, pobre chica. De seguro la atropellaron.
Bufé y las dos me miraron con intriga, ¿Por qué todos pensaban que me habían atropellado? ¿Qué tan mal me veía? Me deslice hasta quedar frente al espejo. Mi rostro estaba algo pálido, arañado ya sin los parches, algo parecido a una rosa blanca estaba a un lado de mi cabeza donde seguramente habían tenido que cocer mi cabeza por los golpes, pero relativo a eso, nada más… ¡Ah! Claro, olvidando el pequeño detalle que ando jalando un tubo que gotea sangre en mi antebrazo pero, ¡Bah! quien se fija.
Les volví la mirada y entré en un cubículo. Con un brazo con un tubo de por medio, y el otro entablillado… me hizo pensar seriamente en la propuesta de mi madre…
Quité el sudor de mi frente y sentí el ruido del motor. Abrí las cuatro ventanillas para que el viento me diera un soplo frío y refrescante. Agarré con mi mano izquierda fuertemente el volante y con la otra suavemente, mi mano aun estaba entablillada. Inhalé el aire fresco de la cuidad, el molesto olor a metal y desinfectante ya no me picaba en la nariz y lo agradecía, había veces que estaba a punto de cortarme la nariz. Me mordí el labio de forma despreocupada mientras me estacionaba en el aparcamiento y se apagaba el motor.
— ¡He! ¡Mira quien llegó! —me gritó Gabriel cuando me vio entrar.
—Hola, Gabriel. ¿Que tal todo? —saludé.
—Hum, ya sabes. Dinero que entra y sale. Productos derramados por los pasillos. Nada nuevo.
—Ya veo —saqué el horrendo delantal azul y me lo puse.
—Vamos, ¿Piensas trabajar? ¡Por Díos! Tú si estas demente ¡Solo han sido dos semanas!
—Dos semanas en las que he estado aguantando los alaridos de mi madre. Además, me curo rápido.
—Únicamente rara.
—Exacto.
Me mordí el labio inferior mientras sonreía, que bien se sentía volver a la vieja rutina. Una oleada de viento fresco me elevo algunos cabellos y me obligo a voltear a la puerta.
—Oh, que bien que llegaste —habló Gabriel a mi lado —. Justo a tiempo.
Quizá fue la impresión, pero algo dentro de mí se dividió en dos, entre curiosa y asustada. Sus ojos azules, con chispas doradas, se posaron en mí durante una milésima de segundo —que me cortó la respiración— para voltear a ver a Gabriel y levantar la mano en señal de saludo. Me pregunté cuan alto era ¿Uno ochenta? ¿Dos metros? ¿Parecería alguna niña de preescolar a su lado? Sus ojos se volvieron a enfocar en mí y un escalofrío me recorrió la espalda, estaba segura que esos ojos los había visto antes… tan fuertes, tan profundos, tan… salvajes.
Te dejo sin habla, ¡Tsk! Que divertido.
Rodeé los ojos y mire a Gabriel quien sonreía de oreja a oreja. Me mordí el labio y extendí mi mano —buena— al grandulon.
—Hola, soy Kagome. Empleada de medio tiempo —me molestaba la gente, pero eso no significaba que tenía que ser descortés.
Ya le conté que te callo un estante encima, así que ya sabe algo del por qué no estabas aquí
Bufé en voz baja mirando realmente mal a Gabriel.
Solté el aire que escondía en mis pulmones cuando su gran mano agarró la mía. Mi mano era tan pequeña entre la suya que pensé que estaba controlando su fuerza para no quebrarla.
InuYasha
Levante el rostro enarcando una ceja, ¿Él…? ¡No! Olvídenlo, estoy demente. Seguramente era Gabriel con otro de sus jueguitos, fácilmente pudo haber cambiado su voz… pero, ¿Alguien podía cambiar la voz de su subconsciente? Y que va, la voz de Gabriel no se libraba de su acento por nada del mundo. Eso dejaba una posibilidad, el chico era mudo ¡Claro! Problema resuelto sin calentarme el coco.
Soltó mi mano y paso junto a mí, por un segundo, estoy completamente segura que su lado izquierdo del labio se encorvo en una sonrisa.
—Su nombre es InuYasha —comenzó Gabriel. Aunque yo ya lo sabia —. Cuando te dije que no se quejaba es por que no habla demasiado.
— ¿Demasiado? —miré incrédula — ¿Entonces puede hablar?
—Ha cruzado una que otra palabra conmigo.
OH... bien, calentándome el coco nuevamente. ¡Pero que va! El chico simplemente no habla mucho y cuando yo saludé, el instintivamente saludó pero sin hablar… y eso llevaba a la conclusión de que ni yo misma me entiendo. Genial.
— ¿Completamente seguro? —pregunté.
—Completamente seguro —afirmó — ¿Por qué?
—No. No me hagas caso —tomé el paño para limpiar las ventanas.
—Únicamente rara —repitió tomando el periódico en sus manos.
—Lo sé.
Únicamente rara, únicamente rara, únicamente rara, únicamente rara…
— ¡Oh, Gabriel! ¡Ven aquí para patearte el culo!
—Espera que salgamos del trabajo. ¿Sabes que necesito sentarme en él verdad? —preguntó divertido.
—Tsk.
Bufé y fregué los vidrios de la vitrina con fuerza. Con solo una mirada podía cerciorarme de que el calor estaba matando ahí afuera. Los chicos comiendo helados y los perros con las lenguas afueras, ¡Uff! Que suerte que el viejo Williams nos tenía aire acondicionado.
El chico nuevo te esta mirando. ¡Ya estas! Eres una matadora Kagome. Jajá.
Fruncí el ceño y volteé el rostro mirando a Gabriel. Éste aparentaba leer el periódico pero con una sonrisa en los labios.
Lo digo en serio. Date la vuelta y te darás cuenta.
Mataría a Gabriel si eso no fuera cierto e InuYasha me sorprendiera mirándolo a hurtadillas.
Doblé el cuello levemente sobre mi hombro, y, tal como dijo Gabriel, esos ojos azul dorado me miraban. Sentí la extraña necesidad de cerrar mis brazos sobre mi cuerpo en algo así como una protección. Su mirada era tan fuerte que me perturbaba y me hacia sentir como si estuviera mirando dentro de mí. Volví la vista al vidrio y me encogí de hombros. Cohibida.
Y como en toda mi vida, use mi defecto para expandirlo por todo el almacén, y no reducirlo a mi metro cuadrado donde se encontraba Gabriel. Los murmullos de la poca y nada de gente que había ahí me molestó un poco, pero yo estaba más interesada en escuchar otros pensamientos.
Mantente alejada de mi mente, mujer.
Me detuve, y rápidamente controle y guarde mi defecto en mí. Tragué duro y mi rostro palideció. Entonces él… no, no podía ser posible.
Volteé ahora sin disimulo para mirarle consiente de la sonrisa burlona de Gabriel al pillarme en algo "Vergonzoso" como lo era mirar a hurtadillas a un chico. Este estaba con una gran caja brazo su brazo derecho, mientras que con la izquierda depositaba los productos en su lugar correspondiente. Su rostro se veía tan tranquilo y serenos, que la idea de que estaba alucinando me pareció bastante razonable. El no tenía como saberlo, y Gabriel era un hombre de confianza. Inhalé con fuerza y volví a extender el territorio de mi mente.
Atún de la Chruz. ¿Quién le pone eso a una lata de atún?
Bien, esos pensamientos eran… normales. Todo estaba en orden, seguramente fue una alucinación.
—Oh, por cierto. Chicos —llamó Gabriel —, ésta mañana llegaron más productos que desempacar, están la bodega. Ya saben, si tienen algo de tiempo. Sin prisas.
—Yo voy —corrí y deje el limpiador en el armario de aseo.
—Mujer, estas loca. Tienes una mano mala.
—Mis brazos son lo suficientemente fuertes. Y tomaré las cajas más ligeras.
—Pero…
—Ocúpate de lo tuyo.
Apenas entré un escalofrío recorrió mi espalda, estar ahí nuevamente me hacia vivir lo que ya casi tomaba por una pesadilla, realidad. Me moví con cuidado, tratando de recrear cada punto en mi mente. Vi la caja que estaba con puntas de vidrio a mi izquierda, Aquí fue cuando la sentí por primera vez, si mal no recordaba, el vidrio ensangrentado tenia que estar en el suelo, pero no había nada. Claro, quizá lo quitaron pensando que era mi sangre. Luego camine a paso rápido por donde hace dos semanas corrí por mi vida, me detuve y me moví de costado, recordando cuando volé por el aire. Y ahí estaban, las cajas machucadas y aplastadas de cuando caí sobre ellas, me moví un poco en el lugar donde esa cosa me tumbó y aprecié los pequeños pedazos de partículas aún ahí. Me deslicé a la grada y miré el suelo, el lugar donde debería estar la gran mancha de sangre no estaba. Seguramente alguien la había limpiado. Volteé la cabeza para apreciar la estantería a un lado, machucada y apoyada contra la pared como si se fuera a caer en cualquier momento. Mi mente no era buena, pero tampoco tan mala como para saber que en ese momento eso no estaba ahí. Y por que quisiera decir lo contrario, eso no pudo haber sido una pesadilla.
Me encargue de abrir unas cajas pequeñas y llevarlas dentro. Aunque hacía un gran intento por mantenerme tranquila y mi mente ocupada en lo que fuera, los nervios y la ansiedad de no saber si realmente había algo ahí afuera esperando para matarme, me estaba comiendo por dentro. Y ahí entraba otra duda de el por qué no me había atacado hasta ahora, ¿Quizá le gustaban los retos? Y al verme mal herida y maltrecha estaba esperando el momento en que me recuperara por completo y así venir por mí. ¡Uff! Si eso era cierto, aun me quedaba algo así como una semana, quizás un poco más.
El día transcurrió como normalmente lo hacia para mí, cada vez que casi se repletaba de personas, me iba a la bodega sabiendo que cualquier cosa que pidiera Gabriel, InuYasha podría hacerlo. Y hablando de él, en pocas ocasiones dejaba que mi mente se expandiera un poco para poder leer la suya y cerciorarme de que era un chico normal. Bien, quizá no normal, quizás algo tímido… quien sabe.
Normalmente la palabra «Tímido» albergaba a aquellas personas que no se relacionaban con la gente (En ese sentido estábamos ambos, claro que mis razones eran totalmente opuestas a las de el) y que agachaban la cabeza con algún sonrojo o mueca incomoda. Ahí era donde él no encajaba; no se sonrojaba y siempre estaba con la cabeza en alto y saludaba a todo aquel (normalmente chicas) que le saludaran. Pero no sonreía, jamás le había sonreído a nadie o eso pude apreciar durante el día. En cierto sentido era «Raro» pero no por mis motivos, si no, raro de raro. Alguien que no era tímido, pero aparentaba hacerlo, podía hablar, pero no hablaba, tenía la apariencia para tener un millón de amigos y unas cuantas novias, pero aparentemente no tenía. Ahora me preguntaba si el viejo Williams tenia alguna afición a coleccionar especimenes. Primero fue Gabriel; un brasileño lleno de cultura y costumbres, siempre lleno de collares de conchas o ramas y su particular acento. Luego seguía yo; Seguramente la chica mas «Antisocial» de los casi 22.000 habitantes del lugar, con crisis de histeria cuando mucha gente me rodeaba y siempre odiando el amanecer, ¡Puf! Ja. Después estaba InuYasha, su más nueva adquisición; Un grandulon de mirada poderosa, nada conversador y algo perturbador.
Era un hecho, el viejo quería hacer de la pequeña tienda un museo de cosas extrañas.
Llegué a mi casa casi pasadas las seis de la tarde, mi madre ya se debió haber ido al trabajar, su horario empezaba a las seis en punto y terminaba casi a las cinco de la mañana. Así que prácticamente dormía todo el día mientras yo trabajaba y cuando se iba yo llegaba, no había muchas situaciones familiares en esta casa, pero los fines de semana era el tiempo de «Caridad madre-hija» Así que no había mucho de que sentirme sola.
Dejé las llaves sobre la mesa baja de madera que estaba frente el sofá color crema y me fui directo a la cocina a prepararme un tazón de cereales, comí lento, sin prisas, ya que nadie me estaba esperando fuera de la puerta con el auto para salir a algún lado, nadie tenia el valor de hacerlo. Tome el cuenco vacío, lo lavé y deposité en los muebles de la bajilla. Me fui directo a mi habitación, mi madre se había tomado la molestia de antes de irse darle una limpiada a la casa, así no había nada que hacer. ¡Oh! Claro, lo había olvidado por completo. Jalé mis ropas lejos de mí y me puse unos shorts viejos y una camisa a cuadros que me quedaba extremadamente grande y corrí por las lleves del auto. Estacioné el auto fuera de la casa (sin llegar a la calle) y corrí nuevamente al garaje para tomar una esponja, agua, y algo que me ayudara a quitarle el polvo de encima.
Estaba terminando de jabonar mi auto cuando un gran camión gris se estaciono en la calle, frente a la residencia desabitada. Me sorprendió, nadie había vivido ahí desde que la loca de los gatos había muerto, y la casa poco a poco se estaba quedando en ruinas. Lo único que esperaba es que fueran pocas personas, quizá un matrimonio de ancianos, unos amigos… lo que fuera pero no en grandes cantidades.
Moví mis pensamientos nuevamente a mi auto, asiendo total énfasis en las manchas de barro que estaban sobre las llantas traseras, me hinqué para obtener un ángulo mas bueno y poder frotar con más fervor. Cuando me complací de casi verme reflejada, me mordí el labio y sonreí, ahora si se veía más nuevo. Me puse de pie dispuesta a lavar el techo y sacar los molestos regalos que las palomas dejaban cuando algo apareció frente a mí. Pegué un grito y di un salto hacia atrás.
— ¡Oh, por Díos! —agarré mi camisa intentando que mi corazón volviera a latir.
— ¿Todo bien? —me preguntó InuYasha, apoyado en el techo de mi auto, mirándome divertido.
Mordí mi labio, era la primera vez que le escuchaba hablar. Su voz era tan grabe y ronca como la de esos luchadores que salían en la televisión. Inhalé y me concentre en mis palabras.
—Espera un momento —di unos pequeños golpes en mi pecho sintiendo como mi corazón palpitaba —. Sí, todo bien. No se ha detenido del todo.
—Lamento el susto. Pero te veías tan abstraída en lo tuyo que me dio lastima quitarte tu momento feliz.
—Oh, ya sabes. Nadie sabe que puede haber en unas inocentes manchas de barro —bromeé y el ensancho su sonrisa.
Me detuve a contemplarlo por un momento, jamás lo hacia con las personas y por eso no lo hice con él en un principio; pero ahora, estando tan cerca, era inevitable. Además de ser alto, podía ver que no era de esos flacuchos erguidos y encorvados hacia delante, era todo lo contrario, su espalda era como una taba y su playera ploma se ceñía entorno a su pecho y brazos. Me preguntaba si haría algún tipo de ejercicio que lo mantuviera en tal estado físico. Su manzana era pequeña, pero cuadrada y poderosa, se parecía mucho a la de mi padre en las fotos.
Miré más arriba y me enfoqué en su boca, labios finos y curvados en una sonrisa donde mostraba sus dientes blancos, seguí con su nariz, no era fina pero tampoco ancha, algo normal. Me salté el detalle de los ojos, me sentía cohibida, asustada y perturbada cada vez que le miraba. Seguí con su cabello, lizo como una tabla cayendo sobre su frente, y alguno mechones hechos puntas a los lados, me pregunta si su cabello era realmente así o se hacia algún tipo de masaje capilar. Y me enfoque en su piel, liza y del mismo color que la mía; Café con leche.
— ¿Tan interesante soy? —enarcó sus cejas aún sonriendo.
—Ya vez, carne nueva —contesté con arrogancia —. Acostúmbrate, todos los vecinos harán lo mismo. Es algo así como un reconocimiento.
—Oh. Gracias por la advertencia.
Mordí mi labio intentándome ver despreocupada y comencé a refregar el techo de mis Mustang.
— ¿Qué haces aquí? —me detuve y enarqué una ceja —. No me estas siguiendo... no eres un psicópata desquiciado ¿Verdad?
—Oh, no. Solo soy un acosador, no te preocupes, no te haré nada además de observarte con un telescopio, vigilando cada movimiento que haces.
—Uff, menos mal. Ya pensaba yo que me matarías —sonreí. Lo sé, yo también me extrañe de la rara platica que teníamos —. Pero en serio, ¿Qué haces aquí?
—Me mudé hace unas dos semanas, acaban de llegar las ultimas cosas que traje de Chicago.
—Oh, por Díos, no me digas que tu eres el que compró la casa de la vieja de los gatos, ¡Se está cayendo por pedazos! Estas realmente loco, no tendrás casa de aquí a un mes más.
—Créeme, se ve peor por fuera que por dentro. Alguna que otra reparación y ahora se podría decir que vivo bien.
— ¿Algún familiar vive contigo?
—Además de los ratones, que seguramente los echare en cualquier momento, no.
—Hum, ratones. Son agradable compañía.
—Si, cuentan unos chistes de muerte.
Volví a sonreír y refregué el techo remarcando donde quedaban las manchas de los regalos de pájaros. Me mordí al labio cuando me di cuenta de su potente mirada azuldorada sobre mí, era la misma sensación de esta tarde en la tienda. Me preguntaba que había de interesante en mi cabello revuelto y en mi nada sexy figura, y también si el sabría que su mirada era tan fuerte como un puñetazo.
— ¿Cómo va tu recuperación? —volví la mirada a él, ahora sus ojos me miraban con curiosidad —. De seguro fue un gran golpe.
—Algo así, no sé muy bien lo que pasó —mentí, ¿Pero que le iba a decir? Un demonio quiso comerme, pero que va, ¡Viví! ¿Tengo suerte, he? me tomaría por chiflada y se iría corriendo.
— ¿Te pasan muy seguido ese tipo de accidentes? —volvió a preguntar. Enarque una ceja, ¿Por qué tanta curiosidad?
—Normalmente me tropiezo o rompo algo, pero esto es nuevo, tendré que escribirlo en mi diario de vida.
— ¿Tienes diario de vida? —sonrío —Estas algo grande.
—Tengo alma de niña ¿Sorprendido?
—No realmente.
—Bien.
Miré mi auto nuevamente moviendo la esponja. Este chico me callo como anillo al dedo, tendría que decirle a Gabriel que el estupido horóscopo estaba en lo cierto, pero con algunas semanas de retrazo.
¡Demonios!
Volví la mirada buscando la de él que estaba mirando en alguna dirección, buscando. ¿Se le habría olvidado algo? ¿Por qué tan alterado?
—Tengo que irme —apartó sus manos de mi auto y cruzo la calle a toda prisa entrando de un portazo a su casa.
—Oh, bien. No te molestes en despedirte, ni me importa —bufé rodando los ojos. Genial, ¿Ahora hablaba sola? Con mi mano entablillada jalé unos mechones de mis cabellos atrás de mi oreja y seguí jabonando los excrementos de las palomas. Mi celular sonó precipitosamente y di un salto.
— ¿Diga? —además de mi madre, Gabriel, Ayumi y Kikyô, nadie más tenía mi número.
—Buenos días y buenas tardes atrasadas —la voz de Kikyô me hico gracia — ¿Estoy marcando el numero de la-chica-que-siempre-apuesta-al-equipo-perdedor ahora?
—Oh bien, supongo —rodeé los ojos — ¿Hoy hay otro partido verdad? —fuera de basketbol, futbol o lo que sea, Kikyô no se perdía uno. Y lo peor de todo es que le gustaban las apuestas y me obligaba a apostar. Siempre pienso que sabe de mi capacidad nula en los mejores equipos de deportes y les saca provecho.
—Sí, ¿Puedo ir a tú casa?
—No lo sé. ¿Me harás apostar de nuevo?
—Tenlo por seguro.
— ¿Vendrás de todas formar, verdad?
—Derribare la puerta si es necesario.
—En ese caso; claro amiga mía, esperare ansiosa tu llegada —sentí la risa de Kikyô al otro lado del teléfono.
—Ok, te veo allí.
Apenas si acababa de enjuagar y volver a guardar mi auto cuando Kikyô apareció en su Citroen azul y lo estacionó frente mi casa. Traía el cabello atado en dos trenzas largas que llegaban a su estomago, y debido a sus crecientes rulos (producto de una permanente), mechones rebeldes estaban por doquier en su cabeza negra. Sus pecas siempre me hacían gracias y cuando no hallábamos nada interesante que hacer, yo me dedicaba a contárselas mientras ella hablaba de algo que le sucedió ese día.
La primera vez que conocí a Kikyô fue cuando estaba tras el puesto de palomitas en el cine, no podía identificar que era lo que pensaban y lo que en realidad decían, un total caos para mis nervios. Y entonces llego ella gritando y diciendo que hicieran una fila para poderlos atender, estoy segura de que no sabe de mi defecto, pero sabe que me siento extremadamente incomoda con tanta gente a mi alrededor. Y ella me intimidó, con sus ojos casi negros cuando me miraron por primera vez, sentí la extraña necesidad de salir corriendo a los brazos de mi madre, primero me miro inquisidoramente y luego, no sé si fue mi imaginación, pero se acercó a mí y me olió, me cohibí y ella sonrío. Por su cabeza simplemente pasaron los precios y nombres de los productos, solo fueron unos segundos en que pensó que mi peinado era chistoso, y nada más. Era como si evitara pensar en mí. Y bien, eso me agradaba, siempre tuve que tragarme lo que la gente pensaba de mi cuando me conocía, era casi un alivio aquello.
Tomé un par de bazos y el jugo de naranja que estaba en la nevera. Vertí el jugo en ambos bazos y caminé hacia el gran sofá, sentándome junto a Kikyô, que estaba con expresión de horror en el rostro viendo el partido.
— ¡OH, no seas niñita! —di un brinco en el sillón ante su acotación — ¡Eso no es nada! ¡Levántate!
—OK. Toma un trago y ojala te sirva para bajarte la temperatura.
— ¡Pero, pero…! —suspiró y se cruzo de brazos —. Los Nets me están fallando gordo.
— ¿Eso quiere decir que voy ganando? —parpadeé y miré la televisión —...Wow… no perderé mi dinero esta semana.
—Esos Bulls han estado practicando, maldita sea.
Maldición, maldición. No tengo más de cinco dólares.
—La apuesta será de diez dólares ¿Vale? —sonreí y algo dentro de mi río con malicia.
— ¡Que! Oh no, no. ¡No! ¡Tú no ganaras! De ninguna manera.
— ¿A que le temes? —arqueé una ceja — ¿Tienes dinero verdad?
—Claro que sí, ¿Quién crees que soy? ¿Al Bundy[1]?
—Ok, como digas —amplié mi sonrisa.
Vamos Díos, ayúdame en esta. ¡Y quien quiera que esté allí arriba! Si lo hacen, les prometo ir a la iglesia todos los días, y quizá, una vez por año, donar para caridad…
—Tacaña… —susurré más para mi que para ella, que al parecer no me escucho.
— ¡Oh, yes! ¡Eso es falta! ¡Tiro libre!
— ¿Eso debería alegrarme también o debería llorar?
—Llora.
—OK.
Me deslicé con cuidado hacia la cocina en un momento de distracción de Kikyô. Me apoye en el mueble blanco azulado y cerré los ojos en busca de algo de tranquila, los gritos de Kikyô y el molestoso sonido del televisor se volvieron rápidamente lejanos, como si no fuera en la misma sala, si más allá, quizá en la casa de junto, quizá en la casa de la esquina. Estaba lejos y yo, estaba tranquila.
Quise siempre estar así, sola pero sabiendo que en realidad alguien estaba junto a mí. La soledad era buena siempre y cuando tú supieras que había alguien esperando por ti, y esa persona siempre fue mi madre. A algunas personas les gustaba estar por montones y hablar y reír de anécdotas pasados, a otras no, como a mí, nos gustaban más lo momentos de soledad, donde había tiempo de pensar en uno mismo y en todo.
Abrí los ojos despacio cuando me percaté de que mi cabeza estaba inclinada hacia delante, un poco más y me hubiera dado un buen porrazo en el suelo de madera por quedarme dormida de pie. Miré la ventana que estaba justo frente a mí y me fije en las cortinas, en su época de gloria fueron de un hermoso y trasparente blanco con bellos y únicos bordados de flores, ahora, eran de un exquisito amarillo patito con flores deshilachadas. Aún recordaba cuando mamá las compró, hace unos cinco o seis años. Le regalaría unas cortinas nuevas cuando fuera su cumpleaños.
Algo se movió fuera de la ventan y puse toda mi atención en ello. Cruzando la calle y llegando a la casa de la vieja de los gatos, InuYasha buscaba algo en sus bolsillo, seguramente las llaves, y por lo rápido que lo hacia, estaba malhumorado. ¿En qué momento habría salido? Bien, esa pregunta era entupida. Llevaba casi una hora y media aguantando los gritos de Kikyô, y eso era tiempo de sobra para ir al almacén de la esquina y volver. Me mordí el labio con curiosidad de saber que pensaba, jamás me interesó saber lo que cruzaba por la mente del otro, pero algo realmente interesante debió pasar para que la apariencia de chico nada-me-perturba estuviera perturbaba. Y, como ya se estaba volviendo costumbre ese día, deje que mi mente se expandiera, recibiendo de forma casi bruta los pensamientos y grito que Kikyô esta penando, la ignore y me concentre en lo que realmente quería saber y escuchar.
Si tan solo hubiera estado un centímetro más a la derecha, no me habría costado tanto trabajo…. Ah, un dolor de cabeza repentino. Uno, dos, tres, cuatro…
Sujetó su sien y comenzó a masajeársela, y entonces todo su cuerpo dío un brinco como si hubiera recordado algo, me interesé y me expandí más allá, quería saber si algo se me estaba escapando. Y, entonces, el volteo, buscando fijamente por el patio delantero de mi casa y enfoco sus ojos azules en mí, me sorprendió que me pudiera ver a esa distante y con el cristal y las cortinas de por medio. Di un brinco y me apegué aún más al mueble cuando su mirada encontró la mía.
… Once, doce, trece… ya no… catorce, quince, die… dieciséis.
¿Por qué seguía contando? Estaba claro que estaba tratando de mantener su mente en total control. Me miró con aún más fuerza intentando decirme algo, sin pensarlo, pero cada vez los números sonaban menos reales y palabras cortas de metían entre ellos. Apretó los dientes en algo que distinguí como un gruñido y dio un paso hacia aquí. El estaba a muchos metros de mí, bastantes para que no me asustara, pero di un brinco y me devolví, tan fuerte y tan deprisa que mi mente tembló por un minuto. El soltó su sien en un suspiro y metió las manos a sus bolsillos sacando la llave y metiéndose en su casa de un portazo.
Caí al suelo casi al mismo tiempo que escuché el estruendo de su puerta cerrarse, que debió de haberse escuchado por todo el barrio. Mi corazón latía tan rápido que me temía que explotara de un momento a otro, y no fue necesario verme en algún espejo, seguramente estaría pálida y con cara de espanto. Estaba aterrada y por lo que seguramente seria una estupidez, pero por un segundo, sentí que saltaría sobre mí como un animal salvaje, pero ¿A que se debía su reacción? llego malhumorado, y luego… cuando quise saber algo se enfado más y…. Y fue entonces como en los dibujos animados que un rallo cruzo por mi cabeza iluminando todo dentro y haciéndome entender todo.
— ¡Kagome! ¡Ven, que son los últimos minutos!
—Vo-voy…
Tomé grandes bocados de aire intentando tranquilizarme, me puse de pie cuando me sentí con la suficiente fuerza para hacerlo y mirar otra vez por la ventana, quería escuchar que pensaba pero aun estaba aterrada.
— ¡Kagome! —volvió a insistir.
Golpeé mi pecho con un ritmo para que mi corazón lo siguiera, y así yo pudiera calmarme un poco. Me deslicé por el sillón cuando el partido estaba casi terminando y Kikyô estaba más entusiasmada que nunca, no quise mirarle la cara por miedo a que tonara lo pálida que estaba.
Todo aquello no era normal, nada era posible… todo era irreal. Siempre me cuestioné sobre la diferencia entre la realidad y la irrealidad, y terminé por comprender que el punto medio entre ellos, no lo ponen los científicos, ni los perceptivos. El punto medio lo pone uno, porque solamente tú sabes lo que es real y lo que no para ti. Pero esto iba más allá, ya no había realidad en mi mundo, no, mejor dicho, ya no había la realidad que todos creían. Para mí, aunque no quisiera admitirlo, todo esto era, es y será parte de mí para siempre. Pero las cosas habían cambiado, y ahora lo entendía. Ya no seria más solo escuchar, y callar, mi realidad se distorsionó cuando mi vida dependía de un hilo, cuando todo aquello que solo escuchaba, estaba parado frente a mi, mirándome, acechándome. Mi realidad era escuchar y mi irrealidad era saber que eso no me sucedería a mí, porque yo sabia alejarme de ellos. Ahora entendía un dialogo de una película vieja, no recuerdo el nombre, pero era una de mis favoritas cuando era niña, Lo normal para ti no lo es para todos. Pero si tú experimentas lo anormal de tu mundo, lo normal para ti dejara de ser normal, pero fuera de ti todo seguirá igual.
Miré a Kikyô brincando en los últimos segundos, todo lo que nos rodeaba era la realidad para ella, y todas las películas de miedo eran mi realidad… y aún cuando esas películas me atacasen, ella no lo sabría porque su realidad era muy distinta a la mía.
Y he ahí, en el punto en que la irrealidad se volvió mi verdad que InuYasha apareció. Podría besar el suelo y jurar que InuYasha estaba dentro de MI realidad. No sabia exactamente que era, pero parecía que él sí sabia lo que yo era.
Moví mi cabeza cuando me empezó una fuerte jaqueca.
— ¿Te pasa algo, Kagome? —Kikyô que estaba más que complacida con el resultado del juego, me miro preocupada —Estas algo pálida.
—Solo es una jaqueca, nada más.
—Hum, bien. ¿Segura que no es un pretexto para no pagarme verdad?
—Tengo dinero en mi cartera, ve por ella y sácalo tu misma si quieres —apreté mi sien y apoyé mi espalda en el sofá.
—Realmente te siente mal, ¿Verdad? —acercó su mano a mi frente —. No tienes temperatura, pero mejor que te vallas a recostar un rato. Y tranquila, no soy tan miserable como para quitar su dinero a una desvalida. ¡Pero que conste! Ya vendrán más partidos —sonrío.
—Gracias… supongo.
Me levanté y me fui directo a mi habitación y me dejé caer en la cama, Kikyô sabia muy bien donde estaba la salida y la conocía lo suficiente como para saber que no robaría nada de mi casa. Aún estaba algo consiente cuando las imágenes volvieron a mí, dándome pesadillas como lo hicieron cuando aun estaba en el hospital recuperándome. Pero esta vez era distinto, no sentía el dolor, pero podía escuchar con más claridad. Su respiración acechadora, el latir emocionado de su corazón, como tragaba cada vez que me miraba con un hambre absoluta. Sentía mi propio corazón ensordeciéndome los oídos, mi respiración agitada y los leves gritos que soltaba de vez en cuando. El sonido limpio del vidrio incrustándose en mi espalda, y el sonido con eco de la galería cuando choque con ella. Todo era tan vivido.
En un momento de lucidez me pregunte si Kikyô se habría ido a casa ya, no había escuchado la puerta, pero lo más seguro es que no allá querido hacer ruido. ¿A que hora llegaría mi madre? Mi cabeza me estaba matando y aunque sonara estupido, la quería a mi lado para que me cuidase.
Sentí una brisa en mi cara mover algunos mechones de mi rostro, ¿La ventana estaba abierta? No podía recordarlo, y me sentía demasiada ida como para abrir los ojos y levantarme. Otra vez la pequeña brisa y esta vez sentí el ruido que hacia una nariz sobre mi cara al expulsar el aire, ¿Seria mi madre que había llegado del trabajo y mantenía su rostro tan cerca del mío por preocupación? Y sentí el viento caliente chocar contra mi cuello, una y otra vez, expandiéndose por todo mi cuerpo, y entonces lo entendí. Estaban oliéndome.
Estuve a punto de entrar en una crisis de pánico y gritar, pero me controlé y no quise salir de mi pequeño mundo de sueños y realidad. Sea lo que sea que estuviera sobre mí, reaccionaria de inmediato si me pusiera a gritar, y no quiero morir.
Me tranquilicé, intenté que mi corazón no me delatara y pensé que solo era un mal sueño, una pesadilla. Solo estaba recordando a esa criatura y su manera de olerme, nada más, no había nadie además de mí, nadie. Nadie.
Mi pequeña mentira piadosa hizo que mi corazón se calmara un poco, y sentí como el sueño volvía a llamarme, pero me aterraba pensar que pasaría si me quedaba completamente inconsciente. Y otra pregunta se formulo en mi mente, ¿Por qué había una criatura en mi casa? ¿Qué le había llevado hasta ahí? Y entonces comprendí nuevamente, la mancha negra. Fue estupido el pensar que me dejaría ir así como así, sabiendo que yo tenía total conocimientos de ellos. Era cierto eso que decía, estuve en el lugar y momento equivocado. Si solo hubiera ido a la bodega para esconderme y no quedarme parada cerca de los pañales, ahora mi vida seguiría igual que siempre.
Sentí la puerta de entrada abrirse y cerrarse, ¿Se habría ido ya?
—Estoy tan agotada —era la voz de mi madre a través del pasillo, cansada y raposa, ¿Qué horas eran?
Me permití tratar de despertar, abriendo los ojos lentamente siendo consiente de cada ruido de la casa, mire a mi alrededor buscando algún indicio de peligro, ¿Habría sido una pesadilla? No era posible, ninguna pesadilla deja la ventana abierta.
Me senté en la cama y agarré mi cabeza, el dolor ya se había pasado pero estaba algo complicada con todo lo que había pasado. Y mi gruñente estomago me avisó que me había perdido la cena y que, en unas tres horas, tendría que ir a trabajar.
— ¿Qué haces despierta tan temprano? —me preguntó parada en la puerta. No me sorprendió que fuera a mi habitación, siempre que llegaba del trabajo me daba un beso de buenas noches mientras yo estaba inconsciente y luego se iba a dormir.
—Me dolía la cabeza ayer, y me recosté un momento y ya vez. Dormí un montón —acaricié mi estomago vacío —. Iré a prepararme algo para comer, me muero de hambre.
— ¿Quieres que te prepare algo?
—No. Vete a dormir.
—Bien. Buenas noches.
—Querrás decir, buenos días.
—OH, claro. Cierto —Se acerco y beso mi cabeza —. Dulce desayuno.
—Dulces sueños, mamá.
|Nota autora:
see, las cosas están de pelos.
[1] Actor de la comedia americana de Married With Childrens "Casado con hijos" o "matrimonio con hijos"
