Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, yo los tomo prestados sin fines de lucro.

The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai

2. Lo que faltaba por saber

No tuvo que pasar mucho para que el sortilegio de Jaken dejara de hacer efecto. Cuando regresó una hora después de haberlo roto, los niños se le quedaron mirando, olfateando el aire extrañados. Fue Mikiko quien le dijo al día siguiente ―aparentando que jamás los había espiado, por supuesto― que tenía un aroma muy dulce y que siempre se lo había imaginado así. No tenía idea de que su poder se perdería tan rápido. Con razón el pequeño demonio verde había insistido tanto en que fuera puntual con respecto al mantenimiento.

Pero eso ya no le importaba. Estaba feliz por haber tomado esa decisión y era poco lo que podría hacerle cambiar de opinión al respecto. Lamentablemente, una de esas cosas estaba sucediendo.

Aquel día en particular su humor estaba por los suelos. Cada vez que intentaba hablar con Shippo, el pequeño se escabullía a gran velocidad. ¡Ni siquiera quería verla! Ya no sabía qué hacer con él, desde que rompió el dije que protegía su olor, el zorrito se notaba más molesto y reacio a permanecer cerca de ella, haciéndola sentir terriblemente mal.

―¿Estás bien? ―preguntó Kiyo sacándola de su trance, apareciendo a su lado como por arte de magia. Sin esperar respuesta se sentó a su lado dejando que sus patas colgaran del pórtico.

―Es Shippo ―suspiró al recibir una mirada insistente de la pequeña―. Todavía está muy enojado conmigo y no quiere dirigirme la palabra. Siento como si hubiera hecho algo horrible.

―¿Quieres que hable con él?

―¿De nuevo? ―ironizó al recordar la pequeña escena que ambos habían protagonizado. La niña rió algo incómoda.

―Sí. Lo del otro día salió muy bien, ¿verdad?

―Bastante ―resopló. Todavía se sentía muy avergonzada por aquel escándalo, especialmente cuando intentó por todos los medios no ver el rostro de su acompañante. ¡Vamos, Shippo estaba hablando muy mal de él en sus narices! Pero cuando su subconsciente la traicionó y ambos intercambiaron miradas por menos de un mísero segundo, tuvo la gran necesidad de ser engullida por la tierra. ¿Cómo iba a saber que los zorritos la seguían espiando? ¡Y que hubieran gritado semejantes cosas era para querer matarlos! Algo que Sesshomaru parecía estar más que dispuesto a hacer. Aquella última hora en su compañía fue penosamente tensa, buscando mentalmente explicaciones para justificar la actitud de los kitsunes. Aunque al final no fue capaz de decirle ninguna.

Rin ya les había explicado de manera muy general a los ocupantes de la casa la razón por la cual había un youkai perro rondando el territorio. Le sorprendió mucho ver que ya varios de ellos sabían lo que estaba pasando, y aunque no estuvieran muy a gusto con la presencia del Daiyoukai, no pusieron muchas objeciones siempre y cuando no se acercara demasiado y Rin prometiera que no los atacaría. Exceptuando a Shippo, claro, que estaba más distante que nunca. Kiyo había intentado interceder a su favor en varias ocasiones, pero el kitsune no quería escuchar nada que tuviera que ver con Sesshomaru.

Hasta que finalmente explotó.

―Ya se le pasará ―Kiyo miró al cielo distraídamente mientras se encogía de hombros―. Está molesto porque cree que el perro blanco te hará daño, todo lo que necesita es algo más de tiempo para ver que no lo hará. No te preocupes por él.

―¿Y si no se le pasa? Ha sido mi amigo desde hace mucho tiempo, me duele que piense que le fallé.

―No le fallaste en nada, Rin. Deja de pensar eso, ¿quieres? ―le dijo la youkai, evitando lo más posible que sus palabras sonaran como un regaño―. Sólo preocúpate por ti. Si los demás no están contentos contigo y no te quieren escuchar ese es su problema, a final de cuentas no estás haciendo nada que los perjudique, ¿o sí? No sé qué te pasa, te deprimes muy rápido. ¡Anímate, mujer! Al fin estás con tu dichoso perro, esa es razón suficiente para que te quedes feliz.

La mayor rió al negar débilmente con la cabeza. Kiyo estaba en lo cierto al decir que se deprimía con facilidad, pero después de todas las cosas que había vivido era difícil no hacerlo. Aunque la infante también tenía razón en lo otro: estar con el señor Sesshomaru ya le daba motivos suficientes como para no dejar de sonreír, muy a pesar de lo nerviosa que pudiera sentirse. La niña pareció leer su mente cuando le preguntó:

―Y… ¿cómo te va con él? Es demasiado serio, ¿qué haces cuando lo ves?

Rin acalló su risa y un ligero rubor llegó a sus mejillas.

―M-me va bien. Todavía me cuesta un poco sentirme… ¿cómo decirlo? Completamente normal con él, pero cada vez estoy mejor. Lo que hacemos es… ―el sonrojo se intensificó al recordar cómo era estar en la presencia del demonio― nada en particular, en realidad. No habla demasiado, pero me gusta mucho estar a su lado y saber que se encuentra bien. Es... reconfortante.

―¡Ah, qué tierna! ―suspiró Kiyo, uniendo sus palmas y mirándola soñadoramente. Esa niña tenía un lado romántico que prefería ocultar para guardar las apariencias y rápidamente se dio cuenta que se estaba delatando―. No te lo digo porque me gusten esas cosas cursis ni nada, pero te ves bonita cuando tienes la cara roja. Y si es tan callado, ¿por qué no intentas cambiar eso? ¡No seas tan tímida! ―¡Fácil para ti decirlo!, pensó Rin―. No sé cómo sea con los perros, pero a los kitsunes nos gustan los osados, ¡el silencio aburre! Deberías animarlo a hablar o a hacer algo, no lo sé. Si fuera un zorro te diría cómo ganártelo fácilmente, pero como no lo es…

―¿Si fuera un zorro cómo podría ganármelo? ―le siguió el juego. Sentía curiosidad por cómo una niña podría conocer los rituales de cortejo de su especie cuando le faltaban tantos años para siquiera alcanzar esa etapa.

―¡Con la risa! ―contestó muy segura.

―¿De verdad?

―Claro. Cuando era pequeña vivía en una comunidad kitsune, éramos varias familias en una sección del bosque y he visto muchos casos de enamoramiento, sé de lo que hablo. Lo que nos gusta a nosotros es el sentido del humor, nos frustra cuando hay demasiado silencio. ¿Por qué crees que siempre hacemos alboroto? ―la youkai hizo una pausa y Rin notó que nunca había reparado en eso.

―Pero yo era muy callada.

―Al principio, claro, pero ya no lo eres. ¡Y menos mal! ―se rió la youkai―. Te lo digo de verdad, no seas tan penosa, no es como si te fuera a comer. ¿Los perros hacen eso? ―se preguntó―. Comen kitsunes y muchas otras cosas, pero no sé si comen humanos ―luego posó sus ojos castaños en ella, evaluándola―. No, te hubiera comido antes. De cualquier forma ten cuidado.

Rin comenzó a reír.

―Descuida, lo tendré.

La niña guardó silencio por unos segundos al enseriar su rostro.

―Es un perro ―dijo de repente―. ¿Y si le das un hueso para que esté contento?

―¡Eres terrible! ―soltó Rin con una fuerte carcajada. ¡No podía estar hablando sobre el mismo Sesshomaru que ella conocía!

―No, no, lo digo en serio. Se supone que…

Pero un estruendo la interrumpió antes de terminar su frase.

¡KIYO! ¡Kiyo, aparece! ¡Te voy a matar cuando te ponga las manos encima!

Rin estaba tan habituada a la cantidad de ruido de la casa que ni siquiera se inmutó. Kiyo puso mala cara antes de levantarse de un hábil salto.

¡KIYO!

―¿Ahora qué hiciste? ―por toda respuesta, la kitsune sacó de sus ropas un caballito de madera mientras hacía un gesto angelical.

―Nada, sólo quería divertirme un poco con mi hermano y los demás. ¿Sabías que Kisho no puede dormir sin este caballo en su mano? ¡Qué bebé! Y ni te cuento lo que le descubrí a los otros ―continuó entusiasmada, haciendo un ademán para sacarse más objetos de la manga.

Los gritos que reclamaban a la niña se hacían más y más cercanos. La humana roló los ojos al negar con la cabeza. Debería regañarla, pero era inútil.

¡Devuélvenos nuestras cosas! ¡Kiyo!

―Bien, hasta aquí llego. ¡Un placer hablar contigo, Rin! ―la chiquilla desapareció con una espesa nube de humo blanco. Justo en ese momento pasaron a gran velocidad Kisho, Souji y Hiroaki todavía llamándola mientras blandían los puñitos al aire. Kiyo había tenido razón al decir que los zorritos adoraban los alborotos. Sólo fueron necesarios otro par de estruendos en alguna parte de la vieja mansión para hacerla ponerse en pie sobre la tierra del patio. Necesitaba algo de calma para organizar un poco sus ideas y como ya había terminado sus labores del día, quiso recompensarse con un pequeño paseo antes de tener que limpiar el desastre que seguramente había ahí adentro.

Sin haberse dado cuenta, estaba a medio camino hacia el lago en el que siempre se encontraba con el Daiyoukai. Era increíble cómo reaccionaba su propio cuerpo al guiarla hasta allá por pura inercia. Se lamentó que los chiquillos no le hubieran anunciado que el olor del mononoke estaba por los alrededores, quería pasar algún tiempo con él.

Aspiró hondamente cuando llegó a orillas del lago, llenándose de ese aire fresco que tanto adoraba. Recogió su falda hasta las rodillas y se adentró en el agua para comenzar a caminar lentamente por la orilla de guijarros blancos. Al menos el calor del día no era tan sofocante, pero remojarse los pies nunca hacía daño. Se distrajo rápidamente con los pececillos que nadaban cerca de la superficie, sin advertir la extraña figura que surcaba los cielos hacia su dirección.

Rin casi cae al agua por el susto de escuchar un fuerte estallido, y por ese segundo, creyó que era un ogro o algún otro demonio que tenía intenciones de atacarla. Grande fue su sorpresa al girarse y descubrir una elegante figura entre el polvo que se había levantado ante el impacto. Era un demonio, pero no tenía ninguna intención de devorarla, o eso creía. Sintió que se le escapaba todo el aire de los pulmones al ver a la madre de su señor parada ahí como si nada.

―Ha pasado tiempo, humana ―habló. La hermosa dama envuelta en kimonos de seda dio un paso hacia ella para dejarse ver mejor. Rin se le quedó viendo sin darle crédito a sus ojos, como si aquello no pudiera ser real de ninguna manera. Al darse cuenta de que el silencio crecía, se apresuró a hacer una torpe reverencia.

―Mi señora ―dijo entrecortadamente.

―No seas tonta, mujer, no soy tu señora.

Tragó incómoda, manteniendo su mirada baja. Estaba demasiado impresionada, pero era consciente de que volvería a fijar sus ojos desorbitados en ella, y eso no era precisamente muy educado.

―Disculpe, no conozco su nombre.

―Mi nombre es Irasue ―contestó la mujer con tono altivo. Le recordaba vagamente a alguien que ya conocía―. Levanta la cara, me desagrada que no me miren mientras hablo.

La cabeza de Rin dirigió su vista hacia ella como impulsada por un resorte. La majestuosa mujer la veía con los ojos entrecerrados y el rictus completamente serio, como si buscara algo que no pudiera ser encontrado con facilidad. No estaba segura de quién era más intimidante, si el hijo o la madre. De tal palo, tal astilla.

―Yo… ¿Puedo hacer algo por usted, señora Irasue? El señor Sesshomaru no se encuentra aquí ―se apresuró a añadir, creyendo que ese era el motivo de la mujer para estar ahí. ¿Pero por qué buscaría al amo en este lugar? No es como si supiera…

―Ya sé que no está aquí. Vengo porque tengo asuntos que discutir contigo, humana.

Rin frunció el entrecejo con confusión.

―¿Conmigo? ¿Por qué querría usted…? ¡Lo siento! ―hizo otra reverencia como disculpa―. No quise faltarle…

―¡Rin! Rin, ¿estás bien? ―la aludida rápidamente vislumbró al grupo de kitsunes corriendo hasta donde estaban, recordando de golpe que vivía en una casa llena de niños youkai. Salió trabajosamente del agua para reunirse con ellos y tuvo que arrodillarse para recibir a una atemorizada Mikiko en sus brazos―. Escuchamos la explosión y pensamos que te había pasado algo malo, o que era… ¿Quién es ella?

Los cachorros de repente repararon en la refinada youkai, que no quitó su cara de suficiencia al escrutarlos con sus afilados ojos dorados. Sólo eran cinco kitsunes, cinco pequeñas molestias que la miraban casi con terror. Las colas de un par se erizaron y la cachorra en los brazos de la humana ocultó el rostro para no verla. Pero había uno de ojos verdes que le dedicaba un gesto desafiante. No sabía que existían zorros con las agallas para querer enfrentarse a un demonio perro adulto.

―Estoy bien ―les dijo la joven con un tono suave. Irasue encontró extraño que les hablara como si fueran sus propias crías―. Tranquilos, no pasa nada. Ella es… ―la chica la miró de reojo, preguntándose qué responderles― se los diré más tarde, ¿sí? Pero no es alguien de quien deban preocuparse, no es mala persona ―la youkai de cabello blanco enarcó una ceja―. Lamento que se hayan asustado y les agradezco que vinieran a ver si me encontraba bien, pero ¿creen que puedan ir a casa por ahora? Necesito hablar con la señora Irasue a solas.

―Pero, mami… ―se quejó la kitsune en sus brazos.

―Descuida, Mikiko, estaré bien ―dejó un beso en su frente para asegurarle que no mentía y se dirigió hacia los demás―. Perdonen el susto, les prometo que no sucede nada. Espérenme en casa, por favor.

―¿Estás segura, Rin? ―preguntó Shippo sin moverse ni cambiar su pose de pelea.

―Completamente ―sonrió ella―. Si llega a pasar algo, grito, ¿te parece?

El niño no se vio convencido, aunque algunos de sus compañeros parecían querer obedecerla. Kiyo miraba sigilosa a la inuyoukai, preguntándose qué relación tendría con el demonio que frecuentaba a su amiga.

―Te aseguro que serás el primero al que le cuente todo cuando llegue, ¿sí? ―apremió Rin.

Finalmente Shippo relajó su postura, por lo que los demás tomaron ésta como su señal de retirada. Dubitativos y sin mayor opción, los infantes se marcharon no sin antes mirar con cierta desconfianza a la inuyoukai. El kitsune de ojos verdes parecía aguantarse las ganas de decirle algo especialmente ofensivo pero supo controlarse. Cuando la más pequeña de todos al fin se despegó de sus brazos y se unió a sus compañeros de regreso a la mansión, la humana se puso en pie, mirando el lugar por el que habían desaparecido.

―Kitsunes ―musitó Irasue como si la sola palabra le insultara.

―Sí ―suspiró Rin con una sonrisa tímida―. Dan mucho trabajo, pero son muy tiernos. ¡Disculpe! Qué modales los míos. ¿Le gustaría ir a la casa a tomar una taza de té? Quizás éste no sea el lugar adecuado si quiere… hablar conmigo.

―No tengo deseos de ir al nido de los zorros, los encuentro desagradables. Hablaré aquí.

―Oh, de acuerdo.

Se hizo un pequeño silencio en el que la muchacha se sintió bastante intimidada por tener los ojos demandantes de la demonio encima. Quería decir algo, pero en su opinión, ya se había puesto en ridículo lo suficiente en muy poco tiempo, lo mejor era mantenerse callada a la espera de las palabras de la otra.

―Eres una humana inusual ―Rin alzó la cara una vez más, recordando que le desagradaba cuando no la veían al hablar―. Vives rodeada de demonios y pretendes continuar tu vida de esta manera, cuando deberías permanecer con los de tu especie. ¿Por qué eliges esto? ¿Acaso no les temes?

¿Cómo sabe que quiero continuar mi vida con youkais? Cuando habló, su voz no demostró ninguna clase de inseguridad pese a su tono cauteloso.

―La verdad es que no tengo miedo ni odio hacia los youkais. Me siento muy cómoda entre ellos… quiero decir, entre ustedes, porque es algo con lo que crecí. Bandidos humanos asesinaron a mi familia frente a mis propios ojos y fue su hijo quien me rescató de la muerte, me acogió y cuidó de mí como nunca lo había hecho nadie luego del fallecimiento de mis padres y hermanos. No tengo razones para temerle a los demonios cuando sé que los hay con buen corazón.

Irasue parecía estar a punto de reír.

―¿En serio? ¿Después de todo lo que hizo Sesshomaru contigo, dices no guardarle rencor a los youkais? ―la sangre del cuerpo de Rin se congeló―. Entiendo que en términos humanos lo que mi hijo hizo es llamado violación, ¿no es así? ¿Dónde dices que estuvo su buen corazón después de eso?

―¿C-cómo sabe usted que…?

―Sé muchas cosas, humana ―respondió indiferentemente la mujer―. Sé que luchabas para alejarlo lo más posible de ti y que llorabas cuando creías que no te oía. Y por cierto, te escuchaba perfectamente. También sé que perdiste dos crías a causa de un veneno y escapaste de él cuando se te presentó la oportunidad.

La mandíbula de la joven casi tocó el suelo de lo mucho que se abrió. No pudo controlar su aguda voz al preguntarle con terror:

―¿Me ha estado espiando?

―Curioso, Sesshomaru hizo esa misma pregunta.

―¿Cómo sabe todo esto? ―preguntó más potentemente. El respeto que sentía por esa mujer estaba en peligro. La youkai sacó la Piedra Meido de entre sus lujosas ropas y se la mostró justo como había hecho dos años atrás con Sesshomaru. Sin importar el tiempo transcurrido, el asunto seguía causándole gracia. Rin frunció el entrecejo con confusión, por lo que Irasue decidió demostrarle lo que su querido collar podía hacer.

Un débil brillo comenzó a emerger de la piedra mientras unas pequeñas lucecillas blancas flotaron de ella hasta desvanecerse, igual que las luciérnagas cuando se pierden en la noche.

―¡Señor Sesshomaru!

La chica humana se tapó la boca con ambas manos al contemplar la figura distante y de espaldas del Daiyoukai. Se acercó con los ojos bien fijos en la imagen. El demonio peleaba contra algún ser que no lograba distinguir en un área carente de vida. El cielo estaba oscuro y varios relámpagos iluminaban de vez en cuando las espesas nubes. Tuvo el impulso de extender la mano para intentar acariciar al hombre al otro lado de la piedra, pero afortunadamente supo contenerse a tiempo. Y en un pequeño lapso en el que Sesshomaru volteó, Rin tuvo toda la seguridad de que sus ojos dorados vieron a los suyos directamente. No fue sino hasta que el mononoke hubo derribado a su contrincante ―una especie de ogro gigantesco― con un último ataque de sus garras que Rin se atrevió a regresar la vista hacia la hermosa dama que parecía más bien aburrida.

―¿Cómo…?

―Esta piedra tiene muchos usos, humana, pero eso es irrelevante ―contestó alzando la barbilla con altanería al guardar nuevamente su collar de perlas. La aludida había olvidado momentáneamente de lo que estaban hablando antes de ver la pelea, pero el oír el tono tan soberbio la devolvió a la realidad de golpe.

―¿Nos ha estado… viendo? ¿Por qué?

―Me aburría ―dijo fríamente, encogiéndose de hombros para restarle importancia. Un incómodo silencio las acompañó, en el cual Rin ni siquiera tenía la más remota idea de lo que pensar. Debería sentirse indignada, pero era tal la confusión que no creía tener espacio como para alguna otra emoción―. He respondido a tus preguntas, ahora tú responderás a las mías.

La chica tuvo que hacer memoria y enseguida sus mejillas se tiñeron de rojo.

―Yo… ―tragó. Era raro que le exigiera respuestas, pero sabía que era mejor no contradecirla―. Pasé por muchas cosas difíciles, cosas que jamás desaparecerán de mi mente, pero… comprendo las razones del señor Sesshomaru, entiendo que no ha sido algo que pudo controlar con facilidad, también sé que nunca volverá a suceder nada así. Él no lo desea, eso me lo ha dejado claro. Aunque no podré nunca olvidar todo, estoy segura que podemos seguir adelante y dejar esto atrás. Lo quiero mucho y… sé que él me aprecia, c-creo que eso es suficiente para mí.

Aún con el corazón latiéndole fuertemente en la garganta, Rin casi lo vomita al escuchar la corta risa de su interlocutora.

―Los humanos son criaturas muy inusuales, pero tú los superas ―le dijo, regresando a su frío semblante a pesar de que la sonrisa irónica lo adornaba de forma un tanto macabra―. No tienes idea de lo que ha sucedido con Sesshomaru, y me parece que él tampoco lo entiende del todo. ¡Se cree tan poderoso, pero hay tanto que desconoce! ―se llevó una mano teatralmente a la frente, como si luchara por liberarse de un dolor de cabeza―. Es su culpa, nunca se interesó en instruirse como era debido, y éstas son las consecuencias.

―Disculpe, ¿de qué está hablando?

―Del ritual de cortejo, por supuesto ―le contestó ella como si fuera lo más lógico. ¿De nuevo con esto? Creí que ya lo entendía todo, pensó Rin con extrañeza.

―¿De verdad? Lo siento, pero no comprendo, ¿qué tiene de especial? Lo encuentro bastante simple como para… ¡perdón! ―bajó la cabeza al ver que se le había soltado la lengua de nuevo.

―¿Lo encuentras simple? ―Irasue ignoró la disculpa y su sonrisa le dio paso a un fruncimiento de labios. Rin se maldijo por haberla hecho enojar―. Explícame, humana, cómo es que encuentras esto simple.

―Bueno… Según lo que me han comentado, los demonios perro sólo pueden emparejarse una vez, y encuentran a su compañera por medio del olfato… creo ―tomó una gran bocanada de aire, luchando por tragarse su vergüenza―. Cuando lo hacen se vuelven un tanto agresivos por sus instintos de posesión, algo que les es difícil de controlar, por lo que tienden a… ¿cuál es la palabra? Dejar en claro su dominancia cuanto antes. ¿No es así?

El rostro de la youkai parecía contener una nueva carcajada de burla. Rin no podía sentirse más idiota.

―Tienes una idea muy plana sobre el asunto, no me extraña que la consideres simple. ¿Quién te dijo esto, Sesshomaru? ―ignoró que se disponía a contestarle y continuó hablando―. Hay instintos de posesión, por supuesto, pero es algo mucho más complejo que eso. Seguramente Sesshomaru los interpretó como deseo y es por eso que fue tan irresponsable.

La joven humana tuvo que armarse de valor para formular la siguiente pregunta.

―¿Podría… podría explicármelo, por favor? Me gustaría comprender más al señor Sesshomaru, no creo que tampoco haya sido algo fácil para él.

Irasue arqueó una ceja.

―Eres extraña, te preocupas más por él que por ti misma ―suspiró―. Pero te diré cómo funcionan las cosas para nosotros los inuyoukais, para eso he venido.

¿De verdad vino para esto? Estuvo por decir, afortunadamente consiguió morderse la lengua justo a tiempo. Si la señora Irasue había decidido ir a verla con ese propósito, entonces era algo importante.

―Es cierto, los de mi especie deberían emparejarse una sola vez, por lo que es importante que ambos sean conscientes de lo que realmente significa. Al menos en tu caso, que eres humana y puedes interpretarlo de manera incorrecta. Mi querido hijo lo sabe porque puede sentirlo, pero eso no es suficiente ―hizo una pequeña pausa―. Siempre le pareció una tontería este tema, jamás quiso escuchar nada al respecto. Supongo que se creía demasiado superior como para que algo así pudiera pasarle, pero ningún inuyoukai se salva de esto.

―¿Entonces es verdad que encuentran a sus compañeros por medio de su olor?

―No es sólo el olor, pero sí, podrías decir que es por medio del aroma ―Irasue hizo un gesto con la mano para restarle importancia―. Lo que deja en claro quién es el compañero es su esencia, una mezcla de olor y energía, por decirlo en términos sencillos. Cada individuo tiene un aroma que lo caracteriza; un inuyoukai puede encontrar a su pareja si el olor de ésta complementa al suyo propio de una manera que le resulte agradable. Es una reacción que tiene que ver tanto con el cuerpo como con el espíritu, por lo que es algo a lo que difícilmente se puede escapar.

―¿En serio? ―cuestionó ella sin convencerse.

―¿Por qué acogería Sesshomaru a una niña humana cuando él mismo odia a los de tu especie? ―contestó la demonio con sarcasmo. Había dado en el clavo, Rin siempre se había hecho esa misma pregunta y jamás supo encontrar una respuesta lógica―. Le causaste curiosidad porque tu aroma le era atrayente. Pero como eras una cría no lo relacionó con nada en particular. Imagino que se habrá dado cuenta del significado de su apego contigo cuando alcanzaste la madurez. ¿No se comportaba diferente? ¿Te evadía, por ejemplo?

Sus ojos se abrieron a más no poder, por lo que la mujer sonrió con suficiencia.

―Como no podía aplacar la necesidad que sentía al estar cerca de ti, hizo lo que le pareció más lógico. Eso lo sabrás, ¿o me equivoco? ―Rin apretó los labios al recordar ciertas cosas que prefería borrar de su mente―. Habrá funcionado al principio, pero eso no fue más que echarle leña al fuego. Pobre de mi tonto hijo ―se lamentó dramáticamente―, tan enfocado estaba en sí mismo que no notó lo que en realidad sucedía. Bueno, no es como si notara algo además de sus propios intereses. Aunque me parece asombroso que haya tenido tanto autocontrol como para evitar marcarte, no esperaba que fuera capaz de hacer algo así.

―¿Ma-marcarme?

La dama roló los ojos.

―Cuando un inuyoukai macho encuentra a su pareja, la marca con un mordisco de manera que su veneno adapte el olor de la hembra al suyo. En caso de que sea humana, el veneno la haría compartir su tiempo de vida con el youkai: no se convertiría en demonio ni moriría cuando él lo hiciera, pero le otorgaría su misma longevidad. Como los humanos viven tan poco tiempo, es un mecanismo que asegura su supervivencia.

Rin parpadeó con confusión. Nunca había escuchado de algo así.

―¿Eso es posible?

―¿No te lo acabo de decir? ―cuestionó Irasue como si hablara con alguien de lento aprendizaje―. Debería haberte marcado hace mucho ya que es algo que surge en las primeras cópulas ―el rostro de la jovencita se incendió―. Imagino que habrá estado a punto de hacerlo, pero siempre se contenía para no inyectarte su veneno. Eso no quitaba que te hiciera mordeduras de cortejo, ¿verdad? Aunque la de pertenencia nunca la hizo. Seguramente no quería admitir que estaba tomando a una humana como compañera, conociéndolo...

―Perdone, ¿cómo puede estar tan segura de esto? ―se apresuró a cuestionar la humana, alterada. ¿Cómo podía hablar de un tema así como si nada? Era algo privado y muy delicado como para tomárselo a la ligera. Varias sensaciones desagradables asaltaron su mente mientras la demonio hablaba, y definitivamente era algo que prefería dejar en el olvido. Y en una de esas evocaciones, había reconocido que desde el inicio el Daiyoukai tenía la extraña manía de morderla en el cuello, los hombros y orejas. ¿Se estaría refiriendo a esas mordidas? ¿Habían sido aquellas marcas de cortejo? Muchas tardaban varios días en desaparecer por completo, por lo que siempre sospechó que había algo relacionado con veneno en ellas. Ahora todo tenía más sentido.

Por toda respuesta, Irasue sacó parte de su collar, enseñándole las relucientes y claras perlas alrededor de su cuello.

―Lo he visto, humana. Todos los inuyoukais pasamos por este proceso aunque no de la misma manera que lo ha hecho Sesshomaru al negarse reclamarte como se debe. Y lo comprendo mejor de lo que imaginas ―agregó sombríamente.

De nuevo la muchacha estaba tentada a formularle una pregunta más personal ―ya que le parecía captar insinuaciones para hacerlo―, pero optó por cambiar ligeramente el tema. No quería meterse en asuntos en los que no tenía lugar.

―Hay algo que no comprendo del todo. Sigue repitiendo la importancia del ritual del cortejo y el emparejamiento en general ―un suave rubor se acopló en sus mejillas―, pero no dice su verdadero significado. ¿Qué podría suceder si no resulta bien? ¿O… si ambos se separasen de alguna manera? ―el recuerdo del youkai diciéndole que aquella sería la última vez que le permitiría verlo y que debía marcharse se repitió en su cabeza. Seguiría negando esa posibilidad, pero no podía evitar sentir curiosidad hacia la solución que el demonio exponía.

El rictus de la mononoke se endureció.

―¿Sabes cuál es la característica principal de los perros, jovencita? ―nuevamente no esperó respuesta―. La lealtad. Por ser demonios, muchos sentimientos humanos nos son desconocidos en gran parte, pero eso no significa que no sintamos afecto y apego. Eres humana, apenas puedes imaginarte cómo sería romper esta clase de vínculos. Piensa un poco: si sólo se puede tener un compañero de por vida, ¿qué crees que pasaría? Es un dolor difícil de combatir, uno que siempre nos acompañará sin importar cuánto se luche contra él, como una sensación de duelo constante. No es nada agradable lidiar contra eso, hasta podrías decir que es deprimente. Estar solo por el resto de tu vida es deprimente ―agregó haciendo un gesto de desagrado.

Rin guardó silencio mientras respiraba hondamente para procesar todo lo que acababa de oír. ¿De verdad podía ser tan horrible como la señora Irasue lo decía? ¿El señor Sesshomaru estaba dispuesto a pasar por aquello al dejarle el camino libre, o no era consciente de lo que le sucedería? Costaba mucho imaginárselo en tal papel al ser él tan poco dado a mostrar sus emociones.

Por otro lado, tenía que admitir que le encontraba cierto sentido. Durante sus primeros años de estadía en la aldea, el señor Inuyasha estaba más solo y melancólico de lo que jamás lo había visto antes. Y cada vez que mencionaban a la sacerdotisa que había desaparecido, el hanyou se mostraba abatido y se marchaba del pueblo por varias horas. Había sido muy raro verlo animado o de buen humor durante esos tres años, pero en cuanto la mujer regresó, todo cambió. ¿Era eso a lo que la demonio se refería?

―Desconocen muchos sentimientos humanos… ¿Como el amor, por ejemplo? ―preguntó tímidamente, mirando sus pies. El hayou sí demostraba sus sentimientos hacia su esposa, pero el señor Sesshomaru… era un caso muy aparte.

―Todos los seres vivos son capaces de sentirlo de una manera u otra, y nosotros no somos la excepción. En esencia es lo mismo al humano, aunque tiene sus diferencias; es más posesivo en ciertas circunstancias, hasta el punto de resultar peligroso y llegar a ser confundido con celos y desconfianza ―eso tiene sentido, son perros después de todo, pensó Rin. Se imaginó al señor Inuyasha y la señora Kagome, dándose cuenta que esa descripción los detallaba perfectamente―. El inuyoukai protege con su vida aquello que valora, por lo que puede ser muy agresivo. También es algo de lo que te habrás dado cuenta.

Rin asintió quedamente.

―Sesshomaru perdió la compostura al saber que habían tratado de matarte ―exclamó Irasue―, nunca lo había visto reaccionar así por alguien más. Sólo tú fuiste capaz de hacerlo sentir desesperación, como cuando moriste en el inframundo y supo que no podía traerte a la vida de nuevo. Eso fue lo que hizo que me diera cuenta de lo que le sucedía. No sabes el poder que tienes ―la humana sintió escalofríos cuando la mujer la miró muy fijamente; casi podía sentir que le atravesaba el alma con los ojos dorados―, posees a uno de los demonios más poderosos bajo tu dominio, pero él es demasiado orgulloso como para admitirlo. Y tú eres demasiado ingenua como para darte cuenta.

Apretujó sus manos una contra la otra mientras su respiración se volvía más agitada y su corazón comenzaba a darle golpeteos insistentes en la boca del estómago. No había forma de creer esas palabras, ella no era nadie como para tener semejante control sobre el Gran Sesshomaru. Sólo era una… insignificante humana.

―¿Por qué me está diciendo todo esto, señora Irasue?

―Porque es cierto.

―Quiero decir… ¿Por qué ha venido hasta aquí sólo para contarme esto? Seguramente el señor Sesshomaru le daría mejor uso a esta información, yo… no hay nada que pueda hacer ―aclaró con la voz a punto de quebrarse. Su cabeza estaba gacha y aún tenía escalofríos bajo la piel. Se sentía más pequeña e insegura que nunca.

―Por supuesto que puedes hacer algo; puedes comprender. Nunca subestimes el conocimiento, mujer, por más intrascendente que te pueda parecer. Si he venido es porque quería conocer tu punto de vista, ya que, aunque no supieras la verdadera situación que afecta a mi hijo, tal parece que puedes sentirla al igual que él. Bueno, cuando se está atada a un inuyoukai es algo común, no debería darte mucho crédito ―la mujer suspiró con aire de suficiencia―. Es importante que conozcas esta información porque te conviene que Sesshomaru te marque cuanto antes.

―¿Qué? ―Rin alzó el rostro―. ¿Qué tiene eso que ver? ¿Por qué debe ser cuanto antes?

―Mientras más tiempo pasa, más envejeces ―le dijo lógicamente―. La marca debe ser dejada mientras aún se es joven, de lo contrario su efecto será mucho más doloroso de lo que ya es, al menos en el caso humano ―ante la cara de incertidumbre de la muchacha, la demonio roló los ojos y procedió a explicar un poco más―. Ya te lo he dicho, la marca de pertenencia consiste en inyectar un poderoso veneno que causa un terrible dolor. He oído casos de que hasta puede llegar a matar, pero es cuando la mujer es excesivamente débil o muy mayor. Si el cuerpo es joven, sus posibilidades de adaptarse a la ponzoña a mayor velocidad se incrementan, ¿entiendes? Cuanto más tarde, más peligroso es para ti, y Sesshomaru debería saberlo. A no ser ―Irasue hizo una mueca como si acabara de descubrir algo que no había notado― que no tenga planeado marcarte, y que te deje terminar tu vida en el tiempo que requieren los de tu especie.

Su corazón dejó de palpitar al encontrarse con los afilados irises dorados. Quería decir algo, preguntar, reclamar… pero no encontraba las palabras adecuadas. No, ¡ni siquiera tenía palabras!

―Y eso es algo que lo afectará más a él que a ti, he de decir ―agregó la mujer de cabello blanco―. Te verá morir, aún sabiendo que no hay nada que pueda hacer para regresarte la vida. Tú no tendrás inconveniente alguno porque la existencia humana se extingue a gran velocidad, pero Sesshomaru acarreará con ese duelo por el resto de su vida. Eres su mujer, está ligado a ti, y su estúpido carácter le costará mucho más caro de lo que imagina.

―¿Por qué no querría marcarme? ―finalmente logró articular Rin.

―Tal vez su orgullo resultaría muy dañado como para reconocer que su compañera es una humana ―Irasue hizo un gesto como muestra de desinterés―. Sesshomaru es un hombre inusual, pero ser su madre me da ciertos privilegios a la hora de interpretar su manera de actuar, y da la impresión de que no quiere completar lo que inició hace un par de años.

Un nuevo y doloroso pensamiento aguijoneó su mente, haciéndola recordar fugazmente algo que el Daiyoukai le había dicho con anterioridad.

―¿Cree que tenga planeado marcharse? ―cuestionó con los ojos muy abiertos―. ¿Es por eso que no…?

La demonio se encogió de hombros con aire aburrido.

―Nunca he dicho que le he visto intenciones de irse, pero puede ser posible.

Rin parecía no haberla escuchado, y continuaba observando todo a su alrededor como si la información que buscaba pudiera salir de cualquier lado.

―Él… él me dijo que se quedaría. Me lo prometió, no puede irse. No puede.

―Algo que aún debes aprender sobre mi hijo es que actuará según sea su criterio, pocas cosas pueden hacerlo cambiar de opinión. No sé si desee irse dejándote aquí, pero sí sé que no parece tener planes de finalizar su desastroso cortejo contigo. Quizás piense que podrá superar tu muerte, qué muchacho más estúpido. Es por eso que debes intervenir cuanto antes.

―Pero yo… no hay nada que pueda…

Irasue la cortó sombríamente.

―Mujer, lo único que quiero es que no viva mi propia experiencia.

La chica se quedó helada.

―¿Su… su propia experiencia?

La inuyoukai formó otra sonrisa irónica al momento de dirigir su mirada al cielo del ocaso. Una gentil brisa acarició su rostro, otorgándole un aspecto melancólico. Rin sintió un profundo pesar sin saber por qué, pero ver a la imponente mujer en ese estado hizo saber que había mucho dolor bajo toda esa frialdad que la rodeaba.

―Lo malo de este instinto de apego es que no siempre es recíproco. O mejor dicho, no siempre coincide ―dijo con la voz un poco más suave―. Cada individuo puede sentirlo independientemente de que lo haga su contraparte. Yo encontré a mi compañero en el padre de Sesshomaru, pero él encontró a la suya en la princesa humana por la que murió ―Rin abrió la boca con asombro―. Era un hombre noble, por eso decidió permanecer conmigo al nacer Sesshomaru. Pero cuando encontró a la princesa, no pudo evitar irse con ella. No le guardo rencor ya que no es algo que pueda elegirse, aún así… ―suspiró mudamente―. Tienes suerte de ser humana. Ustedes pueden olvidar con facilidad, nosotros no. Y por si no lo has notado, somos muy longevos.

La muchacha estaba inmóvil mientras contemplaba a la dama de una manera que jamás imaginó posible. Sentía como si sus extremidades fueran de concreto y no pudiera siquiera respirar demasiado fuerte. Qué duro tenía que ser aquello… No poder olvidar, ni poder dejar atrás a la persona más importante de su vida y tener que pasar el resto de su existencia sólo con recuerdos. Debía ser una de las torturas más crueles del mundo. Todo mal pensamiento que pudo haber formado en su contra se esfumó de repente. No era una mala mujer que se entrometía en la vida de los demás, era sólo alguien que no quería ver a su único hijo pasar por lo mismo que ella había tenido que afrontar durante tantos años.

―Lo siento mucho ―susurró sin saber qué más decir.

―No tiene sentido que lo hagas ―la youkai volvió a clavar duramente sus ojos en ella, como retándola a que hiciera algún mal comentario―. Mi hijo y yo no tendremos un vínculo estrecho, pero sigo siendo su madre y quiero lo mejor para él. Eso te corresponde a ti, humana.

La aludida relajó su cuerpo con una exhalación. La demonio tenía razón, no había que subestimar nunca el conocimiento. El saber todo aquello le dio razones suficientes como para hacerse una nueva promesa a pesar de toda la inseguridad que pudiera sentir: no permitiría que el señor Sesshomaru pasara por algo como aquello, ni pensarlo. No le importaba cómo lo haría o lo duro que resultaría, pero debía esforzarse para logarlo.

―Lo conseguiré.

―Asegúrate de ello. Esta será la última vez que interfiera entre ustedes, el resto deben conseguirlo por su propia cuenta. Soy su madre, no su casamentera ―resopló rolando dramáticamente los ojos. Pero Rin no rió. Otro tema se había posado en su mente.

―Señora Irasue… ¿No le molesta que sea humana? ―se animó a preguntar. Era un asunto que le carcomía: no ser nada más que un ser humano. La elegante dama le dedicó una mirada astuta.

―Sesshomaru es hijo de su padre ―le dijo seriamente―. Eso nunca podría molestarme. Además, de ser así nunca habría venido en primer lugar, ¿no te parece?

Y para cuando alzó la cara de nuevo hacia ella, la abordó una sensación muy extraña. Como si toda su frialdad se hiciera a un lado por un pequeñísimo momento para demostrar algo más, algo difícil de explicar. Le hizo recordar a la sacerdotisa Kagome cuando le brindaba ánimos y aseguraba que todo estaría bien. Pero no había manera en la que aquella estoica mujer le dijera algo parecido.

Irasue alzó una vez más el rostro al cielo y al dirigirse nuevamente a la joven, una sonrisita burlona se paseaba por sus labios rojos.

―Está en camino, y de muy mal humor. No le gustará encontrarme aquí. Ese niño ingrato…

―¿Qué? ―Rin volvió en sí― ¿Se refiere al señor Sesshomaru?

―Tal vez descubrió mi olor cercano al tuyo y eso lo enfureció. Nunca le he agradado mucho, pero desde la última vez que hablamos parece ser que no me soporta. Bah, muchacho rencoroso, algún día se le pasará ―indignada, volvió a hacer uno de sus dramáticos gestos con la cabeza y las manos―. No tengo nada más que hacer aquí. El resto te corresponde a ti.

Rin asintió.

―Lo sé, no se preocupe.

―No lo hago, humana ―la jovencita le sonrió sinceramente. Una luz blanca estaba envolviendo el cuerpo de la mujer, transformándola en un hermoso y estilizado perro blanco. Pero antes de que su rostro humano se perdiera, hizo una reverencia.

―Muchas gracias ―para cuando se enderezó, la demonio había desaparecido. Dirigió su vista al cielo rojizo y distinguió entre las pocas nubes que coronaban el firmamento una figura canina perdiéndose a la distancia. Rin estaba completamente segura de que la había escuchado.

Sabiéndose sola de una vez, se permitió explotar:

―Oh, Dioses, oh, Dioses, oh, Dioses…

¡Era demasiada información que procesar! Lo bueno era que ya no le quedaban dudas sobre el extraño comportamiento del demonio de cabellos blancos y le aliviaba enormemente poder liberarlo un poco de la responsabilidad que acarreaba por sus actos. Pero sólo un poco.

―Nunca me esperé que… Esto es demasiado ―si creía antes que lo que le había dicho la señora Kagome había sido para cortarle la respiración, lo que había explicado la inuyoukai era para cortarle los pulmones. Pero no era el momento de convertirse en un manojo de nervios ―aunque ya estaba a medio camino de eso―, tenía que guardar la calma y analizar muy bien todo lo que había aprendido para saber exactamente cómo proceder.

Frotó sus manos para darse algo de calor. Aunque fuera verano, sus pensamientos mantenían su piel casi helada. Se reclinó sobre el tronco de un árbol y dejó que su espalda resbalara hasta caer sentada en el suelo terroso, abrazando sus rodillas al pegarlas lo más posible a su cuerpo.

En menos de lo que hubiera imaginado, el youkai perro aterrizó limpiamente a pocos metros de ella, escrutando los alrededores con una expresión nada complacida, como si buscara un terrible enemigo oculto. Rin tenía la mirada perdida en un punto incierto, por lo que no notó el enfadado semblante que le dedicaba cuando se dirigió a ella.

―¿Por qué ha venido mi madre? ―preguntó con voz atronadora. La dama había tenido razón al decir que su olor lo enfurecía, no quería ni imaginar qué habría hecho de encontrársela todavía ahí. La chica se quedó callada―. Respóndeme, Rin.

Alzó la cara hacia él, contrarrestando la demanda en los orbes dorados con la curiosidad y comprensión que expresaba en los suyos castaños. Se puso en pie y dio un paso hacia él, completamente decidida.

―Señor Sesshomaru ―le dijo con una seriedad impropia en ella―, quiero que me haga la marca de pertenencia.

Por primera vez en mucho tiempo, el demonio se quedó sin palabras.

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¡Listo, aquí lo tienen! Muchas explicaciones de un solo golpazo, y de mano de nada más y nada menos que la suegra (xD). Creo que era justo y necesario aclarar estas cosas de una vez y desde el principio, así la historia podrá avanzar un poco más rápido.

¿Saben algo? No sé por qué, pero siempre me dio la impresión de que Irasue es buena por dentro. Fría y arrogante como su hijo, pero no sé… aunque haya aparecido poco en Inuyasha, creo que en realidad es buena persona. Chismosa y algo entrometida, vale, pero buena al fin xD

Lamento que en este capítulo Sesshomaru no haya aparecido sino hasta el final, pero no se preocupen, que ya en el siguiente no pasará eso.

¡Madre de Arceus! 19 reviews por el primer capítulo, no se imaginan la cara de asombro que puse xD Me alegra tanto que le den la luz verde a esto, de verdad, es un alivio inmenso contar con tanto apoyo. ¡Galletas para todos! Ginny, Black Urora, Serena tsukino chiba, Cali, Mora, .37, Amafle, Rinmy Uchiha, Faby-sama, Blueberry Bliss, Yoko-Zuki10, Niña Feliz, Zhishasu-negrita y a los 6 anónimos por sus lindos reviews, no saben lo mucho que me anima leerlos (: Por cierto, odio este nuevo sistema de FF de quitarle el nombre a los anónimos, así que ¿podrían hacerme un favor? Los que no tengan cuenta o no quieran usarla, ¿podrían firmar al final de su review? Me gusta agradecerle a todos los que escriben, pero si no tengo sus nombres pues no puedo xD

Bien, ha sido todo por hoy, queridas. Gracias por leer, espero que les haya gustado y me encantaría saber sus opiniones. ¡Nos vemos el próximo fin de semana con la próxima entrega!