―Los viernes de pizza son sagrados. No puedes llegar a este punto y cuestionar las reglas.

―Estoy de acuerdo con Hunk ―declaró Lance.

―Mamá no cocina los sábados porque es su día libre también, y papá llega tarde de trabajar. Matt siempre propone pizza. Estoy comiendo los viernes de pizza, los sábados y los mediodías del domingo. Voy a morir dentro de un mes.

―Ese es tu problema. Los viernes de pizza son sagrados ―repitió Lance lo dicho por Hunk como si se tratara de un mantra.

En cuanto pisaron la cafetería de la escuela, Lance se abstrajo de la conversación. Entre todo el gentío, los gritos, los chirridos de sillas, las mochilas en el suelo y el murmullo nada bajo de las conversaciones, había una mesa de cuatro con una sola silla ocupada. Keith, recordó Lance. Su nombre le resonaba por un rumor en particular: el rebelde que le robó el auto al padre y condujo hasta el colegio sin edad (ni mucho menos licencia) para conducir. Ese fue el más reciente. Luego le sonaba de esa lista negra de profesores que hablan mal de los chicos que se meten en peleas después de clases.

Lance pasó por una de aquellas peleas. Normalmente le gustaba tirar frases cliché y un poquito machistas sobre las mujeres, pero realmente no las creía y eso se vio demostrado cuando terminó a los golpes con la amiga de Lotor. No se le pega a las mujeres mis bolas, recordó Lance lo ágil que fue Ezor al esquivar casi todos sus puñetazos con la gracia de una gimnasta. Lance le dejó un ojo morado y ella le rompió la nariz, además de dejarle un horrible moretón en el brazo. Allura se enojó muchísimo con él, incluso si todo comenzó por defenderla.

Descontando ese episodio, no se metía en peleas.

―¿Lance? ―preguntó Pidge, chasqueando sus dedos pequeños frente a su cara.

―Nos sentaremos en una mesa diferente hoy ―declaró.

Lo siguieron con confusión, la misma que mostró Keith con sobresalto al verlos tomar las tres sillas restantes de la mesa. Lo observó con desconfianza, como quien ofrece una caricia a un perro callejero que fue maltratado. Desconfianza, alerta y recelo como un aura de peligro.

Lance no explicó nada a nadie. No sentía que le debiera nada a Keith por la noche del sábado, pero comprendía que la soledad era un nubarrón envolvente que ciega y uno necesita a otro gritando "¡Polo!" desde el otro lado para poder escapar por sí mismo. La soledad era, en definitiva, una enfermedad cuyo remedio era la socialización. Y Keith no tenía nada de eso.

La razón principal por la que Lance decidió contestar la llamada tácita de auxilio era, tal vez, porque le gustaría que alguien contestara la suya. Y verlo solo frente a un plato con un sándwich mal armado y mal envuelto le recordó que la situación en la casa de ese pobre chico era una mierda.

Le dio un poco de pena sacar la vianda que le preparó su madre: dos pedazos de tarta casera, uno de jamón, queso y tomates cherry y otra de acelga con queso. Al costadito había pollo cortado con salsa. En un tarrito, ensalada de frutas, también hecha por su madre. Y Keith tenía un sándwich hecho por él que apenas tenía jamón y queso. No lucía fresco ni apetecible.

Pensó que sentarse allí era un error. Tal vez se malentenderían sus intenciones: no estaba aquí para presumir. Se sintió culpable hasta que sus amigos le hicieron acordar por qué era tan afortunado de tenerlos.

―Tú eres el que sabe manejar aunque no tengas edad ni registro, ¿No? ―inquirió Pidge con entusiasmo mal disimulado.

―¿Ah, sí? ―preguntó Hunk mirando alternativamente a Keith y a Pidge con curiosidad.

Pidge cambió la cara como si le hubieran tirado un baldazo de agua helada encima. Al parecer, su amoroso hermano se encargó de prepararle la vianda: cuatro porciones de pizza.

Los viernes eran tradición juntarse a comer pizza y jugar videojuegos o ver películas. Cuando Allura no trabajaba, se unía a masterear una partida de rol de Voltron. Lance sabía que Allura comía siempre dos porciones de pizza y media hora más tarde buscaba dos más. Hunk y él usualmente comían cinco. Pidge siempre comía tres.

Pidge tomó la porción sobrante y la puso sobre una servilleta, ofreciéndosela a Keith, quien incluso antes de entender lo que sucedía, negó con la cabeza.

―Pidge siempre come tres ―declaró Lance, orgulloso de su memoria.

―Pidge siempre come tres ―asintió Hunk porque las porciones eran tan sagradas como los viernes de pizza.

Keith no dijo nada pero aceptó la pizza y la compañía de mala gana. Los tres hablaron animadamente y Lance agradeció que ninguno cuestionaran qué hacían almorzando con un delincuente menor.

Se despidieron de Keith como si fuera cosa de todos los días y cada uno se dirigió a su clase. Agradeció muchísimo que Pidge pospusiera sus preguntas para después, porque no estaba seguro qué le respondería. ¿Cómo conocí a Keith? Lance no quería hablar de eso. Ni ahora ni nunca.

El de las preguntas fue Keith. Lo detuvo horas después en la salida, tomándolo del brazo y apartándolo de sus amigos. El agarre era fuerte y sintió su enojo. No se resistió porque podía romperse su propio brazo con un mal movimiento por culpa de cómo era sujetado. Le puso mala cara, ¿Así respondía a su amabilidad?

―Tuvimos un momento de conexión pero eso no nos hace amigos ―escupió ni bien lo soltó.

Los chicos seguían saliendo del colegio como una ola de colores en movimiento. Este no era el lugar para hablar, menos cuando vio un par de personas posar sus ojos en ellos, ralentizando el paso con la esperanza de verlos pelear. No iba a pelear con Keith y no tenía nada que ver con sus habilidades (podía patearle el culo si quería, pero sentía que no saldría sólo con una nariz rota), pero prefería llegar ileso a su casa y sin más problemas.

―No sé de qué conexión me estás hablando ―dijo Lance cruzando los brazos sobre su pecho―. Y lo sé. No somos amigos.

Keith parecía querer golpearlo. Lance cambió la postura para esquivarlo y devolverlo si ese era el caso. No quería iniciar una batalla campal en la puerta del colegio, pero si no le quedaba otra opción... El silencio se volvió incómodo, el otro preguntando con silencios que Lance fingía no interpretar.

―¿Entonces qué fue lo del mediodía? ―dijo finalmente.

Lance no lo sabía. ¿Quería ser amigo de Keith? La respuesta era no. ¿Entonces qué quería? ¿Salvarlo? ¿De qué? ¿Rescatarlo? ¿Ocuparse de los problemas de otro para no ocuparse de los propios? ¿Hacer lo que le gustaría que alguien haga por él? Lo embargó una tristeza que no necesitaba ahora.

Desvió la vista, puso cara de idiota y se encogió de hombros.

Keith rezongó y se fue dando zancadas.

Lance decidió no volver a cruzar sus caminos con el delincuente emo.

Era la última vez que intentaría hacer una buena acción por un desconocido.