Hermione Granger se despertó al oír la lluvia golpear el cristal de su habitación. Se vistió sin darse mucha prisa y bajó a la sala común; allí la esperaban Harry y Ron. El primero estaba sentado en una butaca, el segundo, de pié en el centro de la sala.

—Harry, ¿os pasa algo? —inquirió Hermione preocupada— ¿Habéis discutido?

—Está chalado —dijo Harry ya un poco harto y en voz baja para que Ron no pudiera oírlo —. De repente se ha enfadado conmigo porque no se cree que yo no metí mi nombre en el cáliz.

—Bueno, ya se le pasará, ya sabes cómo es.

—¿Oíste algo anoche? —preguntó Harry en un tono más alto.

— Qué va —respondió ella.

—Te dije que no sería nada —dijo Ron, con un poco de congoja como si temiera que Hermione le diera una colleja.

—Ya, me lo habría imaginado —dijo ella con pesar.

Bajaron a desayunar; ella lo hizo sin mucho entusiasmo, ensimismada pensando en por qué anoche no había oído ese ruido: se lo habría imaginado seguramente… pero también había otra opción: "Me estoy volviendo loca", se dijo.

En esos pensamientos estaba, cuando cayó sobre su regazo un ejemplar de El Profeta que había traído una lechuza color teja. Lo abrió, pero al ver otro estúpido artículo de Rita Skeeter lo cerró de un golpe diciendo: Agg, esta mujer sí que está majara.

—Bueno, me voy a clase de Defensa contra las Artes Oscura —dijo Ron a nadie en concreto

—Vale, ahora vamos —dijo Hermione viendo a Harry cabizbajo e ignorando a Ron.

Se dirigieron al aula y esperaron a que llegase Moody durante veinte minutos pero...ni rastro de él. Extrañada, Hermione se ofreció a ir a su despacho a buscarlo; aunque era un profesor que le daba especial repelús, no se podía permitir perder una clase.

Dejó a sus amigos en la puerta del aula, sin hablarse y siquiera mirarse. Recorrió los pasillos hasta llegar a la puerta de su despacho; hizo ademán de llamar, aunque estaba entreabierta pero oyó un ruido dentro: eran una especie de arcadas, como si Moody estuviera vomitando y retorciéndose.

Hermione miró por el resquicio de la puerta, intrigada, y lo que vio la dejó tan impactada que era incapaz de moverse: vio a un joven de marcadas facciones, pelo color paja y ojos saltones transformarse en el profesor Moody.

"No puede ser, ¡ese hombre utiliza poción multijugos!" —se horrorizó Hermione al percatarse de que junto a aquel hombre había un pequeño caldero con una poción de un verde amarillento que ella conocía muy bien. Se quedó bloqueada, pero salió corriendo al tiempo que Moody (o el que se hacía pasar por él, mejor dicho) abría la puerta y la cerraba con llave.
Hermione se paró en una esquina y tomó aire: el corazón le latía a mil por hora. No era posible lo que acababa de ver, se lo había imaginado.

Cuando por fin se tranquilizó, retomó el camino hacia el aula y pensó que no le diría nada a sus amigos: "Este hombre, quienquiera que sea, va a responder ante mí, y tendrá que decirme quién es y qué pretende si no quiere que Dumbledore le chafe su plan". Debía planear muy bien dónde acorralarlo.

Cuando entró en clase sus compañeros ya estaban dentro; "perdón profesor", se disculpó, y se sentó al lado de Harry, que estaba solo porque Ron se sentó detrás con Dean.

—¿Por qué has tardado tanto? Moody ha llegado antes que tú y has ido a buscarlo, ¿cómo se explica eso? —dijo él extrañado.
—Bueno es que… me entraron ganas de ir al baño —fue lo primero que se le ocurrió, y luego se me olvidó ir a su despacho.

No le resultaba creíble ni a ella, pero si quería que sus amigos no se enteraran más le valía mantenerlos al margen; bastantes preocupaciones tenía Harry ya como para darle una más.

Hermione miró a Moody durante toda la clase con un deje de desconfianza en la mirada, como si dudara (y de hecho, lo hacía) de la capacidad docente de este; "seguro que ni es profesor" —pensaba. Cuando sonó el timbre salieron del aula y Ron, que había estado mirando de reojo a Hermione durante la clase le preguntó:

—¿Estás bien? Ya sé que Moody es feo pero pensé que te habías acostumbrado a esa cara.

—Sí, no me pasa nada —respondió Hermione algo exasperada — me voy a Aritmancia, os veo en la comida.

Durante la clase de Aritmancia apenas prestó atención: estaba madurando un plan, pensaba ir a hablar con Moody y chantajearlo, descubrir sus intenciones. Pero, ¿sería capaz? Jamás había hecho tal cosa. Se obligó a sí misma a pensar que sí podría, y temblando salió del aula cuando terminó la clase.

Se encontró con sus amigos en el Gran Comedor, y disimuló a la perfección la preocupación que la invadía. Apenas hablaron durante la comida: entre Harry y Ron se respiraba demasiada tensión, y la clase de Moody no había sido lo suficientemente espectacular como para ser comentada. Después, salieron a clase de Pociones.

Snape los esperaba con su ya conocida cara de asco, fulminándolos con sus ojos negros. Estaba especialmente irritado ese día, por lo que los amigos no hablaron en toda la hora (lo que no resultó difícil a Harry y Ron); temían que les quitara puntos a Gryffindor hasta por respirar.

Habían dejado atrás una tarde de lo más agradable, a pesar de que ya era primeros de noviembre. El sol teñía el cielo de un rojo realmente espectacular, y a Hermione le encantaba contemplarlo, pues sentía que en ese momento sus problemas y sus dudas se disipaban. Pero debía ponerse con los libros… aunque, ¿a quién pretendía engañar? No se iba a concentrar, lo sabía de sobra: Moody la tenía demasiado absorbida.

Mientras Ron hacía como que estudiaba, pues cualquier cosa era mejor que hablar con Harry, este y Hermione charlaban de vez en cuando, cuando la chica levantaba la mirada de sus libros:

—No sé a qué me enfrentaré… creo que tendrás que echarme una mano Hermione.

Pero Hermione, estaba distraída pensando cómo hacer para ir a hablar con Moody y no ser vista; de repente se le ocurrió: la capa invisible de Harry. ¿Sería capaz de quitársela? Sólo sería un momento, y no creía que él fuera a necesitarla…

—¡Hermione! —gritó Harry al ver que su amiga no le hacía caso — ¿Me has oído?

—Eh… sí, Harry. No te preocupes.

Cuando se hubieron hartado de tanto estudio, subieron a sus respectivas habitaciones, y Hermione se echó sobre su cama; enseguida supo que esa noche apenas iba a dormir.