Aquí el primer capítulo~
Espero subir más o menos cada dos días.
Podéis observar que es más largo que el prólogo... Aún así, es de los capítulos más cortos. En sí es tan solo una introducción, más una escena de puente que un capítulo en sí mismo. Es por eso que el argumento todavía no ha empezado a desarrollarse (a partir del capítulo 3-4 encontraréis ya los verdaderos trazos)
Muchas gracias a LackyChan por el comentario xP ! Se agradecen y tienen en cuenta :)
El taxi se detuvo en el 221 B para que se apease la Sra. Hudson.
—Espere un momento. —dijo ésta, antes de volverse a John. Titubeó un momento, sin decidirse a hablar.
— ¿Qué pasa? —preguntó éste, sin volverse. Le dolía ver el que había sido su antiguo piso, su antiguo hogar. Cuando veía la puerta siempre sentía el impulso de bajarse, y no quería que volviera a ocurrir. Pero la Sra. Hudson parecía nerviosa, así que finalmente tuvo que mirarla, notando aquella cada vez más familiar punzada de dolor mientras lo hacía.
— Verá, Sr Watson…—estaba siendo inesperadamente formal, distante. E indudablemente estaba nerviosa, a juzgar por como retorcía las manos. — Ya ha pasado mucho tiempo desde que… bueno… Quería decir que el piso… no, perdona; que el alqui-… —John notó que el alma se le caía a los pies. Sabía lo que se avecinaba, lo había sabido desde el primer momento en el que había dejado el 221 B, pero aun así, esperaba no haber tenido que escucharlo, no en ese momento... No, nunca.
Aún así, viendo el apuro de la amable señora decidió cortarla y completar su frase.
—Quería decir que quiere volver a alquilar el piso, ¿no es así? —aunque había intentado evitarlo, había un profundo tono de tristeza implícito en su voz, por lo demás amable. La Sra. Hudson pareció entre aliviada y arrepentida. Parecía ir a balbucear algo de nuevo, pero John hizo un gesto con la mano—No se preocupe por mí, lo entiendo. La vida sigue. —y lo dijo más para convencerse a sí mismo que para la Sra. Hudson, como si pensara que por pronunciarlo en voz alta se haría realidad.
La señora Hudson pareció recuperar las formas.
—Sí, por supuesto, John. Tan sólo quería saber si… humm… Quiero decir, el piso está… tal y como lo dejaste, supongo, y; ¿no querrías recuperar nada? —evitó sus ojos. Ambos sabían que John había evitado pisar el piso, y por extensión todo lo que le recordara a… él, todo lo posible. Pero ya había pasado mucho tiempo.
John iba a rechazar la oferta mecánicamente. Cuando había ocurrido la caída, John había abandonado todo. El hospital, el piso, sus amistades… había empezado a vivir, malvivir, de la pensión del ejército en un apartamento que no merecía tal nombre. Había envejecido diez años en tan sólo unos meses. Su pierna psicosomática había vuelto. Había dejado el blog.
Más tarde, había vuelto al psicólogo, y poco a poco empezó a enfrentarse a la realidad. Primero empezó volviendo a la tumba. Había caído derrotado y una de sus novias había tenido que ir a buscarle, horas más tarde. Ese fue el inicio de su terapia. Sin embargo, John no lo hacía por una supuesta cura, sino por sí mismo.
Y el cómo había dejado el piso había sido como mínimo brusco. Había dejado todas sus cosas allí. Incluido su portátil, su ropa, todo. Semanas más tarde, tímidamente, le había preguntado a la Sra. Hudson si le podría hacer llegar un par de mudas. Y cuando empezó a ir al psicólogo, le pidió el ordenador. La pensión no le llegaba para comprarse uno nuevo, como había querido. Fue entonces cuando había sido su segunda visita al cementerio, un completo desastre. A partir de entonces, nunca iría sólo.
John no era ajeno al hecho de que sus amigos se preocupaban por él. En cierto modo, le hacía sentirse culpable, pero no decía nada. Seguía molestándole cuando se callaban de repente, y captaba frases como "pero, ¿de verdad eran novios?" o "realmente creo que Sherlock sólo estaba jugando con él", o incluso "pobre John"; la más frecuente.
Y aun así no había hecho nada por cambiar las cosas. Las palabras de su psicóloga resonaron en su mente. "Enfréntate con lo que ha pasado. Negar las cosas no las va a cambiar, sólo prolongará tu sufrimiento. Y si no lo intentas, entonces venir a verme no tiene sentido." Había asentido mecánicamente cuando había pronunciado aquellas palabras. No era nada nuevo.
Ahora sólo tenía dos opciones. O aceptarlo o irse de Londres.
Aunque también podía aceptarlo e irse de Londres.
Tentador. No tendría que ver a nada que le recordara a él.
Cayó en la cuenta de que la Sra. Hudson le estaba mirando apremiantemente, y se maldijo a sí mismo.
—Perdona, estaba pensando. —se disculpó. Había estado callado cerca de un minuto. —Supongo que… quieres que te ayude a limpiar un poco el piso. ¿No?
La señora Hudson disimuló un suspiro de alivio, y sacudió la cabeza.
—No es necesario, basta con que… No me he atrevido a tirar nada, quiero decir, y puesto que tú eras su…—no terminó la frase y no era necesario. John no vio necesidad de protestar por algo no pronunciado. Decidido a cambiar de una vez, de sobreponerse a todo aquello, asintió repetidamente.
—Quizás deberías llamar a Mycroft. Yo… —se le hizo aquel conocido nudo en el estómago. Se recordó por enésima vez que era un soldado. Un soldado. Nervios de acero. Por un momento la señora Hudson pareció casi sorprendida. Quizás esperaba que John terminara la frase, pero finalmente se atrevió a intervenir, con timidez.
—Creo que a él le habría gustado que tú fueras quien…—quizás de no haber estado demasiado ocupado reprimiendo su revuelto interior John habría reparado en lo cómico que resultaba que no acabaran ninguna de sus frases, pero que en cada una pareciera que hubieran dicho demasiado.
—Yo no estaría tan seguro. —respondió, en un murmullo apenas audible. Luego pensó en el piso. El violín. La calavera. La cara amarilla pintada en el papel de la pared, agujereada a balazos.
Sabía que si él no lo recogía, la señora Hudson no tendría el valor necesario para tirarlos. ¿Se lo daría a alguien más?
Porque ella tenía razón. Mycroft no se merecía tener uno solo de los objetos de su hermano. Al fin y al cabo, había sido su culpa el que… No, no lo había sido, (o sí) pero aún así, no lo merecía.
Y sin embargo, algo se estremecía en su interior al pensar en dichos objetos tirados en la basura. La calavera que había sido amiga del genio en un vertedero municipal. Su violín, tocado por otras manos. Sus tubos de ensayo, en un laboratorio amateur que los usaría para crear perfumes para adolescentes.
Algo en todo aquello resultaba desagradable para John. Incorrecto, en cierto modo. A pesar que no quería volver a pisar el 221 B de Baker Street... a pesar de que la perspectiva de pisar ese suelo aunque sólo fuera para coger una serie de objetos, ("sólo eso, objetos" se recordó a sí mismo) le resultaba aterradora.
—Está bien. Vale. —suspiró, lo que pareció sorprender a la regordeta casera. Se molestó, había sido ella en primer lugar la que lo había querido. Entonces, ¿por qué lo miraba ahora así... arrepentida?
— ¿Estás seguro? —preguntó, y John detestó encontrar en su tono de voz aquel ingrediente de preocupación, de pobre John.
—Sí. —respondió, simplemente. Un extraño silencio, en los que ninguno de los dos quiso decir nada, se mantuvo unos segundos. John estuvo tentado de agarrarla por los hombros y obligarla a mirarle a los ojos, gritando "estoy bien, deja de mirarme como si tuviera una enfermedad terminal", pero indudablemente eso hubiera sido perjudicial para la cadera de la amable señora, así que se contuvo. Así pues, una vez más, fue la Sra. Hudson la primera en romper el silencio.
—Entonces, querido, ¿Cuándo? —y esbozó una tímida e insegura sonrisa. Parecía haber vuelto a su carácter maternal ahora que veía que John no iba a desquiciarse de un momento a otro. El doctor suspiró de alivio internamente, se alegraba de que no hubiera dicho otro "¿seguro?", porque no estaba seguro de cómo habría reaccionado.
—Si quiere, esta misma tarde. —esbozó aquella sonrisa falsa que se había convertido en la suya. Había practicado aquella sonrisa durante tres años. Porque John ya no sonreía, salvo en momentos muy raros, que le recordaban que la vida seguía pasando: la boda de su hermana con Clara en Estados Unidos sumado a la promesa de ésta de no volver a beber nunca; algunos de sus propios, fugaces, noviazgos. Como Mary.
La señora Hudson asintió y se despidieron con un abrazo. Todos parecían ahora más cariñosos con John, como si pensaran que de aquel modo le ayudaban en algo.
De hecho, no lo hacían.
