Harry Potter pertenece a JK Rowling.
Capítulo I: La despedida
«La amistad pide un poco más de misterio; enarbolarla con cualquier motivo equivale a profanar su nombre.»
Molière.
La ansiedad que le recorre cada vena del cuerpo está matándole. En el momento en que se despide del señor y la señora Whitby, el retorcijón en la boca del estómago aumenta en intensidad y le provoca una sensación tan dolorosa que debe ser prohibido que alguien alguna vez la llegue a experimentar. Está imponente a la sonrisa que ambos tienen en el rostro; no hay manera en que Kevin pueda decir que sí a los pedidos del señor y la señora Whitby sin que la voz le llegue a fallar, o que flaquee ante sus convicciones y acabe derramando toda la verdad. «No le des problemas a la profesora Sprout», «escríbenos de vez en cuando», «divierte y cuídate», «cuéntanos qué maravillas pasan en Hogwarts» son un ejemplo de las frases que ya se imagina que llegarán, y a los que sólo podrá asentir mientras que contiene la respiración y las ganas por pedirle al señor y señora Whitby que le lleven al andén nueve y tres cuartos.
Pero eso no será posible.
Esta no es la primera vez que le miente a alguien. Aún desde antes de que Kevin haya descubierto que es un mago, le ha tenido que mentir a sus amigos muggles. «No he sido yo» y «yo no causé esto» han sido las dos respuestas más recurrentes. Por supuesto que ha sido él, es el mago del círculo de amigos y de la familia, pero qué más puede hacer un niño de diez años antes que asegura que el mundo se le viene, que cree que perderá a sus amigos sólo por contar lo que a él mismo le ha pasado. Cuando él ha tenido ocho, ha sido pasable y hasta adorable. «Una gran imaginación» en las palabras del señor Whitby; no obstante, todo ha cambiado.
Las mentiras ocasiones las tiene que recordar. No tiene que inventar nada que no pueda comprobar más adelante. El señor y la señora Whitby dicen que le han puesto en un internado algo lejano de ahí, donde no se permite la tecnología ya que es considerada como una fuerte distracción para el modelamiento de las jóvenes e impresionables mentes. Ni siquiera quiere saber si ese tipo de lugar existe en realidad, pero ha sido suficiente para que Vivian y Geoffrey lo hayan aceptado como si fuese real.
—Dale mis saludos a Stewart —dice la señora Whitby.
Las palabras mueren en los labios de Kevin. La mera intención de transmitir lo que sea se quedará en el olvido tan pronto como reciba la mirada cálida de la señora Whitby. Sin tener el valor que antes lo ha motivado, le da un beso en la mejilla a la señora Whitby y choca los puños con el señor Whitby. «Te veremos en Navidad, ¿verdad?» es la pregunta que no ha querido recibir. Si acepta y no llega, ellos se preocuparán; si la declina y no cambia de parecer cuando la profesora McGonagall les pida que se apunten a la lista, supondrán que quiere estar en Hogwarts y no en su hogar. «Veré lo que puedo hacer», responde. No es una promesa y tampoco asegura que se vaya a retractar.
Sólo cuando ya se ha subido al taxi recae en la implicación de la señora Whitby. Stewart, ¿cómo lo ha olvidado? Desde que se han conocido mientras han hecho las compras para el primer año, ellos han estado juntos en casi cada momento. Además que Kevin suele quedarse en el palacete de Stewart hasta que llega el uno de septiembre. Del palacete de los Ackerley a King Cross hay cinco horas de distancia, una distancia considerablemente menor si uno la compara con la modesta casa de los Whitby. ¿Qué hará? Stewart echará a perder sus planes si no llega a su palacete y le envía una lechuza a los Whitby, el señor y la señora Whitby instantáneamente entrarán en un estado de pánico y Kevin se verá obligado a ponerlos en peligro. Tiene que pensar en algo y tiene que hacerlo pronto.
Al final se resigna a informárselo a Stewart. No ha planeado involucrar a uno de sus amigos pero, qué carajo, hay una guerra que está empeorando a cada segundo que Kevin se debate consigo mismo y, se lo cuente o no, Stewart es tan inteligente que acabará descubriéndolo. Aunque Kevin esté huyendo de la comisión de registro, no es imbécil. No se quedará tanto tiempo en el palacete de los Ackerley para que los caza recompensas den con él.
Sólo va a llegar, va a dar el aviso y se desaparecerá.
Nada más.
Le paga al taxista y se detiene enfrente del palacete de los Ackerley. La vista es tan poco impresionante en comparación con el lúgubre aspecto que presenta el exterior. No está todo salido de una novela con humor negro, pero hay algo en el ambiente que le insiste en que no toque nada, a menos que quiera acabar en el hospital con heridas de múltiples grados causadas por hechizos y plantas mortíferas. Es este momento en el que se vuelve a preguntar por qué, si los Ackerley viven en una zona muggle, no han puesto un timbre.
¿Qué tan complicado puede ser? Él ha visto cómo se instalan, no toma más que un par de minutos asegurarse que todo esté debidamente conectado.
Toca la puerta tan fuerte como sus nudillos le permiten. Retrasar lo inevitable nunca le ha funcionado a Kevin. De alguna manera la situación siempre acaba volviéndose aún peor, lo que significa que es peor para Kevin cuando los demás se enteran de lo que él ha estado haciendo. Esta aquella vez en que ha querido a Hogsmeade cuando ha tenido doce años; no obstante, la profesora Sprout le ha pillado antes que pueda abandonar la sala común y le ha dado un par de consejos acerca de lo que es correcto y del peligro que ha podido correr de haberlo llevado a cabo. La parte positiva es que no le ha quitado puntos ni le ha castigado. La profesora Sprout es genial.
El señor Ackerley abre la puerta. ¿Por qué el señor Ackerley le está viendo como si Kevin fuese una amenaza a exterminar? Aparta la mirada, reprimiendo un escalofrío y comenzando a pensar que quizá ha tenido que escribirle una carta. El señor Ackerley es alguien a quien no tienes que enfadar a menos que quieras probar cuánto maldiciones se conoce, y son muchísimas y muy dolorosas. Kevin ha oído historias acerca de personas desesperadas y muy ansiosas por un poco de dinero que han usado a Stewart para conseguir lo que quieran. Afortunadamente, todos muggles. Eso no ha contribuido a la buena opinión de los muggles para la familia Ackerley; no obstante, no los encasillan a todos en la misma categoría.
—¿Qué estás haciendo aquí, Kevin?
La situación es muy grave cuando el señor Ackerley le vuelve a tratar como si tuviese doce años. Todavía le causa la impresión de que puede provocarle un ataque al corazón sin dejar la evidencia en su cuerpo, pero es un pensamiento muy asqueroso para medite qué tan cierto puede ser. El tono que ha utilizado, frío y casi rasposo, tiene el efecto inmediato de Kevin murmurándole la respuesta, tratando de que sea entendible mientras le mira a los ojos. Al señor Ackerley nunca le ha gustado que traten de ocultarse en ese tipo de trucos. Eventualmente, en lo que es una eternidad, el señor Ackerley asiente y le permite el paso. Es un alivio, pese a que le da la impresión de que el señor Ackerley continúa inspeccionándole como buscando un error en él, el más pequeño y Kevin está fuera de combate.
Continúa su camino y encuentra a Stewart en su recámara. Su amigo está revisando la lista de pendientes con el baúl aún abierto. Stewart se queja con un «¿cómo mierda se han colado?» que causa una pequeña risa en Kevin. A los señores Ackerley les dará algo muy feo si llegan a descubrir que Stewart utiliza ese tipo de palabras. Ojalá que no piensen que Kevin se las ha enseñado. Es impresionante que hasta con una guerra Stewart no haya cambiado su comportamiento. Está a punto de cerrar la puerta cuando recuerda una de las políticas de los Ackerley: siempre abierta. La puerta siempre abierta.
Todavía asegura que están sobre exagerando, pero quiere vivir.
—Tengo algo que decirte —dice Kevin, incómodo y anhelando que Stewart no le haya oído. La suerte, una vez más, demuestra que no está de su lado. Stewart se voltea hacia él, curioso y expectante—. Yo… Yo me voy.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Stewart está dudando. Con un demonio, ¿qué tan mala idea es para que Stewart no le esté diciendo nada?
—Te daré un par de sickles y unos cuantos knuts —dice Stewart luego de una pausa larga—. No te durará mucho, pero será menos sospechoso que un fugitivo adolescente huyendo con una bolsa de galeones.
Tiene la aprobación de Stewart.
Ya puede proceder con su conciencia tranquila.
