PRÓLOGO

La mujer sabía que esas tierras se consideraban malditas, que ningún pueblerino se acercaba a ellas, pues temían las consecuencias de profanar suelo sagrado. Ella sabía que todo eso no eran más que meros embustes difundidos de unos a otros desde hacía años. Para ella solo eran leyendas. Aquella no era la primera vez que pisaba suelo sagrado, y a la vista estaba que no le había pasado nada. Siempre que podía, acudía allí a la misma hora tras acabar con las tareas del hogar. Sabía que había mucha gente que no lo veía bien, pero eso a ella no le importaba.

Desde el claro se podía ver el círculo de piedras donde dicen que los antiguos brujos practicaban sus conjuros.

Había cuatro piedras grandes, las cuales debían de haber sido mucho más altas en su día, y luego un pequeño círculo de piedras más pequeñas en el centro. El tiempo no había conseguido derribar su majestuosidad. La gente del pueblo temía esas tierras tanto como las idolatraba. Se acercaban a ellas para algo más que para robar alguna foto que mostrarles a sus amigos; habían venido de todas partes del mundo a inspeccionarlas. Algunos incluso creían haber oído por las noches el susurro de viejos conjuros atrapados en las piedras.

Eran muchas las historias que circulaban por allí sobre aquel círculo, pero a todas se las conocía como «Historias Malditas». Los brujos que habían habitado aquellas tierras no tenían muy buena fama. Se cuenta que mataron a muchos de sus antepasados por el mero placer de experimentar con ellos, en busca de algo que nunca desvelaron. Hicieron que el pueblo se volviera contra ellos y acabara asesinándolos en aquel mismo lugar, donde se alzaban las cuatro piedras. Se cuenta también que los brujos juraron vengarse y maldijeron a los que allí vivían, a sus descendientes y a todo aquel que se atreviera a andar por sus dominios.

Esa era la razón de que nadie se atreviera a ir por allí; con todo, ella solía acercarse por aquel verde prado y recoger hierbas para su uso personal. No se consideraba curandera, pero le gustaba conocer el significado de las plantas y sus beneficios, y creía más en la ciencia de estas que en la creada por el hombre, que muchas veces, en vez de curar, causaba un mal a largo plazo.

La mujer se agachó para cortar unas hojas de llantén. Unos pasos le hicieron alzar la vista.

—Mami, ¿puedo ayudarte?

La mujer posó los ojos castaños en su hija de cinco años, Annie. A su pequeña le encantaba ir con ella y seguir sus pasos. La mujer sonrió y le tendió su cesta.

—Recoge las flores más hermosas que encuentres. Haremos un ramo para papá.

La niña cogió la cesta feliz y corrió en busca de las flores, pues allí también crecían las más bonitas.

La mujer se agachó a seguir con su labor y, cuando estaba a punto de cortar las hierbas, el grito de su hija le hizo levantar la cabeza rápidamente y ponerse alerta.

—¡Mamá! ¡Hay una niña! ¡Mamá!

La mujer miró a donde le indicaba y vio a una pequeña dentro del círculo que formaban las cuatro piedras. Su cuerpecito estaba tendido justo en el centro, como si la hubieran dejado allí adrede después de matarla... Se le heló la sangre. Corrió hacia su hija y la volvió para que no viera algo tan desagradable.

—¿Está muerta, mamá?

—Voy a comprobarlo. Ve al pueblo, busca a papá y dile que traiga al doctor. ¡Deprisa!

La niña dudó, pero finalmente salió corriendo en pos de su padre.

La mujer la vio alejarse por el camino y, sin perder tiempo, se adentró en el círculo sagrado. En cuanto lo hizo, sintió el aire distinto, como si se hubiera vuelto más denso de repente. La recorrió un escalofrío de la cabeza a los pies, los pelos se le pusieron de punta, el corazón se le disparó. Sentía que algo estaba a punto de cambiar para siempre. Ella no creía en las habladurías sobre aquel lugar, pero notaba que algo importante iba a ocurrir.

Llegó hasta la niña y se dejó caer de rodillas a su lado. Le apartó el pelo dorado de la frente y buscó el pulso en su cuello. Lloró aliviada cuando lo encontró; latía débil, pero latía. La cogió en brazos y la apretó contra su pecho, como si esa niña necesitara su calor para despertar, para volver a la vida.

No sabía quién era, pero se prometió que la cuidaría. Sentía que no era una casualidad que su hija fuera la que hubiese dado con aquella niña. El destino había querido que ella se encontrara allí en ese momento y que la pequeña que tenía entre sus brazos no hubiera muerto de frío ni hubiera sido atacada por un animal hambriento.

La niña se removió entre sus brazos y se apartó un poco para mirarla. Parecía un cervatillo perdido, con esos intensos ojos verdes acuosos y enrojecidos, como si hubiera llorado hasta quedarse sin fuerzas.

—¿Quién eres? —le preguntó la mujer apartando el pelo de su mejilla con cariño.

La niña la miró desconcertada.

—¿Quién soy? —le preguntó ella a su vez.

La niña se removió y alzó su pequeña mano. Al abrirla, mostró los restos de una flor con las hojas más extrañas que había visto en su vida. Eran de un verde atípico para tratarse de una planta, parecían brillar por sus intensos matices.

—¿Te has comido esa flor?

La niña se miró la mano y acarició el centro de la planta. No había nada, pero la mujer dedujo que allí antes había habido un fruto; más aún, tenía la impresión de que no era la primera vez que la veía. La niña se echó a llorar, con unos sollozos tan intensos que parecía estar rota por dentro.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

Pasó un rato hasta que consiguió calmarse un poco; entonces la miró y le dijo:

—No lo sé. —Pero no paraba de llorar, como si su alma soportara una pena demasiado grande para un ser tan pequeño.

La mujer sintió que alguien las observaba y, al girarse hacia su derecha, vio a su marido. En su mirada no había reproche; a su lado estaban el médico y

varios habitantes del pueblo. No hacía falta ser muy listo para adivinar que el que la niña hubiera aparecido justo allí no iba a traer más que problemas, sobre todo porque, al parecer, la pequeña no sabía quién era.

La mujer los ignoró. Ayudó a la niña a ponerse en pie y, cogiéndola de la mano, salió del suelo sagrado con paso firme, desafiando a quien osara meterse con ella en su presencia.

Desde ese día, la pequeña quedó bajo su cuidado. Solo esperaba que el mal presentimiento que había tenido se debiera únicamente a las leyendas que había escuchado y no a una premonición de lo que estaba por venir.

Doscientos años antes

El niño de poco más de ocho años se había escapado del campamento para acudir a la biblioteca. Ansiaba conocimientos, su mente inquieta buscaba algo que él no sabía qué era, pero hasta entonces los libros no le habían aportado nada.

Solía hacerlo a menudo. Cuando caía la noche, se internaba en la oscuridad en busca de respuestas. La biblioteca estaba vigilada, sabía que a él no le dejarían pasar por pertenecer a las milicias de su majestad, aprendiendo desde tan niño ese cruel oficio, pero era eso o la muerte, pues al menos allí tenía un plato de comida caliente. Caminó hacia el callejón más oscuro, pues hasta entonces había logrado entrar por allí sin problemas. Alzó la vista y evaluó la fachada, localizando rápidamente su objetivo: una vez más, habían dejado la ventana entreabierta. Estaba a punto de escalar cuando una voz dura y envejecida que sonó a sus espaldas lo detuvo.

—Ahí no encontrarás lo que buscas. —El pequeño se dio la vuelta. Se topó cara a cara con una anciana muy desmejorada por los años que caminaba directamente hacia él. El muchacho se puso rígido y la miró retador—Tranquilo, no voy a hacerte daño.

El chico no dijo nada; era poco hablador, prefería observarlo todo y analizarlo antes que perder el tiempo con conversaciones que no llevaban a ningún sitio.

—Tu mente ansía conocimientos que aún no han llegado a esta época. Ni llegarán.

El niño la miró tenso: esa mujer conocía algo de él que nadie más sabía.

—No me tengas miedo. Hoy me siento una buena samaritana y te daré mi

predicción gratis. ¿Quieres escuchar lo que tengo que decirte?

Asintió y esperó.

—Lo que tú ansías vendrá a ti en forma de una joven que nacerá dentro de muchos años, en un futuro muy lejano para ti. Una joven que tiene la llave al saber que aquí nunca verás.

—¿Una viajera del tiempo? —el niño habló incapaz de callar más. Aunque no debería creerla, la mirada de la vieja era tan sincera que, por muy descabellada que fuese esa historia, se fio una vez más de su intuición. Hasta entonces, su intuición nunca le había fallado.

—Sí, una viajera del tiempo.

—Y ¿cómo la reconoceré?

La vieja se agachó con dificultad para tomar un palo del suelo y dibujó en la arena una flor.

—Ella llevará colgada al cuello esta planta; así la reconocerás. Aunque he de advertirte que tal vez sea mejor que no lo hagas. Es más fácil vivir en la ignorancia...

—¿Por qué? —preguntó intrigado, a la espera de que le dijera algo más. Pero la anciana guardó silencio, por lo que el pequeño perdió la paciencia y la tomó de la mano.

Y en ese momento, pasó algo asombroso: el muchacho tuvo una visión. Se dejó llevar y, cuando la vista se le enfocó, vio a una niña pequeña abrazada a sí misma. Estaba sola, muy sola. Como si sintiera que la observaba, alzó sus ojos verdes edmeralda y, por un instante, él creyó que lo veía tras esa cortina de lágrimas y supo, sin atisbo de dudas, que haría lo que fuera por llegar a ella. La pequeña se levantó, y fue entonces cuando vio el colgante en su cuello con esa peculiar planta.

La visión se fue desvaneciendo lentamente y, mientras lo hacía, la anciana recitó unas palabras que le pusieron la piel de gallina:

—Dos almas unidas por el destino pero separadas por el tiempo.

El muchacho, con una determinación en la mirada impropia de alguien tan joven, se volvió hacia la vieja y le dijo:

—La encontraré, cueste lo que cueste.

Nunca, en su corta vida, había tenido algo tan claro. Y sabía que lo conseguiría, fueran cuales fuesen las consecuencias.

Continuara...